Categoría: Romanismo

El Inicio la Paganización Bajo el Papismo: Las Instrucciones de Gregorio Magno a los Misioneros en Inglaterra

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A principios del siglo V se dieron las invasiones germánicas en el Imperio Romano. Las Islas Británicas fueron invadidas por los anglos y los sajones, quienes se instalaron en la parte central de la isla. La población autóctona, de origen celta, fue empujada a la periferia: Gales, Escocia, Irlanda e incluso Bretaña. El cristianismo celta fue también expulsado y sus templos destruidos. Los anglos y sajones eran paganos; no querían ser evangelizados por aquellos a los que habían conquistado.

Así quedó la situación hasta que el obispo de Roma, Gregorio Magno (540-604), organizó en el año 597 un viaje misionero de unos 40 monjes, dirigidos por quien sería llamado Andrés de Canterbury (534-604). Esta misión sí que tuvo éxito, comenzando con la conversión y bautismo del rey Ethelberto (560-616). Aunque, en líneas generales, consiguiera este éxito de una manera muy peculiar.

Una de las cuestiones que los monjes le plantearon a Gregorio por carta es qué hacer con los antiguos templos paganos y las ancestrales prácticas de paganismo que los que en teoría se habían convertido continuaban practicando. La respuesta de Gregorio, por carta, muy interesante, la leemos a continuación:

UNA COPIA DE LA CARTA QUE EL PAPA GREGORIANO ENVIÓ AL ABAD MELLITUS, Y LUEGO A GRAN BRETAÑA. [A.D. 601.]

 

Habiendo partido los antedichos mensajeros, el Santo Padre Gregorio envió tras ellos cartas dignas de ser conservadas en la memoria, en las que muestra claramente el cuidado que tuvo por la salvación de nuestra nación. La carta era la siguiente.

 

“A su hijo más querido, el abad Mellitus; Gregorio, el siervo de los siervos de Dios. Hemos estado muy preocupados, desde la partida de nuestra congregación que está con ustedes, porque no hemos recibido ningún relato del éxito de su viaje. Cuando, por lo tanto, Dios Todopoderoso os traiga al reverendísimo Obispo Agustín, nuestro hermano, decididle lo que tengo, después de una madura deliberación sobre el asunto de los ingleses, a saber, que los templos de los ídolos de esa nación no deben ser destruidos, sino que los ídolos que hay en ellos sean destruidos; que se haga agua bendita y se rocíe en dichos templos, que se erijan altares y que se coloquen reliquias. Porque si esos templos están bien construidos, es necesario que se conviertan de la adoración de los demonios al servicio del Dios verdadero; que la nación, viendo que sus templos no son destruidos, pueda eliminar el error de sus corazones, y conociendo y adorando al Dios verdadero, recurra más familiarmente a los lugares a los que han estado acostumbrados. Y porque han sido usados para sacrificar muchos bueyes en los sacrificios a los demonios, alguna solemnidad debe ser cambiada por ellos por este motivo, como la del día de la dedicación, o la de los nacimientos de los santos mártires, cuyas reliquias están allí depositadas, que pueden construirse a sí mismos chozas de las ramas de los árboles, sobre las iglesias que se han convertido a ese uso desde los templos, y celebran la solemnidad con fiestas religiosas, y no ofrecen más bestias al Diablo, sino que matan ganado para alabanza de Dios en su comida, y den gracias al Dador de todas las cosas para su sustento; con el fin de que, si algunas gratificaciones son permitidas exteriormente, puedan consentir más fácilmente a las consolaciones interiores de la gracia de Dios. Porque no hay duda de que es imposible borrar todo de una vez por todas de sus mentes obstinadas; porque el que se esfuerza por ascender al lugar más alto, se eleva por grados o escalones, y no por saltos. Así, pues, el Señor se dio a conocer al pueblo de Israel en Egipto; y sin embargo, les permitió el uso de los sacrificios que acostumbraban ofrecer al Diablo en su propia adoración, para ordenarles en su sacrificio que mataran a las bestias, a fin de que, cambiando sus corazones, pudieran dejar a un lado una parte del sacrificio, mientras que retenían a otra; que mientras ofrecían las mismas bestias que solían ofrecer, las ofrecieran a Dios, y no a los ídolos; y que por lo tanto, dejaran de ser los mismos sacrificios. Esto es lo que os corresponde comunicar a nuestro antedicho hermano, para que, estando allí presente, pueda considerar cómo ha de ordenar todas las cosas. Que Dios te proteja, hijo amado.

 

“Dado el 17 de junio, en el decimonoveno año del reinado de nuestro señor, el más piadoso emperador, Mauricio Tiberio, el decimoctavo año después del consulado de nuestro señor. La cuarta acusación”.

Beda el Venerable, Historia eclesiástica del pueblo inglés, cap. XXX.

En resumidas cuentas, Gregorio instruyó a los monjes que: 1) se usaran los antiguos templos paganos para la adoración (rociándolos de agua bendita y poniendo allí algunas “reliquias” cristianas); y 2) se les permitiera a la gente seguir ofreciendo sacrificios de animales (!!!) en aquellos antiguos templos paganos, con tal que lo hicieran en las días festivos cristianos y que fueran ofrecidos a Dios. Como resultado, los paganos lo único que harían en el futuro es seguir tranquilamente con sus prácticas ancestrales. Sólo cambiaría, al final, la nomenclatura.

La justificación bíblica que ofrece Gregorio es absolutamente deficiente: al salir de Egipto, los israelitas dejaron de sacrificar a los dioses de Egipto para hacerlo al Dios verdadero, cierto, pero no lo hicieron cómo les pareció bien, sino que siguiendo las precisas instrucciones divinas de cómo, cuándo y dónde debían hacerlo. En cuanto a la justificación psicológica de esta medida (no nos convertimos absolutamente de repente), ciertamente tiene algún elemento de verdad. Pero, ¿dónde se sitúa la línea divisoria entre el convertido y el no convertido, sino en que el primero es quien ha abandonado a los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tes 1:9 RV-SBT)?

Sea como fuere, es aquí donde se puede situar el inicio de la desgraciada amalgama de cristianismo y paganismo. Un rasgo característico del papismo, pues, y nunca mejor dicho.

La Amalgama Papista entre Paganismo y Cristianismo: El Ejemplo de Lourdes

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Una de las características más acusadas del romanismo o papismo es la amalgama o mixtura que ha intentado hacer a lo largo de los siglos entre cristianismo y paganismo. Esto, evidentemente, no fue lo que enseñaron los apóstoles en el Nuevo Testamento, ni lo que la Iglesia apostólica practicó, ni tampoco se conoció durante toda la era patrística -grosso modo, desde los apóstoles hasta la caída de Roma en el año 476-. Prueba de esto último es que Celso, en su Discurso verdadero, reprochaba a los cristianos el nulo interés de la “nueva religión” por las imágenes y los dioses paganos.

Sin embargo, las cosas en el Occidente cristiano iban a cambiar radicalmente desde la misión enviada por el obispo de Roma, Gregorio Mago (c. 540-604), para evangelizar los anglos y sajones en Inglaterra. Todo cambió a partir de ahí. Hasta llegar al día de hoy, a lo que todos conocemos muy bien en nuestros países hispanos de tradición papista.

Un ejemplo paradigmático de este intento de fusión entre cristianismo y paganismo lo podemos ver en la siguiente entrada de diccionario, acerca de un famoso culto papista de fama mundial.

LOURDES: Principal centro pirenaico de peregrinación a la Virgen María, para la que existen más de 300 lugares de culto repartidos en las dos vertientes de la cordillera. El agua de la fuente de la cueva de Massabielle atrae todos los años a más de 4 millones de peregrinos y ja permitido 64 curaciones milagrosas oficialmente reconocidas. La cueva de Massabielle tenía la reputación, antes de las apariciones de 1858, de ser frecuentada por las Hennas Blancas, las Damas Blancas, y es con esa denominación que Bernadette Souvirous descubrió sus apariciones.

Un templo dedicado a Mitra se elevaba sin duda al pie del castillo de Lourdes, donde en 1844 se descubrió una cabeza de este dios en el transcurso de unas excavaciones realizadas por el cuerpo de ingenieros militares.

Olivier de Marliave, Pequeño diccionario de mitología vasca y pirenaica, (Barcelona, Alejandría, 1995), p. 95

“Ha Parecido Bien al Espíritu Santo y a Nosotros” Significa “Por la Autoridad de Dios” (Comentario de Calvino en Hch 15:28)

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Cualquiera que algo familiarizado con  el catolicismo-romano –o más bien papismo, término para nada despectivo, sino que expresa con precisión la naturaleza de esta religión– sabe la importancia que se le da en él a la declaración: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros” (Hechos 15:28 RV-SBT), tanto para basar la supuesta infalibilidad de esta iglesia (de Concilios y, desde Vaticano I, del “papa”), como, sobre todo, justificar las innovaciones dogmáticas de esta iglesia, que siempre han de ser consideradas igualmente infalibles. Según esta manera de ver,  este texto del libro de Hechos vendría a ser como una declaración de la Iglesia no directamente basada en la Escritura, sino por una autoridad que le es propia a la Iglesia, y que a partir de su promulgación adquiriría el carácter de autoridad divina.

En realidad, lo que enseña este pasaje es algo totalmente distinto. Leyendo Hechos 15, no se ve que la Iglesia reunida en el primer Concilio en Jerusalén hubiera decidido la cuestión de los judaizantes por la autoridad de la Iglesia, como si la tuviera aparte o por encima de la Escritura. Al contrario: fue la Escritura la guía del Espíritu Santo en el Concilio. Además, no se aprecia allí tanto consenso –concepto igualmente clave en el papismo–, sino que fueron el apóstol Pedro y sobre todo Santiago, el hermano del Señor, los que en él expusieron la Escritura con la autoridad de Dios, el Espíritu Santo. Lo que el Concilio resolvió, pues, fue siempre por la autoridad de Dios.

Creemos que las palabras del reformador Juan Calvino en su comentario sobre Hechos 15:28 aclaran suficientemente toda esta cuestión:

En cuanto a que los Apóstoles y los Ancianos se añadieran como compañeros al Espíritu Santo, ellos no se atribuyen nada en especial en esto, sino que esta manera de hablar es como si dijeran que el Espíritu Santo les ha guiado y conducido; y que han ordenado lo que escriben estando inspirados por él.

Porque esta manera de hablar es bastante frecuente en la Escritura, a saber, que pone en segundo lugar a los Ministros después de haber expresado primero el nombre de Dios. Cuando se dijo que el pueblo creyó a Dios y a Moisés, su siervo (Éxodo 14:34), la fe no se ha desgarrado por esto, de manera que esté sujeta en parte a Dios y en parte a un hombre mortal. ¿Qué, pues? Como es cierto que el pueblo tuvo a Dios como único autor de su fe, él añadió fe también a su siervo Moisés, de quien era inseparable. Y ciertamente el pueblo no podía creer a Dios más que recibiendo la doctrina propuesta por Moisés, de la misma manera que al rechazar y despreciar a Moisés anteriormente, rechazaron el yugo de Dios. Y por esto se rechaza la impudicia de los que, presumiendo de fe a boca plena, desprecian sin embargo el ministerio de la Iglesia con una impiedad orgullosa. Porque de la misma manera que sería un reparto sacrílego, si la fe dependiera en parte de un hombre, incluso en el menor punto posible, así también aquellos que no tienen en cuenta a los Ministros, por los cuales Dios habla, y aparentan recibirlo como Señor, se burlan abiertamente de él. Los Apóstoles, pues, niegan que se hayan forjado de su mente esta ordenanza que dan a los gentiles, sino que solamente han sido Ministros del Espíritu Santo; y esto a fin de autorizar con la autoridad de Dios lo que ellos han recibido de él y pasan de mano en mano. También cuando S. Pablo menciona su Evangelio, no presenta un Evangelio nuevo, que él hubiera forjado por sí mismo, sino que predica este mismo Evangelio que le fue entregado por Cristo.

Pero los Papistas se muestran ridículos cuando quieren probar por estas palabras que la Iglesia posee alguna autoridad propia; y lo que es más, se contradicen a sí mismos. Porque ¿qué excusa tienen para debatir que la Iglesia no puede errar, sino por ser gobernada inmediatamente por el Espíritu Santo? Por esta causa, ellos se jactan a gritos que sus invenciones, por las cuales los redargüimos, son oráculos del Espíritu Santo. Es, pues, una gran locura suya la de presentar esta palabra, “Nos ha parecido bien”. Porque si los Apóstoles han ordenado algo sin el Espíritu Santo, esta primera máxima caerá inmediatamente al suelo: Que nada sea decretado por los Concilios que no sea ordenado y dictado por el Espíritu Santo.

Jean Calvin, Commentaires de Jehan Calvin sur le Nouveau Testament, tome II, Evangile selon S. Jean et les Actes des Apostres, (París : Librairie de Ch. Meyreueis et Compagnie, 1854),  pp. 755-756

La Asunción de María y España

Fiesta de Asunción y de Vaquillas

El mes de agosto, en España, es el mes de vacaciones por excelencia. Desde las últimas décadas del siglo pasado (aproximadamente, a partir de la irrupción masiva del turismo, allá por los años sesenta) el mes de agosto viene a ser sinónimo de ciudades vacías, playas llenas e innumerables fiestas locales en los pueblos, amenizadas por vaquillas, verbenas y cohetes. Y si uno se pregunta por qué es precisamente el mes de agosto el elegido para toda esta deserción masiva de la vida cotidiana, normalmente se responde culpando al excesivo calor de este mes. Lo cual es curioso, porque es agosto cuando normalmente empiezan a bajar algo los rigores del verano. Lo peor, julio, se pasó, y trabajando.

Es en este contexto, tan típicamente hispánico, en el que se encuentra la festividad de la Asunción de María, que se celebra el 15 de agosto. Justo a la mitad del mes, como hecho aposta. Sigue leyendo

Francisco I No Juzga, Dice, a los Gays

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Al regreso de su paseo por Brasil, en el avión que lo traía de regreso a Roma, el “papa” Francisco I concedió una entrevista a un grupo de periodistas en la que, en italiano, dijo literalmente: “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?” Estas declaraciones se hacían en el contexto de una pregunta en relación al último escándalo homosexual, esta vez por parte de Monseñor Ricca. Se da la circunstancia que este prelado fue un nombramiento directo de Francisco I, quien el pasado 15 de junio lo puso al frente del Banco del Vaticano. Poco ha tardado, pues, en filtrarse esta información, que tiene todos los visos de provenir de sectores del Vaticano contarios a su nombramiento.

En la entrevista, Francisco I abogó por su propio protegido, al decir: “Con respecto a monseñor Ricca, he hecho lo que el derecho canónico manda hacer, que es la investigación previa. Y esta investigación no dice nada de lo que se ha publicado. No hemos encontrado nada”. Según informaciones vertidas por el diario italiano L’Expresso, y recogidas también por el diario español El País, Ricca durante su periodo en Uruguay mantuvo diversos episodios homosexuales. En todo caso, a juzgar por sus declaraciones, parece claro que que Francisco I tiene la intención de mantenerlo en su puesto.

El “papa” podría haberse callado ahí, pero a continuación, continuó con su declaración diciendo: “Pero yo querría añadir una cosa sobre esto”. Y entonces, empezó a disertar acerca de los pecados de juventud, del pecado de Pedro que no impidió que lo hicieran “papa”, insertó la declaración que hemos citado al inicio acerca de su incapacidad para juzgar a los homosexuales, para concluir diciendo la siguiente frase: “Le agradezco tanto que me haya hecho esta pregunta”. Todo indica, pues, que Francisco I tenía preparada esta declaración acerca de no puede juzgar a los homosexuales y que la introdujo “con calzador” en esta pregunta acerca de Ricca.

El “papa” sabe que es la persona, seguramente, más influyente del mundo y que cada gesto y cada palabra suya son analizados con lupa. Sabía, pues, de la transcendencia de lo que iba a decir, y lo dijo. Inmediatamente, su declaración se reprodujo en todos los medios digitales, y todavía hoy es portada en algunos de los de prensa escrita. Trabajo tienen los medios de obediencia papista para explicar a los fieles que Francisco, en el fondo, mantiene la misma doctrina de siempre de la iglesia católica-romana. Aquí estamos ante un hito de importancia no pequeña por parte del “papa”. ¿Cuál diríamos que es su significado?

En primer lugar, vemos  cómo el papado ha asumido la terminología pro-homosexual, al hablar precisamente de “gays”.  No es lo mismo hablar de “homosexual” que de “gay”. Un homosexual puede serlo aun luchando en contra de ello y sin practicar sexo, por sentir pulsiones homosexuales (es así como principalmente se caracteriza al homosexual en el Catecismo de la Iglesia Católica, §2358-2359). Pero no es así con la palabra “gay”, que originalmente, tanto en francés como en inglés, significa “alegre”, y que denota aquel que alegre y orgullosamente (ver la expresión consagrada del gay pride, “orgullo gay” en español) mantiene relaciones homosexuales.

En segundo lugar, el “papa” está afirmando que se puede ser “gay” (homosexual alegremente en activo) y cristiano. Es lo que se desprende de la frase que sigue: “y busca al Señor y tiene buena voluntad”. Personalmente, me sorprendió esta expresión de “busca al Señor”, de sabor tan evangélico y tan poco romanista, hasta el punto de preguntarme si no estaría en el ánimo del “papa” influir con ella directamente en los evangélicos. Todo es posible; pero a continuación, añade esta otra tan marcadamente católica-romana “tiene buena voluntad” (es sabido que los evangélicos, por lo general, no diríamos esto, Rom. 3:10-18). El caso es que, para Francisco I, lo uno compensa lo otro. No cabe duda de que está pensando en ellos, los homosexuales, como cristianos. Es decir, que su conducta no conlleva, según el “papa”, en dejarlos de considerar como tales.

Pensemos un momento, ¿hablaríamos de cristianos que adoran a otro dios o de cristianos asesinos? Supongo que no, porque hay conductas que ponen a uno fuera del Reino de Dios y una de ellas es la homosexual (1 Cor. 6:9-10). Decir esto no es juzgar de manera poco caritativa a la gente, sino simplemente declarar la Palabra de Dios, y un pastor de la Iglesia no tiene derecho a decir otra cosa. Si Francisco realmente lo fuera, tendría que empezar hablando de ella precisamente como pecado (lo cual, por cierto, no lo hace ni siquiera el Catecismo, en §2357: la definición que da como propia es la de “actos intrínsecamente desordenados”). Pero Francisco, en su afán de ganarse el apoyo de los medios de comunicación mundiales y del lobby homosexual en su más que probable pulso con una parte del Vaticano, no lo hace, sino que declara que la conducta homosexual no debe ser juzgada. Por tanto, cabe deducir, debe ser tolerada.

En tercer lugar, el “papa” aboga por la no discriminación de los homosexuales. Inmediatamente después de la frase acerca de no juzgarlos, Francisco añadió la siguiente: “El catecismo de la Iglesia católica lo explica de forma muy bella esto. Dice que no se deben marginar a estas personas por eso”. Anteriormente en la entrevista, se le preguntó por su postura personal en cuanto a la homosexualidad, y Francisco respondió, de manera más bien poco entusiasta, “la de la Iglesia. Soy hijo de la Iglesia”. El contraste de énfasis entre ambas referencias a la enseñanza de la Iglesia católica-romana es evidente: Francisco se queda, personalmente, con la belleza de la expresión sobre la no discriminación.

Muy bello, tal vez, pero, ¿cuál es el alcance de esta no discriminación? En el Catecismo, §2358, se dice: “Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”. Esta declaración, pues, está matizada por el adjetivo “injusta”. Se asume que no toda discriminación lo ha de ser, pero, ¿cuándo es injusta la discriminación? ¿En qué ámbito? ¿Con referencia a qué?

Razonando a partir del derecho natural (iusnaturalismo) y haciendo abstracción de la Ley divina, los juristas contemporáneos han declarado como injusta la discriminación a los homosexuales en materias como, primero, las uniones civiles, y luego, los matrimonios con derecho a adopción. A veces, me pregunto si esta declaración del Catecismo (que es también la propia de izquierdistas y liberales, tan papistas ellos en este país, pero de manera distinta, como los conservadores), no habrá servido como combustible para llegar al “matrimonio” homosexual, implantado por los socialistas, y mantenido intacto por los católicos populares: total, para ellos no es un verdadero matrimonio, pues no es el canónico concedido por la Iglesia… ¿Seríamos capaces de llegar a ver esto, o sólo son alucinaciones mías?

Las palabras de Francisco I, y sobre todo, en el contexto en el que están dichas, parecen extender este principio también al ámbito eclesiástico, pues a partir de ellas se puede llegar a concluir que, según el “papa”, el ser un homosexual en activo (“gay”) no excluye no sólo de la condición de cristiano, sino que incluso, llegado el caso, del ministerio. De facto, como muestran numerosos estudios recientes, una parte importante del clero católico-romano, en todos los países, es homosexual. Seguro, pues, que ellos se habrán sentido confortados por esta última premisa que el “papa” ha establecido por ley en la iglesia sometida a su dictado.

Ahora, el peligro para los evangélicos es ponerse a querer competir a ser más finos y delicados que el “papa”, dada nuestra especial atracción por esto mismo últimamente. Por lo que le conviene, el “papa”, por definición, no cree ni quiere que el mundo crea en la autoridad soberana de la Escritura, ni en cuanto a la homosexualidad ni en ninguna otra cuestión. Bien haremos, pues, los evangélicos de no ponernos en la boca el último dulce que ofrece Francisco I. Nuestra salud lo agradecerá.

Indulgencias en la Era de Internet

Rayo Vaticano

Ya hemos comentado en Westminster Hoy las (no tan) sorprendentes reacciones favorables por parte de personalidades y denominaciones evangélicas al nombramiento de Francisco I. También, tras la primera encíclica del papa, hemos señalado cómo las bellas palabras papales esconden la misma doctrina de siempre en cuanto a la fe. Nada ha cambiado. La vida sigue igual. ¡Tremendo desengaño!

Ahora, nos enteramos de la nueva ocurrencia de Francisco I: otorgar perdón de pecados (indulgencias, vamos) ¡por hacerse seguidor de su cuenta en Twitter!

No faltaron quienes auguraron tiempos de inesperados cambios de mano del papa… Efectivamente, como vemos, totalmente insospechados.

Todavía han de resonar las carcajadas por los alrededores del Vaticano por estos evangélicos, entre incautos y arribistas. Y, a decir verdad, no sólo en el Vaticano.

En fin, la noticia.

La Vida Sigue Igual

Insigna_Francisci IAyer mismo, Francisco I publicó su primera encíclica (Lumen fideis) que trata acerca de la fe. La catarata de loas y halagos por parte de nuestros dirigentes hacia el nuevo papa por el mero hecho de ser nuevo papa habrá predispuesto al pueblo evangélico para recibir este documento (como los siguientes de su pluma) como una suerte de nueva revelación. Una voz del más allá.

Asimismo, dado que el documento se expresa prolijamente en términos de “transformación” del creyente, no faltará quien entusiásticamente diga que ahora el nuevo papa ya habla e insta a sus súbditos a la “conversión”, “nacer de nuevo”, etc., etc.

Ciertamente, el nuevo papa sabe expresarse “bonito”, de manera bien comunicativa, con apariencia de elevada intelectualidad, es decir, que sabe emplear bien aquello conocido como la retórica. Podrá seducir a aquellos que sienten un particular afecto por este estado de espíritu. Pero, en el fondo, su discurso no ha variado un ápice la posición católico-romana sobre la fe, la salvación o la justificación por la fe (por cierto, tremenda omisión, la de la justificación, en una encíclica que trata acerca precisamente de la fe).

Todo esto es fácilmente demostrable.

Según el papa, no somos transformados por el Espíritu Santo para depositar la fe en Jesucristo para salvación, antes bien, hemos de creer primeramente para ser transformados.

“En la fe, don de Dios, virtud sobrenatural infusa por él, reconocemos que se nos ha dado un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra buena, y que, si acogemos esta Palabra, que es Jesucristo, Palabra encarnada, el Espíritu Santo nos transforma, ilumina nuestro camino hacia el futuro, y da alas a nuestra esperanza para re­correrlo con alegría” (§ 9)

“El que cree, aceptando el don de la fe, es transformado en una creatura nueva, recibe un nuevo ser, un ser filial que se hace hijo en el Hijo”  (§ 19)

“El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo” (§ 21)

La fe no es el mero instrumento por el que se recibe y se aprehende a Cristo y sus méritos para salvación (por cierto, concepto el de los méritos de Cristo, su vida de obediencia y su muerte en sacrificio, ausente en el documento; notable omisión, pues, ¿qué es lo que se va a creer para ser salvo?); sino, según el papa, una forma de obediencia, una disposición obediente a Dios y, por tanto, meritoria:

“La fe consiste en la dispo­nibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios” (§ 14)

La fe mediante la cual somos salvos no está descrita en términos de confianza en los méritos de Cristo, sino más bien sólo en términos de asentimiento

“Sólo abriéndonos a este origen y reconociéndolo, es posible ser transfor­mados, dejando que la salvación obre en nosotros y haga fecunda la vida, llena de buenos frutos. La salva­ción mediante la fe consiste en reconocer el primado del don de Dios” (§ 19)

El papa afirma que la salvación se produce por causa de nuestra participación activa (meritoria) previamente a recibir el amor de Dios en Cristo está afirmada abiertamente.

“La fe en Cristo nos salva porque en él la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que obra en nosotros y con nosotros” (§ 20)

No se enseña, pues, es el monergismo divino en la salvación (Flp. 1:6) sino el sinergismo. No una salvación sólo por gracia, sino una salvación meritoria. Se enseña una salvación, por tanto, por obras, aunque tal obra sea la fe. Una salvación, pues, que no se basa totalmente en Cristo para ser salvo y, por consiguiente, que no permite a nadie tener la seguridad de la salvación. Una fe que no proviene del llamamiento eficaz del Espíritu Santo. Se enseña, en definitiva,  una fe que esencialmente no es sólo recibir a Cristo y la salvación plena obrada por Él para los suyos, sino que es algo más, y es algo aportado por el hombre.

Y ahora, los pastores, líderes y teólogos evangélicos arminianos, que están entre nosotros, teóricamente en nuestro bando (el del protestantismo, el de la Reforma), pero con los ojos puestos en Egipto, adonde comían a voluntad toda clase de productos de la huerta, pueden aplaudir a voluntad a este nuevo dictado del papa. Incluso no faltarán aquellos de entre nosotros que con él vislumbren para la iglesia católica-romana un radiante e insospechado futuro, de la mano de aquellos (los papas) que precisamente la han sometido en cautividad.

Pero, sin abrazar la Reforma, la vida sigue igual.