La Adoración que Busca Dios, o De Derecho Divino

19 Le dijo la mujer: Señor, veo que tú eres profeta.

 20 Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde es necesario adorar.

 21 Le dijo Jesús: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.

 22 Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.

 23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que lo adoren.

 24 Dios es Espíritu; y los que lo adoran, en espíritu y en verdad es necesario que lo adoren.

 (Juan 4:19-24, Reina-Valera Revisión SBT)

El texto que hemos leído es un lugar clásico en la Escritura acerca de la adoración, y de seguro que nos es muy familiar a todos nosotros, y que habremos escuchado mensajes o leído libros o comentarios acerca de él. Nosotros solamente señalaremos brevemente su importancia en relación con el asunto que hoy nos ocupa, el indicado por el título de la conferencia (“La adoración en la Reforma”).

En su conversación con la mujer samaritana, el Señor Jesús estableció los principios fundamentales acerca de la adoración en el Nuevo Testamento. Ella ha de ser “en espíritu y en verdad”. Frente a la adoración falsa ofrecida por los samaritanos, Jesús afirmó que la adoración ha de ser “en verdad”, es decir, según y conforme a lo que Dios ha revelado en Su Palabra. En la disputa entre judíos y samaritanos acerca de la verdadera adoración a Dios, Jesús no tuvo problemas en reivindicar la adoración dada por el pueblo judío al decir que “la salvación viene de los judíos”, y “nosotros adoramos lo que sabemos” (vs. 22). Pero, también, ante la adoración formalista y tan sólo externa de los judíos, Jesús declaró que la adoración ha de ser “en espíritu”. De nada sirve toda la pompa y todo el aparato externo si la adoración no es un acto que brota del interior, del corazón, del espíritu. Lo cual, evidentemente, relativiza radicalmente la proliferación de formas exteriores en la adoración, abogando por la sencillez y la simplicidad en las formas en el culto a Dios.

En realidad, el alcance de las palabras de Jesús va más allá que estas dos proposiciones, puesto que no sólo corrigen la adoración falsa y formalista de unos y otros, sino que, al decir “mas la hora viene…” (vs. 23), anuncian el fin de toda la economía de la adoración que el pueblo judío había estado ofreciendo a Dios durante siglos (desde los tiempos de Moisés, mil quinientos años atrás, adoración centrada en torno a los sacrificios de animales y el Templo). Esta adoración iba a ser ahora sobrepasada, aun si esta adoración fuese hecha de manera verdadera y sincera, de corazón. El apóstol Pablo diría en la carta a Colosenses 2:17 que ella era simplemente la “sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo”. Por ello, aunque la adoración del pueblo judío en el Antiguo Testamento o Antiguo Pacto fuera revelada por Dios y verdadera, aunque ofrecida por los fieles de manera piadosa y sincera, ella tenía que dejar paso a la nueva adoración a Dios, una adoración universal, para toda nación, lengua o etnia, y no ligada a los lugares como el Templo de Jerusalem. Una adoración, en definitiva, en espíritu y en verdad.

Estas son las características que ha de tener la adoración del Nuevo del Nuevo Testamento o del Nuevo Pacto. No obstante, todavía queda por considerar una afirmación de Jesús, en este pasaje del evangelio de Juan. En efecto, Jesús en este mismo contexto, afirmó que “el Padre busca tales adoradores que lo adoren”, y esta afirmación es realmente importante, fundamental, y no debe ser eclipsada por las dos características que acabamos de comentar. Porque si nos damos cuenta, la expresión de que “el Padre busca tales adoradores”, nos revela claramente que la voluntad de Dios es ser adorado de la manera que hemos expuesto, es decir, en “espíritu y verdad”. Ésta es Su voluntad revelada para nosotros, y esto sitúa la adoración a Dios en un terreno muy concreto, puesto que hace que la adoración a Dios deje de ser, como tenemos tendencia los hombres a considerar, un asunto meramente humano, para convertirlo en una actividad sujeta a la voluntad de Dios, y por ello, en última instancia, perteneciente a la esfera en la que Dios posee un derecho soberano. En otras palabras, las palabras de Jesús afirman claramente que la adoración a Dios es un ámbito de jure divino, de derecho divino, sujeta a la autoridad y regulación de la Palabra de Dios.

Ante esta realidad, nos podemos plantear dos sencillas preguntas.

La primera: si la Biblia enseña que la adoración a Dios es de derecho divino, ¿es ésta la comprensión que domina hoy entre los que antiguamente conocidos como el pueblo de la Biblia, es decir, entre nosotros los evangélicos? Tiempo tendremos, espero, durante esta conferencia para entrar algo en detalles, pero de entrada hemos de decir, simplemente, que no, que de lo mucho que se dice hoy entre los evangélicos acerca de la adoración, llama la atención la generalizada ausencia de esta idea de la Biblia, por otra parte tan importante, de que la adoración es un ejercicio que está bajo la autoridad y el derecho de Dios.

La segunda pregunta también es sencilla: ¿ha habido una época, en los casi dos mil años de historia de cristianismo, en la que el concepto del derecho divino de la adoración haya brillado y haya sido debidamente puesto en el lugar de honor que le corresponde, y fuera considerado así de fundamental importancia para la Iglesia cristiana? Pues como espero llegar a demostrar en esta conferencia, esta época en la historia de la Iglesia no fue otra sino la Reforma protestante.

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Jorge Ruiz Ortiz, Extracto de la conferencia “La adoración en la Reforma”, dada el 1 de noviembre de 2008, en la Iglesia Cristiana Presbiteriana en Alcorcón. El texto íntegro de la conferencia fue publicado posteriormente en la revista “Nueva Reforma”.

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