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Indulgencias en la Era de Internet

Rayo Vaticano

Ya hemos comentado en Westminster Hoy las (no tan) sorprendentes reacciones favorables por parte de personalidades y denominaciones evangélicas al nombramiento de Francisco I. También, tras la primera encíclica del papa, hemos señalado cómo las bellas palabras papales esconden la misma doctrina de siempre en cuanto a la fe. Nada ha cambiado. La vida sigue igual. ¡Tremendo desengaño!

Ahora, nos enteramos de la nueva ocurrencia de Francisco I: otorgar perdón de pecados (indulgencias, vamos) ¡por hacerse seguidor de su cuenta en Twitter!

No faltaron quienes auguraron tiempos de inesperados cambios de mano del papa… Efectivamente, como vemos, totalmente insospechados.

Todavía han de resonar las carcajadas por los alrededores del Vaticano por estos evangélicos, entre incautos y arribistas. Y, a decir verdad, no sólo en el Vaticano.

En fin, la noticia.

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Cita Diaria con Calvino (144)

“De la doctrina de la satisfacción han surgido las indulgencias. Porque proclaman por todas partes, que la facultad que a nosotros nos falta para satisfacer se suple con las indulgencias; y llegan a tal grado de insensatez, que afirman que son una dispensación de los méritos de Cristo y de los mártires; que el Papa otorga en las bulas […]

Sin embargo todo esto, a decir verdad, no es más que una profanación de la sangre de Cristo, una falsedad de Satanás para apartar al pueblo cristiano de la grada de Dios y de la vida que hay en Cristo, y separado del recto camino de la salvación. Porque, ¿qué manera más vil de profanar la sangre de Cristo, que afirmar que no es suficiente para perdonar los pecados, para reconciliar y satisfacer, si no se suple por otra parte lo que a ella le falta? “De éste (Cristo) dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados en su nombre”, dice san Pedro (Hch.10 :43); en cambio, las indulgencias otorgan el perdón de los pecados por san Pedro, por san Pablo y por los mártires. “La sangre de Jesucristo”, dice Juan, “nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7); las indulgencias convierten la sangre de los mártires en purificación de pecados. Cristo, dice san Pablo, “que no conoció pecado, por nosotros fue hecho pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21); las indulgencias ponen la satisfacción de los pecados en la sangre de los mártires. San Pablo clara y terminantemente enseñaba a los corintios que sólo Jesucristo fue crucificado y murió por ellos (1 Cor. 1: 13); las indulgencias afirman que san Pablo y tos demás han muerto por nosotros. Y en otro lugar se dice que Cristo adquirió a la Iglesia con su propia sangre (Hch. 20:28); las indulgencias señalan otro precio para adquirirla, a saber: la sangre de los mártires. “Con una sola ofrenda”, dice el Apóstol, “hizo (Cristo) perfectos para siempre a los santificados” (Heb. 10:14); las indulgencias le contradicen, afirmando que la santificación de Cristo, que por sí sola no bastaría, encuentra su complemento en la sangre de los mártires. San Juan dice que todos los santos “han lavado sus ropas en la sangre del Cordero” (Ap. 7: 14); las indulgencias nos enseñan a lavar las túnicas en la sangre de los mártires […]

¡Cuán perversamente pervierten el texto de san Pablo en que dice que suple en su cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo [Col. 1:24]! Porque él no se refiere al defecto ni al suplemento de la obra de la redención, ni de la satisfacción, ni de la expiación; sino que se refiere a los sufrimientos con los que conviene que los miembros de Cristo, que son todos los fieles, sean ejercitados mientras se encuentran viviendo en la corrupción de la carne. Afirma, pues, el Apóstol, que falta esto a los sufrimientos de Cristo, que habiendo Él una vez padecido en sí mismo, sufre cada día en sus miembros. Porque Cristo tiene a bien hacernos el honor de reputar como suyos nuestros sufrimientos. Y cuando Pablo añade que sufría por la Iglesia, no lo entiende como redención, reconciliación o satisfacción por la Iglesia, sino para su edificación y crecimiento. Como lo dice en otro Jugar: que sufre todo por los elegidos, para que alcancen la salvación que hay en Jesucristo (2 Tim. 2: 10). Y a los corintios Les escribía que sufría todas las tribulaciones que padecía por el consuelo y la salvación de ellos (2 Cor. 1:6). Y a continuación añade que había sido constituido ministro de la Iglesia, no para hacer la redención, sino para predicar el Evangelio, conforme a la dispensación que le había sido encomendada […]

Mas no pensemos que san Pablo se ha imaginado nunca que le ha faltado algo a los sufrimientos de Cristo en cuanto se refiere a perfecta justicia, salvación o vida; o que haya querido añadir algo, él que tan espléndida y admirablemente predica que la abundancia de la gracia de Cristo se ha derramado con tanta liberalidad, que sobrepuja toda la potencia del pecado (Rom. 5: 15). Gracias únicamente a ella, se han salvado todos los santos; no por el mérito de sus vidas ni de su muerte, como claramente lo afirma san Pedro (Hch. 15: 11); de suerte que cualquiera que haga consistir la dignidad de algún santo en algo que no sea la sola misericordia de Dios comete una gravísima afrenta contra Dios y contra Cristo”.   

Institución de la religión cristiana III.V.1-4 (p. 510-514).

La “Piadosa” Sábana Santa de Turín

En nuestra cultura hispánica, tan impregnada de catolicismo romano durante siglos, utilizamos muchas expresiones de las que se ha olvidado su significado preciso. Una de estas son las famosas “mentiras piadosas”, las cuales, en nuestra mentalidad católico-romana, carecen de gravedad. Se hacen con un buen fin, se alega. Con ellas, los niños, o los tontos, son confortados. Creerlas no hace ningún daño a nadie. Bien, pues esta expresión, o más bien su equivalente en latín, pias fraudes, nos la encontramos ya al final de la Edad Media. Pero lo sorprendente es que, en su origen, se trataba más bien de un concepto teológico. De esta manera, el “papa” León X, en su lamentable bula Exurge Domino, condenaba la afirmación de Martín Lutero de que las indulgencias no eran más que, pues eso, pias fraudes. En su Tratado sobre las reliquias, el reformador Juan Calvino las definía como “embustes honestos, para incitar al pueblo a la devoción”. Es curioso constatar que, hoy en día, la idea de pias fraudes ha prácticamente desaparecido de la mente de todos. Sin embargo, tenerla en mente nos podría resultar bien útil para nombrar según qué realidades.

Tomemos, por ejemplo, la llamada “Sábana Santa” de Turín. Literalmente, ¡cuántos ríos de tinta se han vertido sobre ella! ¡Cuántas vidas se han dedicado a la guarda o el estudio de este pedazo de tela, de cuatro metros de largo, por uno de ancho! ¡Cuántos viajes y peregrinaciones ha ella promovido! ¡Y cuántas visitas de reyes, dignatarios y eminencias ha recibido a lo largo de los siglos! Sin embargo, ¿cuáles son los hechos reales acerca de esta sábana? Resumidos al máximo, muy bien podrían ser los siguientes: Seguir leyendo