Etiquetado: Solas de la Reforma

Sólo a Dios la Gloria

Sola gracia, Solo Cristo, Solo fe, Sola Escritura. ¿A dónde conducen todos estos enunciados? A uno que los resume y culmina: Solo a Dios sea la gloria. Ahí está lo esencial del mensaje de la Reforma.

Tal vez a los provenientes de países latinos todo esto nos suena más bien como una fría expresión de religiosidad, más propia de las gentes del Norte, ya se sabe, más austeras y serias. Nosotros somos gente del Sur, con otro carácter, y vemos la vida de manera distinta. Oímos “Sólo a Dios sea la gloria” y es como si el hombre desapareciera en nuestra mente, como si nos evocara iglesias sin imágenes. Y como Moisés ante la zarza ardiente, nos sentimos atraídos y queremos mirar, pero algo en nosotros nos dice que, puestos a preferir, mejor lo conocido, porque por lo menos es lo “nuestro”. Nos encontramos más a gusto en él, aunque no sepamos decir por qué. Tal vez porque nos resultan más familiares las iglesias donde abundan las representaciones del Dios de gloria, pero también imágenes de hombres glorificados. Seguir leyendo

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Sola Escritura

¿Quién es el juez supremo en la Iglesia? ¿Quién es el que ha de decidir toda cuestión de fe y de conducta, toda disputa religiosa, toda opinión de los antiguos autores cristianos, toda nueva enseñanza de doctores y teólogos, todo decreto conciliar? ¿Quién es la autoridad última, por tanto, quién posee la autoridad soberana?

Para todo aquel que se tome la fe en serio, estas preguntas no carecerán de interés, al menos a poco que se las plantee. No se trata de un mero asunto “de teólogos”, o “cosas de la Iglesia”, que a los simples creyentes “ni nos van, ni nos vienen”. Porque, al final, la cuestión no es otra que la siguiente: ¿En qué reposa nuestra fe, y por qué?

El asunto, tanto si así nos lo parece como si no, tiene una importancia trascendental. Porque, la Palabra de Dios nos exhorta a los creyentes a “que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los creyentes” (Judas 3); a obedecer de corazón “a aquella forma de doctrina a la cual sois entregados” (Romanos 6:17); a perseverar en el Evangelio que los apóstoles han predicado: en efecto, Pablo dice “si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano” (1 Corintios 15:2). Por lo tanto, la pregunta inicial (¿Quién es entonces el juez supremo en la Iglesia?) no se puede dejar aparcada inconscientemente, porque ¿quién nos dice lo que ha de ser creído, lo que ha de ser obedecido, lo que ha de ser retenido, y también ¡lo que ha de ser rechazado!: “aun si nosotros, o un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gálatas 1:8)?

Respuestas distintas a esto han sido dadas, sin duda, en la historia. Pero vayamos a lo seguro. Veamos el panorama que nos ofrece la Biblia. Seguir leyendo

Sola Fe

En la Biblia, la Palabra de Dios, nos encontramos una lógica admirable. Lo cual no significa que ella sea producto de la inteligencia humana, sino que todos sus enunciados constituyen la misma verdad divina. La inteligencia del hombre puede entonces contemplar y comprender el conjunto de verdades de la Biblia, cómo éstas verdades van cogidas de la mano, cómo una trae a la otra y, por diferentes caminos, todas nos llevan finalmente a Jesucristo, porque todas las Escrituras nos dan testimonio de Él (Juan 5:39).

De este modo, si la salvación, como hemos venido viendo, es “Sólo por gracia” y “Sólo por Cristo”, es decir, es una obra sólo de Dios para el hombre, entonces ¿cómo el hombre la recibe? ¿de qué manera el hombre es salvo? La respuesta no ha de ser una deducción lógica nuestra, sino una afirmación concisa y clara de la Escritura: “Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Romanos 4:3; Génesis 15:6). Seguir leyendo

Solo Cristo

En la mentalidad de hoy día, es evidente, no se toma muy en serio a Dios. Hablar públicamente de Dios resulta molesto, cuando no irrisorio. Eso en el ámbito público. Luego, en privado, ya se sabe, cada cual tiene su intimidad, su corazoncito, y es ahí donde se puede acomodar a Dios sin problemas. Cada uno, “cristiano de nacimiento”, tiene su propio derecho personal e intransferible a Dios, y cada uno se relaciona pues con Dios a su manera, la que más le conviene o la que más se adapta a su manera de ser. Sea ésta cual sea, no importa, será válida, porque es “a mi manera”. De este modo, siempre se agradece el concurso de todo aquello que (sea persona, animal o cosa) pueda ayudar a acercarse a Dios, porque, a pesar de todo, ¡Él sigue encontrándose tan lejos!

La Iglesia de Roma siempre ha promovido esta manera de pensar y actuar, barnizando de cristianismo todo aquello del “estado natural” (es decir, el paganismo, la vida sin Dios) que considere útil. Nos encontramos así con todo el panteón de santos, vírgenes, reliquias, lugares santos, etc, etc, que ornan por doquier nuestros países católicos. Con sus respectivas festividades. Apoteósico, sin duda. En la actualidad, llevada esta lógica hasta sus últimas consecuencias, la Iglesia papal está dispuesta a reconocer “mediaciones parciales” incluso en otras religiones no-cristianas. De esta manera, el panteón puede extenderse hasta límites insospechados. La iglesia papal va camino así de convertirse en la religión universal. Es cuestión de tiempo.

Sin embargo, ¿es ésta la verdad bíblica? Dejemos hablar a la Biblia: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5). Seguir leyendo

Solo Por Gracia

“Solo por Gracia”. Éste es uno de los lemas principales de la Reforma, que afirma que la salvación del pecador es asunto única y exclusivamente de gracia divina. Y este lema es, simplemente, el fiel reflejo de la enseñanza de las Sagradas Escrituras: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). “Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:2-4).

Pero, ¿qué significa en concreto este lema, “Sólo por gracia”? Pues significa, en primer lugar, que el hombre es pecador, y no sólo esto, sino que se encuentra profundamente hundido en el pecado. “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:5); “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3,10); “Las iniquidades prevalecen contra mí” (Salmo 65:3). El hombre es, de por sí, en su misma esencia, en todo su ser, pecador. Seguir leyendo