La Reforma y Roma, Quinientos Años Después

“Pues mejor es entrar en el Reino de los Cielos pasando por muchas tribulaciones, que descansar en una seguridad carnal, producida por vanas promesas de una paz falsa”. Éste es el texto de la tesis número 95 que Lutero colgó el 31 de octubre de 1517 en la puerta del castillo de Witemberg, con la intención de proponer una disputa pública entre teólogos sobre la venta de indulgencias. Lutero proclamaba de esta manera que las obras de la Iglesia no puede eclipsar en las conciencias el mensaje del Evangelio, que es la esencia, el corazón mismo de la iglesia y lo único en lo que el creyente puede depositar su confianza para ser salvo. La proclamación de Lutero resultó intolerable para una Iglesia acostumbrada desde hacía siglos a pensar de sí misma como dueña y transmisora infalible de la gracia divina; por la misma razón, ella rechazó asimismo la enseñanza evangélica de la justificación sin participación meritoria del creyente, sino sólo por la fe en la obra perfecta de Jesucristo para el perdón de pecados; por supuesto, tampoco iba ella a aceptar que la Sagrada Escritura se convirtiera en el juez supremo de toda disputa, por encima incluso del juicio que la propia Iglesia emitía sobre éste y cualquier otro asunto. Resultado: León X, el papa del Renacimiento, de los carnavales y de suntuosas cacerías, declaraba en 1520 heréticas las doctrinas de Lutero. A partir de ese momento, nada sería igual. Nacía la Reforma protestante, la cual, a pesar de dificultades de todo tipo, permanece todavía hasta hoy.

Las palabras de la última de las tesis de Lutero resultaron proféticas para todos aquellos que buscaron la confianza proporcionada por el Evangelio por encima de la iglesia del papa de Roma con todas sus indulgencias y sus ritos sacramentalistas. Los 130 primeros años del protestantismo fueron largos años de persecución, en unos casos, y de luchas para defender la Reforma, en otros. La Paz de Westfalia, que puso fin a la Guerra de los 30 años, reconoció la libertad de los países donde triunfó la Reforma, pero ella también supuso la pérdida de la mitad de la población protestante del continente, sobretodo por la recatolización forzada de amplios territorios centrales del Impero. Además, el estado espiritual generado por tales guerras, del cual el ecumenista pastor y pedagogo moravo Comenius (1592-1670) es un adecuado representante, contribuyó poderosamente al desarrollo del relativismo y racionalismo de la Ilustración, que ha afectado de manera especial al protestantismo. Esta impregnación, o hasta en algunos casos identificación, entre los protestantes y el liberalismo es una realidad lamentable con la que hay que contar cuando hablamos de protestantismo, por cuanto el liberalismo en el ámbito teológico ha minado los enunciados capitales de la fe reformada, si bien esta identificación es del todo punto comprensible: fue gracias a las ideas liberales que los reformados obtuvieron la tolerancia en los territorios del Imperio (1781) o en Francia (1787), tras 160 y casi 100 años de persecución y clandestinidad, respectivamente. Su regreso a la vida pública se hizo en un mundo totalmente cambiado y a partir de entonces en muchos casos no podrán ver el mundo a no ser desde esa nueva perspectiva.

Mientras tanto, ¿qué fue de la Iglesia católica-romana?  De manera sorprendente, ella ha sufrido una constante mutación, a la par que el papado ha ido concentrando para sí cada vez más poderes, en detrimento del resto de la Iglesia. En este sentido, Roma ha sabido utilizar excepcionalmente bien la Reforma en función de sus intereses, por la convocatoria de un concilio, el de Trento (1545-1562), de aplastante mayoría italiana de acólitos al papado, así como por la creación de la Compañía de Jesús, verdadera guardia personal de papa, la cual ha tenido un papel fundamental en la Contrarreforma. De esta manera, en unos pocos siglos la Iglesia católica-romana ha pasado de ser la Iglesia conciliarista (es decir, la supremacía del concilio sobre el papa) de los concilios de Constanza (1414-1418) y Basilea (1431-1449), a la Iglesia del absolutismo papal de Vaticano I (1869-1870), en el que Pío IX, el papa que a la manera de un Luis XIV de Francia exclamara “¡La Tradición soy yo!”, consiguió que se aprobase, en contra de toda la enseñanza de la Escritura e incluso el testimonio unánime de los Padres de la Iglesia, la teoría de la infalibilidad del papa como dogma de la Iglesia… Después de esto, el poder reinventa la Historia.

Ésta es la Iglesia católica-romana, ¡siempre idéntica a sí misma, siempre en constante mutación, siempre acaparando para el papado mayores prerrogativas! En 1950, Pío XII afirmó que el Magisterio actual de la Iglesia (que es sólo válido en la medida que es expresado por el papa) es la “regla próxima” de la fe tanto de la Escritura como de la Tradición. ¿Y qué significa esto? Pues simplemente, ¡que nada hay por encima del papa, que el papa no es juzgado por ninguna palabra, ya sea de Dios o de os hombres! Pese a las apariencias de apertura, Vaticano II deja intactos todas estas pretensiones universalistas y, de esta manera, los postulados fundamentales del catolicismo-romano siguen siendo los mismos de siempre. En el fondo, no hay que engañarse, la Iglesia católica-romana no ha cambiado.

Con todo, no se puede decir que no haya novedades en la Iglesia del papa de Roma, al menos en cuanto a las formas. Lo vemos sobretodo con el actual [anterior] papa, Juan Pablo II. Con sus innumerables viajes y una excelente utilización de los medios de comunicación, el papa se ha convertido, en vida, en el personaje más idolatrado del mundo. ¿A qué actor o cantante de rock le vienen a recibir centenares de miles de personas, como se hace una y otra vez con el papa? Hacer del papa una estrella del mundo de la comunicación de masas es ciertamente una maniobra inteligente, pero tan importante o más que esto, pero mucho menos advertido, es la audaz actividad diplomática retomada por el Vaticano con Juan Pablo II para intervenir como mediador en todo tipo de conflictos internacionales. Ciertamente, el anhelo de paz es un fin loable, pero no se puede decir que la participación del papa sea desinteresada: no hay que olvidar que, por una parte, el Vaticano es un estado y que como tal defiende sus propios intereses; y que, por otra parte, que Roma no ha renunciado nunca a afirmar la supremacía del papa sobre los estados legítimos. Sólo que la expresa de otra manera, con un discurso pacifista, y así, de paso, con este discurso pacifista, el papa se gana el apoyo incondicional del sector más manipulable de la población y en principio más alejado de la fe cristiana, la juventud. A nuevos tiempos, nuevos medios, nuevos mensajes. A una sociedad que ha hecho del “Imagine” de John Lennon (canción, en muchos sentidos, tan profundamente anticristana) el himno por excelencia y la expresión máxima de su espiritualidad, Roma sabe decirle precisamente lo que quiere oír.

Es posible que en la actualidad todavía haya algunos, o muchos, que, deslumbrados por Vaticano II, piensen que la Iglesia católica-romana pueda emprender una reforma en un sentido evangélico. No faltan factores coyunturales o de conveniencia para ello, puesto que, por ejemplo, según las previsiones, los protestantes evangélicos en Hispanoamérica serán el 30 % del total de la población en una fecha tan próxima como en 2010. Sin embargo, hay que ser realistas: la posibilidad de una reforma de la Iglesia católica-romana es un auténtico imposible. La Iglesia católica-romana es estructuralmente y en esencia irreformable. Una iglesia que se considera dueña de la gracia y con autoridad sobre la verdad no puede admitir que haya una verdad por encima de ella que le diga cómo ha de ser. Lo rechazó en tiempos de Lutero y Calvino y desde entonces no ha hecho más que blindarse en contra de esa posibilidad. Lo cual quiere decir que todo aquel que quiera vivir la fe cristiana en un espíritu evangélico, en el sentido más genuino del término, tiene que pensar ineludiblemente en abandonar esta institución, suponga esto lo que suponga – no precisamente, advertimos, ausencia de dificultades–.

Esto, sin duda, puede sonar extraño en nuestro tiempo, en el que más que tolerancia encontramos una indiferencia total a la idea de una única verdad religiosa, y en el que el mayor pecado que se pueda cometer es el no estar por el ecumenismo. Ciertamente, el mayor peligro hoy para las iglesias evangélicas es dejarse llevar por este ambiente, por la seducción de respetabilidad en la sociedad, y sustituir la evangelización del mundo católico-romano por el diálogo ecuménico. ¡Qué vano sería! ¡No habría mejor manera de firmar su propia desaparición! ¿Para qué sirve la luz que no alumbra, la sal que no sala? En verdad, para nada… El peligro, pues, está ahí, por lo que el pueblo evangélico, cada uno según su posición y responsabilidad, ha de estar alerta para que la gloriosa herencia del Evangelio no se dilapide en naderías. Nada ha cambiado: ¡el Evangelio sigue siendo el mismo y Roma también! Los cambios sólo son aparentes, la esencia de todas las cosas permanece, los mismos conflictos se repiten bajo apariencias distintas. Si callamos nosotros, ¡las piedras clamarán!

La Reforma hoy ha de seguir las pisadas de la del siglo XVI. Entonces la Iglesia rechazó el ser un poder en el mundo, el ser la continuadora en la tierra de la exaltación gloriosa del Señor en el cielo, para ser una iglesia que en su peregrinación terrestre no conozca más que la cruz, como Jesucristo en Su humillación. Ésta es la enseñanza y ejemplo apostólico: “Pues no me propuse saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor” (1 Corintios 2:2-3). La mayoría, sino todas, las objeciones hechas a la Reforma desde un punto de vista católico-romano tradicional se estrellan ante este simple hecho: la Reforma eligió no tener en el mundo otro poder que no sea el de la cruz. Sus seguidores hemos todavía hoy de aprender diariamente esta difícil lección y continuar en el camino de la abnegación y el arrepentimiento, dichosos de entrar a través de muchas tribulaciones en el Reino de los Cielos que el Señor Jesucristo nos abrió con Sus sufrimientos únicos, irrepetibles y eficaces para salvación para todo aquél que de corazón cree en Él.

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Artículo publicado en En la Calle Recta, nº 190 (sept-oct. 2004), pp. 22-25.

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  1. Carlos Apui

    Gracias a Dios la Iglesia Católica no ha cambiado, sigue siendo la mismo que el mismísimo Cristo fundo y sobre la cual dijo “las puertas del infierno no podrán contra ella”, o será que Cristo fue un gran mentiroso y el infierno si pudo contra ella!!!!

  2. Pingback: La Reforma y Roma, Quinientos Años Después | el teologiyo

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