También se requieren tres deberes de aquellos que dicen Amén a lo que otros dicen.

1. Hacer atención diligentemente a lo que se ha dicho. Se nos dice que la gente que dijo Amén a la bendición de Esdras estaba de pie mientras él hablaba. Este gesto implica una atención diligente. Si nuestras mentes se distraen y no están atentas a lo que se ha dicho, ¿qué asentimiento, qué deseo, qué fe puede haber ahí? Y si no hay nada de esto, ¿para qué se dice Amén? Ciertamente es una clara burla de Dios.

2. Dar asentimiento. Si se pronuncia Amén con la boca y no se da asentimiento con el corazón, el corazón y la lengua están divididos, y no se puede hacer mejor censura de este Amen que decir que es el Amén de un hipócrita, que es odioso y detestable a Dios. El Apóstol en esta frase (¿Cómo diremos Amén?) implica asentimiento, pues un hombre puede pronunciar esta palabra Amen a aquello que no entiende, pero con asentimiento de mente y corazón no puede decir Amén.

3. Para manifestar este asentimiento. El Amén, que se usa a menudo en la Escritura, significa una manifestación de asentimiento. Porque aquello que se dice y se ha pronunciado es manifiesto. Esta manifestación de asentimiento de la parte de los oyentes debe ser, al igual que la oración de la oración por parte de los que hablan, audible. Cada oyente en la asamblea debe pronunciar un Amén, tan alto como el ministro pronunció la oración. En muchos lugares, el Amén sólo está reservado al clérigo. Pero en esto todos debemos ser clérigos. Se hace una mención a un ruido celestial, que fue como la voz de una gran multitud, y como el ruido de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decían: ¡Aleluya! Si asambleas enteras en nuestras Iglesias dijeran Amén bien audiblemente después de una oración, tan audible que el sonido de cada una de las voces allí presentes llegase al menos a oídos del ministro, sería un sonido como el que se menciona allí, como un sonido celestial: un sonido que es muy apropiado para una Iglesia. Ningún eco resuena como el eco que hacen las paredes de una iglesia con el Amén. Este sonido debería avivar los espíritus de los ministros y poner un carácter de vida celestial en el pueblo mismo.

William Gouge, A Guide to God: or An Explanation of the perfect patterne of prayer, the Lord’s prayer (Londres: 1626), § 230, pp. 334-336.

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