A Propósito de la Declaración de Manhattan

La llamada “Declaración de Manhattan”, redactada y firmada en Estados Unidos entre los meses de octubre-noviembre pasados, ya es conocida en España. Esta Declaración se presenta como un manifiesto de altas personalidades católicas, evangélicas y ortodoxas en asuntos tales como el aborto, la clonación o la homosexualidad, y ha suscitado muchas reacciones, tanto a favor como en contra, dentro y fuera de los círculos evangélicos. Una vez llegada y conocida aquí, es conveniente que nuestra reacción a la misma sea comedida y reflexiva.

Intentando, pues, poner el texto en su contexto, hemos de pensar que la Declaración de Manhattan supone una respuesta a leyes de la administración norteamericana como la “Ley de Crímenes de Odio” (Hate Crimes Bill, firmada por Obama precisamente el 28 de octubre de 2009) o también, a uno de los proyectos estrella de la nuevo gobierno demócrata, el intento de creación de una Seguridad Social universal, pero que incluya el aborto como una prestación sanitaria más. De esta manera, la Declaración afirma resueltamente que no aceptará imposiciones del Gobierno de Obama en estas materias que vayan en contra de sus conciencias, y éste muy bien podría ser el punto principal del manifiesto.

La Declaración de Manhattan es, por ello, un documento propiamente americano. Pero la verdad es que es más que eso, pues claramente nace con la vocación de convertirse en una especie de manifiesto internacional sobre estos asuntos éticos, fijando la posición cristiana en los mismos. Muestra de ello es que en su página web, la declaración esté disponible traducida a nada menos que 14 idiomas.

En principio, ciertamente hemos de decir que la Declaración de Manhattan es un documento que tiene muchos aspectos positivos. Presenta y defiende la moralidad cristiana en asuntos de tanta importancia como la homosexualidad, el aborto y la dignidad de la vida humana desde el momento de la concepción. Hace un llamamiento a los cristianos a hacer una defensa de los mismos aunque ello pueda suponer problemas con los gobiernos humanos y esto merece nuestro respeto. Hemos de decir incluso que, además de defender la moralidad cristiana en torno a estos asuntos, la Declaración contiene algunos puntos que creemos de gran valor. Por ejemplo, demuestra que el llamado “matrimonio homosexual” no es meramente un asunto privado que sólo compete a las personas que optan por él, sino que es algo que afecta de lleno a la manera como los gobiernos conciben el matrimonio y por ende a todos los matrimonios – esto lo decimos nosotros: ya no se contempla como una entidad de derecho natural que el Estado ha de respetar, sino como una mera convención carente de contenido y que al final acaba en todo punto supeditado al Estado.

Por lo tanto, la Declaración no ha de ser vista como algo, de entrada, a rechazar en bloque, como tampoco hemos de estar movidos por sentimientos viscerales, tanto a favor o en contra. Nace como respuesta a una amenaza real. Debo decir incluso que entre la lista de los primeros firmantes, hay personalidades por las que siento afecto y respeto – uno de ellos, por ejemplo, formó parte del jurado de mi tesis doctoral. Pero no por ello hemos de dejar de hacer una apreciación, en líneas generales, crítica de la Declaración sobre algunos de sus mayores interrogantes.

El primero, su carácter marcadamente ecuménico. Es cierto que la Declaración no se presenta como una declaración de iglesias, sino de individuos a título particular. Si hubiera sido aquello –una declaración de iglesias– el juicio que nos merecería sería más severo. Pero no por ello, el carácter ecuménico de la Declaración deja de existir.

Si miramos el Comité de Redacción que firma el documento, la Declaración de Manhattan ha sido redactada básicamente por dos personalidades evangélicas y un católico-romano. Sin embargo, el documento está referencias a Roma, el papel de los “papas” o la aparición de algunos de los considerados “padres de la Iglesia” (como Agustín o Tomás de Aquino), tanto o más que las referencias al papel de los evangélicos. Es decir, la Declaración parece haber sido originada más bien por parte de evangélicos, pero calculada para conseguir obtener la adhesión de personalidades del mundo católico-romano.

Si esto se quedara sólo en ahí, se podría decir que se trata de una cuestión de mayor o menor talante por parte de los evangélicos, algo sin mayor importancia. El problema es que el documento entraña también afirmaciones en cuanto al Evangelio. Esta palabra, Evangelio, aparece tan sólo tres veces en la Declaración, y justo antes de acabar la introducción del documento aparece el concepto de “costly grace” (por cierto, muy mal traducida al español como “gracia encarecida”, cuando podría perfectamente haberse dicho “gracia costosa”).

En América, el concepto de “gracia costosa” se contrapone normalmente al concepto antinomiano de “gracia barata” (cheap grace). Esta expresión merece ser sopesada. Que la gracia de la salvación, en cuanto a Dios, se hizo al precio del sacrificio de su único Hijo, está completamente fuera de dudas, pero no es esto de lo que se trata aquí. Que la salvación por gracia, por medio de la fe, comporta obras para el creyente, es algo también fuera de toda duda y nadie lo cuestiona –o no debería hacerlo. La verdadera cuestión aquí es si la gracia, el Evangelio, comporta en sí misma obras para el creyente o, dicho de otra manera, si las obras del creyente están comprendidas en el Evangelio. Y éste es un asunto de importancia mayor. En su día, Roma y la Reforma se separaron por este punto.

Por lo tanto, nos parece preocupante querer hacer entrar en la Declaración este concepto, la “gracia costosa” aunque sea de manera casi fugaz. Sin duda, al leerlo los católicos-romanos lo entienden de manera antagónica a la Reforma. El presentarlo, pues, ¿no es, de alguna manera, una cesión? Por otro lado, ¿qué autoridad se abrogan los redactores de la Declaración para introducir en ella este concepto al margen de sus respectivas iglesias? Que a posteriori se hayan sumado reconocidos pastores y teólogos protestantes a esta Declaración no invalida que ella haya salido tarada de origen. ¿No puede representar, incluso, el intento de algunas personalidades muy concretas en orientar la enseñanza y predicación de las iglesias?

Y, en este sentido, se tiene que recordar que Chuck Colson, uno de los redactores de la Declaración de Manhattan, también está en el origen de aquella otra, Evangelicals and Catholics Together.

El segundo, el contenido de la Declaración sigue los postulados del llamado “Evangelio Social”, el cual es la quintaesencia del liberalismo teológico pero que también ha sido asumido como un elemento central del consenso entre evangélicos. Poner al Evangelio detrás, como motor, del llamado progreso humano es ciertamente una solución que será bastante bien recibida por todos en nuestro tiempo. Ciertamente es difícil salirse de las vías de este consenso, pero creemos que debemos realmente preguntarnos si es todo esto así. El apóstol Pablo llamaba a las autoridades romanas de aquel tiempo “servidores de Dios” porque llevaban la espada para ejecutar venganza y castigar a los que obraban mal (Romanos 13:3-4). El “misterio de iniquidad” (2 Tesalonicenses 2:7; en griego, anomia, literalmente, “sin ley o legalidad”)  que ya estaba en acción en tiempos del apóstol, no ha dejado más que avanzar, al mismo tiempo que también ha avanzado el Reino de Dios por la predicación del Evangelio. Tras veinte siglos hemos de suponer que este misterio de iniquidad está mucho más avanzado y mucho más crecido que hace dos mil años, y viendo lo que hay, en América, España y en general en todo Occidente, es imposible no sacar la conclusión que a ello también ha contribuido, y mucho, las ideas liberales.

En este sentido, cabe preguntarse si el ataque a las posiciones cristianas por parte de los radicales liberales, estilo Obama, Zapatero et alii supone en verdad un ataque a los postulados de la libertad de conciencia, o en verdad son la consecuencia lógica última de los mismos. La alianza del cristianismo con las ideas liberales ha “funcionado” mientras que el consenso general, en sociedades nominalmente cristianas, seguía a grandes líneas la herencia de siglos de cristianismo. Pero esto ha dejado de ser así, aunque paradójicamente, las sociedades siguen siendo nominalmente cristianas. ¿Qué hay que hacer, entonces? ¿Seguir queriendo rescatar las ideas liberales para el cristianismo, o dejarlas caer definitivamente para nosotros, o cuanto menos, considerarlas como asuntos de importancia menor y secundaria para el cristiano?

Dicho de otro modo: ¿Qué es lo que los cristianos debemos denunciar prioritariamente, la infracción de la libertad de conciencia o  la de los mandamientos de Dios? ¿Qué hemos de instar a las autoridades, que nos dejen simplemente en paz, o que cumplan con sus obligaciones ante Dios?

Por supuesto, la Declaración hace frente a las consecuencias e insta a los cristianos a seguir actuando en conciencia a pesar de legislaciones impías, y hemos dicho que nos merece nuestro respeto por ello. Ciertamente, la posición del cristiano en el mundo no es en absoluto cómoda ni fácil.

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