Etiquetado: papado

La Vida Sigue Igual

Insigna_Francisci IAyer mismo, Francisco I publicó su primera encíclica (Lumen fideis) que trata acerca de la fe. La catarata de loas y halagos por parte de nuestros dirigentes hacia el nuevo papa por el mero hecho de ser nuevo papa habrá predispuesto al pueblo evangélico para recibir este documento (como los siguientes de su pluma) como una suerte de nueva revelación. Una voz del más allá.

Asimismo, dado que el documento se expresa prolijamente en términos de “transformación” del creyente, no faltará quien entusiásticamente diga que ahora el nuevo papa ya habla e insta a sus súbditos a la “conversión”, “nacer de nuevo”, etc., etc.

Ciertamente, el nuevo papa sabe expresarse “bonito”, de manera bien comunicativa, con apariencia de elevada intelectualidad, es decir, que sabe emplear bien aquello conocido como la retórica. Podrá seducir a aquellos que sienten un particular afecto por este estado de espíritu. Pero, en el fondo, su discurso no ha variado un ápice la posición católico-romana sobre la fe, la salvación o la justificación por la fe (por cierto, tremenda omisión, la de la justificación, en una encíclica que trata acerca precisamente de la fe).

Todo esto es fácilmente demostrable.

Según el papa, no somos transformados por el Espíritu Santo para depositar la fe en Jesucristo para salvación, antes bien, hemos de creer primeramente para ser transformados.

“En la fe, don de Dios, virtud sobrenatural infusa por él, reconocemos que se nos ha dado un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra buena, y que, si acogemos esta Palabra, que es Jesucristo, Palabra encarnada, el Espíritu Santo nos transforma, ilumina nuestro camino hacia el futuro, y da alas a nuestra esperanza para re­correrlo con alegría” (§ 9)

“El que cree, aceptando el don de la fe, es transformado en una creatura nueva, recibe un nuevo ser, un ser filial que se hace hijo en el Hijo”  (§ 19)

“El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo” (§ 21)

La fe no es el mero instrumento por el que se recibe y se aprehende a Cristo y sus méritos para salvación (por cierto, concepto el de los méritos de Cristo, su vida de obediencia y su muerte en sacrificio, ausente en el documento; notable omisión, pues, ¿qué es lo que se va a creer para ser salvo?); sino, según el papa, una forma de obediencia, una disposición obediente a Dios y, por tanto, meritoria:

“La fe consiste en la dispo­nibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios” (§ 14)

La fe mediante la cual somos salvos no está descrita en términos de confianza en los méritos de Cristo, sino más bien sólo en términos de asentimiento

“Sólo abriéndonos a este origen y reconociéndolo, es posible ser transfor­mados, dejando que la salvación obre en nosotros y haga fecunda la vida, llena de buenos frutos. La salva­ción mediante la fe consiste en reconocer el primado del don de Dios” (§ 19)

El papa afirma que la salvación se produce por causa de nuestra participación activa (meritoria) previamente a recibir el amor de Dios en Cristo está afirmada abiertamente.

“La fe en Cristo nos salva porque en él la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que obra en nosotros y con nosotros” (§ 20)

No se enseña, pues, es el monergismo divino en la salvación (Flp. 1:6) sino el sinergismo. No una salvación sólo por gracia, sino una salvación meritoria. Se enseña una salvación, por tanto, por obras, aunque tal obra sea la fe. Una salvación, pues, que no se basa totalmente en Cristo para ser salvo y, por consiguiente, que no permite a nadie tener la seguridad de la salvación. Una fe que no proviene del llamamiento eficaz del Espíritu Santo. Se enseña, en definitiva,  una fe que esencialmente no es sólo recibir a Cristo y la salvación plena obrada por Él para los suyos, sino que es algo más, y es algo aportado por el hombre.

Y ahora, los pastores, líderes y teólogos evangélicos arminianos, que están entre nosotros, teóricamente en nuestro bando (el del protestantismo, el de la Reforma), pero con los ojos puestos en Egipto, adonde comían a voluntad toda clase de productos de la huerta, pueden aplaudir a voluntad a este nuevo dictado del papa. Incluso no faltarán aquellos de entre nosotros que con él vislumbren para la iglesia católica-romana un radiante e insospechado futuro, de la mano de aquellos (los papas) que precisamente la han sometido en cautividad.

Pero, sin abrazar la Reforma, la vida sigue igual.

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El Mayor Enemigo

John Theodore Mueller“La secta católica-romana es el mayor enemigo de la Iglesia cristiana, puesto que todos los cristianos viven, se mueven y tienen su ser en la doctrina de la justificación por la fe. Pero el papado no permite a sus adherentes aceptar y creer en esta doctrina. Más bien, vilipendia y maldice la doctrina escritural de la justificación por la fe (cf. Concilio de Trento, Ses. 6 Canones 9, 11. 12. 20) y entrena a sus seguidores para que busquen la salvación por las obras. La Iglesia de Roma ha asesinado a miles corporalmente por su adhesión a la doctrina de la justificación por la fe y a millones espiritualmente al enseñarles a confiar en la justificación por obras”.

 

John Theodore Mueller, Christian Dogmatics (Saint Louis: Concordia Publishing House), p. 368. Mueller fue un teólogo luterano americano del s. XX.

Cipriano de Valera: El Reformado Español

Cipriano de Valera es, sin lugar a dudas, el español del siglo XVI que de manera más clara y contundente se definió por la fe de la Reforma y que contribuyó de manera más decisiva a la transmisión de la Palabra de Dios. Nació en 1532 en Frenegal de la Sierra (Badajoz), y después de haber estudiado filosofía durante seis años, ingresó en el monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo. Allí conocería las verdades de la Palabra de Dios proclamadas por la Reforma, y de allí saldría, en el año 1557, rumbo al exilio, junto con otros compañeros de monasterio, como Antonio del Corro o Casiodoro de Reina. Tras un breve paso por Ginebra, donde conocería personalmente al Reformador Juan Calvino, en 1558 Valera se instaló definitivamente en Inglaterra. Allí, además de casarse en 1563, llegaría a ser profesor tanto en la universidad de Cambridge como de Oxford. Durante 20 años, Valera llevó a cabo el monumental trabajo de revisar la traducción de la Biblia que en 1569 publicara su antiguo compañero, Casiodoro de Reina. Su nueva revisión se publicó en el año 1602. Pocos años más tarde, no se sabe exactamente cuando, Valera falleció en su exilio de Inglaterra.

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Unam Sanctam

[El objetivo declarado de este blog es promover la Reforma bíblica sobre la base de las Confesiones de Fe reformadas. Así, en “feliz” contrapunto con ellas, compartimos ahora algunos documentos oficiales que todo miembro de la Iglesia papal está obligado a confesar y mantener]

Bula Unam Sanctam

Por apremio de la fe, estamos obligados a creer y mantener que hay una sola y Santa Iglesia Católica y la misma Apostólica, y nosotros firmemente lo creemos y simplemente lo confesamos, y fuera de ella no hay salvación ni perdón de los pecados, como quiera que el Esposo clama en los cantares: Seguir leyendo

La Reforma y Roma, Quinientos Años Después

“Pues mejor es entrar en el Reino de los Cielos pasando por muchas tribulaciones, que descansar en una seguridad carnal, producida por vanas promesas de una paz falsa”. Éste es el texto de la tesis número 95 que Lutero colgó el 31 de octubre de 1517 en la puerta del castillo de Witemberg, con la intención de proponer una disputa pública entre teólogos sobre la venta de indulgencias. Lutero proclamaba de esta manera que las obras de la Iglesia no puede eclipsar en las conciencias el mensaje del Evangelio, que es la esencia, el corazón mismo de la iglesia y lo único en lo que el creyente puede depositar su confianza para ser salvo. La proclamación de Lutero resultó intolerable para una Iglesia acostumbrada desde hacía siglos a pensar de sí misma como dueña y transmisora infalible de la gracia divina; por la misma razón, ella rechazó asimismo la enseñanza evangélica de la justificación sin participación meritoria del creyente, sino sólo por la fe en la obra perfecta de Jesucristo para el perdón de pecados; por supuesto, tampoco iba ella a aceptar que la Sagrada Escritura se convirtiera en el juez supremo de toda disputa, por encima incluso del juicio que la propia Iglesia emitía sobre éste y cualquier otro asunto. Resultado: León X, el papa del Renacimiento, de los carnavales y de suntuosas cacerías, declaraba en 1520 heréticas las doctrinas de Lutero. A partir de ese momento, nada sería igual. Nacía la Reforma protestante, la cual, a pesar de dificultades de todo tipo, permanece todavía hasta hoy. Seguir leyendo