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Rick Warren Declara a Francisco I Como El Papa De Todos Los Evangélicos

Hace tiempo ya dije que Rick Warren nos mete de lleno en la espiritualidad del catolicismo-romano. Bueno, el tiempo nos va dando la razón.

En este video, de este año, Warren califica a Francisco I (así como de pasada)  “nuestro nuevo papa”. Como lo oyen. Literal. Vean: segundo 20.

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Francisco I No Juzga, Dice, a los Gays

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Al regreso de su paseo por Brasil, en el avión que lo traía de regreso a Roma, el “papa” Francisco I concedió una entrevista a un grupo de periodistas en la que, en italiano, dijo literalmente: “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?” Estas declaraciones se hacían en el contexto de una pregunta en relación al último escándalo homosexual, esta vez por parte de Monseñor Ricca. Se da la circunstancia que este prelado fue un nombramiento directo de Francisco I, quien el pasado 15 de junio lo puso al frente del Banco del Vaticano. Poco ha tardado, pues, en filtrarse esta información, que tiene todos los visos de provenir de sectores del Vaticano contarios a su nombramiento.

En la entrevista, Francisco I abogó por su propio protegido, al decir: “Con respecto a monseñor Ricca, he hecho lo que el derecho canónico manda hacer, que es la investigación previa. Y esta investigación no dice nada de lo que se ha publicado. No hemos encontrado nada”. Según informaciones vertidas por el diario italiano L’Expresso, y recogidas también por el diario español El País, Ricca durante su periodo en Uruguay mantuvo diversos episodios homosexuales. En todo caso, a juzgar por sus declaraciones, parece claro que que Francisco I tiene la intención de mantenerlo en su puesto.

El “papa” podría haberse callado ahí, pero a continuación, continuó con su declaración diciendo: “Pero yo querría añadir una cosa sobre esto”. Y entonces, empezó a disertar acerca de los pecados de juventud, del pecado de Pedro que no impidió que lo hicieran “papa”, insertó la declaración que hemos citado al inicio acerca de su incapacidad para juzgar a los homosexuales, para concluir diciendo la siguiente frase: “Le agradezco tanto que me haya hecho esta pregunta”. Todo indica, pues, que Francisco I tenía preparada esta declaración acerca de no puede juzgar a los homosexuales y que la introdujo “con calzador” en esta pregunta acerca de Ricca.

El “papa” sabe que es la persona, seguramente, más influyente del mundo y que cada gesto y cada palabra suya son analizados con lupa. Sabía, pues, de la transcendencia de lo que iba a decir, y lo dijo. Inmediatamente, su declaración se reprodujo en todos los medios digitales, y todavía hoy es portada en algunos de los de prensa escrita. Trabajo tienen los medios de obediencia papista para explicar a los fieles que Francisco, en el fondo, mantiene la misma doctrina de siempre de la iglesia católica-romana. Aquí estamos ante un hito de importancia no pequeña por parte del “papa”. ¿Cuál diríamos que es su significado?

En primer lugar, vemos  cómo el papado ha asumido la terminología pro-homosexual, al hablar precisamente de “gays”.  No es lo mismo hablar de “homosexual” que de “gay”. Un homosexual puede serlo aun luchando en contra de ello y sin practicar sexo, por sentir pulsiones homosexuales (es así como principalmente se caracteriza al homosexual en el Catecismo de la Iglesia Católica, §2358-2359). Pero no es así con la palabra “gay”, que originalmente, tanto en francés como en inglés, significa “alegre”, y que denota aquel que alegre y orgullosamente (ver la expresión consagrada del gay pride, “orgullo gay” en español) mantiene relaciones homosexuales.

En segundo lugar, el “papa” está afirmando que se puede ser “gay” (homosexual alegremente en activo) y cristiano. Es lo que se desprende de la frase que sigue: “y busca al Señor y tiene buena voluntad”. Personalmente, me sorprendió esta expresión de “busca al Señor”, de sabor tan evangélico y tan poco romanista, hasta el punto de preguntarme si no estaría en el ánimo del “papa” influir con ella directamente en los evangélicos. Todo es posible; pero a continuación, añade esta otra tan marcadamente católica-romana “tiene buena voluntad” (es sabido que los evangélicos, por lo general, no diríamos esto, Rom. 3:10-18). El caso es que, para Francisco I, lo uno compensa lo otro. No cabe duda de que está pensando en ellos, los homosexuales, como cristianos. Es decir, que su conducta no conlleva, según el “papa”, en dejarlos de considerar como tales.

Pensemos un momento, ¿hablaríamos de cristianos que adoran a otro dios o de cristianos asesinos? Supongo que no, porque hay conductas que ponen a uno fuera del Reino de Dios y una de ellas es la homosexual (1 Cor. 6:9-10). Decir esto no es juzgar de manera poco caritativa a la gente, sino simplemente declarar la Palabra de Dios, y un pastor de la Iglesia no tiene derecho a decir otra cosa. Si Francisco realmente lo fuera, tendría que empezar hablando de ella precisamente como pecado (lo cual, por cierto, no lo hace ni siquiera el Catecismo, en §2357: la definición que da como propia es la de “actos intrínsecamente desordenados”). Pero Francisco, en su afán de ganarse el apoyo de los medios de comunicación mundiales y del lobby homosexual en su más que probable pulso con una parte del Vaticano, no lo hace, sino que declara que la conducta homosexual no debe ser juzgada. Por tanto, cabe deducir, debe ser tolerada.

En tercer lugar, el “papa” aboga por la no discriminación de los homosexuales. Inmediatamente después de la frase acerca de no juzgarlos, Francisco añadió la siguiente: “El catecismo de la Iglesia católica lo explica de forma muy bella esto. Dice que no se deben marginar a estas personas por eso”. Anteriormente en la entrevista, se le preguntó por su postura personal en cuanto a la homosexualidad, y Francisco respondió, de manera más bien poco entusiasta, “la de la Iglesia. Soy hijo de la Iglesia”. El contraste de énfasis entre ambas referencias a la enseñanza de la Iglesia católica-romana es evidente: Francisco se queda, personalmente, con la belleza de la expresión sobre la no discriminación.

Muy bello, tal vez, pero, ¿cuál es el alcance de esta no discriminación? En el Catecismo, §2358, se dice: “Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”. Esta declaración, pues, está matizada por el adjetivo “injusta”. Se asume que no toda discriminación lo ha de ser, pero, ¿cuándo es injusta la discriminación? ¿En qué ámbito? ¿Con referencia a qué?

Razonando a partir del derecho natural (iusnaturalismo) y haciendo abstracción de la Ley divina, los juristas contemporáneos han declarado como injusta la discriminación a los homosexuales en materias como, primero, las uniones civiles, y luego, los matrimonios con derecho a adopción. A veces, me pregunto si esta declaración del Catecismo (que es también la propia de izquierdistas y liberales, tan papistas ellos en este país, pero de manera distinta, como los conservadores), no habrá servido como combustible para llegar al “matrimonio” homosexual, implantado por los socialistas, y mantenido intacto por los católicos populares: total, para ellos no es un verdadero matrimonio, pues no es el canónico concedido por la Iglesia… ¿Seríamos capaces de llegar a ver esto, o sólo son alucinaciones mías?

Las palabras de Francisco I, y sobre todo, en el contexto en el que están dichas, parecen extender este principio también al ámbito eclesiástico, pues a partir de ellas se puede llegar a concluir que, según el “papa”, el ser un homosexual en activo (“gay”) no excluye no sólo de la condición de cristiano, sino que incluso, llegado el caso, del ministerio. De facto, como muestran numerosos estudios recientes, una parte importante del clero católico-romano, en todos los países, es homosexual. Seguro, pues, que ellos se habrán sentido confortados por esta última premisa que el “papa” ha establecido por ley en la iglesia sometida a su dictado.

Ahora, el peligro para los evangélicos es ponerse a querer competir a ser más finos y delicados que el “papa”, dada nuestra especial atracción por esto mismo últimamente. Por lo que le conviene, el “papa”, por definición, no cree ni quiere que el mundo crea en la autoridad soberana de la Escritura, ni en cuanto a la homosexualidad ni en ninguna otra cuestión. Bien haremos, pues, los evangélicos de no ponernos en la boca el último dulce que ofrece Francisco I. Nuestra salud lo agradecerá.

Indulgencias en la Era de Internet

Rayo Vaticano

Ya hemos comentado en Westminster Hoy las (no tan) sorprendentes reacciones favorables por parte de personalidades y denominaciones evangélicas al nombramiento de Francisco I. También, tras la primera encíclica del papa, hemos señalado cómo las bellas palabras papales esconden la misma doctrina de siempre en cuanto a la fe. Nada ha cambiado. La vida sigue igual. ¡Tremendo desengaño!

Ahora, nos enteramos de la nueva ocurrencia de Francisco I: otorgar perdón de pecados (indulgencias, vamos) ¡por hacerse seguidor de su cuenta en Twitter!

No faltaron quienes auguraron tiempos de inesperados cambios de mano del papa… Efectivamente, como vemos, totalmente insospechados.

Todavía han de resonar las carcajadas por los alrededores del Vaticano por estos evangélicos, entre incautos y arribistas. Y, a decir verdad, no sólo en el Vaticano.

En fin, la noticia.

La Vida Sigue Igual

Insigna_Francisci IAyer mismo, Francisco I publicó su primera encíclica (Lumen fideis) que trata acerca de la fe. La catarata de loas y halagos por parte de nuestros dirigentes hacia el nuevo papa por el mero hecho de ser nuevo papa habrá predispuesto al pueblo evangélico para recibir este documento (como los siguientes de su pluma) como una suerte de nueva revelación. Una voz del más allá.

Asimismo, dado que el documento se expresa prolijamente en términos de “transformación” del creyente, no faltará quien entusiásticamente diga que ahora el nuevo papa ya habla e insta a sus súbditos a la “conversión”, “nacer de nuevo”, etc., etc.

Ciertamente, el nuevo papa sabe expresarse “bonito”, de manera bien comunicativa, con apariencia de elevada intelectualidad, es decir, que sabe emplear bien aquello conocido como la retórica. Podrá seducir a aquellos que sienten un particular afecto por este estado de espíritu. Pero, en el fondo, su discurso no ha variado un ápice la posición católico-romana sobre la fe, la salvación o la justificación por la fe (por cierto, tremenda omisión, la de la justificación, en una encíclica que trata acerca precisamente de la fe).

Todo esto es fácilmente demostrable.

Según el papa, no somos transformados por el Espíritu Santo para depositar la fe en Jesucristo para salvación, antes bien, hemos de creer primeramente para ser transformados.

“En la fe, don de Dios, virtud sobrenatural infusa por él, reconocemos que se nos ha dado un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra buena, y que, si acogemos esta Palabra, que es Jesucristo, Palabra encarnada, el Espíritu Santo nos transforma, ilumina nuestro camino hacia el futuro, y da alas a nuestra esperanza para re­correrlo con alegría” (§ 9)

“El que cree, aceptando el don de la fe, es transformado en una creatura nueva, recibe un nuevo ser, un ser filial que se hace hijo en el Hijo”  (§ 19)

“El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo” (§ 21)

La fe no es el mero instrumento por el que se recibe y se aprehende a Cristo y sus méritos para salvación (por cierto, concepto el de los méritos de Cristo, su vida de obediencia y su muerte en sacrificio, ausente en el documento; notable omisión, pues, ¿qué es lo que se va a creer para ser salvo?); sino, según el papa, una forma de obediencia, una disposición obediente a Dios y, por tanto, meritoria:

“La fe consiste en la dispo­nibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios” (§ 14)

La fe mediante la cual somos salvos no está descrita en términos de confianza en los méritos de Cristo, sino más bien sólo en términos de asentimiento

“Sólo abriéndonos a este origen y reconociéndolo, es posible ser transfor­mados, dejando que la salvación obre en nosotros y haga fecunda la vida, llena de buenos frutos. La salva­ción mediante la fe consiste en reconocer el primado del don de Dios” (§ 19)

El papa afirma que la salvación se produce por causa de nuestra participación activa (meritoria) previamente a recibir el amor de Dios en Cristo está afirmada abiertamente.

“La fe en Cristo nos salva porque en él la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que obra en nosotros y con nosotros” (§ 20)

No se enseña, pues, es el monergismo divino en la salvación (Flp. 1:6) sino el sinergismo. No una salvación sólo por gracia, sino una salvación meritoria. Se enseña una salvación, por tanto, por obras, aunque tal obra sea la fe. Una salvación, pues, que no se basa totalmente en Cristo para ser salvo y, por consiguiente, que no permite a nadie tener la seguridad de la salvación. Una fe que no proviene del llamamiento eficaz del Espíritu Santo. Se enseña, en definitiva,  una fe que esencialmente no es sólo recibir a Cristo y la salvación plena obrada por Él para los suyos, sino que es algo más, y es algo aportado por el hombre.

Y ahora, los pastores, líderes y teólogos evangélicos arminianos, que están entre nosotros, teóricamente en nuestro bando (el del protestantismo, el de la Reforma), pero con los ojos puestos en Egipto, adonde comían a voluntad toda clase de productos de la huerta, pueden aplaudir a voluntad a este nuevo dictado del papa. Incluso no faltarán aquellos de entre nosotros que con él vislumbren para la iglesia católica-romana un radiante e insospechado futuro, de la mano de aquellos (los papas) que precisamente la han sometido en cautividad.

Pero, sin abrazar la Reforma, la vida sigue igual.