La Asunción de María y España

Fiesta de Asunción y de Vaquillas

El mes de agosto, en España, es el mes de vacaciones por excelencia. Desde las últimas décadas del siglo pasado (aproximadamente, a partir de la irrupción masiva del turismo, allá por los años sesenta) el mes de agosto viene a ser sinónimo de ciudades vacías, playas llenas e innumerables fiestas locales en los pueblos, amenizadas por vaquillas, verbenas y cohetes. Y si uno se pregunta por qué es precisamente el mes de agosto el elegido para toda esta deserción masiva de la vida cotidiana, normalmente se responde culpando al excesivo calor de este mes. Lo cual es curioso, porque es agosto cuando normalmente empiezan a bajar algo los rigores del verano. Lo peor, julio, se pasó, y trabajando.

Es en este contexto, tan típicamente hispánico, en el que se encuentra la festividad de la Asunción de María, que se celebra el 15 de agosto. Justo a la mitad del mes, como hecho aposta. Aunque el origen de esta celebración en esta fecha es ciertamente mucho más antiguo que las modernas vacaciones. Se remonta al siglo IV d.C., cuando, en el Imperio Romano cristianizado, comienza a celebrarse en este día la festividad de la Asunción. Antes de esta época, no hay rastros de tal celebración en el cristianismo antiguo y, por supuesto, ninguna indicación de que haya sido instituida por los apóstoles. Ningún indicio bíblico, por otra parte, acerca del contenido de lo que se celebra, es decir, que María, a imagen de su hijo Jesucristo, haya sido recibida corporalmente en el cielo, sin conocer corrupción.

Y antes de esto, ¿qué? Pues la noche de los tiempos. ¿Quizá tenga algo que ver la festividad con aquella otra de Diana (de la que se habla en Hechos capítulo 19), la diosa romana de la luna, y por tanto, de cosechas y fertilidad, que se celebraba el 13 de agosto?

La fiesta de la Asunción, por tanto, ha atravesado las épocas, hasta plantarse en nuestros días. Muy pronto se convirtió en una de las obligatorias “fiestas de precepto” fijadas por la Iglesia. Por cierto, esta potestad, la de fijar “fiestas de precepto”, pasó a ser competencia de Roma, a una época más bien tardía, en 1642, con el papa Urbano VIII. En los tiempos modernos, las fiestas de precepto han sido el objeto de arduas negociaciones entre las distintas naciones europeas de obediencia a Roma y el obispo de dicha ciudad, para rebajar entre la cuarentena larga de los tiempos medievales, a las aproximadamente diez de la actualidad. La necesidad de hacerlo es obvia: cuantos menos días laborales haya, mayor desarrollo económico de un país, y a la inversa. Sea como fuere, todavía hoy el número de fiestas de precepto es un buen indicativo del grado de, por decirlo así, “sintonía oficial” de una nación con Roma. En España, como fiestas oficiales nacionales, actualmente son sólo seis. Pero súmese a éstas las que cada comunidad autónoma mantiene por separado, más las locales. Todo en conjunto, una verdadera constelación.

Como íbamos diciendo, la fiesta de la Asunción ha atravesado las épocas, se ha plantado en nuestros días, y lo ha hecho conmemorando una tradición, o leyenda, absolutamente carente de prueba bíblica. En el Nuevo Testamento, vemos que había gran interés por parte de los apóstoles en certificar que la Resurrección y Ascensión de Jesucristo fue un hecho del que en su época hubo una multitud de testigos, comenzando por ellos mismos, los apóstoles (por ejemplo, I Corintios 15:3-9 y Hechos 1:9). En el caso de María, por lo visto, no hay necesidad de testimonio histórico contemporáneo autorizado, sea o no bíblico. Según la leyenda misma, a los tres días (precisamente) después de haber muerto, Tomás (tenía que ser él, como en Juan 20:24-29), como estaba ausente de Jerusalén cuando enterraron a María, pidió que se le abriera el sepulcro y, para sorpresa de todos, nadie había allí. De ahí que la Iglesia afirmara que fue ascendida al cielo corporalmente. Exactamente igual, pues, que Jesucristo.

Por lo tanto, el testimonio de la Iglesia se basta a sí mismo, es autosuficiente, para que la Iglesia misma afirme un hecho histórico del que no fue testigo, para erigirlo a la categoría de enseñanza de la Iglesia, para consagrarle luego una festividad secular, y para definirlo finalmente como dogma de fe católico. Ello fue hecho en el año 1950, en la constitución apostólica Munificentissimus Deus, de Pío XII. Uno de los argumentos teológicos principales fue el de la Inmaculada Concepción de María, es decir, el dogma de fe que afirma que María fue concebida libre del pecado original. Este dogma fue definido casi cien años antes, el 8 de diciembre de 1854, por Pío IX, pero tal dogma no había sido creído, por ejemplo, por Tomás de Aquino, y el Concilio de Trento, en su día, no se atrevió a decidir entre las opiniones encontradas al respecto de importantes sectores de la Iglesia Católica Romana.

Tan seguro estaba Pío XII de lo que escribía en su encíclica, que añadió en ella, además, lo siguiente, a modo de apoteósica rúbrica final a su papal escrito: “Si alguno osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica… A ninguno, pues, sea lícito infringir esta nuestra declaración, proclamación y definición u oponerse o contravenir a ella. Si alguno se atreviere a intentarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente”.

Ciertamente, los modos y maneras en la iglesia papista han variado, mediando, claro está, el Concilio Vaticano II. Impensable sería hoy que el autor de la encíclica Deus caritas est, el actual papa Benedicto XVI, se expresara así, y, de momento, no lo hace. Sin embargo, es papa en la misma iglesia, guardián de la misma fe, por lo tanto, valedor del mismo dogma en cuestión, afirmado como si fuera infalible por otro papa en su día. Por lo cual, ciertamente, sería ejercicio interesante poder oír hoy, también de los labios de Benedicto XVI, estas mismas palabras de Pío XII. En un alarde de fidelidad a la Tradición, pues, lo podría intentar, ratificando, en estos tiempos de tanta inseguridad en cuanto a la fe católica (romana), este tan transcendental dogma, desprovisto como está de testimonio bíblico y fundado exclusivamente sobre el testimonio de la Iglesia, sin dejar de corroborar las imprecaciones de su augusto predecesor. Sólo un papa se atrevería a hacer tal cosa. Incluso, seguramente debe ser el único que tenga potestad para hacerlo. Que el papa, pues, se muestre como lo que es.

Retomando para acabar lo ya dicho y repetido, la festividad de la Asunción ha atravesado las épocas y se ha plantado en nuestros días. Para la mentalidad moderna secular, que la festividad se haga en el contexto de las vacaciones de agosto en España puede representar algo así como un deslucimiento de la festividad religiosa como tal y un avance del secularismo. Bueno, todo son maneras de ver las cosas. Viendo las cosas “a lo católico romano” (Iglesia institución) también se podría decir que, en vez de consagrar a María una fiesta de un día, la de la Asunción, ahora se le consagra todo un mes. Es perfectamente defendible, incluso altamente probable, que así sea. Varían tal vez las formas de la celebración, pero es que varían también los tiempos. Todo es cuestión de “inculturizarse”, es decir, de encarnarse en una cultura dada. He aquí el corazón de la espiritualidad mariana y, por consiguiente, la esencia de la Iglesia católica romana. Y es que en España, nos gustan las fiestas. Los que piensan, pues, que España ya no es un país católico se equivocan. Devoto y fiel como pocos al catolicismo de nuestros días.

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Artículo escrito hace casi diez años y publicado en la revista “En la Calle Recta” en el año 2006.

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