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Protestante Digital publicaba esta semana un artículo, de título “Volver al culto puede esperar”, sobre las dificultades y reticencias para reabrir los cultos públicos en España en la Fase 1 de la vuelta a la normalidad, debido a las medidas impuestas por el Gobierno.

De entrada, hay que decir la sorpresa que produce leer este titular. En realidad, la noticia del artículo no es esta, sino la negativa de la Confraternidad de Ministros de Culto de Madrid (COMIRMA) y de toda una denominación, la Unión Evangélica Bautista de España (UEBE), de realizar cultos públicos en la Fase 1, cuando estos pasan a estar permitidos por el Gobierno. El titular, por tanto, no es informativo, sino valorativo, y tiende a dar por bueno la negativa de volver a los cultos públicos, induciendo a que la gente lo considere así.

Sin entrar a valorar las razones aducidas por unos y otros –por ejemplo, las presentadas por COMIRMA, en cuanto al aforo (con las medidas, sólo se podrá utilizar el 10-12% del aforo), seguridad (no se puede garantizar totalmente las condiciones óptimas), traslados (probablemente los miembros tendrían que afrontar una pena económica por llegar a la iglesia) y económicas (al usar el local, se perdería el “estado de gracia” concedidos por los propietarios)– tan sólo diré los siguiente:

1) De entrada, los cultos públicos no son opcionales para la iglesia. Es decir, la iglesia no los realiza porque le parezca bien o no, mejor o peor. La iglesia no tiene potestad para dejar de hacer los cultos –como, por otra parte, tampoco tiene potestad sobre lo que en los cultos se ha de hacer o dejar de hacer–. Los cultos de la iglesia dependen totalmente de la autoridad del Señor. Los cultos de la iglesia son ius divinum por excelencia.

2) En realidad, la iglesia tampoco tiene potestad para dejar de dar cultos en caso de peste, epidemia o pandemia. Si la iglesia ha dejado de dar cultos durante esta pandemia del coronavirus no ha sido por su propia decisión. Ha sido por decisión del Gobierno, y esta no era opcional para nosotros. Lo que por otros motivos –por ejemplo, ideológicos o de otro tipo– sería inaceptable para nosotros, al precio que fuere, esta vez se ha aceptado porque detrás de esta imposición del Gobierno, en un momento de excepcionalidad grave, había un bien común, como es el de la salud pública, y porque los cultos de la iglesia de alguna manera se ha podido paliar gracias a los medios digitales. Pero, una vez más, no hemos decidido dejar de hacer cultos por nuestra decisión, sencillamente porque esto no está en nuestra mano.

3) Ahora que el Gobierno permite –eso sí, con unas muy severas condiciones– el reanudar los cultos públicos, estos tampoco son opcionales para nosotros. Es la ordenanza del Señor y el Gobierno no nos lo impide. ¿Por qué, pues, no lo habríamos de hacer? Todas las razones que en nuestra prudencia humana podamos esgrimir no son razones suficientes para dejar de hacerlo. Muy bien se puede volver a hacer los cultos públicos, aunque sea con el 10% del aforo o de la membresía y el resto seguirlo por internet desde sus casas. La diferencia entre esto y seguir haciéndolo totalmente en las casas es la que hay entre los creyentes a título individual que hacen cultos privados y la de la iglesia que vuelve a tener un espacio en la vida pública, aunque sea muy limitado, para dar culto público al Señor. Por tanto, se trata de la presencia del Señor y de Su adoración en la vida pública por medio de Su iglesia. Y esto es un bien inestimable, por la honra del Señor y por el testimonio que como iglesia se da a la sociedad.

En definitiva, con este breve artículo no quiero acabar lanzando acusaciones o descalificaciones contra nadie. Son tiempos difíciles para todos y hasta cierto punto, humanamente hablando, es normal que andemos algo desorientados. Simplemente querría que entre todos reconsideremos y pongamos al Señor y Su gloria como lo primero y lo más importante, por encima de todas las demás cosas y consideraciones.

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