La Doctrina de la Iglesia en la Confesión Escocesa (1)

Apenas hay un segmento de toda la verdad Cristiana al que se le haya prestado más abundante atención en la teología de Escocia que aquel que tiene que ver con la Iglesia de Dios. En común con el amplio tronco de enseñanza acerca de este tema entre los reformados, la Confesión Escocesa insiste mucho en la realidad de la entidad de la Iglesia de Dios tal como ella es en verdad. Su tratamiento de este tema es tal que deja claro que la Iglesia, tal como los hombres la ven, o la Iglesia Visible, no es un cuerpo distinto de la Iglesia tal como es conocida por Dios. La Iglesia de Dios es una, pero Dios la ve tal como ella es en realidad, el hombre sólo la ve conforme a la medida de su conocimiento. Tal como ella es conocida a Aquél de quien es, ella consiste en el conjunto de la Elección de Gracia. De esta manera ella está compuesta por todos los que desde toda eternidad fueron dados en el Consejo de Paz por el Padre al Hijo para que sean Su cuerpo y Su novia. Esta incontable compañía, desde el punto de vista del amor del Hijo y de Su garantía a favor suyo, es, como elegida del Padre, aceptada por el Hijo para ser Sus beneficiarios por los cuales Él vino y por los cuales Él ganó la vida eterna, que es la recompensa de Su servicio de amor. Cuando Él vino por ellos, Él fue el verdadero Israel cuyo llamamiento fue el ser el Siervo del Señor, y es Él quien en la prosecución de los propósitos de este llamamiento vino en sumisión a Su Padre para hacer Su voluntad. La misma compañía, cuando ellos recogen el bien de la obra de amor del Salvador, son hechos partícipes del fruto de Su mediación en su llamamiento por gracia. Cuando ellos son así llamados, ellos vienen a ser miembros en verdad de la Iglesia de Dios. Este llamamiento eficaz se da en la fe que los une a su Novio y Cabeza. El Espíritu, quien a título del Señor obra en ellos para llevarlos a la unión con Él, obra en ellos una vez que han pasado de muerte a vida para mantenerlos y perfeccionarlos hasta el fin. La esplendorosa unidad que es provista tanto por los pensamientos de amor de Dios así como al llevar a cabo en Su poder Su propósito de gracia, es la Iglesia en su ser esencial o la Iglesia tal como es conocida por Dios. Está compuesta históricamente por todos los que por el llamamiento de Dios fueron hechos vivos de entre los que están ya muertos, todos los que han atravesado el velo y pertenecen a la Iglesia triunfante, mientras que todavía hay en la tierra un remanente que han experimentado el poder del mismo llamamiento y, como Iglesia militante, están luchando en su camino al cielo.

 

John MacLeod, Scottish Theology, (Edimburgo: The Publications Committee of the Free Church of Scotland, 1943), p. 31-32.

 

 

 

 

La Unión con el Cristo Resucitado

Tras su muerte y resurrección, el Señor Jesucristo se apareció vivo a sus discípulos durante cuarenta días, en los cuales les habló del reino de Dios (Hechos 1:3). ¡Qué gran maravilla para los discípulos poder estar así con el Maestro! ¡Ellos lo habían visto morir en la cruz, habían visto el sepulcro en el que fue puesto, habían llorado su muerte, fueron completamente desconsolados porque había muerto aquel por el cual lo habían dejado todo para seguirlo (Marcos 10:28)! El Señor bondadoso, misericordioso, manso, sabio y poderoso se les fue. En una palabra, se les acabó la esperanza en este mundo. ¡Sin embargo, al tercer día resucitó y solícito el Señor fue a mostrarse a los suyos, a los que Él amaba, a traerles consuelo y devolverles la esperanza perdida! Ellos lo vieron de nuevo vivo, con las marcas de su suplicio todavía en su cuerpo que nunca jamás ha de morir, y recibieron sus excelsas palabras, su divina enseñanza acerca del reino de Dios.

Tras su paso por la muerte y su vuelta a la vida, los discípulos podrían esperar que el Señor fuera a estar corporalmente siempre con ellos. Pero con sus propios ojos vieron como el Señor fue alzado y una nube lo ocultó mientras entraba corporalmente en el cielo (Hechos 1:9). Los discípulos se quedarían otra vez sin su Maestro, ¡pero Él efectivamente estaría ya para siempre con ellos! Éstas fueron sus palabras: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra…he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:18,20).

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