Categoría: Teología Sistemática

Dios no es Autor del Pecado, por Thomas Watson

Thomas Watson

Pero algunos tal vez digan: Si Dios interviene en el ordenamiento de todas las cosas que acontecen, también lo hace en el pecado de los hombres…

Mi respuesta es: No, en absoluto; él no tiene nada que ver con el pecado de ningún hombre. Dios no puede ir en contra de su propia naturaleza, ni efectuar acción impura alguna, igual que el sol no puede oscurecerse. Aquí has de tener cuidado con dos cosas: así como no debes pensar que Dios sea ignorante de los pecados de los hombres, tampoco debes considerar que él intervenga en dichos pecados. ¿Es factible que Dios sea el autor del pecado y el vengador del mismo? ¿Sería lógico que Dios hiciera una ley contra el pecado y que luego tomara parte en el quebrantamiento de su propia ley?  Dios, en su providencia, permite los pecados de los hombres. “En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos” (Hch 14:16). Dios permitió su pecado, lo cual nunca habría hecho de no poder sacar un bien del hacerlo. De no haberse permitido el pecado, no se hubieran conocido tan bien ni la justicia de Dios al castigarlo, ni su misericordia al perdonarlo. El Señor se agrada en permitir el pecado, pero no toma parte en el mismo.

¿Pero no se dice que Dios endureció el corazón de Faraón? Esto es almo más que meramente permitir el pecado…

Dios no infunde maldad en los hombres, simplemente retira la influencia de sus dones y, entonces, el corazón de ellos se endurece por sí mismo, de igual modo que, al retirarse la luz, la oscuridad enseguida invade el aire; pero sería absurdo, sin embargo, decir que es la luz lo que oscurece el aire. Observarás que se dice de Faraón que endureció su propio corazón (cf. Ex 8:15). Dios no es el causante del pecado de hombre alguno: es cierto que interviene en la acción donde se encuentra el pecado, pero no toma parte en el pecado de la acción. Un hombre puede tocar un instrumento desafinado, pero la discordancia procede del instrumento; de igual manera, las acciones de los hombres, en tanto en cuanto son naturales, proceden de Dios, pero, en lo referente a u pecaminosidad, vienen de los propios hombres, y Dios no interviene en ellas en absoluto.

Thomas Watson, Tratado de Teología, (Edimburgo, Carlisle: El Estandarte de la Verdad, 2013), pp. 223-225.

La Doctrina de la Iglesia en la Confesión Escocesa (y 2)

La doctrina escocesa de la Iglesia Visible no se diferencia de manera destacada de la fe común de la Cristiandad Reformada. Y sin embargo en Escocia llegó a tener un lugar tan predominante al ser ampliamente en relación con la aplicación y el desarrollo de esta doctrina que han tenido lugar las más destacables luchas y discusiones de la vida de la Iglesia nacional. Ella [e.d., la doctrina escocesa] mira a la Iglesia en su forma visible como un Reino con un Rey que le es propio. El Rey no es un mero monarca ausente ni simplemente nominal. Él es visto como la Cabeza de la Iglesia como Su reconocido dominio. El reconocimiento de parte de sus súbditos confesantes de Su Señorío, y así de su sujeción a Su autoridad, es tal que deja a la Iglesia en su forma corporativa como una sociedad reconocible bajo la obligación de aceptar Su Palabra como la autoridad regulativa que llama a la obediencia. De esta manera, Su voluntad revelada es la última sede de autoridad en la tierra, y la verdadera libertad de la Iglesia se alcanza y goza cuando no está sujeta a ninguna otra voluntad soberana que no sea la Suya y halla delicia en el cumplimiento de sus órdenes. Su Palabra es considerada como Suya, hallándose en ella la exhibición de Su voluntad, así como la provisión que Él ha hecho para la guía, instrucción y obediencia de Sus súbditos (…) En Doctrina, en Adoración, en Disciplina y en Gobierno fue vista como tan regulativa que, aparte de las “circunstancias” –por citar de nuevo nuestra Confesión que describe el principio puritano en este asunto– “comunes a las acciones y sociedades humanas”, para los cuales no se necesita que se dé una guía especial, todo en la vida de la Iglesia ha de ser conformado al patrón provisto por precepto o ejemplo apostólico, o que se puede aprender a partir de la enseñanza e las Sagradas Escrituras (…) [El principio de la autoridad regulativa de las Escrituras] conduce a la sencillez y simplicidad en la Adoración. Conduce a la plenitud y cuidado en la afirmación doctrinal. Conduce a la conservación y defensa de los derechos del individuo. Conduce al alto estándar para alcanzar la pureza de la vida de la Iglesia. Se ha dicho de él que es intolerante y estrecho; y sus frutos han sido criticados como si su tipo de Adoración fuese pelada y raquítica, su Doctrina innecesariamente detallada y minuciosa, su Gobierno indebidamente rígido y, con respecto al gobierno civil, demasiado auto-asertivo, mientras que su Disciplina ha sido hallada culpable de poner inoportunas restricciones a la alegría de vivir. Pero no necesitamos venir de nuevo al tan a menudo repetido dicho: “Hay muchos que hablan en contra de él, porque sienten que él está hablando en contra de ellos”. Sin embargo, él tuvo el control de la formación de una nación; y al final hubo mucho que mostrar de su obra. Se creyó completamente en la suficiencia de su regla de fe y sus patrones de práctica, y sus obras vinieron a justificar su fe”.

John MacLeod, Scottish Theology, (Edimburgo: The Publications Committee of the Free Church of Scotland, 1943), p. 32-35.

La Doctrina de la Iglesia en la Confesión Escocesa (1)

Apenas hay un segmento de toda la verdad Cristiana al que se le haya prestado más abundante atención en la teología de Escocia que aquel que tiene que ver con la Iglesia de Dios. En común con el amplio tronco de enseñanza acerca de este tema entre los reformados, la Confesión Escocesa insiste mucho en la realidad de la entidad de la Iglesia de Dios tal como ella es en verdad. Su tratamiento de este tema es tal que deja claro que la Iglesia, tal como los hombres la ven, o la Iglesia Visible, no es un cuerpo distinto de la Iglesia tal como es conocida por Dios. La Iglesia de Dios es una, pero Dios la ve tal como ella es en realidad, el hombre sólo la ve conforme a la medida de su conocimiento. Tal como ella es conocida a Aquél de quien es, ella consiste en el conjunto de la Elección de Gracia. De esta manera ella está compuesta por todos los que desde toda eternidad fueron dados en el Consejo de Paz por el Padre al Hijo para que sean Su cuerpo y Su novia. Esta incontable compañía, desde el punto de vista del amor del Hijo y de Su garantía a favor suyo, es, como elegida del Padre, aceptada por el Hijo para ser Sus beneficiarios por los cuales Él vino y por los cuales Él ganó la vida eterna, que es la recompensa de Su servicio de amor. Cuando Él vino por ellos, Él fue el verdadero Israel cuyo llamamiento fue el ser el Siervo del Señor, y es Él quien en la prosecución de los propósitos de este llamamiento vino en sumisión a Su Padre para hacer Su voluntad. La misma compañía, cuando ellos recogen el bien de la obra de amor del Salvador, son hechos partícipes del fruto de Su mediación en su llamamiento por gracia. Cuando ellos son así llamados, ellos vienen a ser miembros en verdad de la Iglesia de Dios. Este llamamiento eficaz se da en la fe que los une a su Novio y Cabeza. El Espíritu, quien a título del Señor obra en ellos para llevarlos a la unión con Él, obra en ellos una vez que han pasado de muerte a vida para mantenerlos y perfeccionarlos hasta el fin. La esplendorosa unidad que es provista tanto por los pensamientos de amor de Dios así como al llevar a cabo en Su poder Su propósito de gracia, es la Iglesia en su ser esencial o la Iglesia tal como es conocida por Dios. Está compuesta históricamente por todos los que por el llamamiento de Dios fueron hechos vivos de entre los que están ya muertos, todos los que han atravesado el velo y pertenecen a la Iglesia triunfante, mientras que todavía hay en la tierra un remanente que han experimentado el poder del mismo llamamiento y, como Iglesia militante, están luchando en su camino al cielo.

 

John MacLeod, Scottish Theology, (Edimburgo: The Publications Committee of the Free Church of Scotland, 1943), p. 31-32.

 

 

 

 

El Artículo Sobre la Iglesia en la Confesión de Fe Escocesa

Scotts Confession 1560

Así como creemos en un Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, también creemos firmemente que desde el principio ha habido, hay y al fin del mundo habrá, una Iglesia, esto es, una sociedad y multitud de personas quienes correctamente lo adoran y aceptan por medio de su fe en Cristo Jesús, quien es la única cabeza de la Iglesia, así como a la vez ella es su cuerpo y su esposa. Esta Iglesia es católica, o universal, porque en ella están los elegidos de todas las edades, de todos los reinos, naciones y lenguas, sean judíos o gentiles que tienen comunión y se asocian con Dios el Padre y con su Hijo, Cristo Jesús, por medio de la santificación del Espíritu Santo. Se la llama, por lo tanto, la comunión, no de personas profanas, sino de santos, quienes, como ciudadanos de la Jerusalén celestial, disfrutan de los inestimables beneficios de un Dios, un Señor, una fe, y un bautismo. Fuera de esta Iglesia no hay ni vida ni felicidad eternas. Por lo tanto, rechazamos totalmente la blasfemia de aquellos que afirman que quienes vivan de acuerdo con la equidad y la justicia serán salvos sin tener en cuenta la religión que profesen. Así como no hay vida ni salvación sin Cristo Jesús, de la misma manera nadie tendrá parte en ella, salvo a quienes el Padre les ha dado a su Hijo Cristo Jesús, y a todos los que en el futuro acepten su doctrina y crean en él. (Incluimos a los hijos de los creyentes). Esta Iglesia es invisible, conocida sólo por Dios, quien sólo sabe a quienes ha elegido, e incluye a los elegidos que ya han muerto, a la Iglesia triunfante, a aquellos que aún viven y luchan contra el pecado y Satanás, y quienes vivirán en lo sucesivo”.

Dios No es Autor del Pecado, por Pierre Du Moulin

Pierre du Moulin

Acerca de esto hay que poner el dedo en la boca y guardarse de demandar a Dios la razón de sus acciones. No hay que cuestionarle por qué de dos pecadores, Él tuvo a bien hacer gracia a uno y no a otro; como dice S. Pablo en el capítulo 9 de los Romanos, Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? Por la palabra “deshonra” no hay que entender pecado; porque Dios no hace que los hombres sean pecadores, y Él no es el autor del pecado. Por la palabra “deshonra” hay que entender castigo, como se ve en el hecho de que a estos mismos vasos de deshonra, en el mismo lugar, se les llama “vasos de ira” destinados a perdición. Lo cual es una manera de hablar tomada de Daniel, en el último capítulo, donde se dice: Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua”.

De la misma manera, si un médico no sana a todos los enfermos que podría, no se puede deducir que Él sea la causa de su enfermedad. Así, aunque Dios no dé Su gracia a todos los pecadores, no se deduce de ello que Él sea la causa de su pecado. Es bien cierto que este médico, al no sanar a todos los que él podría hacerlo, pecaría contra las reglas de la caridad, porque él no es juez; pero Dios es juez, y Él no está sujeto a ninguna ley, y quiere que haya ejemplos de Su justicia, de la misma manera que de Su misericordia. Esto es conforme a la sentencia de Salomón en el capítulo 16 de Proverbios, donde dice: “Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo, Y aun al impío para el día malo”. Él enseña que Dios ha destinado al malo, no a ser malo, sino a ser castigado por su maldad, a fin de que Dios sea glorificado.

Pierre Du Moulin, Sixième decade de sermons, (Ginebra : 1647), p. 133s.

 

Segundo Mandamiento y Principio Regulador de la Adoración

Doré_Moisés desciende del Sinaí

Podemos en justicia preguntarnos el porqué de esta importancia dada por la Reforma a la adoración. Hasta ahora hemos visto cómo se expresó esta importancia. Pero las cosas, normalmente, tienen un porqué, una razón, o un fundamento. ¿Cuál era, pues, la razón fundamental por la cual la adoración era considerada de esta manera?

Pues de esto precisamente queremos tratar en este punto, que tiene por título la “materia y forma” de la adoración en la Reforma. “Materia y forma” son dos conceptos corrientes en la teología de la época de la Reforma, pero su significado en gran medida se ha perdido hoy en día, debido al paso del tiempo y sobre todo a los drásticos cambios en el pensamiento occidental desde entonces, al perder su entroncamiento en la filosofía clásica. No podemos entrar en detalle en esta cuestión, pero baste decir que “materia y forma” se refieren, respectivamente, a la realidad esencial de una cosa y cómo esta cosa se expresa. Tomemos un ejemplo aproximado, el de una estatua de madera: la materia de esta realidad sería la madera, y la forma sería la silueta concreta que toma la estatua. O también se podría decir que la materia de esta estatua sería la idea que el escultor tenía en mente, y la forma, el resultado final que él, con más o menos arte, obtuvo.

Todo esto también se puede emplear como herramienta a la hora de considerar la adoración en la Reforma, y creo que de una manera bastante clarificadora. Pensemos un momento, ¿cuál es el fundamento último de cómo ha de ser la adoración a Dios? De una manera general, responderemos “la Palabra de Dios”. Lo cual, por supuesto, es correcto. Pero, de manera más concreta, podemos preguntarnos ¿en qué lugar de la Palabra de Dios? O dicho de otra manera, ¿por qué los reformadores se sintieron obligados en conciencia a liderar la Reforma de la adoración a Dios? ¿Cuál era el material bíblico, la “materia” bíblica sobre la que se basaban, y qué les impelía a hacerlo?

Pues la respuesta seguramente nos estará viniendo a la cabeza, especialmente a los que estén familiarizados con los catecismos de la Asamblea de Westminster, Catecismo Infantil, Catecismo Menor o Catecismo Mayor.  La razón no es otra que el Decálogo, los Diez Mandamientos, y en particular, el Segundo Mandamiento:

“No te harás imagen, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra: no te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visita la maldad de los padres sobre los hijos, sobre los tercera y cuarta genera, a los que me aborrecen, y que hace misericordia a millares a los que me aman, y guardan mis mandamientos”.

El alcance de este Mandamiento, de hecho, va mucho más allá de la prohibición de representar a Dios o a divinidades por medio de imágenes, para dar por medio de ellas algún tipo de culto religioso. El alcance de este mandamiento ha sido admirablemente descrito en el Catecismo Mayor de la Asamblea de Westminster. Este catecismo divide tanto los deberes que este mandamiento requiere, como también los pecados que prohíbe. En cuanto a lo primero, los deberes del mandamiento, el Catecismo Mayor dice:

“Les deberes requeridos en el segundo mandamiento son recibir, observar y guardar puros y completos todo el culto religioso y las ordenanzas, tales como Dios las instituyó en su Palabra”

Y el Catecismo continúa especificando estos elementos del culto religioso a Dios que se han de guardar puros. A continuación, el Catecismo enseña acerca de los pecados prohibidos por el mandamiento, que comprenden:

“Todo lo que sea inventar, aconsejar, mandar, usar, y aprobar algún culto religioso, por sabio que sea, que no haya sido instituido por Dios”

Por consiguiente, si decíamos al inicio de la conferencia que la declaración de Jesús, de que “Dios busca adoradores que lo adoren en espíritu y en verdad”, situaba la adoración a Dios fuera de los asuntos meramente humanos para situarla en el ámbito del derecho divino, vemos que esto mismo ya estaba prescrito en el segundo mandamiento del Decálogo. Las palabras de Jesús son, en esencia, la misma enseñanza que el segundo mandamiento del Decálogo, y éste es el fundamento bíblico, o como decíamos, la materia de la adoración a Dios en la Reforma, y en última instancia, de la Reforma por causa de restaurar la adoración a Dios en la Iglesia.

Lo cierto es que no destacaremos demasiado la importancia del segundo mandamiento del Decálogo en relación con este tema de la adoración en la Reforma. Es absolutamente capital, y donde se da otra enseñanza acerca de los Diez Mandamientos, el discurso sobre la adoración se transforma sustancialmente.

Decíamos al principio acerca de la diferencia de Lutero y del luteranismo sobre la adoración con respecto a la Reforma de Ginebra o calvinista. ¿Cuál fue el origen último de esta diferencia? Podemos hablar, por un lado, del distinto momento de la Reforma que vivió Lutero y Calvino. Lutero fue el precursor, el que rompió el molde del catolicismo medieval. Por su parte, Calvino fue el perfeccionador, quien completó y perfeccionó prácticamente todo el sistema bíblico de la Reforma. Un hombre no puede tener todos los dones al mismo tiempo, por mucho que nos gustaría a nosotros tenerlos. Lutero realzó la enseñanza bíblica de la justificación por sólo la fe, sólo por los méritos de Jesucristo, sólo por gracia como la piedra angular con la que rompió con Roma, y por ello precisamente, por esta insistencia unilateral, vino la ruptura, por insistir en este punto y no otro como absolutamente innegociable. Pero eso mismo lo llevó a considerar todo lo demás como accesorio, secundario, externo para el creyente, en una palabra “adiáfora”, palabra que significa indiferente, indiferente para el cristiano salvado enteramente por gracia. De esta manera, las ceremonias, para Lutero, eran adiáfora, y por ello, el terreno en el que ejercer el amor cristiano, la paciencia mutua. [1] Y fue por esta razón por la cual el luteranismo retuvo buena parte de las ceremonias del catolicismo medieval, si bien es cierto que purgadas de sus supersticiones más groseras.

Por supuesto, que hay mucho de encomiable y a retener de esta actitud de Lutero, que él afirmó frente a las tendencias a la disgregación de los anabaptistas radicales y de ciertos sectores descontrolados de la iglesia institucional que lo seguían a él.  Pero, con todo, en un sentido esta distinta actitud estaba basada en un punto con el que no podemos estar de acuerdo. Y es el siguiente: Lutero seguía el mismo orden de los mandamientos del Decálogo que Agustín de Hipona y el catolicismo medieval, es decir, que Lutero afirmó y enseño que el segundo mandamiento no es el “no te harás imágenes” sino el “no tomarás el nombre de Dios en vano”. [2]

Este cambio no es, en absoluto, pequeño, sino que tiene unas consecuencias a largo alcance verdaderamente tremendas. Por lo pronto, sancionan el uso de imágenes en la adoración a Dios, con tal de que no sean de dioses ajenos. Pero a la larga, permite contemplar que la Iglesia tiene la libertad para introducir en la adoración todo aquello que no esté explícitamente condenado por la Palabra de Dios, y ello no solamente en el terreno de la adoración, sino también, por ejemplo, el del gobierno eclesiástico (y he aquí la razón del sistema de gobierno episcopal, de obispos, en la Iglesia romanista o en la Iglesia evangélica luterana).

Es cierto que esta actitud de Lutero con respecto a la adoración parece, a priori, una actitud más “libre” que la de de Calvino y la Reforma, pero a la larga se manifiesta exactamente lo contrario. Porque la introducción de novedades, sea en el terreno del gobierno eclesiástico o en la adoración, no descansa sino la autoridad de la Iglesia como institución. Al final del camino, invariablemente, estas innovaciones van a acabar revistiéndose de derecho divino (exactamente lo que ha ocurrido con el gobierno eclesiástico episcopal en la Iglesia papista). Esta confusión entre la autoridad de la Iglesia y la de Dios no sólo va en contra del honor de Dios, sino también va en contra de la verdadera libertad cristiana, la cual tan sólo está ligada, en conciencia, a Dios y Su Palabra.

Dicho todo esto, reitero lo dicho al principio, que nada tengo en contra del reformador Lutero. Bien al contrario, expreso mi admiración y respeto por este gran don que el Señor ha dado para la Reforma de Su Iglesia.

Hemos tratado, pues, de la “materia” de la adoración en la Reforma, y de su importancia, que es el Segundo Mandamiento del Decálogo. Ahora bien, ¿cómo se expresa este segundo mandamiento, qué “forma” adquiere en la Iglesia?

Pues la forma en la que se ha plasmado se conoce comúnmente por el llamado “principio regulador de la adoración”. Recientemente he escuchado, por un pastor americano en California llamado Richard Barcellos, la que muy bien puede ser la definición más sencilla y esclarecedora de este principio:

1. Todo lo que Dios prohíbe en Su Palabra en cuanto al culto a Dios, no ha de ser hecho.

2. Todo lo que Dios manda en Su Palabra en cuanto al culto a Dios, debe ser hecho.

3. No tenemos derecho a añadir o quitar de lo que Su Palabra nos manda o prohíbe. [3]

El resultado de todos estos principios es que la adoración resulta totalmente controlada, regulada por la Palabra de Dios. A diferencia del punto de vista romanista y aun luterano, en el que se admite que podemos aportar todo aquello que no está explícitamente condenado por la Palabra, el principio regulador, que da forma al segundo mandamiento del Decálogo, en la práctica significa que no tenemos la libertad para introducir en la adoración y el culto nada nuevo que sea ajeno a la Palabra de Dios.

La Biblia, la Palabra de Dios, en toda su plenitud, es la que rige en la adoración. El culto a Dios ha de ser enteramente bíblico. El no hacerlo, el introducir elementos nuevos en él que no se encuentran ordenados en la Palabra, es practicar lo que los reformados llamaban “culto de la voluntad”. Este culto de la voluntad se hace porque a uno le apetece o quiere, pero no está sancionado por la Palabra de Dios y por lo tanto carece de autoridad y de validez. Es, precisamente, el culto voluntario la raíz de la idolatría.

El segundo mandamiento del Decálogo, pues, fue plasmado en este principio regulador de la adoración. Este principio llegó a ser muy precisado, y serían principalmente los autores puritanos ingleses quienes desarrollarían plenamente su contenido y alcance. De hecho, los puritanos deben su mismo nombre al empeño suyo de que la Iglesia de Inglaterra, tras abrazar la Reforma, llegase a ser “pura” en cuestiones como el gobierno eclesiástico (que no hubiera el gobierno de “prelados” u obispos), pero sobre todo en la adoración. Los puritanos aparecieron ya en el año séptimo de reinado de la reina Elizabet I, es decir en el año 1565, como una reacción al “Libro de Oración Común” (compuesto por el arzobispo Cranmer en 1549 y revisado en 1559, uno año después de la llegada al poder de la reina protestante, y que en su contenido tuvo bastante influencia luterana).[4] De esta manera, con los puritanos se constituyó en la Iglesia de Inglaterra un movimiento que abogaba por alcanzar la pureza bíblica en la adoración a Dios, superando unas ceremonias, que recordemos, eran impuestas por la autoridad de la Iglesia como obligatorias para todos los ministros. De ahí, precisamente, el nombre de “puritano”.

Los puritanos fueron una corriente importantísima en Inglaterra, hasta que se llegó a los tiempos de la Asamblea de Westminster (1643-1649). La Confesión producida por esta Asamblea presentó de manera inequívoca este “principio regulador de la adoración”, principalmente en dos pasajes. Primero, en el capítulo 20, sección 2, acerca de la “Libertad de Conciencia del Cristiano”, donde leemos:

“Sólo Dios es el Señor de la conciencia, y la ha dejado libre de los mandamientos y doctrinas de hombres que sean en alguna forma contrarios a su Palabra, o estén al margen de ella en asuntos de fe o de adoración”

Aquí, por lo tanto, se está afirmando la no validez de todo aquello introducido en el terreno de la adoración sólo en base a la autoridad de la Iglesia. Pero de manera positiva, el principio regulador fue expresado explícitamente en el artículo siguiente de la Confesión, el artículo 21, sección 2, acerca del “Culto Religioso a Dios”. Leemos:

“La luz de la naturaleza muestra que hay un Dios que tiene señorío y soberanía sobre todo; es bueno y hace bien a todos; y que, por tanto, debe ser temido, amado, alabado, invocado, creído y servido con toda el alma, con todo el corazón y con todas las fuerzas – vemos aquí, claramente, un eco de la enseñanza expuesta por Calvino y el Catecismo de Ginebra acerca de la adoración al Dios Creador. –  Pero el modo aceptable de adorar al verdadero Dios es instituido por Él mismo, y está tan limitado por su propia voluntad revelada, que no se debe adorar a Dios conforme a las imaginaciones e invenciones de los hombres o las sugerencias de Satanás, bajo ninguna representación visible o en ningún otro modo no prescrito en las Santas Escrituras”

No obstante, la enseñanza acerca de la adoración de la Asamblea de Westminster ha de ser completada con la siguiente afirmación Artículo 1, sección 6, acerca de las “Sagradas Escrituras”:

“Todo el consejo de Dios tocante a todas la cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y vida, está expresamente expuesto en la Escritura o por buena y necesaria consecuencia puede ser deducido de la Escritura; a la cual nada en tiempo alguno ha de ser añadido, sea por nuevas revelaciones del Espíritu o por las tradiciones de hombres. Sin embargo, reconocemos que es necesaria la iluminación interior del Espíritu de Dios para el entendimiento salvador de tales cosas que son reveladas en la Palabra; y que hay algunas circunstancias tocante a la adoración de Dios y el gobierno de la iglesia, comunes a las acciones y sociedades humanas, que han de ser ordenadas por la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana, en acuerdo con las reglas generales de la Palabra, que siempre han de ser observadas.”

Estos tres artículos de la Confesión de Westminster, nos ayudan a tener una visión global acerca de la enseñanza de la Asamblea, que podemos presentar de una manera global por medio de las siguientes consideraciones[5]:

1) El principio regulador es una consecuencia de la suficiencia de las Escrituras (Todo el consejo de Dios tocante a todas la cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y vida, está expresamente expuesto en la Escritura)

2) El principio regulador es una consecuencia de la autoridad soberana de las Escrituras (no se debe adorar a Dios… en ningún otro modo no prescrito en las Santas Escrituras)

3) El principio regulador no afirma basarse siempre en mandamientos directos de la Escritura (por buena y necesaria consecuencia puede ser deducido de la Escritura)

4) El principio regulador no pretende es establecer todas las circunstancias precisas en las que se han de llevar a cabo la adoración. Estas circunstancias (horario, duración, etc. etc.) son dejadas a ser gobernadas muchas veces por el simple sentido común (cuando habla de ser “ordenadas por la luz de la naturaleza”), otras al juicio de la Iglesia (cuando habla de la “prudencia cristiana”), siempre y cuando esté de acuerdo a los principios generales de la Palabra de Dios.

En estas tres consideraciones, vemos como el principio regulador, aun presentándose resueltamente bíblico, muestra un grado importante de flexibilidad. Primero, no es biblicista en el sentido de basarse en un encadenamiento sin fin de citas de la Biblia sin tener en cuenta su papel en el conjunto de la Escritura. El sentido general de la Escritura cuenta, y además, las verdades deducidas de la Escritura se consideran igualmente verdades de la Palabra de Dios. Segundo, deja un margen considerable a la libertad en cuanto a las circunstancias del culto. Tercero, acerca de todo aquello que no es bíblico, en cuanto a motivos de conciencia, deja un margen de libertad total.

Dicho esto, la Confesión, en lo que se refiere a la esencia bíblica de la adoración, se muestra intratable. El contenido de la adoración no es “adiáfora”, no es indiferente. Tampoco lo es en cuanto a los llamados elementos del culto. Hemos tratado las circunstancias del culto. Las circunstancias pueden variar, pero los elementos del culto son invariables. Estos “elementos” nos los encontramos en el Artículo 21, sección 5 acerca de la Adoración Religiosa:

“La lectura de las Escrituras con temor reverencial; la sólida predicación, y el escuchar conscientemente la Palabra, en obediencia a Dios, con entendimiento, fe y reverencia; el cantar salmos con gracia en el corazón, y también la debida administración y la recepción digna de los sacramentos instituidos por Cristo”

Estos son los elementos de la adoración ordinaria a Dios. También, en ocasiones extraordinarias, se contemplan como elementos de la adoración a Dios “los juramentos religiosos, los votos, los ayunos solemnes, y las acciones de gracias en ocasiones especiales, han de usarse, en sus tiempos respectivos, de una manera santa y religiosa.”

En definitiva, si consideramos todo este contenido conjuntamente, no podemos sino admirar la fidelidad y sabiduría bíblica de nuestros padres espirituales. A veces, hay discursos bien fundamentados, pero no tienen ningún tipo de praxis, de aplicación práctica. Y por el contrario, muchas veces hay prácticas que carecen de fundamento. También hay prácticas que se absolutizan a sí mismas como norma o modelo universal. Sin embargo, no fue así con la adoración en la Reforma. Como hemos visto, el culto a Dios en la Reforma no sólo tenía un fundamento (el segundo mandamiento del Decálogo), sino que se expresaba en ninguna forma concreta (el principio regulador del culto). Era bíblica sin caer en el biblicismo. Y admitía que hubiera circunstancias que pudieran variar de un lugar a otro. Ahora bien, en aquello que constituía la esencia del culto, allí se mostró inflexible.


[1] Cf. “A Christian Exhortation to the Livonians Concerning Public Worship and Concord”

http://vdma.wordpress.com/2008/10/09/martin-luther-quote-uniformity-of-practice/

[3] Barcellos, R., “John Calvin on Public Worship” en http://www.sermonaudio.com/sermoninfo.asp?SID=104081542385

[5] Cf. Young, op. cit.

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Jorge Ruiz Ortiz. Conferencia dada en el “Día de la Reforma”, en la Iglesia Cristiana Presbiteriana de Alcorcón, el 1 de noviembre de 2008. El artículo completo apareció publicado en 2009 en la revista “Nueva Reforma”.