Etiquetado: Marcas de la Iglesia

Beza Sobre las Marcas de la Verdadera Iglesia

Beza

VII. Las marcas por las que se puede discernir la falsa Iglesia de la verdadera.

Por tanto, requerimos que en primer lugar se haga diferencia entre la verdadera Iglesia de Dios, y la que no lo es, aunque ella tome este nombre; y después, entre aquellos que están en la Iglesia de manera que también son de la Iglesia, y aquellos que no son de la Iglesia, aunque estén en la Iglesia. Porque es seguro que Satanás intenta todo lo que puede para que su sinagoga sea considerada como la verdadera Iglesia; y mientras la Iglesia combata aquí abajo, es seguro que la paja estará mezclada entre el buen grano, y la cizaña entre el trigo (Mt 13:24-30,36-43,46-50; 15:7).

Por tanto, para que, en lo posible, no seamos engañados, se tiene que comprender bien estas diferencias.

La marca de la verdadera Iglesia es la predicación de la Palabra del Hijo de Dios, tal como ella ha sido revelada a los profetas y apóstoles, y por estos anunciada al mundo, y comprendiendo también, por consiguiente, los sacramentos y la administración de la disciplina eclesiástica tal como Dios la ha ordenado.

Porque no hay otra Palabra de Dios ni otra manera de predicarla. Esta es la razón por la que Jesucristo decía que las ovejas lo siguen, porque ellas conocen su voz (Jn 10:27).  Esta es la razón por la que, al enviar a los apóstoles, él no les dijo: “Id, predicad todo lo que os parezca bien”, sino: “Enseñadles –dice– a guardar todas las cosas que os he ordenado” (Mt 28:20). Esta es la razón por la que S. Pablo decía a los corintios que no les dijo sino lo que había recibido del Señor (1 Co 11:23); y después recita la ordenanza de Dios, tal como había sido escrita por los evangelistas. Esta es la razón por la que él dice que los fieles son edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, es decir, sobre la doctrina que los apóstoles y los profetas han plantado en la Iglesia, de la cual Jesucristo es la piedra fundamental (Ef 2:20; Hch 17:11; 2 Pe 1:19). Y S. Pedro también declara principalmente que no hay otra Palabra de Dios más que esta, dice, que ha llegado a vosotros por la predicación del Evangelio (1 Pe 1:25; Ro 10:8).

Y no dudamos que los apóstoles no sólo han predicado, sino también dejado por escrito todo lo que es la Palabra de Dios necesaria para salvación (Hch 20:27; Ga 1:8); según lo que dice S. Pablo, que toda Escritura, al ser divinamente inspirada, tiene como fin hacer perfecto al hombre de Dios (2 Ti 3:16,17). Por tanto, también decía S. Cipriano: “Puesto que se tiene que escuchar sólo a Jesucristo, no debemos hacer atención a lo que alguien pensó que se tiene que hacer, sino a lo que Jesucristo, quien precede a todos, ha hecho; no hay que seguir la costumbre de los hombres, sino la verdad de Dios”.

En conclusión, allí donde la Palabra de Dios sea puramente anunciada , los sacramentos puramente administrados, con la disciplina eclesiástica conducida conforme a la santa y pura doctrina, allí reconocemos la Iglesia de Dios, en el lugar que sea, y a pesar del pequeño número o pequeña apariencia que tenga según los hombres (Lc 10:21; 1 Co 1:19-28; Mt 11:17).

 

Théodore de Bèze, Confession de la foy chrestienne, (Ginebra : Imprimido por Conrad Badius, 1559), p. 154-157.

Traducido : Jorge Ruiz Ortiz

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La Marca de la Disciplina Bíblica en la Iglesia [Sermón del Domingo, 17-11-2013]

1 Corintios 5

Uno de los acontecimientos más transcendentales de la Historia fue, sin duda, el de la gloriosa Reforma de los siglos XVI y XVII en Europa. Ahora bien, tras la Reforma se planteó una cuestión que antes no se daba, y es la siguiente: “Ahora, ¿cuál de las distintas iglesias es LA verdadera?” En efecto, antes de la Reforma, aunque estuviera caída en el error y en infinidad de idolatrías y supersticiones, había una sola Iglesia. Tras la Reforma, pues, viendo a las distintas iglesias desde afuera, en la mente de muchas personas se planteaba esta misma cuestión.

A esta pregunta se dieron, principalmente, dos respuestas. Primero, estaba aquella que decía que la verdadera Iglesia es la que permanecía unida al “papa” de Roma. Esto, en sí mismo, fue para muchos la garantía de que estaban en la verdadera Iglesia, independientemente de lo que ella enseñaba o dejaba de enseñar. Era, por lo tanto, algo automático, de la misma manera que, según ellos, el agua del Bautismo borra todos los pecados, incluido el pecado original, y que el pan y el vino de la Cena se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús.

Esta fue la primera respuesta, por lo que a los que la mantienen se les puede dar, con toda propiedad, el título de papistas.

Pero, por otra parte, los reformados lo que afirmaron es que la verdadera Iglesia no está ligada a las personas, a una hipotética sucesión ininterrumpida de obispos hasta los tiempos de los apóstoles, ni mucho menos al “papa” de Roma. Lo que los reformados afirmaron es que a la verdadera Iglesia se la conoce por una serie de señales, o de marcas, que muestran sin lugar a dudas que es ella, y no otra, la verdadera Iglesia.

¿Cuáles son estas marcas de la verdadera Iglesia? Pues los reformados dijeron, en primer lugar, que por supuesto la verdadera Iglesia es aquella que predica la verdad de la Palabra de Dios. No puede ser la Iglesia verdadera la que predica errores y herejías. Y esta predicación de la Palabra no es algo personal y subjetivo de cada pastor, o de cada creyente. Es la Confesión de fe la que dice cuál es la predicación de la Iglesia, el mensaje oficial de la misma.

En segundo lugar, los reformados dijeron que la verdadera Iglesia es la que si administran los sacramentos de manera correcta, es decir, según la Palabra de Dios.

La Confesión de fe de Westminster dice que, en tercer lugar, otra marca sería si celebra el culto público con pureza, es decir, según lo que el Señor ha instituido en su Santa Palabra.

Pero, a todas estas, se tiene que añadir también una marca más, que es si ejerce la disciplina bíblica de sus miembros. Porque, ¿de qué serviría que una Iglesia tenga todas las marcas en cuanto a la enseñanza, sacramentos y adoración pública, si luego todos sus miembros llevan una vida de pecado, con lo que la santidad de la Iglesia se queda totalmente profanada? ¿No sería lo mismo que lo que dice Santiago, que la fe de esa Iglesia, aunque totalmente correcta y ortodoxa, es muerta (Stg. 2:16.17), porque no ha generado ninguna vida espiritual en sus miembros?.

La disciplina bíblica es, pues, de una importancia transcendental en la Iglesia. Por ella, se conoce la Iglesia verdadera, que es a ella, y no a otra, a la que se tienen que unir los fieles. Pero ella también tiene que ser ejercida fielmente, en los términos y la manera que enseña la Palabra de Dios.

El apóstol Pablo, en este capítulo de 1 Corintios, afronta precisamente un caso de pecado en la Iglesia. Un pecado grave, un pecado escandaloso. Y vemos, en este pasaje, un ejemplo de cómo se ha de ejercer debidamente la disciplina en la Iglesia, y de este ejemplo podemos sacar los principio básicos para la misma.

Pero antes de considerar este caso en concreto y cómo Pablo lo aborda, hemos de partir de la base de un asunto en particular, que es el de la membresía de la Iglesia. ¿Por qué hemos de comenzar por ahí? Pues porque ¿quién es el que está sujeto a la disciplina de la Iglesia? Evidentemente, los miembros de esta Iglesia, no los de afuera.

Esto es algo de simple sentido común, de la misma manera que quién está sujeto a la disciplina de un partido político o una asociación son sus miembros. Los miembros del Partido Socialista no están sujetos a la disciplina del Partido Popular, y por otra parte, los del Popular no lo están a la del Socialista.

Esto, como decíamos, es de sentido común. Pero es que también nos lo encontramos en nuestro texto. A partir del vs. 9 dice que los creyentes no se tienen que juntar con los fornicarios, y aclara que no se refiere a los del mundo, porque si no se tendría que salir del mundo, sino que se refiere a los que se llaman hermanos y son fornicarios, o idólatras, o maldicientes, o borrachos, o ladrones. Y añade en el vs. 12-13: “Porque ¿qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? Porque a los que están fuera, Dios juzgará”.

Así, por lo tanto, la disciplina es para los que están adentro, para los miembros de la iglesia. Ahora bien, la pregunta entonces es “¿quién es el miembro de la Iglesia?” Bien, creo que la definición más sencilla del miembro de la Iglesia es la que ofrece la Confesión de Fe de Westminster, en el capítulo acerca de la Iglesia: los miembros de la Iglesia visible son “todos aquellos que en el mundo profesan la religión verdadera, juntamente con sus hijos” (CFW 25:2). Estos son los miembros de la Iglesia visible, sólo que se podría que decir algo más “… y han sido bautizados”, pues, como dice la misma Confesión de Westminster, el Bautismo es el medio “para admitir solemnemente en la Iglesia visible a la persona bautizada” (CFW 28:1).

Por lo tanto, el Bautismo es el medio para admitir solemnemente en la Iglesia visible a los que profesan la religión verdadera, a lo creyentes junto con sus hijos. De ahí que sea tan importante el administrar el Bautismo a los hijos de los creyentes. ¿Por qué? Pues porque si no, se le cierra la puerta de la Iglesia visible a los hijos de los creyentes, cuando precisamente Dios se la ha abierto. ¿Cómo? Al darles la promesa del Pacto, lo mismo que a sus padres (“Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos” (Hch. 2:39); y llamándolos y considerándolos “santos”, porque son santificados en sus padres (1 Cor. 7:14: “Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos”; compárese con Romanos 11:16: “Si las primicias son santas, también lo es la masa restante; y si la raíz es santa, también lo son las ramas”).

Lo que se le tiene que hacer, pues, a los hijos de los creyentes es consagrarlos solemnemente a Dios por medio del Bautismo, y de esta manera, abrirles la puerta de la membresía de la Iglesia visible, para que por nuestra enseñanza fiel y perseverante de la Palabra de Dios (de los padres, primero, y también en la Iglesia), por nuestras oraciones, por el ejemplo y el amor de los padres y resto de hermanos, por el cuidado pastoral también de la Iglesia, los hijos de los creyentes lleguen un día a entrar en la Iglesia invisible, cuando Dios, por su Espíritu Santo, los llame eficazmente a la fe en Jesucristo.

Bien, dos ideas más en cuanto a la membresía. Primero, decimos que los miembros son los que “profesan la religión verdadera”. ¿Vemos? No se trata sólo de creer. Se trata de creer y confesar (Rom. 10:8). Y se tiene que creer y confesar a Cristo, pero también se profesa “la religión verdadera”. Y al hablar de la religión verdadera se tiene que precisar qué es la verdad, o cuál es la verdad, para ser miembro de la misma. Y esto es importante.

Por ejemplo, si se admite a uno como miembro sólo sobre la base de que cree en Jesús, pues podría ser que se acepte también a aquellos que no creen que Él es Dios, o que no creen en la Trinidad.

Pero si se admite como a miembro sobre la base de la Trinidad, o del Credo de los Apóstoles, entonces se tiene que también admitir a los que adoran imágenes o sostienen herejías, como los papistas o los orientales (que no “católicos” u “ortodoxos”: ¡nosotros somos los católicos, y los ortodoxos!).

Por ello, tiene sentido el admitir como a miembro de la Iglesia sobre la base de una exposición precisa y detallada de la verdad de la Palabra. La Confesión de Westminster es, sin duda, la exposición más detallada y precisa de todas las Confesiones de fe de la Reforma, debido, entre otras cosas, a que fue la última de las grandes confesiones de fe del periodo de la Reforma (desde Lutero hasta 1650; la Confesión de Westminster es del 1647).

Así que, profesar la religión verdadera tiene mucho que ver con la Confesión de fe de la Iglesia, la Confesión de Westminster. Podemos pensar en ella incluso como una especie de “carta de membresía” de la Iglesia. De ahí, el deber de todo miembro de conocerla. Pero, ¿hasta qué punto conocerla? Ciertamente que conocerla verdaderamente a fondo nos puede llevar toda la vida. Por lo menos, pues, se tiene que conocer de una manera suficiente, y aceptarla, y creerla, con el compromiso de ir ahondando en ella cada vez más.

La segunda idea acerca de la membresía, es que, si según la Biblia y la confesión, sólo son miembros los que profesan, dentro de ellos se puede distinguir dos grupos, o dos categorías: los comulgantes y los no comulgantes. Los comulgantes son los que llegan a una edad suficiente, con una suficiente madurez personal y espiritual, profesan fe en el Señor Jesucristo, y esta profesión está confirmada por una manera de vivir recta y piadosa. Los no comulgantes son los niños o los jóvenes que todavía no tienen esta suficiente madurez. ¿A qué edad se le tiene que admitir? No hay un mandamiento preciso, pero en nuestra Iglesia consideramos que es el Consejo quien tiene que considerar cada caso a su vez; pero que, en general, se puede admitir a la Cena del Señor a los jóvenes a partir de los dieciséis años.

Fijémonos: fuera de estas dos, no hay más categorías. No hay los que son miembros pero “a medias”, o los que están en el Pacto pero “a medias”. No hay una tercera categoría de miembros. Pero es importante mantener esta distinción entre comulgante y no comulgante. ¿Por qué? Porque tomar la Santa Cena es una cosa muy seria. Implica discernimiento espiritual (1 Cor. 11:19), pero también el estar sujeto a la disciplina de la Iglesia.

Participar de la Cena implica que el miembro puede dejar de participar de la Cena en disciplina a sus pecados. Esto, evidentemente, es algo que tratándose de niños no tiene mucho sentido, no se les puede tomar por responsables del mismo modo que los adultos. Esto no lo hace ni el mundo. Por lo que permitirles tomar la Cena no sólo es tratar a los niños como adultos (que no lo son), sino también lleva a tratar a los adultos como a niños, porque si relajas la disciplina con respecto a los niños, también a la larga lo tienes que hacer con los adultos. Y de esta manera, se infantiliza la Santa Cena, y en especial, la cuestión de la disciplina.

Bien, habiendo considerado en primer lugar este punto acerca de la membresía, pasemos ahora a ver el caso concreto que nos encontramos en este pasaje. Vemos que el problema, básicamente, era un pecado sexual. Vs. 1: “De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación”. La palabra “fornicación” es muy corriente en la Biblia. En un sentido general, puede significar toda inmoralidad sexual. Normalmente se entiende como el sexo antes del matrimonio. Pero en la Biblia vemos que a veces designa también el adulterio (Mat. 5:32); o la prostitución (1 Cor. 6:18; de hecho, hay una relación muy estrecha entre la palabra “fornicación”, en griego porneia, y la palabra “ramera”, en griego porné). Por ello, al usar la palabra “fornicación” en un sentido general, que abarca a toda inmoralidad sexual, se podría incluir en ella incluso la práctica de la homosexualidad.

Bien, Pablo parece estar tiendo esto en cuenta, porque está distinguiendo al decir “y tal fornicación”. ¿Cuál era esta fornicación? Que uno tenía “a la mujer de su padre”. Por las palabras que usa, no se refiere a su propia madre, sino a la mujer de su padre, es decir, su madrastra.  No sabemos si el padre ya estaba muerto, aunque hemos de suponer que sí, porque entonces el escándalo en la Iglesia ya sería mayúsculo. Sería inconcebible. Pero sólo eso, el que tenía sexo con la que había sido mujer de su padre, ya merece la condenación de Pablo.

El apóstol dice: “fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles”. Y efectivamente, este tipo de relaciones estaba prohibido en el Derecho Romano. Se consideraba una verdadera aberración. Pero no sólo eso: también en la Biblia lo considera así. En Lev. 18:8 leemos:

“La desnudez de la mujer de tu padre no descubrirás; es la desnudez de tu padre”

Y en Deut. 27:20:

“Maldito el que se acostare con la mujer de su padre, por cuanto descubrió el regazo de su padre. Y dirá todo el pueblo: Amén”

Y en Amós 2:7:

“Pisotean en el polvo de la tierra las cabezas de los desvalidos, y tuercen el camino de los humildes; y el hijo y su padre se llegan a la misma joven, profanando mi santo nombre”

Hoy en día vamos camino de que se llegue a considerar este tipo de prácticas como normales. Si se ha admitido en la sociedad todo tipo de fornicación (el sexo pre-matrimonial, el adulterio o la homosexualidad), ¿por qué no este también? Según la mentalidad predominante en la actualidad, toda la gente tiene, dicen, “derecho” a mantener “relaciones sexuales” (una palabra bonita para no hablar de fornicación o pecado). Esto es lo que ahora se enseña incluso a los niños en la escuela desde bien pequeñitos.

Pero no. Todas estas cosas son pecado y no se pueden consentir, al menos, en la Iglesia, y tendría que ser así también en la sociedad. La Biblia no las permite, ni aun casándose. Hay relaciones de consanguineidad prohibidas en la Palabra de Dios (todo el capítulo 18 de Levítico, que podemos leer detenidamente en casa). Y atención, que estas prohibiciones se mantienen en el Nuevo Testamento. Tenemos este pasaje de aquí, en 1 Corintios 5, pero también tenemos el caso del rey Herodes, que se casó con la mujer de su hermano, condenado por Juan el Bautista (Marcos 6:18).

No se puede decir, pues, “¡ah, es que estas leyes eran del Antiguo Testamento!” o “es que eran leyes judiciales”. Sí, eran leyes del Antiguo Testamento, y eran leyes judiciales, pero estas leyes judiciales del Antiguo Testamento enseñaban un principio moral que es válido para todas las naciones y en todas las épocas. Por ello, también son morales para nosotros, y se tienen que observar.

Pero ellos, los corintos, toleraban este pecado. En el vs. 2 dice que estaban “envanecidos”. Ellos estaban inflados, ellos presumían de ser una gran Iglesia, con muchos dones, con grandes líderes. Sin embargo, ellos no veían lo que decía la Palabra de Dios. No lo cumplían, sino que hacían justo lo contrario.

Con lo cual vemos lo que ocurre cuando en una Iglesia se deja de leer y de estudiar la Palabra de Dios. En los puntos que sea, se van a dejar de sentirse ligados  por lo que la Biblia dice. Esto para el Antiguo Testamento primero, pero también para el Nuevo. Se ve lo que dice la Biblia como algo antiguo, desfasado, para otro tiempo u otra cultura. Pero nosotros, dicen, hemos progresado. Ya se sienten libres con respecto a la Biblia. Creen que tienen libertad porque creen que lo que en la Biblia se enseña era sólo para otro tiempo.

Y bien, vemos lo que entonces ocurre. Muchas veces se dice que la Iglesia que pierde la Palabra se convierte como el mundo. Sí, es eso, pero no es sólo eso. Muchas veces, ¡la Iglesia acaba peor que el mundo, tolerando y admitiendo lo que el mundo nunca lo haría!

Porque existe el gran peligro, hermanos, de dar rienda suelta al pecado en nuestras vidas. Esto puede echar a perder completamente, tanto a la persona como a la Iglesia.

Lo dice Pablo en la exhortación del vs. 6: “¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?” Desde hace un tiempo nosotros estamos haciendo nuestro propio pan en casa, con una panificadora. Lo que hemos aprendido es que no hace falta poner mucha levadura para que el pan suba. Al principio es lo que siempre se hace, pero no es así: sólo un poco de levadura basta. Bien, pues lo mismo pasa con el pecado: sólo un poco basta. Porque, como la levadura, lo propio del pecado es el crecer, el expandirse, el extenderse.

Esto pasa con las personas: sólo un pecado es capaz de echar a perder toda una vida. Se comienza por un solo pecado. Este pecado se vuelve a repetir y se convierte en un hábito. Este hábito se convierte en un vicio, que controla totalmente la voluntad de uno, y que degrada la persona, por lo que se abre la puerta a todos los demás pecados que pueda haber.

Podemos ver esto con los que toman droga. No sólo es tomar droga. No se encuentra nunca a uno que sólo tome droga, pero que después lleve una vida de ciudadano ejemplar. No: el que se droga también bebe, también es fornicario o adúltero, también es blasfemo y maldiciente, también maltrata a su mujer, también lleva una vida completamente desordenada. Y todo esto, ¿cómo comenzó? Pues de joven, fumándose un cigarrillo con los amigos en la calle, y de ahí pasó a fumarse un porro; o diciendo que sí a esnifar pegamento con ellos; o yendo al bar a tomarse con ellos unas cervezas. Y de ahí se sigue a otro paso, y de este a otro, y a otro. El pecado se hace cada vez más grave y más intenso, cada vez los pecados son mayores y cada vez son peores las consecuencias.

Si esto es lo que ocurre en una persona, pasa lo mismo en la comunidad, en la Iglesia. Un pecado tolerado siempre abre la puerta a todos los demás. Primero, por el ejemplo. Sea bueno o sea malo, la mayoría de cosas que hacemos es lo que vemos hacer a los demás, y esto sin darnos cuenta. Somos como esponjas: absorbemos todo lo que está a nuestro alrededor (la manera de hablar de los demás, el acento, el cómo nos comportamos, vestimos, etc., etc.). Así que el pecado tolerado va a afectar inmediatamente a los demás en la Iglesia.

Pero no es sólo por el ejemplo. Porque si se permite un pecado en una persona, ¿cómo se va a impedir este mismo pecado en la vida de otra persona? Entonces, se está obligado a tolerarlo. No hacerlo sería injusto, sería hacer acepción de personas, mostrar favoritismos. Y si se permite este pecado en concreto, ¿por qué no tolerar este otro, o todos los demás, si al final todos los pecados son la transgresión de los mandamientos de Dios?

De esta manera, la Iglesia, que es santa, porque ha sido comprada por el Señor Jesús con Su sangre y consagrada para Él, se echa completamente a perder. Como vemos en las Iglesias del Apocalipsis. Allí había algunas mujeres que se decían profetisas que nada menos enseñaban a los siervos de Dios “a fornicar” (Apoc. 2:20), o a conocer “las profundidades de Satanás” (Apoc. 2:24). Con lo cual vemos que las Iglesias mismas al final se pueden convertir en “sinagogas de Satanás”  (Apoc. 2:29 y 3:9).

¿Es posible esto? Sí, es completamente posible. Si así acabaron las sinagogas de los judíos, que eran la Iglesia de Dios en el Antiguo Testamento, si así les ocurrió, pues a ellos, ¿por qué a nosotros no?

Algunos, sin duda, dirán que no. Los papistas, que dicen que la Iglesia sometida al papa nunca puede caer. O los dispensacionalistas, que dicen que hay una separación total entre Israel y la Iglesia y que, por tanto, el Israel del Antiguo Testamento no era la Iglesia de Dios. Todos ellos dirán, entonces, que no: que lo de la “sinagoga de Satanás” no se aplica a la Iglesia del Nuevo Testamento, sino sólo al Israel del Antiguo Testamento.

Sin embargo, esta manera de pensar se viene pronto abajo por la Palabra de Dios. Podemos leer 1 Cor. 10:

“Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto. Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil. Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (vv. 1-11).

Aquí tenemos esta advertencia de la Palabra de Dios: si los creyentes, si la Iglesia del Nuevo Testamento, caen en los mismo pecados que el Israel del Antiguo Testamento, los creyentes recibirán los mismos juicios que los judíos recibieron. Por lo tanto, si los creyentes practican los mismo pecados que los judíos, estos pecados tendrán también las mismas consecuencias. Y sus Iglesias, de este modo, se pueden llegar a convertir en “sinagogas de Satanás”, porque allí es el diablo, y no Cristo, quien verdaderamente tiene el control de esta congregación por medio de los pecados de la gente.

Así que, hermanos, nosotros, por nosotros mismos, no somos mejores que ellos. “El que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co. 10:12). Estamos abiertos a los mismos peligros, tenemos la misma naturaleza depravada, el mismo corazón engañoso que ellos.

Si ha habido Iglesias que han caído en apostasía, aceptando en su seno toda fornicación de sus miembros, hasta llegar incluso a aceptar las prácticas homosexuales como tan normales como la del marido con su mujer; si una tras otra han caído Iglesias en todos los países, no pensemos que nosotros seremos inmunes a todo esto, si entre nosotros se permiten cosas que atentan contra la Palabra de Dios.

¡Y qué deshonor para la Iglesia de Cristo cuando ocurre todo esto, porque uno de los atributos de la Iglesia, lo que ella es y lo que debe seguir siendo, es ser santa!

¡Pero qué deshonor sobre todo para Cristo, el Señor de la Iglesia, quien quiere “presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Ef. 5:27).

Por lo tanto, hermanos, no tenemos aquí opción, ni libertad, ni podemos hacer otra cosa. Retomando lo que hemos visto, los que de entre nosotros no han profesado fe, han de profesarla, removiendo todo obstáculo que haya en nuestras vidas para llegar a ser un miembro en la plena comunión de la Iglesia.

Y los que hemos profesado ya fe, todos nosotros y todos juntos, hemos de ser guiados en todo por la Palabra de Dios. Hemos de poner en pie una Iglesia bíblica. No sólo porque ella enseñe la verdad de la Palabra de Dios, en cuanto a la predicación y los sacramentos. Sino también porque lo pone en práctica en la vida de todos los miembros.

Y uno de los principales medios para esto que ha dispuesto el Señor es la disciplina bíblica. La cual se tiene que usar, no tenemos otra opción, pero se tiene que usar de la manera que el Señor nos ha ordenado en su Santa Palabra.

Esto es lo que veremos, Dios mediante, en el próximo mensaje. El Señor, pues, bendiga este mensaje de su Palabra que hemos visto hoy, en nuestras vidas y en nuestra Iglesia. Amén.

 

Las “9 + 1” Marcas de la Iglesia Verdaderamente Reformada

En la actualidad, gracias al Señor, estamos asistiendo a una renovación en el mundo evangélico que se manifiesta en un gran interés por las doctrinas de la Reforma, en particular las referentes a la salvación. Sin embargo, no se puede decir que haya una visión igualmente clara de lo que, teológica e históricamente hablando, significa ser reformado y ser una iglesia reformada. A riesgo de que otros muchos avancen las suyas propias, ofrecemos aquí lo que consideramos las marcas más sobresalientes de lo que verdaderamente es ser una iglesia reformada.

 

1) Las iglesias reformadas se reclaman de la Reforma protestante del siglo XVI. Esto le podrá parecer a muchos una perogrullada, pero tiene su importancia. Las iglesias reformadas tienen, o bien una continuidad orgánica e histórica que la remontan ininterrumpidamente hasta los días de la Reforma, o bien son iglesias que, por haber asumido lo que ella fue y significa aun hoy, han sido “injertadas” y están unidas espiritualmente a al cuerpo reformado que, aunque originariamente ajeno, ha llegado así a ser el propio.

Dicho de otra manera, las iglesias reformadas no son “modernas”, como actualmente se entiende esta palabra, ni ahistóricas. Ellas no se mantienen en el presente como flotando en el aire, sin conexión con el pasado. Ellas contemplan la Reforma de la misma manera que esta hacía con el periodo patrístico, la cual retuvo asimismo del periodo medieval lo que consideraba bíblico y bueno. Del mismo modo, las iglesias reformadas hoy asumen todo lo bíblico y bueno de la larga tradición de dos mil años de la iglesia cristiana. La iglesia reformada está animada por un verdadero espíritu de catolicidad, en el sentido más genuino del término, y no conoce ni “paréntesis” ni “grandes apostasías” por la que la Iglesia de Cristo se volviera como oculta por un periodo indeterminado de siglos.

 

2) Las iglesias reformadas están sometidas a la autoridad soberana de las Escrituras (Sola Scriptura). Ellas creen y confiesan lo que la Biblia dice de sí misma, a saber, que es la Palabra inspirada por el Espíritu Santo (2 Tim. 3:16; 2 Pe. 1:21) y que, por lo tanto, tiene a Dios por Autor. De esta manera, la autoridad de las Escrituras está por encima de la iglesia y de los creyentes. Ella está por encima de los ministerios de la iglesia, por lo tanto, del “Magisterio”. Ella también está por encima de toda opinión y enseñanza habida en la iglesia en el pasado (tradición) o en la actualidad. No son las declaraciones oficiales de la iglesia lo que dan validez y autoridad a lo enseñado por la Escritura. Lo contrario es la verdad: la Escritura es la que confirma, o invalida, lo que los creyentes y las iglesias han afirmado acerca de la doctrina cristiana, incluso en sus reuniones oficiales (sínodos o concilios).

Casi todos los evangélicos actualmente adherirán, al menos formalmente, con estas palabras. Pero la autoridad soberana de las Escrituras, a la que los reformados estamos adheridos, también está por encima del consenso actual de entre los cristianos, puesto que la verdad de la Palabra no es lo que todos, o más bien la gran mayoría de los cristianos actualmente crean y practiquen en la actualidad, sino lo que realmente enseña la Escritura. Se puede así dar el caso de que hoy día estemos casi universalmente en el error en determinadas cuestiones, y no por ello se afectaría para nada a la verdad de la Escritura. “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Rom. 3:4). Asimismo, la autoridad soberana de las Escritura está en contra de la división de la iglesia en toda opinión y doctrina particular (principio de las denominaciones) como si todas fueran igualmente válidas.

 

3) Las iglesias reformadas mantienen la importancia de la Confesión de Fe.Las iglesias del tiempo de la Reforma casi inmediatamente se dotaron de confesiones que expresaran  con claridad y precisión su fe. De ahí precisamente que nos llamemos protestantes. Las confesiones de fe no se consideraban como “rivales” a la autoridad de la Escritura, sino que se formulaban precisamente a causa de la autoridad de la misma: la autoridad y la verdad de la Escritura reclama que su enseñanza sea expresada sin ambigüedades y de manera valiente. Que el creyente confiese su fe es una idea perfectamente bíblica (2 Cor. 4:13).

En las iglesias de la Reforma, las confesiones de fe siguen manteniendo un valor normativo. Este no está considerado como igual al de las Escrituras, sino es derivado y subordinado de ellas. Pero la autoridad de las Escrituras realmente no admite una situación de facto, revestida con el tiempo de jure, a saber, el pluralismo doctrinal entre sus ministros y miembros. La iglesia, a lo largo de la Historia, ha confesado de manera clara su fe. Cierto que estas confesiones pueden estar equivocadas, pero mientras esto no se demuestre y no se declare de manera igualmente oficial, las confesiones de fe mantienen un valor y una autoridad, aunque subordinada y dependiente de las Escrituras. El mal del liberalismo protestante procede, principalmente, es la pérdida de este principio confesional original de la Reforma.

 

4) Las iglesias reformadas están firmemente adheridas a la soberanía de Dios. En todos los aspectos de la realidad, ya sea en cuanto a la providencia o en cuanto a la salvación, Dios es realmente soberano por encima de todas sus criaturas. Dios es conocido, creído y adorado por los creyentes reformados como un Dios absolutamente soberano, puesto que Él se nos revela así en las Escrituras. La relación de Dios con el universo creado se establece a partir del plan eterno o Decreto de Dios, por el cual Él decidió inmutablemente todo lo que acontece en la realidad. El mundo no tiene un funcionamiento independiente ni autónomo a la voluntad de Dios. Dios ha creado, mantiene y dirige todas las cosas para Su gloria, y la salvación y la condenación de los pecadores serán en función del propósito eterno de Dios.

La fe en la soberanía de Dios, y de manera especial en el terreno de la salvación, es lo que ha conducido a la iglesia y a los creyentes reformados a creer y confesar a lo largo de los siglos las doctrinas de la gracia de Dios. Estos fueron resumidos de manera sintética en el Sínodo de Dordt, y es lo que actualmente se conoce como los “cinco puntos del calvinismo” (expresión que, personalmente, me desagrada profundamente, puesto que estas doctrinas no fueron ni son la “propiedad” de Calvino, sino que es el legado de la Iglesia Reformada, quien, al menos originalmente, rechazó ponerse bajo la denominación de personas particulares, manteniendo siempre su carácter eclesial… pero bueno, al menos, así son conocidas actualmente). Una iglesia reformada que contradiga estas doctrinas de la gracia y de la soberanía de Dios en la salvación es una contradicción en los términos.

 

5. Las iglesias reformadas creen y viven plenamente en el Pacto de Gracia. Las iglesias y creyentes reformados creen que la gracia por la que son salvos es recibida gracias al Pacto de Gracia con Dios y a través del mismo. Este pacto tiene sus raíces en la eternidad, en el Pacto de salvación entre las personas de la Trinidad, particularmente entre el Padre y el Hijo, para la salvación de los escogidos de Dios (Pacto de la Redención). En la Historia, este pacto es el que une a los creyentes y a sus hijos con Dios y Sus promesas de salvación. Este Pacto de Gracia en la Biblia es el que Dios estableció con Abraham y del que los creyentes somos los herederos. Este Pacto fue cumplido plenamente por Cristo. De esta manera, Antiguo y Nuevo Testamentos están unidos por el mismo y único Pacto. Los creyentes bautizados en Cristo son los herederos de las promesas a Abraham (Gálatas 3:27,29). Los hijos de los creyentes en el Nuevo Testamento reciben también las promesas de Dios, como las recibían los hijos de los creyentes en el Antiguo Testamento. Por lo tanto, los hijos de los creyentes han de recibir la señal del Pacto en el Nuevo Testamento (bautismo) de la misma manera que los hijos de los creyentes la recibían en el Antiguo (circuncisión). Posteriormente, los padres y la iglesia han de enseñarles la Palabra de Dios, a creer, confiar y obedecer durante el resto de sus vidas al Dios al que fueron consagrados por el bautismo.

Es un hecho que la Reforma admitió el bautismo de los hijos de los creyentes sobre la base de la doctrina del Pacto de Gracia. Todos los reformadores y todas las confesiones de fe del tiempo de la Reforma estaban unánimes en este punto. Realmente, no es posible ser reformado y sostener que el Antiguo y el Nuevo Testamento, Antiguo y Nuevo Pactos, son dos pactos esencialmente diferentes. Por otra parte, sostener que son el mismo Pacto y no admitir como bíblico el corolario de la doctrina del Pacto, el bautismo de los hijos de los creyentes, es una seria y grave contradicción. Verdaderamente, estamos aquí ante una de las grandes asignaturas pendientes del mundo evangélico que hoy se confiesa como reformado. Es necesario volver a escuchar, e intentar comprender, la doctrina original y unánime de la Reforma en este punto.

 

6. La iglesia reformada tiene una muy alta estima de la Ley de Dios. La Reforma del siglo XVI se centró en la gracia y en la justificación por la fe, pero ella también ofreció importantes enseñanzas en cuanto a la Ley de Dios. Ella describió claramente su función de mostrar a los hombres sus pecados, para que vayan a Cristo y confíen en Él para salvación (Gál. 3:19,22-24). También ella reconoció que la Ley contenía grandes enseñanzas en sus ceremonias y observancias en cuanto a la salvación que el Cristo tenía que realizar; si bien, una vez que Él cumplió la salvación, muriendo el sacrificio por los pecados en la cruz y resucitando de los muertos, estas ceremonias no tienen que ser más observadas, puesto que han sido ya cumplidas totalmente por Cristo. También la Reforma reconoció que las leyes civiles del Antiguo Testamento, aunque no han de ser observadas formal y literalmente, sí que contienen la equidad que es normativa para todas las naciones y pueblos de la tierra. La ley moral de Dios, de la que los Diez Mandamientos es un compendio, es la expresión permanente e invariable para todos los hombres, de todas las naciones, sean o no creyentes, la infracción de los cuales es siempre pecado.

La alta estima de la Reforma por la Ley de Dios es lo que hizo que se realzara el valor normativo de esta para la vida de los creyentes (compárese el detalladísimo estudio de la Ley de Dios en el Catecismo Mayor de Westminster). La Reforma produjo que los creyentes vivieran vidas bíblicas, conforme a las normas de la Palabra de Dios. Una de las piedras de toque de esto siempre ha sido la observancia seria del Domingo como Día de reposo y Día del Señor. Realmente, que haya creyentes e iglesias que se consideren reformados y que vivan vidas sin la ley de Dios (anomianismo), vidas según los estándares presentes en el mundo (secularismo ateo o papismo), y que, es más, se escandalicen cuando se les presenta la exigencia de conformar nuestras vidas con las normas de la Palabra, es una tremenda contradicción y un sinsentido.

 

7. Las iglesias reformadas valorizan las vocaciones seculares del creyente. La Reforma acabó con el monasticismo como ideal de vida y santidad cristiana. En su lugar, estableció que el cristiano ha de buscar glorificar a Dios en sus vocaciones seculares. Los creyentes se aplicaban a los trabajos no como a una maldición, no como a un fastidio o tedio (tal como normalmente se ha hecho en los países de tradición papista), sino como a algo ilusionante en lo que uno ha de intentar dar lo mejor de sí, hasta en los empleos más humildes. El resultado del trabajo no se dilapidaba en fiestas, en excesos y pompas del mundo, sino que primeramente se ofrendaban a Dios (diezmos y ofrendas) y luego se empleaban en el mantenimiento de la familia. Esta, en la Reforma, tiene un lugar central, no en un sentido extenso, tribal, sino nuclear, siguiendo la norma de Dios original en Génesis  (2:24). En ella se mantienen los roles bíblicos del padre como cabeza de familia, y la sumisión de los hijos a los padres. El resultado de todo ello fue un estilo de vida característico y la creación, en los lugares donde llegó a triunfar la Reforma, de una cultura característicamente protestante, marcada por el respeto a la ley, la laboriosidad, la austeridad, pero también la ilusión de vivir y finalmente la prosperidad de unas familias tremendamente sólidas, familias en el Pacto de la Gracia y que guardan las normas de la Palabra de Dios.

La insistencia de la Reforma en la vocación secular de los cristianos llevó a cuestionar las reuniones o cultos diarios, característicos de la tradición papista. Salvo excepciones, el funcionamiento normal en las iglesias de la Reforma es encontrar sólo un momento para reunirse entre semana (ya sea para reuniones de oración o de estudio bíblico). Pero la falta de reuniones diarias no creó en la Reforma un vacío espiritual. En su lugar, la Reforma concibió que los cultosdiarios sean familiares. Al principio, esta práctica fue consistente, pero con el tiempo se ha llegado a olvidar casi por completo, con el resultado, por ejemplo, de que los hijos de los creyentes, en el mejor de los casos, apenas reciban una hora de instrucción bíblica a la semana (en la iglesia) mientras que son atiborrados de horas de estudio y de formación en la escuela. No es de extrañar, pues, que el mundo nos haya ido arrebatando las mentes y corazones de nuestros hijos y que haya ido laminando, así, nuestras iglesias. Recuperar el enfoque bíblico y reformado para los asuntos de esta vida, y en particular para nuestras familias, es sin duda una de las mayores necesidades del día de hoy.

 

8. La iglesia reformada está constituida en torno a los ministerios de la iglesia. Si bien hay tradiciones evangélicas que dependen fundamentalmente de su rechazo a la idea del ministerio del pastor en la iglesia (particularmente, hablamos del darbismo), la iglesia verdaderamente reformada siempre ha reconocido como esencial para la iglesia la existencia de un ministerio de predicación y enseñanza legítimamente constituido. Es la consecuencia lógica de su insistencia en la autoridad suprema de la Escritura y aun del papel concedido a la confesión de fe. El ministerio de predicación y enseñanza deja de ser visto (como a menudo lo es) como algo secundario (y esto, en el caso de haberlo), sino que se pone al frente mismo de la vida de la iglesia. Por su importancia, no ha de ser repartido de manera igualitaria y democrática entre todos los miembros de la iglesia, mujeres incluido, sino que la figura del pastor tiene un lugar específico, por el hecho de ser él quien imparte lo que es la savia y el corazón mismo de la vida espiritual de la iglesia.

Pero la Reforma no concibió nunca el ministerio de enseñanza como una primacía en solitario en la cúspide de la iglesia. Ella puso igualmente en relieve la enseñanza bíblica acerca de los ministerios de la iglesia, subrayando los que en ella son permanentes por mandato apostólico: los ancianos gobernantes y los diáconos. Las iglesias verdaderamente reformadas nunca se han considerado “completas” hasta contar con el órgano de gobierno en el que los tres ministerios (el de pastor o anciano docente, el de anciano gobernante y el de diácono) estén presentes y funcionando conjuntamente en el gobierno de la iglesia (en nuestra terminología en español, el Consejo de la iglesia). Uno de los mayores empeños de los misioneros, o de los pastores en iglesias pequeñas, ha de ser la de llegar a establecer el debido Consejo de iglesia, formando debidamente a los ancianos y diáconos para que la congregación pueda permanecer por generaciones (tal como es la voluntad de Dios en el Pacto de Gracia).

 

9. La iglesia verdaderamente reformada tiene una adoración regulada por la Palabra de Dios. En la Reforma, la adoración a Dios es concebida como uno de los asuntos de mayor importancia en la iglesia. Como hemos dicho, Dios es conocido y adorado como un Dios soberano; las expresiones de amor a Dios nunca dan pie para la falta de reverencia o de respeto ante Su presencia o en las formas en las que se le da culto. La adoración a Dios es el terreno propio y particular de Dios y Él ha revelado en Su Palabra la manera cómo quiere ser adorado. El segundo mandamiento del Decálogo prohíbe toda invención humana que Dios no haya ordenado en Su Palabra. El culto reformado es sencillo y sobrio, reverente y bíblico, y en él la Palabra de Dios, leída y predicada, tiene un lugar central e insustituible. De hecho, todo el culto reformado transcurre como la respuesta de los hombres a la Palabra que Dios les dirige a cada momento del culto.

Históricamente, el canto de Salmos es una marca del culto público reformado. Dejando de lado la cuestión de la salmodia exclusiva, se puede decir que el canto de Salmos siempre ha tenido un lugar central, un lugar por excelencia en el culto reformado. Por tanto, es bastante sorprendente que el mundo reformado hoy haya dejado de lado casi completamente el canto de Salmos, de manera que actualmente se tiene que ir reintroduciendo como una novedad. Asimismo, es bastante llamativo ver iglesias reformadas que tienen una forma de dar culto público más bien de tipo carismático, de manera que uno se pregunte que qué fue del carácter eminentemente bíblico y reverente del culto reformado. No se trata, como a veces se dice, que el “fondo” siga siendo reformado aunque las formas sean “carismáticas”. Lo contrario es cierto, y por lo tanto es cuestión de tiempo que la iglesia se manifieste plenamente como tal.

 

10. Por último, la iglesia reformada se caracteriza por promover la unidad de la iglesia visible. Las iglesias locales que abrazaron la Reforma en el s. XVI estuvieron animadas desde el inicio mismo por el ánimo de buscar y promover la unidad visible de la iglesia. Todo lo que hemos estado viendo hasta el momento (las nueve marcas anteriores) no fueron las características de iglesias aisladas, aquí y allá, sino que fueron las marcas características de todo el movimiento reformado en todo lugar. Las iglesias estuvieron unidas por estructuras estables de comunión, y no sólo de comunión, sino de gobierno en común. Algunas iglesias nacionales mantuvieron el sistema de gobierno episcopal. Pero la mayoría de las iglesias reformadas adoptaron el sistema presbítero-sinodal, que no era más que la continuación del sistema conciliar de la iglesia durante el periodo patrístico. Y que, en realidad, es el sistema bíblico.

Realmente, el congregacionalismo y el independentismo a ultranza no fueron marcas características de la Reforma, y no se introdujeron en ella hasta bien entrado el siglo XVII. La Reforma del siglo XVI miraría extrañada a una iglesia que, celosa de guardar su independencia, no buscara integrarse en un cuerpo eclesiástico que guarde la misma doctrina, gobierno y adoración que ella misma.

 

Hasta aquí, pues, las marcas que personalmente me parecen más sobresalientes de lo que es ser una iglesia verdaderamente reformada. Tal vez haya más. Pero con estas marcas tenemos materia suficiente, si queremos aplicarnos a la gran tarea de trabajar para ver una nueva Reforma en nuestros días.

 

Jorge Ruiz Ortiz.