Responsables de vivir plenamente el bautismo

Para concluir, para todos aquellos que hemos recibido el bautismo, y también en edad infantil, nos tenemos que preguntar todos: ¿qué tal conmigo? ¿Cómo se manifiesta el bautismo en mi vida?

¿Eres llevado en tu vida a Dios? ¿Eres llevado al Padre? ¿Eres llevado al Hijo? ¿Eres llevado a tener comunión con el Padre y Su Hijo Jesucristo, y eso por medio de la Palabra de Dios (1 Jn 1:3)?

¿Tienes al Espíritu Santo en ti, que es el Espíritu de Dios, el Espíritu de Cristo? ¿Te lleva a clamar a Dios, “Abba Padre”? ¿Te hace andar en el Espíritu, en el poder de la resurrección de Cristo, en vida nueva?

No se tiene que quedar uno tan sólo en decir: “Yo he sido bautizado, yo he sido bautizado”. De la misma manera que la verdadera circuncisión es la del corazón, el verdadero bautismo es el interior, la purificación interna de los pecados, no andar en la carne, sino en el Espíritu.

El Señor te ha mostrado Su benignidad por medio del sacramento del bautismo. Ahora tú eres responsable de vivir la realidad del bautismo. Ahora tú eres responsable de mostrar que te tomas realmente en serio la benignidad del Señor por medio del bautismo en tu vida.

Sí, hermano, ¡vive plenamente tu bautismo!

El Señor nos ayude a todos a hacerlo. Amén.

 

Conclusión de la predicación “Bautizados para el Dios Trino” (10-5-2020).

Cita Diaria con Calvino (45)

“Sin embargo, el hombre que teme a Dios no dejará de tener en cuenta las causas inferiores […]

Si por negligencia o inadvertencia nuestra sufrimos algún daño, tengamos por cierto que Dios así lo ha querido; sin embargo, no dejemos de echarnos la culpa a nosotros mismos. Si algún pariente o amigo nuestro, de quien habíamos de cuidar, muere por nuestra negligencia, aunque no ignoremos que había llegado al término de su vida del cual no podía pasar, sin embargo, no podemos por eso excusarnos de nuestro pecado; sino que por no haber cumplido con nuestro deber hemos de sentir su muerte como si se debiera a nuestra culpa y negligencia. Y mucho menos nos excusaremos, pretextando la providencia de Dios, cuando cometiéremos un homicidio o latrocinio por engaño o malicia deliberada; sino que en el mismo acto consideraremos como distintas la justicia de Dios y la maldad del hombre, como de hecho ambas se muestran con toda evidencia.

En cuanto a lo porvenir, tendremos en cuenta de modo particular las causas inferiores de las que hemos hablado. Tendremos como una bendición de Dios, que nos dé los medios humanos para nuestra conservación. Por ello no dejaremos de deliberar y pedir consejo, ni seremos perezosos en suplicar el favor de aquellos que pueden ayudarnos; más bien pensaremos que cuanto las criaturas pueden ayudarnos, es Dios mismo quien lo pone en nuestras manos, y usaremos de ellas como de legítimos instrumentos de la providencia de Dios. Y como no sabemos de qué manera han de terminar los asuntos que tenemos entre manos – excepto el saber que Dios mira en todo por nuestro bien – nos esforzaremos por conseguir lo que nos parece útil y provechoso, en la medida en que nuestro entendimiento lo comprende. Sin embargo, no hemos de tomar consejo según nuestro propio juicio, sino que hemos de ponernos en las manos de Dios y dejarnos guiar por su sabiduría para que ella nos encamine por el camino recto.

Pero tampoco hemos de poner nuestra confianza en la ayuda y los medios terrenos de tal manera, que cuando los poseamos nos sintamos del todo tranquilos, y cuando nos falten, desfallezcamos, como si ya no hubiese remedio alguno. Pues siempre hemos de tener nuestro pensamiento puesto en la providencia divina, y no hemos de permitir que nos aparte de ella la consideración de las cosas presentes. De esta manera Joab, aunque sabía que el suceso de la batalla que iba a dar dependía de la voluntad de Dios y estaba en su mano, con todo no se durmió, sino que diligentemente puso por obra lo que convenía a su cargo y era obligación suya, dejando a Dios lo demás y el resultado que tuviere a bien dar. “Esforcémonos”, dice, “por nuestro pueblo, y por las ciudades de nuestro Dios; y haga Jehová lo que bien le pareciere” (2 Sam. 10:12).

Este pensamiento nos despojará de nuestra temeridad y falsa confianza, y nos impulsará a invocar a Dios de continuo; asimismo regocijará nuestro espíritu con la esperanza, para que no dudemos en menospreciar varonil y constantemente los peligros que por todas partes nos rodean”.

Institución de la religión cristiana I.XVII.9 (p. 143-145).

Cita Diaria con Calvino (43)

“Todos los que se condujeren con esta modestia, no hablarán mal contra Dios por las adversidades padecidas en el pasado, ni le echarán la culpa de sus pecados, como el rey Agamenón dice en Homero: “Yo no soy la causa, sino Júpiter y la diosa de la necesidad.” Ni, desesperados, como si se viesen forzados por el hado o la necesidad inevitable, se arrojarán a un despeñadero, como dice el joven que presenta Plauto: “La condición y suerte de las cosas es inconstante; el hado conforme a su antojo mueve a los hombres; daré, pues, con mi nave en una roca, para en ella perder mi hacienda con mi vida”. Ni tampoco encubrirán sus abominaciones con el nombre de Dios, como aquel otro joven, llamado Licónides, a quien presenta el mismo poeta: “Dios”, dice, “fue el impulsor; yo creo que los dioses lo quisieron, porque si ellos no lo quisieran, sé que no hubiera ocurrido”. Sino que más bien preguntarán a la Escritura y aprenderán de ella qué es lo que agrada a Dios, para que teniendo al Espíritu como guía, tiendan a ello. Y así preparados para seguir a Dios por donde quisiere llevarlos, mostrarán con las obras que no hay cosa más útil y provechosa que esta doctrina que los impíos injustamente persiguen porque algunos hacen mal uso de ella”.

Institución de la religión cristiana I.XVII.2 (p. 138).