Etiquetado: Juan Calvino

Comentario de Calvino en Filipenses 2:12-13

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Es Dios quien obra en vosotros, etc. He aquí la verdadera artillería para abatir toda altivez, he aquí la espada para destruir todo orgullo, cuando oímos decir que no somos nada en absoluto, y que no podemos hacer nada si no es por la sola gracia de Dios. Yo entiendo aquí que habla de una gracia sobrenatural, que proviene del Espíritu de regeneración. Pues como hombres, ya estamos y vivimos y tenemos movimiento en Dios (Hch XVII,28). Pero s. Pablo habla aquí de otro movimiento distinto que el universal. Vemos ahora cuánto atribuye a Dios, y lo que nos deja a nosotros. Sigue leyendo

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La Importancia de la Adoración en la Reforma

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Para comprender la importancia concedida por la Reforma a la adoración pública a Dios. En un tratado escrito por Calvino al Emperador Carlos V (Carlos I de España) en el año 1543, Calvino afirmaba que “la sustancia entera”, toda la esencia, lo verdaderamente fundamental, “del cristianismo” es, “un conocimiento”, por este orden, “del modo en el que Dios deba ser adorado apropiadamente; y el origen de donde se obtiene la salvación”.[1]

El argumento de Calvino ante el Emperador era, pues, el siguiente: lo verdaderamente fundamental y esencial para la Iglesia es 1) la adoración, y 2) las doctrinas de la salvación. Cuando se introduce impureza en ellas, cuando se pervierte la adoración o la predicación, no sólo es legítimo sino que es necesario proceder a una Reforma de la Iglesia. De la célebre obra de Calvino Carta al Cardenal Sadoleto se desprende el cómo de su realización. Calvino contempla que los órganos que han de mantener la Iglesia en su pureza son los gobernantes establecidos por Dios en la Iglesia. Pero si los gobernantes máximos no lo hacen, entonces los ministros en posiciones digamos “inferiores” son los encargados a llevarla a cabo, por el honor de Dios y de Su verdad.[2] No están haciendo nada fuera de sus atribuciones. Simplemente, es el deber de ellos hacerlo como autoridad instituida por Dios en Su iglesia. Aunque en la posición jerárquica sean inferiores, son igualmente autoridades establecidas por Dios, y ante el ejercicio despótico del poder o una infidelidad manifiesta y continuada, la autoridad menor resiste ha de a la autoridad mayor. Ésta y no otra es la única lógica de la Reforma, y esto es precisamente lo que hicieron Calvino o el resto de los reformadores.

Hoy en día, no tenemos ningún problema en considerar la necesidad de la Reforma desde el punto de vista de la perversión doctrinal que introdujo el catolicismo medieval, y particularmente el papado, en la Iglesia. Pero tal vez, en principio, no lleguemos a verlo igual de claro en lo que respecta a la adoración. Con todo, la adoración en la Iglesia sufrió un proceso de perversión similar a lo ocurrido en el plano de la predicación. Es más, sin duda, una perversión todavía mayor, una perversión generalizada.

Pensemos en las peregrinaciones a supuestos lugares santos (explícitamente descartadas en las palabras de Jesús en Juan capítulo 4); pensemos en la proliferación exuberante de supuestas reliquias en toda Europa, detallada por Calvino con todo lujo de detalles en su Tratado de las reliquias;[3] pensemos en la proliferación igualmente asombrosa de días festivos (cuya única razón de ser descansaba en la autoridad de la Iglesia); pensemos en la adoración de reliquias y de imágenes; pensemos en la multitud de ceremonias a los que el pueblo asistía como mero espectador, sin ni siquiera entender lo que el supuesto sacerdote decía en una lengua, el latín, que ya nadie entendía fuera de los monasterios o la Universidad; o pensemos en la abominación de la misa, la adoración de los elementos de la misa, la oración a la Virgen o los santos, y tantas y tantas otras cosas introducidas por la Iglesia medieval.

La adoración y la fe, por tanto, estaban pervertidas. De hecho, la adoración y la fe de la Iglesia están tan relacionadas que no se pueden separar. Existe un antiguo principio cristiano que dice en latín “lex orandi, lex credendi”, es decir, “la ley de la oración es la ley de la fe”. Dejando aparte que la Iglesia papista se lo haya apropiado para reivindicar su liturgia, este principio en sí mismo está expresando una verdad, a la que tal vez nosotros los evangélicos nos resulta difícil ver, que es que nuestra fe se expresa en nuestra adoración, así como también nuestra adoración influye en la manera cómo creemos en Dios. Tenemos un ejemplo bíblico de esto. En el Salmo 115, tras describir la vanidad de los ídolos hechos por los hombres, se nos dice que “Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos”. La manera como adoras afecta tu fe, e incluso afecta toda tu persona.

Así, pues, la fe en los creyentes se pervirtió, y esto influyó en la adoración, y viceversa, es decir, la adoración a Dios en la Iglesia se pervirtió, y esto a su vez influyó en la fe de los creyentes. Y ambas, adoración y fe, llamaban a operar una Reforma en la Iglesia, por el honor debido a Dios y Su verdad. Y el Señor, en Su misericordia y en la fidelidad a las promesas de Su alianza, la propició levantando a los reformadores en distintos países de Europa.

También hay que decir que en aquel mismo tiempo no todos compartían la necesidad de la Reforma por motivo de la perversión de la adoración. Nos referimos principalmente a los erasmistas. Los erasmistas eran los seguidores de Erasmo de Rotterdam, y esta corriente se puede definir como un humanismo cristiano. A pesar de que tenían una antropología optimista, mantenían algunas posiciones similares a la Reforma, sobre todo sobre todo a la hora de criticar a las ceremonias de la Iglesia. Sin embargo, tampoco querían cortar con ellas. Lo que buscaban los erasmistas era una suerte de acomodación dentro de la gran Iglesia, como una corriente “ilustrada” en el seno de la misma. Para los erasmistas, las ceremonias de la Iglesia, todas ellas, eran de carácter totalmente secundario, totalmente exteriores. Lo único que importaba era la fe personal en el ámbito personal y privado, y por ello se explica que pudieran continuar en el seno de la “gran” Iglesia.

Evidentemente que según esta lógica erasmista, no había necesidad de Reforma de la Iglesia, porque lo realmente importante es lo que sucede con los individuos.

Fue particularmente el reformador Calvino quien luchó contra esta manera de pensar y actuar, que él llamó “nicodemismo” (de Nicodemo, en Juan cap. 3, que vino a visitar a Jesús en secreto, de noche). Esta cuestión del nicodemismo fue una parte bastante importante del ministerio de Calvino. En el año 1537, Calvino escribía dos epístolas en latín en las que se invitaba a los iluminados por el Evangelio a no mezclarse en las ceremonias de la Iglesia romana. En 1540 escribiría otra carta del mismo contenido. En el año 1543, publicó el “Tratado del Fiel entre los papistas”, seguida al año siguiente de la “Excusa a los nicodemitas”. Por último, Calvino reunió todos estos escritos y los publicó, primero en latín y, en el año 1551, en francés.

De manera particular, el Tratado del Fiel entre los papistas  y la Excusa a los nicodemitas, fueron enviados masivamente a Francia desde la vecina Suiza, y sin ningún lugar a dudas, mantuvieron viva la necesidad de la Reforma entre los sectores que habían sido alcanzado por el Evangelio. Lo cual se iba a traducir, entre la asombrosa formación, entre los años 1555 y 1562, de nada menos que 2000 congregaciones protestantes en toda Francia.

El argumento de Calvino era bíblico y era sencillo: los actos de culto a Dios, aunque sean exteriores, son importantes, puesto que es la adoración debida al Dios Creador y Soberano, porque se trata de la profesión pública de nuestra fe, y por encima de todo, porque se trata del honor de Dios. ¿Hay que honrar a Dios conforme a lo que Él nos dice en Su Palabra o por las imaginaciones de los hombres? La respuesta está clara, y el no participar de las ceremonias papistas, por consiguiente, la creación de congregaciones reformadas se convertía en un deber de conciencia.

Bien, de esta manera hemos visto cómo la restauración de la verdadera adoración a Dios es la razón y el porqué de la Reforma. Ahora bien, retomando la cita del tratado enviado por Calvino al Emperador, recordemos, tanto la adoración como la enseñanza de la salvación son los dos pilares esenciales de la Iglesia y, asimismo de la Reforma. ¿No nos llama la atención esta idea?

Nos referimos al orden en estas ideas: primero la adoración, luego la salvación. La adoración tiene, pues, la primacía. Podemos ver este pensamiento más detallado en el Catecismo de la Iglesia de Ginebra, cuyas tres primeras preguntas dicen así:

“P – ¿Cuál es el fin principal de la vida humana?

R – Conocer a Dios por el cual los hombres fueron creados.

P – ¿Por qué razón dices eso?

R – Porque nos ha creado y nos ha colocado en este mundo para ser glorificado en nosotros. Y, en efecto, es justo que nuestra vida, de la cual Él mismo es el principio, sea dedicada para Su gloria.

P – ¿Cuál es el bien supremo del hombre?

R- Exactamente lo mismo.” [4]

 

Y un poco más adelante, la pregunta número 6 y 7 dicen:

P – ¿Cuál es el verdadero y recto conocimiento de Dios?

R – Cuando Él es conocido de manera que le es dado el honor debido a Él.

P – ¿Cuál es el método de honrarlo debidamente?

R – Poner nuestra entera confianza en Él; estudiar servirlo durante toda nuestra vida obedeciendo a Su voluntad; invocarlo en todas nuestras necesidades, buscando la salvación y toda buena cosa que pueda ser deseada en Él; finalmente reconocerlo tanto de corazón como de labios como el único Autor de toda bendición.” [5]

 

¡Es verdaderamente extraordinario el pensamiento transmitido aquí por el Catecismo, que, recordemos, era para instruir a los niños! El fin o propósito de Dios al crear al hombre es que éste Lo conozcan a Él. Se trata, pues, del conocimiento del Dios Creador. Y este fin y propósito de Dios coincide con lo que es para el hombre el mayor bien. Pero Dios sólo es conocido verdaderamente cuando se le honra o se le adora como es debido, un conocimiento que incluye el conocerlo como Salvador.

Por lo tanto, conocimiento del Dios Creador y del Dios Redentor en Jesucristo, no son contrarios ni están en dicotomía (como sucede en el luteranismo), sino que se encuentran juntos en el verdadero conocimiento de Dios. La salvación está incluida en este verdadero conocimiento de Dios, cuyo fin principal es dar la honra y gloria debida a Dios.

Hay también que decir que, por supuesto, esta honra a Dios, esta adoración, en el pensamiento del Reformador Calvino, no es absolutamente idéntica a la adoración cúltica de la Iglesia. Pero ciertamente la comprende e incluye. La adoración en la Iglesia, desprovista de la fe y de la realidad espiritual por parte del que adora, no representa nada. Pero en aquel que verdaderamente conoce a Dios, no sólo como su Creador sino también como su Salvador en Jesucristo, esta adoración cúltica en la Iglesia es la manifestación pública del fin principal para el cual ha sido creado y salvado por Dios.

En definitiva, la importancia de la adoración en la Reforma se ve claramente al comprobar que ella fue una de las causas principales precisamente de la Reforma, y que ella era considerada como el fin principal y el mayor bien del hombre.


[1] Juan Calvino, La necesidad de reformar la iglesia, (Edmonton: Landmark, 2009), p. 13.

[2] Cf. Respuesta al Cardenal Sadoleto, (Rijswick: FELIRE, 1990), p. 45-46, 48, 50.

[3] Cf. Traité des reliques, suivi de l’excuse a Messieurs les nicodémites, (Paris : Éditions Bossard, 1921), pp. 85-187,

[4] Calvin, J., “Catechism of the Church of Geneva”, en Tracts Relating to the Reformation, vol. II, (Edimburgo: Calvin Translation Society, 1849) p. 37, nuestra traducción.

[5] Ibid., p. 38.

 

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Jorge Ruiz Ortiz. Conferencia dada en el “Día de la Reforma” en la Iglesia Cristiana Presbiteriana de Alcorcón, el 1 de noviembre del 2008. Este artículo también fue publicado en la revista “Nueva Reforma”, en el año 2009.

El Etos Marcial del Culto Reformado Histórico: El Canto de Salmos para un Vigoroso Culto del Reino (parte 2)

Psautier 1563

[Continuamos con la excelente serie del Pastor John Sawtelle[1] acerca de la historia de los Salmos de Ginebra y su papel en las Guerras de Religión de los siglos XVI y XVII en Europa. Pueden consultar el original en inglés aquí. Westminster Hoy no comparte forzosamente la totalidad de los puntos de vista del autor, pero recomienda vehementemente su lectura].

Al pensar acerca de la práctica histórica Reformada del canto de Salmos y cómo ella cultivó el particular efecto de un etos marcial, será útil delinear brevemente el origen y la distribución del Salterio de Ginebra, el cual tendría un papel esencial para dar forma al culto reformado al menos durante unos siglos después de la Reforma. Aunque ya se cantaban los Salmos entre los reformados en la década de 1520, fue Calvino quien ayudó a que esta práctica llegara a ser una seña de identidad para las iglesias reformadas. Tomando un vía media entre Lutero, por un lado, quien incorporó himnos y salmos en la adoración pública, y Zwinglio, por otro, quien rechazó totalmente el uso tanto de instrumentos como incluso del canto en el culto público, Calvino propuso el canto de los Salmos a capela por toda la congregación.

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Cita Diaria con Calvino (153)

“No obstante, el menosprecio de esta vida, que han de esforzarse por adquirir los fieles, no ha de engendrar odio a la misma, ni ingratitud para con Dios. Porque esta vida, por más que esté llena de infinitas miserias, con toda razón se cuenta entre las bendiciones de Dios, que no es licito menospreciar. Por eso, si no reconocemos en ella beneficio alguno de Dios, por el mismo hecho nos hacemos culpables de enorme ingratitud para con Él. Especialmente debe servir a los fieles de testimonio de la buena voluntad del Señor, pues toda está concebida y destinada a promover su salvación y hacer que se desarrolle sin cesar. Porque el Señor, antes de mostrarnos claramente la herencia de la gloria eterna, quiere demostrarnos en cosas de menor importancia que es nuestro Padre; a saber, en los beneficios que cada día distribuye entre nosotros.

Por ello, si esta vida nos sirve para comprender la bondad de Dios, ¿hemos de considerarla como si no hubiese en ella el menor bien del mundo? Debemos, pues, revestirnos de este afecto y sentimiento, teniéndola por uno de los dones de la divina benignidad, que no deben ser menospreciados. Porque, aunque no hubiese numerosos y claros testimonios de la Escritura, la naturaleza misma nos exhorta a dar gracias al Señor por habernos creado, por conservarnos y concedernos todas las cosas necesarias para vivir en ella, Y esta razón adquiere mucha mayor importancia, si consideramos que con ella en cierta manera somos preparados para la gloria celestial. Porque el Señor ha dispuesto las cosas de tal manera, que quienes han de ser coronados en el cielo luchen primero en la tierra, a fin de que no triunfen antes de haber superado las dificultades y trabajos de la batalla, y de haber ganado la victoria”. 

Institución de la religión cristiana III.IX.3 (p. 548).

Cita Diaria con Calvino (152)

“Por tanto, sea cual sea el género de tribulación que nos aflija, siempre debemos tener presente este fin: acostumbrarnos a menospreciar esta vida presente, y de esta manera incitarnos a meditar en la vida futura. Porque como el Señor sabe muy bien hasta qué punto estamos naturalmente inclinados a amar este mundo con un amor ciego y brutal, aplica un medio aptísimo para apartarnos de él y despertar nuestra pereza, a fin de que no nos apeguemos excesivamente a este amor.

Ciertamente no hay nadie entre nosotros que no desee ser tenido por hombre que durante toda su vida suspira, anhela y se esfuerza en conseguir la inmortalidad celestial. Porque nos avergonzarnos de no superar en nada a los animales brutos, cuyo estado y condición en nada sería de menor valor que el nuestro, si no nos quedase la esperanza de una vida inmarcesible después de la muerte. Mas, si nos ponemos a examinar los propósitos, las empresas, los actos y obras de cada uno de nosotros, no veremos en todo ello más que tierra. Y esta necedad proviene de que nuestro entendimiento se ciega con el falaz resplandor de las riquezas, el poder y los honores, que le impiden ver más allá. Asimismo el corazón, lleno de avaricia, de ambición y otros deseos, se apega a ellos y no puede mirar más alto. Finalmente, toda nuestra alma enredada y entretenida por los halagos y deleites de la carne busca su felicidad en la tierra.

El Señor, para salir al paso a este mal, muestra a los suyos la vanidad de la vida presente, probándolos de continuo con diversas tribulaciones. Para que no se prometan en este mundo larga paz y reposo, permite que muchas veces se vean atormentados y acosados por guerras, tumultos, robos y otras molestias y trabajos. Para que no se les vayan los ojos tras de las riquezas caducas y vanas los hace pobres, ya mediante el destierro, o con la esterilidad de La tierra, con el fuego y otros medios; o bien los mantiene en la mediocridad. Para que no se entreguen excesivamente a los placeres conyugales, les da mujeres rudas o testarudas que los atormenten; o los humilla, dándoles hijos desobedientes y malos, o les quita ambas cosas. Y Si los trata benignamente en todas estas cosas, para que no se Llenen de vanagloria, o confíen excesivamente en sí mismos, les advierte con enfermedades y peligros, y les pone ante los ojos cuan inestables, caducos y vanos son todos los bienes que están sometidos a mutación.

Por tanto, aprovecharemos mucho en la disciplina de la cruz, si comprendemos que esta vida, considerada en si misma, está llena de inquietud, de perturbaciones, y de toda clase de tribulaciones y calamidades, y que por cualquier lado que la consideremos no hay en ella felicidad; que todos sus bienes son inciertos, transitorios, vanos y mezclados de muchos males y sinsabores. Y así concluimos que aquí en la tierra no debemos buscar ni esperar más que lucha; y que debemos levantar los ojos al cielo cuando se trata de conseguir la victoria y la corona. Porque es completamente cierto que jamás nuestro corazón se moverá a meditar en la vida futura y desearla, sin que antes haya aprendido a menospreciar esta vida presente”. 

Institución de la religión cristiana III.IX.1 (p. 548).

Cita Diaria con Calvino (151)

“Sin embargo es un gran consuelo padecer persecución por la justicia. Entonces debemos acordarnos del honor que nos hace el Señor al conferirnos las insignias de los que pelean bajo su bandera.

Llamo padecer persecución por la justicia no solamente a la que se padece por el Evangelio, sino también a la que se sufre por mantener cualquier otra causa justa. Sea por mantener la verdad de Dios contra las mentiras de Satanás, o por tomar la defensa de los buenos y de los inocentes contra los malos y perversos, para que no sean víctima de ninguna injusticia, en cualquier caso incurriremos en el odio e indignación del mundo, por lo que pondremos en peligro nuestra vida, nuestros bienes o nuestro honor. No llevemos a mal, ni nos juzguemos desgraciados por llegar hasta ese extremo en el servicio del Señor, puesto que Él mismo ha declarado que somos bienaventurados (Mt. 5: 10).

Es verdad que la pobreza en sí misma considerada es una miseria; y lo mismo el destierro, los menosprecios, la cárcel, las afrentas; y, finalmente, la muerte es la suprema desgracia. Pero cuando se nos muestra el favor de Dios, no hay ninguna de estas cosas que no se convierta en un gran bien y en nuestra felicidad.

Prefiramos, pues, el testimonio de Cristo a una falsa opinión de nuestra carne. De esta manera nosotros, a ejemplo de los apóstoles, nos sentiremos gozosos “de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre (de Cristo)” (Hch. 5:41). Si siendo inocentes y teniendo la conciencia tranquila, somos despojados de nuestros bienes y de nuestra hacienda por la perversidad de los impíos, aunque ante los ojos de los hombres somos reducidos a la pobreza, ante Dios nuestras riquezas aumentan en el cielo. Si somos arrojados de nuestra casa y desterrados de nuestra patria, tanto más somos admitidos en la familia del Señor, nuestro Dios. Si nos acosan y menosprecian, tanto más echamos raíces en Cristo. Si nos afrentan y nos injurian, tanto más somos ensalzados en el reino de Dios. Si nos dan muerte, de este modo se nos abre la puerta para entrar en la vida bienaventurada. Avergoncémonos, pues, de no estimar lo que el Señor tiene en tanto, como si fuera inferior a los vanos deleites de la vida presente, que al momento se esfuman como el humo”. 

Institución de la religión cristiana III.VIII.7 (p. 541-542).