Categoría: Adoración

El Canto de Salmos Como Medio de Gracia, por Juan Le Quesne

Luz

Una de las razones por las que el canto de los Salmos es inigualable es que, por ser la Palabra de Dios, se convierte en uno de los medios de gracia por excelencia. Razón por la cual, los creyentes lo tendríamos que tener en la mayor estima.

Presentamos el testimonio de Juan le Quesne (seguramente el burgalés Juan Encinas, hermano del reformista Francisco Encinas), el autor del primer Salterio en español, a principios del siglo XVII:

Pues luego aprended la Ley de Dios, leedla y entendedla, leed su voluntad singularmente en los Salmos de David, llenos de divina alabanza, y hallaréis que más blanda es que el óleo, mas preciosa que el oro, más pura que la fina plata. Esta es la que principalmente provoca a los hombres que se den a Dios, convida a los pobres, alumbra a los corazones, purifica la lengua, prueba la conciencia, santifica el alma, conforta la fe, ahuyenta la tentación, menosprecia el pecado. Esta es la que hace de los ignorantes sabios, de los pequeños grandes, refrena el ánimo, prohíbe la liviandad, templa el dolor, pone esperanza, sana a los dolientes, fortalece a los enfermos, da gracia a los que creen, humilla a los reyes, ensalza del estiércol con los príncipes a los pobres y humildes, y nos demuestra el derecho y verdadero camino que debemos tener y seguir.

Segundo Mandamiento y Principio Regulador de la Adoración

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Podemos en justicia preguntarnos el porqué de esta importancia dada por la Reforma a la adoración. Hasta ahora hemos visto cómo se expresó esta importancia. Pero las cosas, normalmente, tienen un porqué, una razón, o un fundamento. ¿Cuál era, pues, la razón fundamental por la cual la adoración era considerada de esta manera?

Pues de esto precisamente queremos tratar en este punto, que tiene por título la “materia y forma” de la adoración en la Reforma. “Materia y forma” son dos conceptos corrientes en la teología de la época de la Reforma, pero su significado en gran medida se ha perdido hoy en día, debido al paso del tiempo y sobre todo a los drásticos cambios en el pensamiento occidental desde entonces, al perder su entroncamiento en la filosofía clásica. No podemos entrar en detalle en esta cuestión, pero baste decir que “materia y forma” se refieren, respectivamente, a la realidad esencial de una cosa y cómo esta cosa se expresa. Tomemos un ejemplo aproximado, el de una estatua de madera: la materia de esta realidad sería la madera, y la forma sería la silueta concreta que toma la estatua. O también se podría decir que la materia de esta estatua sería la idea que el escultor tenía en mente, y la forma, el resultado final que él, con más o menos arte, obtuvo.

Todo esto también se puede emplear como herramienta a la hora de considerar la adoración en la Reforma, y creo que de una manera bastante clarificadora. Pensemos un momento, ¿cuál es el fundamento último de cómo ha de ser la adoración a Dios? De una manera general, responderemos “la Palabra de Dios”. Lo cual, por supuesto, es correcto. Pero, de manera más concreta, podemos preguntarnos ¿en qué lugar de la Palabra de Dios? O dicho de otra manera, ¿por qué los reformadores se sintieron obligados en conciencia a liderar la Reforma de la adoración a Dios? ¿Cuál era el material bíblico, la “materia” bíblica sobre la que se basaban, y qué les impelía a hacerlo?

Pues la respuesta seguramente nos estará viniendo a la cabeza, especialmente a los que estén familiarizados con los catecismos de la Asamblea de Westminster, Catecismo Infantil, Catecismo Menor o Catecismo Mayor.  La razón no es otra que el Decálogo, los Diez Mandamientos, y en particular, el Segundo Mandamiento:

“No te harás imagen, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra: no te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visita la maldad de los padres sobre los hijos, sobre los tercera y cuarta genera, a los que me aborrecen, y que hace misericordia a millares a los que me aman, y guardan mis mandamientos”.

El alcance de este Mandamiento, de hecho, va mucho más allá de la prohibición de representar a Dios o a divinidades por medio de imágenes, para dar por medio de ellas algún tipo de culto religioso. El alcance de este mandamiento ha sido admirablemente descrito en el Catecismo Mayor de la Asamblea de Westminster. Este catecismo divide tanto los deberes que este mandamiento requiere, como también los pecados que prohíbe. En cuanto a lo primero, los deberes del mandamiento, el Catecismo Mayor dice:

“Les deberes requeridos en el segundo mandamiento son recibir, observar y guardar puros y completos todo el culto religioso y las ordenanzas, tales como Dios las instituyó en su Palabra”

Y el Catecismo continúa especificando estos elementos del culto religioso a Dios que se han de guardar puros. A continuación, el Catecismo enseña acerca de los pecados prohibidos por el mandamiento, que comprenden:

“Todo lo que sea inventar, aconsejar, mandar, usar, y aprobar algún culto religioso, por sabio que sea, que no haya sido instituido por Dios”

Por consiguiente, si decíamos al inicio de la conferencia que la declaración de Jesús, de que “Dios busca adoradores que lo adoren en espíritu y en verdad”, situaba la adoración a Dios fuera de los asuntos meramente humanos para situarla en el ámbito del derecho divino, vemos que esto mismo ya estaba prescrito en el segundo mandamiento del Decálogo. Las palabras de Jesús son, en esencia, la misma enseñanza que el segundo mandamiento del Decálogo, y éste es el fundamento bíblico, o como decíamos, la materia de la adoración a Dios en la Reforma, y en última instancia, de la Reforma por causa de restaurar la adoración a Dios en la Iglesia.

Lo cierto es que no destacaremos demasiado la importancia del segundo mandamiento del Decálogo en relación con este tema de la adoración en la Reforma. Es absolutamente capital, y donde se da otra enseñanza acerca de los Diez Mandamientos, el discurso sobre la adoración se transforma sustancialmente.

Decíamos al principio acerca de la diferencia de Lutero y del luteranismo sobre la adoración con respecto a la Reforma de Ginebra o calvinista. ¿Cuál fue el origen último de esta diferencia? Podemos hablar, por un lado, del distinto momento de la Reforma que vivió Lutero y Calvino. Lutero fue el precursor, el que rompió el molde del catolicismo medieval. Por su parte, Calvino fue el perfeccionador, quien completó y perfeccionó prácticamente todo el sistema bíblico de la Reforma. Un hombre no puede tener todos los dones al mismo tiempo, por mucho que nos gustaría a nosotros tenerlos. Lutero realzó la enseñanza bíblica de la justificación por sólo la fe, sólo por los méritos de Jesucristo, sólo por gracia como la piedra angular con la que rompió con Roma, y por ello precisamente, por esta insistencia unilateral, vino la ruptura, por insistir en este punto y no otro como absolutamente innegociable. Pero eso mismo lo llevó a considerar todo lo demás como accesorio, secundario, externo para el creyente, en una palabra “adiáfora”, palabra que significa indiferente, indiferente para el cristiano salvado enteramente por gracia. De esta manera, las ceremonias, para Lutero, eran adiáfora, y por ello, el terreno en el que ejercer el amor cristiano, la paciencia mutua. [1] Y fue por esta razón por la cual el luteranismo retuvo buena parte de las ceremonias del catolicismo medieval, si bien es cierto que purgadas de sus supersticiones más groseras.

Por supuesto, que hay mucho de encomiable y a retener de esta actitud de Lutero, que él afirmó frente a las tendencias a la disgregación de los anabaptistas radicales y de ciertos sectores descontrolados de la iglesia institucional que lo seguían a él.  Pero, con todo, en un sentido esta distinta actitud estaba basada en un punto con el que no podemos estar de acuerdo. Y es el siguiente: Lutero seguía el mismo orden de los mandamientos del Decálogo que Agustín de Hipona y el catolicismo medieval, es decir, que Lutero afirmó y enseño que el segundo mandamiento no es el “no te harás imágenes” sino el “no tomarás el nombre de Dios en vano”. [2]

Este cambio no es, en absoluto, pequeño, sino que tiene unas consecuencias a largo alcance verdaderamente tremendas. Por lo pronto, sancionan el uso de imágenes en la adoración a Dios, con tal de que no sean de dioses ajenos. Pero a la larga, permite contemplar que la Iglesia tiene la libertad para introducir en la adoración todo aquello que no esté explícitamente condenado por la Palabra de Dios, y ello no solamente en el terreno de la adoración, sino también, por ejemplo, el del gobierno eclesiástico (y he aquí la razón del sistema de gobierno episcopal, de obispos, en la Iglesia romanista o en la Iglesia evangélica luterana).

Es cierto que esta actitud de Lutero con respecto a la adoración parece, a priori, una actitud más “libre” que la de de Calvino y la Reforma, pero a la larga se manifiesta exactamente lo contrario. Porque la introducción de novedades, sea en el terreno del gobierno eclesiástico o en la adoración, no descansa sino la autoridad de la Iglesia como institución. Al final del camino, invariablemente, estas innovaciones van a acabar revistiéndose de derecho divino (exactamente lo que ha ocurrido con el gobierno eclesiástico episcopal en la Iglesia papista). Esta confusión entre la autoridad de la Iglesia y la de Dios no sólo va en contra del honor de Dios, sino también va en contra de la verdadera libertad cristiana, la cual tan sólo está ligada, en conciencia, a Dios y Su Palabra.

Dicho todo esto, reitero lo dicho al principio, que nada tengo en contra del reformador Lutero. Bien al contrario, expreso mi admiración y respeto por este gran don que el Señor ha dado para la Reforma de Su Iglesia.

Hemos tratado, pues, de la “materia” de la adoración en la Reforma, y de su importancia, que es el Segundo Mandamiento del Decálogo. Ahora bien, ¿cómo se expresa este segundo mandamiento, qué “forma” adquiere en la Iglesia?

Pues la forma en la que se ha plasmado se conoce comúnmente por el llamado “principio regulador de la adoración”. Recientemente he escuchado, por un pastor americano en California llamado Richard Barcellos, la que muy bien puede ser la definición más sencilla y esclarecedora de este principio:

1. Todo lo que Dios prohíbe en Su Palabra en cuanto al culto a Dios, no ha de ser hecho.

2. Todo lo que Dios manda en Su Palabra en cuanto al culto a Dios, debe ser hecho.

3. No tenemos derecho a añadir o quitar de lo que Su Palabra nos manda o prohíbe. [3]

El resultado de todos estos principios es que la adoración resulta totalmente controlada, regulada por la Palabra de Dios. A diferencia del punto de vista romanista y aun luterano, en el que se admite que podemos aportar todo aquello que no está explícitamente condenado por la Palabra, el principio regulador, que da forma al segundo mandamiento del Decálogo, en la práctica significa que no tenemos la libertad para introducir en la adoración y el culto nada nuevo que sea ajeno a la Palabra de Dios.

La Biblia, la Palabra de Dios, en toda su plenitud, es la que rige en la adoración. El culto a Dios ha de ser enteramente bíblico. El no hacerlo, el introducir elementos nuevos en él que no se encuentran ordenados en la Palabra, es practicar lo que los reformados llamaban “culto de la voluntad”. Este culto de la voluntad se hace porque a uno le apetece o quiere, pero no está sancionado por la Palabra de Dios y por lo tanto carece de autoridad y de validez. Es, precisamente, el culto voluntario la raíz de la idolatría.

El segundo mandamiento del Decálogo, pues, fue plasmado en este principio regulador de la adoración. Este principio llegó a ser muy precisado, y serían principalmente los autores puritanos ingleses quienes desarrollarían plenamente su contenido y alcance. De hecho, los puritanos deben su mismo nombre al empeño suyo de que la Iglesia de Inglaterra, tras abrazar la Reforma, llegase a ser “pura” en cuestiones como el gobierno eclesiástico (que no hubiera el gobierno de “prelados” u obispos), pero sobre todo en la adoración. Los puritanos aparecieron ya en el año séptimo de reinado de la reina Elizabet I, es decir en el año 1565, como una reacción al “Libro de Oración Común” (compuesto por el arzobispo Cranmer en 1549 y revisado en 1559, uno año después de la llegada al poder de la reina protestante, y que en su contenido tuvo bastante influencia luterana).[4] De esta manera, con los puritanos se constituyó en la Iglesia de Inglaterra un movimiento que abogaba por alcanzar la pureza bíblica en la adoración a Dios, superando unas ceremonias, que recordemos, eran impuestas por la autoridad de la Iglesia como obligatorias para todos los ministros. De ahí, precisamente, el nombre de “puritano”.

Los puritanos fueron una corriente importantísima en Inglaterra, hasta que se llegó a los tiempos de la Asamblea de Westminster (1643-1649). La Confesión producida por esta Asamblea presentó de manera inequívoca este “principio regulador de la adoración”, principalmente en dos pasajes. Primero, en el capítulo 20, sección 2, acerca de la “Libertad de Conciencia del Cristiano”, donde leemos:

“Sólo Dios es el Señor de la conciencia, y la ha dejado libre de los mandamientos y doctrinas de hombres que sean en alguna forma contrarios a su Palabra, o estén al margen de ella en asuntos de fe o de adoración”

Aquí, por lo tanto, se está afirmando la no validez de todo aquello introducido en el terreno de la adoración sólo en base a la autoridad de la Iglesia. Pero de manera positiva, el principio regulador fue expresado explícitamente en el artículo siguiente de la Confesión, el artículo 21, sección 2, acerca del “Culto Religioso a Dios”. Leemos:

“La luz de la naturaleza muestra que hay un Dios que tiene señorío y soberanía sobre todo; es bueno y hace bien a todos; y que, por tanto, debe ser temido, amado, alabado, invocado, creído y servido con toda el alma, con todo el corazón y con todas las fuerzas – vemos aquí, claramente, un eco de la enseñanza expuesta por Calvino y el Catecismo de Ginebra acerca de la adoración al Dios Creador. –  Pero el modo aceptable de adorar al verdadero Dios es instituido por Él mismo, y está tan limitado por su propia voluntad revelada, que no se debe adorar a Dios conforme a las imaginaciones e invenciones de los hombres o las sugerencias de Satanás, bajo ninguna representación visible o en ningún otro modo no prescrito en las Santas Escrituras”

No obstante, la enseñanza acerca de la adoración de la Asamblea de Westminster ha de ser completada con la siguiente afirmación Artículo 1, sección 6, acerca de las “Sagradas Escrituras”:

“Todo el consejo de Dios tocante a todas la cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y vida, está expresamente expuesto en la Escritura o por buena y necesaria consecuencia puede ser deducido de la Escritura; a la cual nada en tiempo alguno ha de ser añadido, sea por nuevas revelaciones del Espíritu o por las tradiciones de hombres. Sin embargo, reconocemos que es necesaria la iluminación interior del Espíritu de Dios para el entendimiento salvador de tales cosas que son reveladas en la Palabra; y que hay algunas circunstancias tocante a la adoración de Dios y el gobierno de la iglesia, comunes a las acciones y sociedades humanas, que han de ser ordenadas por la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana, en acuerdo con las reglas generales de la Palabra, que siempre han de ser observadas.”

Estos tres artículos de la Confesión de Westminster, nos ayudan a tener una visión global acerca de la enseñanza de la Asamblea, que podemos presentar de una manera global por medio de las siguientes consideraciones[5]:

1) El principio regulador es una consecuencia de la suficiencia de las Escrituras (Todo el consejo de Dios tocante a todas la cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y vida, está expresamente expuesto en la Escritura)

2) El principio regulador es una consecuencia de la autoridad soberana de las Escrituras (no se debe adorar a Dios… en ningún otro modo no prescrito en las Santas Escrituras)

3) El principio regulador no afirma basarse siempre en mandamientos directos de la Escritura (por buena y necesaria consecuencia puede ser deducido de la Escritura)

4) El principio regulador no pretende es establecer todas las circunstancias precisas en las que se han de llevar a cabo la adoración. Estas circunstancias (horario, duración, etc. etc.) son dejadas a ser gobernadas muchas veces por el simple sentido común (cuando habla de ser “ordenadas por la luz de la naturaleza”), otras al juicio de la Iglesia (cuando habla de la “prudencia cristiana”), siempre y cuando esté de acuerdo a los principios generales de la Palabra de Dios.

En estas tres consideraciones, vemos como el principio regulador, aun presentándose resueltamente bíblico, muestra un grado importante de flexibilidad. Primero, no es biblicista en el sentido de basarse en un encadenamiento sin fin de citas de la Biblia sin tener en cuenta su papel en el conjunto de la Escritura. El sentido general de la Escritura cuenta, y además, las verdades deducidas de la Escritura se consideran igualmente verdades de la Palabra de Dios. Segundo, deja un margen considerable a la libertad en cuanto a las circunstancias del culto. Tercero, acerca de todo aquello que no es bíblico, en cuanto a motivos de conciencia, deja un margen de libertad total.

Dicho esto, la Confesión, en lo que se refiere a la esencia bíblica de la adoración, se muestra intratable. El contenido de la adoración no es “adiáfora”, no es indiferente. Tampoco lo es en cuanto a los llamados elementos del culto. Hemos tratado las circunstancias del culto. Las circunstancias pueden variar, pero los elementos del culto son invariables. Estos “elementos” nos los encontramos en el Artículo 21, sección 5 acerca de la Adoración Religiosa:

“La lectura de las Escrituras con temor reverencial; la sólida predicación, y el escuchar conscientemente la Palabra, en obediencia a Dios, con entendimiento, fe y reverencia; el cantar salmos con gracia en el corazón, y también la debida administración y la recepción digna de los sacramentos instituidos por Cristo”

Estos son los elementos de la adoración ordinaria a Dios. También, en ocasiones extraordinarias, se contemplan como elementos de la adoración a Dios “los juramentos religiosos, los votos, los ayunos solemnes, y las acciones de gracias en ocasiones especiales, han de usarse, en sus tiempos respectivos, de una manera santa y religiosa.”

En definitiva, si consideramos todo este contenido conjuntamente, no podemos sino admirar la fidelidad y sabiduría bíblica de nuestros padres espirituales. A veces, hay discursos bien fundamentados, pero no tienen ningún tipo de praxis, de aplicación práctica. Y por el contrario, muchas veces hay prácticas que carecen de fundamento. También hay prácticas que se absolutizan a sí mismas como norma o modelo universal. Sin embargo, no fue así con la adoración en la Reforma. Como hemos visto, el culto a Dios en la Reforma no sólo tenía un fundamento (el segundo mandamiento del Decálogo), sino que se expresaba en ninguna forma concreta (el principio regulador del culto). Era bíblica sin caer en el biblicismo. Y admitía que hubiera circunstancias que pudieran variar de un lugar a otro. Ahora bien, en aquello que constituía la esencia del culto, allí se mostró inflexible.


[1] Cf. “A Christian Exhortation to the Livonians Concerning Public Worship and Concord”

http://vdma.wordpress.com/2008/10/09/martin-luther-quote-uniformity-of-practice/

[3] Barcellos, R., “John Calvin on Public Worship” en http://www.sermonaudio.com/sermoninfo.asp?SID=104081542385

[5] Cf. Young, op. cit.

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Jorge Ruiz Ortiz. Conferencia dada en el “Día de la Reforma”, en la Iglesia Cristiana Presbiteriana de Alcorcón, el 1 de noviembre de 2008. El artículo completo apareció publicado en 2009 en la revista “Nueva Reforma”.

La Importancia de la Adoración en la Reforma

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Para comprender la importancia concedida por la Reforma a la adoración pública a Dios. En un tratado escrito por Calvino al Emperador Carlos V (Carlos I de España) en el año 1543, Calvino afirmaba que “la sustancia entera”, toda la esencia, lo verdaderamente fundamental, “del cristianismo” es, “un conocimiento”, por este orden, “del modo en el que Dios deba ser adorado apropiadamente; y el origen de donde se obtiene la salvación”.[1]

El argumento de Calvino ante el Emperador era, pues, el siguiente: lo verdaderamente fundamental y esencial para la Iglesia es 1) la adoración, y 2) las doctrinas de la salvación. Cuando se introduce impureza en ellas, cuando se pervierte la adoración o la predicación, no sólo es legítimo sino que es necesario proceder a una Reforma de la Iglesia. De la célebre obra de Calvino Carta al Cardenal Sadoleto se desprende el cómo de su realización. Calvino contempla que los órganos que han de mantener la Iglesia en su pureza son los gobernantes establecidos por Dios en la Iglesia. Pero si los gobernantes máximos no lo hacen, entonces los ministros en posiciones digamos “inferiores” son los encargados a llevarla a cabo, por el honor de Dios y de Su verdad.[2] No están haciendo nada fuera de sus atribuciones. Simplemente, es el deber de ellos hacerlo como autoridad instituida por Dios en Su iglesia. Aunque en la posición jerárquica sean inferiores, son igualmente autoridades establecidas por Dios, y ante el ejercicio despótico del poder o una infidelidad manifiesta y continuada, la autoridad menor resiste ha de a la autoridad mayor. Ésta y no otra es la única lógica de la Reforma, y esto es precisamente lo que hicieron Calvino o el resto de los reformadores.

Hoy en día, no tenemos ningún problema en considerar la necesidad de la Reforma desde el punto de vista de la perversión doctrinal que introdujo el catolicismo medieval, y particularmente el papado, en la Iglesia. Pero tal vez, en principio, no lleguemos a verlo igual de claro en lo que respecta a la adoración. Con todo, la adoración en la Iglesia sufrió un proceso de perversión similar a lo ocurrido en el plano de la predicación. Es más, sin duda, una perversión todavía mayor, una perversión generalizada.

Pensemos en las peregrinaciones a supuestos lugares santos (explícitamente descartadas en las palabras de Jesús en Juan capítulo 4); pensemos en la proliferación exuberante de supuestas reliquias en toda Europa, detallada por Calvino con todo lujo de detalles en su Tratado de las reliquias;[3] pensemos en la proliferación igualmente asombrosa de días festivos (cuya única razón de ser descansaba en la autoridad de la Iglesia); pensemos en la adoración de reliquias y de imágenes; pensemos en la multitud de ceremonias a los que el pueblo asistía como mero espectador, sin ni siquiera entender lo que el supuesto sacerdote decía en una lengua, el latín, que ya nadie entendía fuera de los monasterios o la Universidad; o pensemos en la abominación de la misa, la adoración de los elementos de la misa, la oración a la Virgen o los santos, y tantas y tantas otras cosas introducidas por la Iglesia medieval.

La adoración y la fe, por tanto, estaban pervertidas. De hecho, la adoración y la fe de la Iglesia están tan relacionadas que no se pueden separar. Existe un antiguo principio cristiano que dice en latín “lex orandi, lex credendi”, es decir, “la ley de la oración es la ley de la fe”. Dejando aparte que la Iglesia papista se lo haya apropiado para reivindicar su liturgia, este principio en sí mismo está expresando una verdad, a la que tal vez nosotros los evangélicos nos resulta difícil ver, que es que nuestra fe se expresa en nuestra adoración, así como también nuestra adoración influye en la manera cómo creemos en Dios. Tenemos un ejemplo bíblico de esto. En el Salmo 115, tras describir la vanidad de los ídolos hechos por los hombres, se nos dice que “Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos”. La manera como adoras afecta tu fe, e incluso afecta toda tu persona.

Así, pues, la fe en los creyentes se pervirtió, y esto influyó en la adoración, y viceversa, es decir, la adoración a Dios en la Iglesia se pervirtió, y esto a su vez influyó en la fe de los creyentes. Y ambas, adoración y fe, llamaban a operar una Reforma en la Iglesia, por el honor debido a Dios y Su verdad. Y el Señor, en Su misericordia y en la fidelidad a las promesas de Su alianza, la propició levantando a los reformadores en distintos países de Europa.

También hay que decir que en aquel mismo tiempo no todos compartían la necesidad de la Reforma por motivo de la perversión de la adoración. Nos referimos principalmente a los erasmistas. Los erasmistas eran los seguidores de Erasmo de Rotterdam, y esta corriente se puede definir como un humanismo cristiano. A pesar de que tenían una antropología optimista, mantenían algunas posiciones similares a la Reforma, sobre todo sobre todo a la hora de criticar a las ceremonias de la Iglesia. Sin embargo, tampoco querían cortar con ellas. Lo que buscaban los erasmistas era una suerte de acomodación dentro de la gran Iglesia, como una corriente “ilustrada” en el seno de la misma. Para los erasmistas, las ceremonias de la Iglesia, todas ellas, eran de carácter totalmente secundario, totalmente exteriores. Lo único que importaba era la fe personal en el ámbito personal y privado, y por ello se explica que pudieran continuar en el seno de la “gran” Iglesia.

Evidentemente que según esta lógica erasmista, no había necesidad de Reforma de la Iglesia, porque lo realmente importante es lo que sucede con los individuos.

Fue particularmente el reformador Calvino quien luchó contra esta manera de pensar y actuar, que él llamó “nicodemismo” (de Nicodemo, en Juan cap. 3, que vino a visitar a Jesús en secreto, de noche). Esta cuestión del nicodemismo fue una parte bastante importante del ministerio de Calvino. En el año 1537, Calvino escribía dos epístolas en latín en las que se invitaba a los iluminados por el Evangelio a no mezclarse en las ceremonias de la Iglesia romana. En 1540 escribiría otra carta del mismo contenido. En el año 1543, publicó el “Tratado del Fiel entre los papistas”, seguida al año siguiente de la “Excusa a los nicodemitas”. Por último, Calvino reunió todos estos escritos y los publicó, primero en latín y, en el año 1551, en francés.

De manera particular, el Tratado del Fiel entre los papistas  y la Excusa a los nicodemitas, fueron enviados masivamente a Francia desde la vecina Suiza, y sin ningún lugar a dudas, mantuvieron viva la necesidad de la Reforma entre los sectores que habían sido alcanzado por el Evangelio. Lo cual se iba a traducir, entre la asombrosa formación, entre los años 1555 y 1562, de nada menos que 2000 congregaciones protestantes en toda Francia.

El argumento de Calvino era bíblico y era sencillo: los actos de culto a Dios, aunque sean exteriores, son importantes, puesto que es la adoración debida al Dios Creador y Soberano, porque se trata de la profesión pública de nuestra fe, y por encima de todo, porque se trata del honor de Dios. ¿Hay que honrar a Dios conforme a lo que Él nos dice en Su Palabra o por las imaginaciones de los hombres? La respuesta está clara, y el no participar de las ceremonias papistas, por consiguiente, la creación de congregaciones reformadas se convertía en un deber de conciencia.

Bien, de esta manera hemos visto cómo la restauración de la verdadera adoración a Dios es la razón y el porqué de la Reforma. Ahora bien, retomando la cita del tratado enviado por Calvino al Emperador, recordemos, tanto la adoración como la enseñanza de la salvación son los dos pilares esenciales de la Iglesia y, asimismo de la Reforma. ¿No nos llama la atención esta idea?

Nos referimos al orden en estas ideas: primero la adoración, luego la salvación. La adoración tiene, pues, la primacía. Podemos ver este pensamiento más detallado en el Catecismo de la Iglesia de Ginebra, cuyas tres primeras preguntas dicen así:

“P – ¿Cuál es el fin principal de la vida humana?

R – Conocer a Dios por el cual los hombres fueron creados.

P – ¿Por qué razón dices eso?

R – Porque nos ha creado y nos ha colocado en este mundo para ser glorificado en nosotros. Y, en efecto, es justo que nuestra vida, de la cual Él mismo es el principio, sea dedicada para Su gloria.

P – ¿Cuál es el bien supremo del hombre?

R- Exactamente lo mismo.” [4]

 

Y un poco más adelante, la pregunta número 6 y 7 dicen:

P – ¿Cuál es el verdadero y recto conocimiento de Dios?

R – Cuando Él es conocido de manera que le es dado el honor debido a Él.

P – ¿Cuál es el método de honrarlo debidamente?

R – Poner nuestra entera confianza en Él; estudiar servirlo durante toda nuestra vida obedeciendo a Su voluntad; invocarlo en todas nuestras necesidades, buscando la salvación y toda buena cosa que pueda ser deseada en Él; finalmente reconocerlo tanto de corazón como de labios como el único Autor de toda bendición.” [5]

 

¡Es verdaderamente extraordinario el pensamiento transmitido aquí por el Catecismo, que, recordemos, era para instruir a los niños! El fin o propósito de Dios al crear al hombre es que éste Lo conozcan a Él. Se trata, pues, del conocimiento del Dios Creador. Y este fin y propósito de Dios coincide con lo que es para el hombre el mayor bien. Pero Dios sólo es conocido verdaderamente cuando se le honra o se le adora como es debido, un conocimiento que incluye el conocerlo como Salvador.

Por lo tanto, conocimiento del Dios Creador y del Dios Redentor en Jesucristo, no son contrarios ni están en dicotomía (como sucede en el luteranismo), sino que se encuentran juntos en el verdadero conocimiento de Dios. La salvación está incluida en este verdadero conocimiento de Dios, cuyo fin principal es dar la honra y gloria debida a Dios.

Hay también que decir que, por supuesto, esta honra a Dios, esta adoración, en el pensamiento del Reformador Calvino, no es absolutamente idéntica a la adoración cúltica de la Iglesia. Pero ciertamente la comprende e incluye. La adoración en la Iglesia, desprovista de la fe y de la realidad espiritual por parte del que adora, no representa nada. Pero en aquel que verdaderamente conoce a Dios, no sólo como su Creador sino también como su Salvador en Jesucristo, esta adoración cúltica en la Iglesia es la manifestación pública del fin principal para el cual ha sido creado y salvado por Dios.

En definitiva, la importancia de la adoración en la Reforma se ve claramente al comprobar que ella fue una de las causas principales precisamente de la Reforma, y que ella era considerada como el fin principal y el mayor bien del hombre.


[1] Juan Calvino, La necesidad de reformar la iglesia, (Edmonton: Landmark, 2009), p. 13.

[2] Cf. Respuesta al Cardenal Sadoleto, (Rijswick: FELIRE, 1990), p. 45-46, 48, 50.

[3] Cf. Traité des reliques, suivi de l’excuse a Messieurs les nicodémites, (Paris : Éditions Bossard, 1921), pp. 85-187,

[4] Calvin, J., “Catechism of the Church of Geneva”, en Tracts Relating to the Reformation, vol. II, (Edimburgo: Calvin Translation Society, 1849) p. 37, nuestra traducción.

[5] Ibid., p. 38.

 

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Jorge Ruiz Ortiz. Conferencia dada en el “Día de la Reforma” en la Iglesia Cristiana Presbiteriana de Alcorcón, el 1 de noviembre del 2008. Este artículo también fue publicado en la revista “Nueva Reforma”, en el año 2009.

La Adoración que Busca Dios, o De Derecho Divino

19 Le dijo la mujer: Señor, veo que tú eres profeta.

 20 Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde es necesario adorar.

 21 Le dijo Jesús: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.

 22 Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.

 23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que lo adoren.

 24 Dios es Espíritu; y los que lo adoran, en espíritu y en verdad es necesario que lo adoren.

 (Juan 4:19-24, Reina-Valera Revisión SBT)

El texto que hemos leído es un lugar clásico en la Escritura acerca de la adoración, y de seguro que nos es muy familiar a todos nosotros, y que habremos escuchado mensajes o leído libros o comentarios acerca de él. Nosotros solamente señalaremos brevemente su importancia en relación con el asunto que hoy nos ocupa, el indicado por el título de la conferencia (“La adoración en la Reforma”).

En su conversación con la mujer samaritana, el Señor Jesús estableció los principios fundamentales acerca de la adoración en el Nuevo Testamento. Ella ha de ser “en espíritu y en verdad”. Frente a la adoración falsa ofrecida por los samaritanos, Jesús afirmó que la adoración ha de ser “en verdad”, es decir, según y conforme a lo que Dios ha revelado en Su Palabra. En la disputa entre judíos y samaritanos acerca de la verdadera adoración a Dios, Jesús no tuvo problemas en reivindicar la adoración dada por el pueblo judío al decir que “la salvación viene de los judíos”, y “nosotros adoramos lo que sabemos” (vs. 22). Pero, también, ante la adoración formalista y tan sólo externa de los judíos, Jesús declaró que la adoración ha de ser “en espíritu”. De nada sirve toda la pompa y todo el aparato externo si la adoración no es un acto que brota del interior, del corazón, del espíritu. Lo cual, evidentemente, relativiza radicalmente la proliferación de formas exteriores en la adoración, abogando por la sencillez y la simplicidad en las formas en el culto a Dios.

En realidad, el alcance de las palabras de Jesús va más allá que estas dos proposiciones, puesto que no sólo corrigen la adoración falsa y formalista de unos y otros, sino que, al decir “mas la hora viene…” (vs. 23), anuncian el fin de toda la economía de la adoración que el pueblo judío había estado ofreciendo a Dios durante siglos (desde los tiempos de Moisés, mil quinientos años atrás, adoración centrada en torno a los sacrificios de animales y el Templo). Esta adoración iba a ser ahora sobrepasada, aun si esta adoración fuese hecha de manera verdadera y sincera, de corazón. El apóstol Pablo diría en la carta a Colosenses 2:17 que ella era simplemente la “sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo”. Por ello, aunque la adoración del pueblo judío en el Antiguo Testamento o Antiguo Pacto fuera revelada por Dios y verdadera, aunque ofrecida por los fieles de manera piadosa y sincera, ella tenía que dejar paso a la nueva adoración a Dios, una adoración universal, para toda nación, lengua o etnia, y no ligada a los lugares como el Templo de Jerusalem. Una adoración, en definitiva, en espíritu y en verdad.

Estas son las características que ha de tener la adoración del Nuevo del Nuevo Testamento o del Nuevo Pacto. No obstante, todavía queda por considerar una afirmación de Jesús, en este pasaje del evangelio de Juan. En efecto, Jesús en este mismo contexto, afirmó que “el Padre busca tales adoradores que lo adoren”, y esta afirmación es realmente importante, fundamental, y no debe ser eclipsada por las dos características que acabamos de comentar. Porque si nos damos cuenta, la expresión de que “el Padre busca tales adoradores”, nos revela claramente que la voluntad de Dios es ser adorado de la manera que hemos expuesto, es decir, en “espíritu y verdad”. Ésta es Su voluntad revelada para nosotros, y esto sitúa la adoración a Dios en un terreno muy concreto, puesto que hace que la adoración a Dios deje de ser, como tenemos tendencia los hombres a considerar, un asunto meramente humano, para convertirlo en una actividad sujeta a la voluntad de Dios, y por ello, en última instancia, perteneciente a la esfera en la que Dios posee un derecho soberano. En otras palabras, las palabras de Jesús afirman claramente que la adoración a Dios es un ámbito de jure divino, de derecho divino, sujeta a la autoridad y regulación de la Palabra de Dios.

Ante esta realidad, nos podemos plantear dos sencillas preguntas.

La primera: si la Biblia enseña que la adoración a Dios es de derecho divino, ¿es ésta la comprensión que domina hoy entre los que antiguamente conocidos como el pueblo de la Biblia, es decir, entre nosotros los evangélicos? Tiempo tendremos, espero, durante esta conferencia para entrar algo en detalles, pero de entrada hemos de decir, simplemente, que no, que de lo mucho que se dice hoy entre los evangélicos acerca de la adoración, llama la atención la generalizada ausencia de esta idea de la Biblia, por otra parte tan importante, de que la adoración es un ejercicio que está bajo la autoridad y el derecho de Dios.

La segunda pregunta también es sencilla: ¿ha habido una época, en los casi dos mil años de historia de cristianismo, en la que el concepto del derecho divino de la adoración haya brillado y haya sido debidamente puesto en el lugar de honor que le corresponde, y fuera considerado así de fundamental importancia para la Iglesia cristiana? Pues como espero llegar a demostrar en esta conferencia, esta época en la historia de la Iglesia no fue otra sino la Reforma protestante.

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Jorge Ruiz Ortiz, Extracto de la conferencia “La adoración en la Reforma”, dada el 1 de noviembre de 2008, en la Iglesia Cristiana Presbiteriana en Alcorcón. El texto íntegro de la conferencia fue publicado posteriormente en la revista “Nueva Reforma”.

Sed Hombres (Y También en el Canto)

“Esforzaos, oh filisteos, y sed hombres… sed hombres, y pelead” (1 Sam. 4:9)

Hace unas semanas escribí una entrada acerca del Himno nacional. Tal vez alguno se preguntaría que a qué respondía una entrada así. Bien, pues la idea era que diera pie a hablar acerca de lo que se canta en la actualidad.

Tomemos el vídeo de la concentración del pasado 6 de diciembre, en la que se cantó la propuesta de Himno nacional de la DENAES. La letra fue compuesta por el poeta Jon Juaristi y el himno, cantado por la cantante hispano-cubana Yanela Brooks.

No quiero centrarme en las cuestiones del contenido de la letra. [1] No era esto a lo que me quería referir.

¿Qué es lo que más llama la atención en esta interpretación? Pues, en mi opinión, esto: el himno está cantado por una mujer, como una canción de amor. Si lo paramos a pensar, ¿no es extraño? Los himnos nacionales no sólo identifican a un país, sino que le tiene que inspirar el espíritu, el ánimo necesario para ir a combatir por él, ya sea en la cancha deportiva o en el campo de batalla. ¿Nos imaginamos a un batallón de aguerridos soldados cantándolo así?

Digámoslo claro: España se ha convertido en un país de damiselas, en el que la masculinidad y los valores asociados con ella (valor, sacrificio, heroísmo) brillan por su ausencia. Los varones ya no hacen gala de masculinidad, y las mujeres, que tampoco destacan por su feminidad, se han impuesto en todos los órdenes de la vida pública.

Este tremendo cambio cultural al que asistimos sin darnos cuenta no es cosa de un día, ni tampoco ocurre porque sí. Imposible que se dé sin el concurso de las instituciones sociales principales (escuela y medios de comunicación, sobretodo) y sin la voluntad de los poderes detrás.

Pero, culturalmente hablando, todo este cambio se ha producido principalmente por medio de la música…

Todo esto nos podría abrir un increíble mar de reflexiones, en cuanto a la música en la iglesia (evangélica) en la actualidad. ¿Qué música se canta? ¿Quiénes la cantan? ¿Cómo? ¿Con qué efectos en el culto público, o en la vida personal de los creyentes?

¿No asistimos a la misma feminización de la iglesia, por las mismas vías que esto ha ocurrido en la sociedad (el canto de canciones románticas)? ¿No tiene que ver esto algo con que los hombres estén desertando de nuestras iglesias, en ocasiones, masivamente? ¿Nos diferenciamos hoy los evangélicos claramente de la tradición católica-romana, en el que la religión “es cosa de mujeres”? ¿Dónde están los varones, las cabezas espirituales en el hogar y los líderes de la iglesia?

Por todo esto, y por muchas otras razones, el canto de los Salmos, en casa y en la iglesia, es infinitamente mejor.

Para este 2013, podemos tomar como buenos propósitos la exhortación de la Escritura que citábamos al inicio:

“Esforzaos, oh filisteos, y sed hombres… sed hombres, y pelead” (1 Sam. 4:9)

O, en las palabras del apóstol:

“Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos” (1 Cor. 16:13).

[1] Tan sólo diré, así, de paso, dos cosas: 1) la alusión a Europa en un himno nacional parece bastante discutible, tratándose de un himno nacional; 2) lo del “árbol sagrado”, por mucho que sea “de la libertad”, tiene un saborcillo a paganismo bastante pronunciado.

Salterio de Ginebra: Los 150 Salmos Cantados

Como saben, hace pocos meses la editorial Faro de Gracia ha publicado la primera edición del Salterio español completo según las melodías de Ginebra. Una de las mayores dificultades para el canto de los Salmos es que sus bellísimas melodías son, en la actualidad, muy poco conocidas. Para solventar este problema, y como recurso para poder aprender a cantarlos debidamente, hemos grabado las primeras estrofas de todos los Salmos, para que puedan ser un referente para los individuos y congregaciones que quieran aprenderlas.

Creemos muy conveniente que, junto con estos ejemplos de los cantos, se tenga acceso a las notas de las melodías. Las Iglesias Reformadas de Canadá y América ponen a disposición  estas melodías, a las que se puede acceder haciendo clic aquí.

Estos Salmos, ya lo verán, son cantados por mi familia. Vamos, tres representantes de la misma: mi hija Anna (Salmo 75, cuando tenía 8 años), mi mujer Michaela (Salmo 19), y un servidor. Algunos Salmos son cantados a dúo juntamente con mi esposa. No hay acompañamiento musical, como creo que se tienen que cantar. El acompañamiento musical, en mi opinión, complica extraordinariamente el canto de estos Salmos, que no fueron concebidos para ser cantados así. En su lugar –proponemos– el canto tiene que ser dirigido por persona(s) que sepa(n) a la perfección los Salmos, y puedan guiar el canto con el ritmo y el espíritu debidos.

No podemos decir que seamos músicos profesionales –ni mucho menos, no es algo que pretendemos– pero lo hemos hecho de todo corazón, en homenaje y adoración a nuestro gran y buen Dios. Eso sí, la calidad técnica de la grabación es excelente, gracias al gran trabajo llevado a cabo por Julián Marinov, un hermano búlgaro cuya familia está afincada en la ciudad de Burgos.

Por lo demás, tan sólo añadiré que el uso de estos Salmos es completamente libre y gratuito. Lo único que pedimos es que si los difunden por internet en otras páginas web, puedan indicar su origen y procedencia, a poder ser, con un enlace al blog Westmisnter Hoy.

Soli Deo Gloria

LOS SALMOS METRIFICADOS EN LENGUA CASTELLANA

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El Salterio, Impreso y Ya a la Venta

El Salterio Completo en Lengua Castellana ya ha salido de la imprenta y está a la venta. Ha sido publicado por Publicaciones Faro de Gracia y puede ser comprado on-line aquí.

Se trata de los 150 Salmos de la Biblia, totalmente íntegros y versificados para ser cantados con las melodías del Salterio de Ginebra. Cuentan con la traducción del Prólogo de Juan Calvino y de las introducciones a cada salmo que figuraban en el Salterio en francés original. El principio que ha guiado la obra ha sido el de permanecer lo más cercano posible al texto bíblico en español, el de las versiones Reina-Valera de 1909 y 1960, de manera que el texto bíblico sea totalmente reconocible por todos, aun contando con las exigencias formales de ponerlo en verso.

Esta obra nos ha ocupado siete años de continuo trabajo y revisión. No ocultamos que el verlo ahora publicado es algo que nos llena de satisfacción, sobretodo porque su objetivo no es otro que la adoración pública al Señor por parte de Su iglesia. Esperamos, pues, que con él se pueda recuperar el culto protestante histórico en las iglesias evangélicas de habla hispana, algo que hoy es de tanta importancia.

Sabemos que el Salterio es prácticamente desconocido y que incluso se tiene dudas de que se pueda cantar hoy día. Pero nosotros estamos totalmente convencidos de que esto es posible. Basta con creer en la importancia del canto de los Salmos en general y cultivar el amor por el Salterio de Ginebra en particular, además de acertar en la manera de cómo cantarlos en la congregación hoy. Por ello, en  los días que vienen vamos a ir dando nuestras indicaciones al respecto.