Etiquetado: Sacramentos

Beza Sobre las Marcas de la Verdadera Iglesia

Beza

VII. Las marcas por las que se puede discernir la falsa Iglesia de la verdadera.

Por tanto, requerimos que en primer lugar se haga diferencia entre la verdadera Iglesia de Dios, y la que no lo es, aunque ella tome este nombre; y después, entre aquellos que están en la Iglesia de manera que también son de la Iglesia, y aquellos que no son de la Iglesia, aunque estén en la Iglesia. Porque es seguro que Satanás intenta todo lo que puede para que su sinagoga sea considerada como la verdadera Iglesia; y mientras la Iglesia combata aquí abajo, es seguro que la paja estará mezclada entre el buen grano, y la cizaña entre el trigo (Mt 13:24-30,36-43,46-50; 15:7).

Por tanto, para que, en lo posible, no seamos engañados, se tiene que comprender bien estas diferencias.

La marca de la verdadera Iglesia es la predicación de la Palabra del Hijo de Dios, tal como ella ha sido revelada a los profetas y apóstoles, y por estos anunciada al mundo, y comprendiendo también, por consiguiente, los sacramentos y la administración de la disciplina eclesiástica tal como Dios la ha ordenado.

Porque no hay otra Palabra de Dios ni otra manera de predicarla. Esta es la razón por la que Jesucristo decía que las ovejas lo siguen, porque ellas conocen su voz (Jn 10:27).  Esta es la razón por la que, al enviar a los apóstoles, él no les dijo: “Id, predicad todo lo que os parezca bien”, sino: “Enseñadles –dice– a guardar todas las cosas que os he ordenado” (Mt 28:20). Esta es la razón por la que S. Pablo decía a los corintios que no les dijo sino lo que había recibido del Señor (1 Co 11:23); y después recita la ordenanza de Dios, tal como había sido escrita por los evangelistas. Esta es la razón por la que él dice que los fieles son edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, es decir, sobre la doctrina que los apóstoles y los profetas han plantado en la Iglesia, de la cual Jesucristo es la piedra fundamental (Ef 2:20; Hch 17:11; 2 Pe 1:19). Y S. Pedro también declara principalmente que no hay otra Palabra de Dios más que esta, dice, que ha llegado a vosotros por la predicación del Evangelio (1 Pe 1:25; Ro 10:8).

Y no dudamos que los apóstoles no sólo han predicado, sino también dejado por escrito todo lo que es la Palabra de Dios necesaria para salvación (Hch 20:27; Ga 1:8); según lo que dice S. Pablo, que toda Escritura, al ser divinamente inspirada, tiene como fin hacer perfecto al hombre de Dios (2 Ti 3:16,17). Por tanto, también decía S. Cipriano: “Puesto que se tiene que escuchar sólo a Jesucristo, no debemos hacer atención a lo que alguien pensó que se tiene que hacer, sino a lo que Jesucristo, quien precede a todos, ha hecho; no hay que seguir la costumbre de los hombres, sino la verdad de Dios”.

En conclusión, allí donde la Palabra de Dios sea puramente anunciada , los sacramentos puramente administrados, con la disciplina eclesiástica conducida conforme a la santa y pura doctrina, allí reconocemos la Iglesia de Dios, en el lugar que sea, y a pesar del pequeño número o pequeña apariencia que tenga según los hombres (Lc 10:21; 1 Co 1:19-28; Mt 11:17).

 

Théodore de Bèze, Confession de la foy chrestienne, (Ginebra : Imprimido por Conrad Badius, 1559), p. 154-157.

Traducido : Jorge Ruiz Ortiz

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Sermón del Domingo (19-06-2011)

CULTO DE LA MAÑANA

Romanos 8:15-17, “El Espíritu de adopción”.

¿Qué problema hay con una predicación “preparacionista” de la Ley? ¿Qué es el testimonio del Espíritu a nuestro espíritu? ¿En qué contexto se da este?

Para escuchar en línea o descargar la predicación en mp3, pulse AQUÍ

CULTO DE LA TARDE

Romanos 4:11, “Sacramentos: Señales y sellos del Pacto de Gracia” (Catecismo de Heidelberg, domingo 25)

La visión bíblica sobre la naturaleza y necesidad de los sacramentos.

Para escuchar en línea o descargar la predicación en mp3, pulse AQUÍ

El Bautismo en el Espíritu de la Reforma

Al ascender a los cielos, Cristo encargó a sus apóstoles la misión de discipular o enseñar a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todas las cosas que Él mandó (Mateo 28:19-20). El bautismo, por tanto, es una ordenanza instituida por Jesucristo, un sacramento, que el mismo Señor, nuestro Profeta celestial, sitúa en el marco de la enseñanza de la Palabra de Dios y del hecho de ser discípulos de Él. La relación entre bautismo y Palabra de Dios es prominente en la Escritura. En otro pasaje, el apóstol Pablo sigue señalando esta relación. En Romanos 6:3ss, el apóstol nos exhorta a que nuestra vida sea una muerte al pecado, porque hemos sido “bautizados en la muerte de Cristo Jesús”. En Romanos 6:17, por otro lado, Pablo basa nuestra renuncia al pecado al hecho de “haber sido entregados a la forma de doctrina” de la Palabra. Del mismo modo, encontramos en la Escritura declaraciones que atribuyen al bautismo y la Palabra de Dios las mismas operaciones. “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:25-26); “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3). El bautismo y la Palabra son, por tanto, inseparables. La Reforma hace hincapié en esta unidad, y reconoce así al bautismo su valor como sacramento, sin supervalorarlo ni menoscabarlo, en los justos términos expresados por la Palabra de Dios.

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¿Qué Pensar de la Confesión de Pecados y la Unción de Enfermos?

Que la Iglesia católicorromana es fundamentalmente una institución en constante evolución, tanto en creencias como en prácticas, es algo que hoy día difícilmente podrá ponerse en duda. El genio católicorromano consiste, por otra parte, en revestir de catolicidad los cambios que se van acumulando con el tiempo, es decir, presentarlos de manera tal que parezcan haber formado parte, desde siempre, del ser mismo de la Iglesia. Tarea seguramente apasionante, y que ha empleado buena parte de las mentes más brillantes que ha dado el género humano, pero que no resulta siempre fácil y que, en ocasiones, aparece verdaderamente complicada.

Uno de los lugares donde más se pone esto de manifiesto, y precisamente de los que más separa a católicos y protestantes, es, sin lugar a dudas, el de los sacramentos, es decir, las ceremonias instituidas por Cristo como señales y medios de gracia para Su Iglesia. Dejando aparte la disputa acerca de la eficacia de los mismos (la cuestión del ex opere operato), es el número de sacramentos lo que constituye un problema insuperable entre ambas confesiones. Tras 1500 años de Iglesia cristiana, el Concilio de Trento fijó en siete los sacramentos cristianos, definiéndolos además de manera precisa. Con ello, Roma cerró definitivamente la puerta a la Reforma protestante, la cual, ateniéndose al testimonio bíblico, reconocía sólo al Bautismo y Santa Cena como sacramentos instituidos por Jesucristo.

De esta manera, en el siglo XVI Roma y la Reforma se perfilaron, frente a frente, en torno a la cuestión de los sacramentos. Por su parte, Trento consagraba el último desarrollo de la teología escolástica habido durante la Baja Edad Media en torno, precisamente, a esta cuestión de los sacramentos. Seguir leyendo

La Doctrina Reformada de los Sacramentos

Se puede decir que la fe reformada se halla hoy, contrariamente a lo que ocurría tan sólo unas décadas, en un momento de una cada vez mayor aceptación dentro del mundo evangélico. Es valorada sobretodo por su carácter bíblico y teocéntrico, la coherencia de su sistema teológico, así como, creemos, por la solidez de los mayores representantes de esta tradición. Calvino o los puritanos han dejado, en buena medida, de estar denostados para ocupar un lugar de honor entre la galería de mayores teólogos del cristianismo. Tras años de paciente exposición, se ha podido ir despejando las objeciones y prejuicios en torno a doctrinas como la predestinación, mostrando que ella no es contraria a la evangelización, ni promueve la jactancia y el orgullo del creyente porque pueda decir que es elegido, como tampoco lo instala en un estado de complacencia y de desidia frente a los deberes de la vida cristiana y de las buenas obras.

Todo esto, se puede decir que en buena medida se ha logrado. Pero todavía queda mucho por hacer. Hay áreas capitales de la fe reformada que siguen siendo desconocidas, cuando no desechadas, porque de hecho entran en colisión con la tradición teológica y eclesial en la que el mundo evangélico está mayoritariamente instalado por generaciones. Y de entre estas áreas, una de las principales tiene que ver con la doctrina de los sacramentos.

Un buen indicador de la actitud evangélica corriente en este ámbito es la misma renuencia a utilizar la palabra sacramento. Muchas veces, para evitar su uso, se emplean otras tales como “ordenanzas” o “símbolos”, pues implícita o explícitamente se tiene la percepción (equivocada) de que hablar de “sacramento” sonaría más bien a “católico”. Se puede afirmar que la comprensión común en los evangélicos es la del sacramento como un acto de profesión de fe. Seguir leyendo

¿Y La Copa?

En el año 1520, el reformador Martín Lutero escribió una de sus obras más importantes, y a su vez menos conocidas, llamada “La cautividad babilónica de la Iglesia”. El libro trataba acerca de los sacramentos, de cómo Roma los había desnaturalizado con sus razonamientos y prácticas, privando así a la Iglesia de las ordenanzas que Cristo mismo instituyó.

Está claro que la idea que transmite el título mismo del libro es dinamita pura. Nos explicamos. La Iglesia papal se precia de que ella no puede conocer una situación de apostasía tal y como la conoció Israel en el Antiguo Testamento, en el Nuevo (Apocalipsis 2,9; 3,9), o incluso la Iglesia del Nuevo Testamento (Apocalipsis 2,16) debido fundamentalmente a dos cosas: El papado, y los sacramentos (principalmente la eucaristía), a los que se considera como unos “signos” o “señales” de por sí eficaces, transmitiendo indefectiblemente lo que significan (ex opere operato). Se considera, de esta manera, que la Iglesia, mientras mantenga el papado y la eucaristía, está “blindada” en contra de caída. El libro de Lutero, pues, señalaba la caída de la Iglesia, simbolizada con la expresión  “cautividad babilónica”, precisamente en lo que se consideraba como garantía de no-caída. No es, por tanto, de extrañar que este libro haya sido ampliamente silenciado durante siglos.

Una de las cosas más importantes que se ha de tener en cuenta a la hora de considerar los sacramentos, es que un sacramento es un signo visible instituido por Cristo mismo. Seguir leyendo