Etiquetado: Espíritu Santo

“Ha Parecido Bien al Espíritu Santo y a Nosotros” Significa “Por la Autoridad de Dios” (Comentario de Calvino en Hch 15:28)

2013-0607-apostle-james

Cualquiera que algo familiarizado con  el catolicismo-romano –o más bien papismo, término para nada despectivo, sino que expresa con precisión la naturaleza de esta religión– sabe la importancia que se le da en él a la declaración: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros” (Hechos 15:28 RV-SBT), tanto para basar la supuesta infalibilidad de esta iglesia (de Concilios y, desde Vaticano I, del “papa”), como, sobre todo, justificar las innovaciones dogmáticas de esta iglesia, que siempre han de ser consideradas igualmente infalibles. Según esta manera de ver,  este texto del libro de Hechos vendría a ser como una declaración de la Iglesia no directamente basada en la Escritura, sino por una autoridad que le es propia a la Iglesia, y que a partir de su promulgación adquiriría el carácter de autoridad divina.

En realidad, lo que enseña este pasaje es algo totalmente distinto. Leyendo Hechos 15, no se ve que la Iglesia reunida en el primer Concilio en Jerusalén hubiera decidido la cuestión de los judaizantes por la autoridad de la Iglesia, como si la tuviera aparte o por encima de la Escritura. Al contrario: fue la Escritura la guía del Espíritu Santo en el Concilio. Además, no se aprecia allí tanto consenso –concepto igualmente clave en el papismo–, sino que fueron el apóstol Pedro y sobre todo Santiago, el hermano del Señor, los que en él expusieron la Escritura con la autoridad de Dios, el Espíritu Santo. Lo que el Concilio resolvió, pues, fue siempre por la autoridad de Dios.

Creemos que las palabras del reformador Juan Calvino en su comentario sobre Hechos 15:28 aclaran suficientemente toda esta cuestión:

En cuanto a que los Apóstoles y los Ancianos se añadieran como compañeros al Espíritu Santo, ellos no se atribuyen nada en especial en esto, sino que esta manera de hablar es como si dijeran que el Espíritu Santo les ha guiado y conducido; y que han ordenado lo que escriben estando inspirados por él.

Porque esta manera de hablar es bastante frecuente en la Escritura, a saber, que pone en segundo lugar a los Ministros después de haber expresado primero el nombre de Dios. Cuando se dijo que el pueblo creyó a Dios y a Moisés, su siervo (Éxodo 14:34), la fe no se ha desgarrado por esto, de manera que esté sujeta en parte a Dios y en parte a un hombre mortal. ¿Qué, pues? Como es cierto que el pueblo tuvo a Dios como único autor de su fe, él añadió fe también a su siervo Moisés, de quien era inseparable. Y ciertamente el pueblo no podía creer a Dios más que recibiendo la doctrina propuesta por Moisés, de la misma manera que al rechazar y despreciar a Moisés anteriormente, rechazaron el yugo de Dios. Y por esto se rechaza la impudicia de los que, presumiendo de fe a boca plena, desprecian sin embargo el ministerio de la Iglesia con una impiedad orgullosa. Porque de la misma manera que sería un reparto sacrílego, si la fe dependiera en parte de un hombre, incluso en el menor punto posible, así también aquellos que no tienen en cuenta a los Ministros, por los cuales Dios habla, y aparentan recibirlo como Señor, se burlan abiertamente de él. Los Apóstoles, pues, niegan que se hayan forjado de su mente esta ordenanza que dan a los gentiles, sino que solamente han sido Ministros del Espíritu Santo; y esto a fin de autorizar con la autoridad de Dios lo que ellos han recibido de él y pasan de mano en mano. También cuando S. Pablo menciona su Evangelio, no presenta un Evangelio nuevo, que él hubiera forjado por sí mismo, sino que predica este mismo Evangelio que le fue entregado por Cristo.

Pero los Papistas se muestran ridículos cuando quieren probar por estas palabras que la Iglesia posee alguna autoridad propia; y lo que es más, se contradicen a sí mismos. Porque ¿qué excusa tienen para debatir que la Iglesia no puede errar, sino por ser gobernada inmediatamente por el Espíritu Santo? Por esta causa, ellos se jactan a gritos que sus invenciones, por las cuales los redargüimos, son oráculos del Espíritu Santo. Es, pues, una gran locura suya la de presentar esta palabra, “Nos ha parecido bien”. Porque si los Apóstoles han ordenado algo sin el Espíritu Santo, esta primera máxima caerá inmediatamente al suelo: Que nada sea decretado por los Concilios que no sea ordenado y dictado por el Espíritu Santo.

Jean Calvin, Commentaires de Jehan Calvin sur le Nouveau Testament, tome II, Evangile selon S. Jean et les Actes des Apostres, (París : Librairie de Ch. Meyreueis et Compagnie, 1854),  pp. 755-756

Cita Diaria con Calvino (115)

“Mas como la fe es la más importante de sus obras, a ella se refiere la mayor parte de cuanto leemos en la Escritura referente a su poder y operación. En efecto, solamente por la fe nos encamina a la luz de su Evangelio, como lo atestigua san Juan, al decir que a los que creen en Cristo les ha sido dado el privilegio de ser hijos de Dios, los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, sino de Dios (Jn.1:13). Porque al oponer Dios a la carne y la sangre, afirma que es un don sobrenatural y celestial que los elegidos reciban a Cristo, y que de otra manera hubieran permanecido en su incredulidad. Semejante es la respuesta de Cristo a Pedro: “No te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt.16: 17). Trato brevemente estas cosas, porque ya las he expuesto por extenso.

Está de acuerdo con esto lo que dice san Pablo, que los efesios fueron “sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Ef. 1: 13). Con ello quiere decir que el Espíritu Santo es el maestro interior y el doctor por medio del cual la promesa de salvación penetra en nuestra alma, pues de otra manera aquélla no haría sino herir el aire o sonar en vano en nuestros oídos. Asimismo cuando dice que a los tesalonicenses Dios los escogió “desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2 Tes. 2: 13), en breves palabras nos advierte que el don de la fe solamente proviene del Espíritu. Y san Juan lo dice aún más claramente: “Sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado” (I Jn. 3:24); y: “En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado su Espíritu” (I Jn. 4:13). Por lo cual el Señor prometió a sus discípulos, para que fuesen capaces de la sabiduría celestial, “el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir” (Jn. 14:17); y le atribuye como oficio propio traer a la memoria y hacer comprender lo que les había enseñado. Porque, en vano se presentaría la luz a los ciegos, si aquel Espíritu de inteligencia no les abriera los ojos del entendimiento. Y por eso con justo título le podemos llamar la llave con la cual nos son abiertos los tesoros del reino del cielo; y su iluminación puede ser denominada la vista de nuestras almas.

Por esta razón san Pablo encarece tanto el ministerio del Espíritu (2 Cor. 3: 6-8) – o lo que es lo mismo, la predicación con eficacia del Espíritu -, porque de nada aprovecharía la predicación de los que enseñan, si Cristo, el Maestro interior, no atrayese a sí a aquellos que le son dados por el Padre. Así pues, igual que, como hemos dicho, en la Persona de Jesucristo se encuentra la salvación perfecta, del mismo modo, para hacernos partícipes de Él, nos bautiza “en Espíritu Santo y fuego” (Lc. 3:16), iluminándonos en la fe de su Evangelio y regenerándonos de tal manera que seamos nuevas criaturas; y, finalmente, limpiándonos de todas nuestras inmundicias, nos consagra a Dios, como templos santos”.

Institución de la religión cristiana III.I.4 (p. 404).

Cita Diaria con Calvino (17)

“Se apareció el Espíritu Santo en forma de paloma (Mt. 3:16), pero viendo que luego desapareció, ¿quién no cae en la cuenta de que con esta manifestación fugaz se ha advertido a los fieles que debían creer que el Espíritu Santo es invisible, a fin de que descansando en su virtud y en su gracia no buscasen figura externa alguna? En cuanto a que algunas veces apareció Dios en figura de hombre, esto fue como un principio o preparación de la revelación que en la persona de Jesucristo se había de hacer; por lo cual no fue lícito a los judíos, so pretexto de ello, hacer estatuas semejantes a hombres. También el propiciatorio, desde el cual Dios en el tiempo de la Ley mostraba claramente su potencia, estaba hecho de tal manera, que daba a entender que el mejor medio de ver a Dios es levantar el espíritu a lo alto lleno de admiración (Éx. 25:18-21). Porque los querubines con sus alas extendidas lo cubrían del todo; el velo lo tapaba; el lugar mismo donde estaba era tan escondido y secreto, que no se podía ver nada. Por tanto, es evidente que los que quieren defender las imágenes de Dios o de los santos con este ejemplo de los querubines son insensatos y carecen de razón. Porque, ¿qué hacían aquellas pequeñas imágenes en aquel lugar, sino dar a entender que no había imagen alguna visible apropiada y capaz de representar los misterios de Dios? Pues con este propósito se hacían de modo que al cubrir con sus alas el propiciatorio, no solamente impidiesen que los ojos viesen a Dios, sino también los demás sentidos; y esto para refrenar nuestra temeridad.”

Institución de la religión cristiana, I.XI.3 (vol. 1, pag. 51).

Cita Diaria con Calvino (15)

“Por donde fácilmente se entiende que debemos ejercitarnos diligentemente en leer y en oír la Escritura, si queremos percibir algún fruto y utilidad del Espíritu de Dios (…) Porque como quiera que Satanás se transforma en ángel de luz, (2 Cor. 11, 14), ¿qué autoridad tendría entre nosotros el Espíritu Santo, si no pudiese ser discernido con alguna nota inequívoca? De hecho se nos muestra con suficiente claridad por la Palabra del Señor; sólo que estos miserables buscan voluntariamente el error para su perdición, yendo en pos de su propio espíritu, y no del de Dios.

Mas dirán que no es conveniente que el Espíritu de Dios, a quien todas las cosas deben estar sujetas, esté Él mismo sometido a la Escritura. ¡Como si fuese una afrenta para el Espíritu Santo ser siempre semejante y conforme a sí mismo, ser perpetuamente constante sin variar en absoluto! Ciertamente, si se le redujera a una regla cualquiera, humana, angélica o cualquiera otra, entonces podría decirse que se le humillaba, y aun que se le reducía a servidumbre. Pero, cuando es comparado consigo mismo y considerado en sí mismo, ¿quién puede decir que con esto se le hace injuria? No obstante, dicen, es sometido a examen de esa manera. Estoy de acuerdo; mas con un género de examen querido por Él, para que su majestad quedara establecida entre nosotros. Debería bastarnos que se nos manifestara. Pero, a fin de que en nombre del Espíritu de Dios, no se nos meta poco a poco Satanás, quiere el Señor que lo reconozcamos en su imagen, que Él ha impreso en la Escritura Santa. Él es su autor; no puede ser distinto de sí mismo. Cual se manifestó una vez en ella, tal conviene que permanezca para siempre. Esto no es afrenta para con Él, a no ser que pensemos que el degenerar de si mismo y ser distinto de lo que antes era, es un honor para Él”.

Institución de la religión cristiana, I.IX.2 (vol. 1, pag. 45-56).

Cita Diaria con Calvino (11)

“Tengamos, pues, esto por inconcuso: que no hay hombre alguno, a no ser que el Espíritu Santo le haya instruido interiormente, que descanse de veras en la Escritura; y aunque ella lleva consigo el crédito que se le debe para ser admitida sin objeción alguna y no está sujeta a pruebas ni argumentos, no obstante alcanza la certidumbre que merece por el testimonio del Espíritu Santo. Porque aunque en sí misma lleva una majestad que hace que se la reverencie y respete, sólo, empero, comienza de veras a tocarnos, cuando es sellada por el Espíritu Santo en nuestro corazón. Iluminados, pues, por la virtud del Espíritu Santo, ya no creemos por nuestro juicio ni por el de otros que la Escritura procede de Dios, sino que por encima de todo entendimiento humano con toda certeza concluimos (como si en ella a simple vista viésemos la misma esencia divina) que nos ha sido dada por la boca misma de Dios por ministerio de los hombres. No buscamos argumentos ni probabilidades en los que se apoye nuestro juicio, sino que sometemos nuestro juicio y entendimiento como a una cosa certísima y sobre la que no cabe duda alguna (…) De momento contentémonos con saber que no hay más fe verdadera que la que el Espíritu Santo imprime en nuestro corazón”.

Institución de la religión cristiana, I.VII.6,7 (vol. 1, pag. 34-35).

Sermón del Domingo (03-07-2011)

CULTO DE LA MAÑANA

Romanos 8:26-27, “La ayuda de Dios en la oración”

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CULTO DE LA TARDE

Efesios 5:25-26, “¿Se tiene que bautizar a los hijos de los creyentes?”

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