Etiquetado: Reinado de Cristo

La Doctrina de la Iglesia en la Confesión Escocesa (y 2)

La doctrina escocesa de la Iglesia Visible no se diferencia de manera destacada de la fe común de la Cristiandad Reformada. Y sin embargo en Escocia llegó a tener un lugar tan predominante al ser ampliamente en relación con la aplicación y el desarrollo de esta doctrina que han tenido lugar las más destacables luchas y discusiones de la vida de la Iglesia nacional. Ella [e.d., la doctrina escocesa] mira a la Iglesia en su forma visible como un Reino con un Rey que le es propio. El Rey no es un mero monarca ausente ni simplemente nominal. Él es visto como la Cabeza de la Iglesia como Su reconocido dominio. El reconocimiento de parte de sus súbditos confesantes de Su Señorío, y así de su sujeción a Su autoridad, es tal que deja a la Iglesia en su forma corporativa como una sociedad reconocible bajo la obligación de aceptar Su Palabra como la autoridad regulativa que llama a la obediencia. De esta manera, Su voluntad revelada es la última sede de autoridad en la tierra, y la verdadera libertad de la Iglesia se alcanza y goza cuando no está sujeta a ninguna otra voluntad soberana que no sea la Suya y halla delicia en el cumplimiento de sus órdenes. Su Palabra es considerada como Suya, hallándose en ella la exhibición de Su voluntad, así como la provisión que Él ha hecho para la guía, instrucción y obediencia de Sus súbditos (…) En Doctrina, en Adoración, en Disciplina y en Gobierno fue vista como tan regulativa que, aparte de las “circunstancias” –por citar de nuevo nuestra Confesión que describe el principio puritano en este asunto– “comunes a las acciones y sociedades humanas”, para los cuales no se necesita que se dé una guía especial, todo en la vida de la Iglesia ha de ser conformado al patrón provisto por precepto o ejemplo apostólico, o que se puede aprender a partir de la enseñanza e las Sagradas Escrituras (…) [El principio de la autoridad regulativa de las Escrituras] conduce a la sencillez y simplicidad en la Adoración. Conduce a la plenitud y cuidado en la afirmación doctrinal. Conduce a la conservación y defensa de los derechos del individuo. Conduce al alto estándar para alcanzar la pureza de la vida de la Iglesia. Se ha dicho de él que es intolerante y estrecho; y sus frutos han sido criticados como si su tipo de Adoración fuese pelada y raquítica, su Doctrina innecesariamente detallada y minuciosa, su Gobierno indebidamente rígido y, con respecto al gobierno civil, demasiado auto-asertivo, mientras que su Disciplina ha sido hallada culpable de poner inoportunas restricciones a la alegría de vivir. Pero no necesitamos venir de nuevo al tan a menudo repetido dicho: “Hay muchos que hablan en contra de él, porque sienten que él está hablando en contra de ellos”. Sin embargo, él tuvo el control de la formación de una nación; y al final hubo mucho que mostrar de su obra. Se creyó completamente en la suficiencia de su regla de fe y sus patrones de práctica, y sus obras vinieron a justificar su fe”.

John MacLeod, Scottish Theology, (Edimburgo: The Publications Committee of the Free Church of Scotland, 1943), p. 32-35.

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Cita Diaria con Calvino (112)

“No sin motivo, después de la resurrección se pone el artículo de su ascensión a los cielos. Si bien Jesucristo, al resucitar comenzó de una manera mucho más plena a mostrar el brillo de su gloria y de su virtud, habiéndose despojado de la condición baja y vil de la vida mortal y corruptible y de la ignominia de la cruz, sin embargo, precisamente al subir a los cielos ha exaltado verdaderamente su reino. Así lo demuestra el Apóstol al decir que subió para cumplir todas las cosas (Ef. 4: 10), en cuyo testimonio el Apóstol, usando una especie de contradicción en cuanto a las palabras, advierte que hay perfecto acuerdo y conformidad entre ambas cosas. En efecto, Cristo de tal manera se alejó de nosotros, que nos está presente de una manera mucho más útil, que cuando vivía en la tierra, como encerrado en un aposento muy estrecho.

Por esto san Juan, después de referir la admirable invitación a beber del agua de vida, continúa: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Jn. 7:37). Luego añade que “aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Jn. 7:39). Y el mismo Señor lo atestiguó así a sus discípulos: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros” (Jn. 16:7). En cuanto a su presencia corporal, los, consuela diciendo que no los dejará huérfanos, sino que volverá de nuevo a ellos; de una manera invisible, pero más deseable, pues entonces comprenderán con una experiencia más cierta, que el mando que le había sido entregado y la autoridad que ejercitaba, eran suficientes no sólo para que los fieles viviesen felizmente, sino también para que se sintieran dichosos al morir. De hecho vemos cuánta mayor abundancia de Espíritu ha derramado, cuánto más ha ampliado su reino, cuánta mayor demostración ha hecho de su potencia, tanto en defender a los suyos, como en destruir a sus enemigos.

Así pues, al subir al cielo nos privó de su presencia corporal, no para estar ausente de los fieles que aún andaban peregrinando por el mundo, sino para gobernar y regir el cielo y la tierra con una virtud mucho más presente que antes. Realmente, la promesa que nos hizo: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos” (Mt. 28:20), la ha cumplido con su ascensión, en la cual, así como el cuerpo fue levantado sobre todos los cielos, igualmente su poder y eficacia fue difundida y derramada más allá de los confines del cielo y de la tierra. […]

Por esto se añade a continuación, que está sentado a la diestra del Padre; semejanza tomada de los reyes y los príncipes, que tienen sus lugartenientes, a los cuales encargan la tarea de gobernar. Así Cristo, en quien el Padre quiere ser ensalzado, y por cuya mano quiere reinar, se dice que está sentado a la diestra del Padre; como si se dijese que se le ha entregado el señorío del cielo y de la tierra, y que ha tomado solemnemente posesión del cargo y oficio que se le había asignado; y no solamente la tomó una vez, sino que la retiene y retendrá hasta que baje el último día a juzgar. Así lo declara el Apóstol, cuando dice que el Padre le sentó “a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por Cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia” (Ef. 1: 20-23; cfr. FIp. 2:9-11; Ef. 4:15; 1 Cor. 15:27).

Ya hemos visto qué quiere decir que Jesucristo está sentado a la diestra del Padre; a saber, que todas las criaturas así celestiales como terrenas honren su majestad, sean regidas por su mano, obedezcan a su voluntad, y se sometan a su potencia. Y no otra cosa quieren decir los apóstoles, cuando tantas veces mencionan este tema, sino que todas las cosas están puestas en su mano, para que las rija a su voluntad (Hch.2:30-33; 3:21; Heb. 1: 8)”.

Institución de la religión cristiana II.XVI. 14 y 15 (p. 387-389).