Etiquetado: Obras

Sermón del Domingo (4-12-2016)

CULTO DE LA MAÑANA

Filipenses 2:12-13,“Ocuparse en la salvación de Dios”

 

CULTO DE LA TARDE

2 samuel 5,“Dios confirma a David como rey de Israel”

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La Vida Sigue Igual

Insigna_Francisci IAyer mismo, Francisco I publicó su primera encíclica (Lumen fideis) que trata acerca de la fe. La catarata de loas y halagos por parte de nuestros dirigentes hacia el nuevo papa por el mero hecho de ser nuevo papa habrá predispuesto al pueblo evangélico para recibir este documento (como los siguientes de su pluma) como una suerte de nueva revelación. Una voz del más allá.

Asimismo, dado que el documento se expresa prolijamente en términos de “transformación” del creyente, no faltará quien entusiásticamente diga que ahora el nuevo papa ya habla e insta a sus súbditos a la “conversión”, “nacer de nuevo”, etc., etc.

Ciertamente, el nuevo papa sabe expresarse “bonito”, de manera bien comunicativa, con apariencia de elevada intelectualidad, es decir, que sabe emplear bien aquello conocido como la retórica. Podrá seducir a aquellos que sienten un particular afecto por este estado de espíritu. Pero, en el fondo, su discurso no ha variado un ápice la posición católico-romana sobre la fe, la salvación o la justificación por la fe (por cierto, tremenda omisión, la de la justificación, en una encíclica que trata acerca precisamente de la fe).

Todo esto es fácilmente demostrable.

Según el papa, no somos transformados por el Espíritu Santo para depositar la fe en Jesucristo para salvación, antes bien, hemos de creer primeramente para ser transformados.

“En la fe, don de Dios, virtud sobrenatural infusa por él, reconocemos que se nos ha dado un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra buena, y que, si acogemos esta Palabra, que es Jesucristo, Palabra encarnada, el Espíritu Santo nos transforma, ilumina nuestro camino hacia el futuro, y da alas a nuestra esperanza para re­correrlo con alegría” (§ 9)

“El que cree, aceptando el don de la fe, es transformado en una creatura nueva, recibe un nuevo ser, un ser filial que se hace hijo en el Hijo”  (§ 19)

“El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo” (§ 21)

La fe no es el mero instrumento por el que se recibe y se aprehende a Cristo y sus méritos para salvación (por cierto, concepto el de los méritos de Cristo, su vida de obediencia y su muerte en sacrificio, ausente en el documento; notable omisión, pues, ¿qué es lo que se va a creer para ser salvo?); sino, según el papa, una forma de obediencia, una disposición obediente a Dios y, por tanto, meritoria:

“La fe consiste en la dispo­nibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios” (§ 14)

La fe mediante la cual somos salvos no está descrita en términos de confianza en los méritos de Cristo, sino más bien sólo en términos de asentimiento

“Sólo abriéndonos a este origen y reconociéndolo, es posible ser transfor­mados, dejando que la salvación obre en nosotros y haga fecunda la vida, llena de buenos frutos. La salva­ción mediante la fe consiste en reconocer el primado del don de Dios” (§ 19)

El papa afirma que la salvación se produce por causa de nuestra participación activa (meritoria) previamente a recibir el amor de Dios en Cristo está afirmada abiertamente.

“La fe en Cristo nos salva porque en él la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que obra en nosotros y con nosotros” (§ 20)

No se enseña, pues, es el monergismo divino en la salvación (Flp. 1:6) sino el sinergismo. No una salvación sólo por gracia, sino una salvación meritoria. Se enseña una salvación, por tanto, por obras, aunque tal obra sea la fe. Una salvación, pues, que no se basa totalmente en Cristo para ser salvo y, por consiguiente, que no permite a nadie tener la seguridad de la salvación. Una fe que no proviene del llamamiento eficaz del Espíritu Santo. Se enseña, en definitiva,  una fe que esencialmente no es sólo recibir a Cristo y la salvación plena obrada por Él para los suyos, sino que es algo más, y es algo aportado por el hombre.

Y ahora, los pastores, líderes y teólogos evangélicos arminianos, que están entre nosotros, teóricamente en nuestro bando (el del protestantismo, el de la Reforma), pero con los ojos puestos en Egipto, adonde comían a voluntad toda clase de productos de la huerta, pueden aplaudir a voluntad a este nuevo dictado del papa. Incluso no faltarán aquellos de entre nosotros que con él vislumbren para la iglesia católica-romana un radiante e insospechado futuro, de la mano de aquellos (los papas) que precisamente la han sometido en cautividad.

Pero, sin abrazar la Reforma, la vida sigue igual.

Dios, el Justo Juez

Sigaión de David, que cantó a Jehová acerca de las palabras de Cus hijo de Benjamín.

1 Jehová Dios mío, en ti he confiado;  Sálvame de todos los que me persiguen, y líbrame,

 2 No sea que desgarren mi alma cual león, Y me destrocen sin que haya quien me libre.

 3 Jehová Dios mío, si yo he hecho esto, Si hay en mis manos iniquidad;

 4 Si he dado mal pago al que estaba en paz conmigo (Antes he libertado al que sin causa era mi enemigo),

 5 Persiga el enemigo mi alma, y alcáncela; Huelle en tierra mi vida, Y mi honra ponga en el polvo. Selah

 6 Levántate, oh Jehová, en tu ira; Álzate en contra de la furia de mis angustiadores, Y despierta en favor mío el juicio que mandaste.

 7 Te rodeará congregación de pueblos, Y sobre ella vuélvete a sentar en alto.

 8 Jehová juzgará a los pueblos; Júzgame, oh Jehová, conforme a mi justicia, Y conforme a mi integridad.

 9 Fenezca ahora la maldad de los inicuos, mas establece tú al justo; Porque el Dios justo prueba la mente y el corazón.

 10 Mi escudo está en Dios, Que salva a los rectos de corazón.

 11 Dios es juez justo, Y Dios está airado contra el impío todos los días.

 12 Si no se arrepiente, él afilará su espada; Armado tiene ya su arco, y lo ha preparado.

 13 Asimismo ha preparado armas de muerte, Y ha labrado saetas ardientes.

 14 He aquí, el impío concibió maldad, Se preñó de iniquidad, Y dio a luz engaño.

 15 Pozo ha cavado, y lo ha ahondado; Y en el hoyo que hizo caerá.

 16 Su iniquidad volverá sobre su cabeza, Y su agravio caerá sobre su propia coronilla.

 17 Alabaré a Jehová conforme a su justicia, Y cantaré al nombre de Jehová el Altísimo.

 

 

El Salmo que acabamos de leer nos presenta a David sufriendo persecución. En el encabezado se nos dice que fue a raíz de “las palabras de Cus, hijo de Benjamín”. La Biblia no nos explica más acerca de este personaje. Pero sí que ella nos dice lo mucho que él sufrió a manos de otros de la tribu de Benjamín. Por ejemplo, Saúl, su predecesor. O también Simeí, quien lo maldijo cuando David huía de Absalom (2 Sam. 16:5). O incluso después de la victoria de David sobre Absalom, se levantó un hombre de Benjamín, llamado Seba, quien quiso hacer una rebelión en contra del rey legítimo de Israel (2 Sam. 20:1).

Durante su vida, David tuvo la enemistad declarada de los de la tribu de Benjamín, y sin duda ello se debió a que él había sido quien sustituyó a Saúl como rey de Israel. Esta sustitución la decidió Dios por los causa de los pecados e infidelidad de Saúl, pero no vino porque David conspirara para hacerse él mismo rey. En todo momento vemos en la Biblia que David fue una persona leal y fiel para con Saúl, con su rey, por el hecho de que él era el “ungido de Jehová”.

Seguramente, pues, David se está refiriendo aquí a algún episodio más de esta enemistad, de esta continua persecución de algunos benjaminitas en contra de él. Pero lo importante en este Salmo no es tanto las circunstancias de la persecución en particular, de las que no se nos dice mucho, sino más bien la reacción de David en medio de ella. Esta persecución, por supuesto, le produce a David sufrimiento. Pero el sufrimiento no está solo, porque además, David tiene siempre la convicción de ser inocente y de estar sufriendo persecución injustamente. Y esta convicción es tan grande como para, en oración, hacer a Dios este solemne juramento: “Jehová Dios mío, si yo he hecho esto, Si hay en mis manos iniquidad; Si he dado mal pago al que estaba en paz conmigo (Antes he libertado al que sin causa era mi enemigo), Persiga el enemigo mi alma, y alcáncela; Huelle en tierra mi vida, Y mi honra ponga en el polvo” (vv. 3-5).

David le pide que perezca a manos de sus enemigos si las acusaciones que le hacen son verdaderas. ¡Hay que tener la conciencia tranquila para poder decir estas palabras! Sin duda; pero vemos que David a medida que avanza el Salmo, no se centra mucho en esto, ni en sí mismo, sino que más bien centra sus pensamientos en quién es Dios. Presenta a Dios en Su justicia. Nos habla de Él como el Juez justo. El atributo de Dios de la justicia es el gran refugio al que David acude en la persecución. Llena su mente y su corazón de pensamientos acerca de la justicia de Dios, que es lo que lo lleva de la angustia del versículo (“Sálvame de todos los que me persiguen”) a la alabanza del versículo 11 (“Alabaré a Jehová conforme a su justicia, Y cantaré al nombre de Jehová el Altísimo”).

Y nosotros también debemos tener nuestros pensamientos puestos en la justicia de Dios para poder poner en Dios toda nuestra seguridad, nuestro gozo y nuestro deleite en esta vida. Por ello vamos a considerar la justicia de Dios tal como se presenta en este Salmo. Primeramente, considerando el atributo de la justicia de Dios en sí mismo. Luego cómo tiene este que ver, con las naciones, los impíos y por último los creyentes.

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