Etiquetado: Justicia de Dios

Sermón del Domingo (8-7-2018)

CULTO DE LA MAÑANA

2 Corintios 5:21, “La doctrina de la substitución”

CULTO DE LA TARDE

Jeremías 33:16, “Jehová justicia nuestra”

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Dios no es Autor del Pecado, por Thomas Watson

Thomas Watson

Pero algunos tal vez digan: Si Dios interviene en el ordenamiento de todas las cosas que acontecen, también lo hace en el pecado de los hombres…

Mi respuesta es: No, en absoluto; él no tiene nada que ver con el pecado de ningún hombre. Dios no puede ir en contra de su propia naturaleza, ni efectuar acción impura alguna, igual que el sol no puede oscurecerse. Aquí has de tener cuidado con dos cosas: así como no debes pensar que Dios sea ignorante de los pecados de los hombres, tampoco debes considerar que él intervenga en dichos pecados. ¿Es factible que Dios sea el autor del pecado y el vengador del mismo? ¿Sería lógico que Dios hiciera una ley contra el pecado y que luego tomara parte en el quebrantamiento de su propia ley?  Dios, en su providencia, permite los pecados de los hombres. “En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos” (Hch 14:16). Dios permitió su pecado, lo cual nunca habría hecho de no poder sacar un bien del hacerlo. De no haberse permitido el pecado, no se hubieran conocido tan bien ni la justicia de Dios al castigarlo, ni su misericordia al perdonarlo. El Señor se agrada en permitir el pecado, pero no toma parte en el mismo.

¿Pero no se dice que Dios endureció el corazón de Faraón? Esto es almo más que meramente permitir el pecado…

Dios no infunde maldad en los hombres, simplemente retira la influencia de sus dones y, entonces, el corazón de ellos se endurece por sí mismo, de igual modo que, al retirarse la luz, la oscuridad enseguida invade el aire; pero sería absurdo, sin embargo, decir que es la luz lo que oscurece el aire. Observarás que se dice de Faraón que endureció su propio corazón (cf. Ex 8:15). Dios no es el causante del pecado de hombre alguno: es cierto que interviene en la acción donde se encuentra el pecado, pero no toma parte en el pecado de la acción. Un hombre puede tocar un instrumento desafinado, pero la discordancia procede del instrumento; de igual manera, las acciones de los hombres, en tanto en cuanto son naturales, proceden de Dios, pero, en lo referente a u pecaminosidad, vienen de los propios hombres, y Dios no interviene en ellas en absoluto.

Thomas Watson, Tratado de Teología, (Edimburgo, Carlisle: El Estandarte de la Verdad, 2013), pp. 223-225.

Ante la Cruz

cruz cielo

Es imposible hablar de Cristo sin hablar de la cruz. Esa es la gran diferencia entre la fe cristiana y las religiones de los hombres. Los fundadores de las religiones humanas no han muerto en una cruz, ni la cruz significa nada para ellos. Sin embargo, no se puede separar a Cristo de la cruz, ni la fe cristiana puede concebirse sin ella. “Porque nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Corintios 1:23); “pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (2 Corintios 2:2).

Pero, ¿qué hemos de pensar de la cruz de Cristo? Porque partimos de la base que, al ser absolutamente esencial para la fe cristiana, la cruz no es algo absurdo o casual, sino que tiene sentido, y un sentido en particular. Lo cual lo muestra claramente la Escritura cuando dice: “a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole” (Hechos 2:23). La muerte de Jesús en la cruz tiene un lugar central en los planes de Dios y tiene, por tanto, un sentido para Él. ¿Qué es, entonces, la cruz de Cristo?

No serviría de nada dar una respuesta por nosotros mismos, pero lo que sí que podemos es ir a la Escritura para ver lo que Jesús mismo, antes de sufrirla, dijo de su propia muerte en la cruz. De esta manera, leemos que “el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28), y “esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28). La muerte de Jesús fue un “rescate”, palabra que en la antigüedad designaba el pago de un precio para la liberación de un esclavo. El resultado de este “rescate” fue “la remisión de los pecados”. El pago fue, además, “por muchos”, es decir, “en lugar de” muchos. Por tanto, su muerte fue vicaria o sustitutiva.

Vemos también la enseñanza apostólica acerca de la cruz de Cristo. En la epístola a los Hebreos, Pablo comparaba a Cristo con los sumos sacerdotes de la Antiguo Testamento con estas palabras: “no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primo sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo” (Hebreos 7:28); “es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto…” (9:15); “así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos” (9:28); “Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados…” (10:12); y “debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo” (2:18).

A la luz de todas estas citas de la Escritura, podemos decir que, en una palabra, la muerte de Jesús en la cruz fue un sacrificio vicario y expiatorio. La idea de la expiación es la de quitar el pecado, sí, pero recibiendo el castigo por el pecado. Como hemos visto, y la carta a los Hebreos habla de ello en detalle. Este sacrificio de Cristo ya fue prefigurado por los sacrificios de animales en el Antiguo Testamento (cf. Levítico 4:20; 16:30) y por la profecía del Siervo sufriente (Isaías 53:7.10). Es por ello por lo que Juan el Bautista, al ver a Jesús, dijo: “He aquí el Cordero de Dios quita pecado del mundo” (Juan 1:29).

Hoy en día es cada vez más frecuente oír discursos diferentes acerca de la cruz de Jesús. En la Iglesia católica-romana, en particular, no es raro presentar la cruz como un acto por el cual Cristo se hace solidario de todos los dolores y sufrimientos de los hombres. De esta manera, Dios, en la persona de Su Hijo, asumiría, haría suyo el sufrimiento humano, lo cual tendría que traer consuelo a las personas que sufren. Se trata, pues, sobre todo, de un discurso místico acerca de la cruz. También esta teoría se escucha a veces entre evangélicos.

A pesar de que aparentemente sea atractivo, no puede decirse que este discurso presente la verdad bíblica acerca de la cruz. En especial, por una razón: porque elimina su carácter de expiación. Como hemos visto, en la Biblia la muerte de Jesús en la cruz fue un sacrificio por los pecados. Un sacrificio presentado a Dios para obtener Su perdón y reconciliación con los pecadores. La cruz fue, pues, el medio por el cual la ira de Dios por el pecado halló satisfacción, por cuanto las demandas de justicia por Dios acerca del pecado – que son las de un Dios eterno e infinito en todos su atributos y perfecciones, en Su amor y misericordia, así como en Su santidad y justicia – hallaron satisfacción, de manera que el pecado pudiera ser quitado de Su presencia.

Nosotros necesitamos la expiación. El pecado es tan espantosamente horrible en su acto mismo y en sus consecuencias, que mancha la conciencia de aquel que lo practica. La conciencia sólo puede verse libre de esta mancha si el pecado es expiado. Como la cruz de Cristo es lo único que ofrece la expiación necesaria al pecado, sólo es la cruz de Cristo la que proporciona la paz con Dios y la paz de la conciencia. Los sacrificios del Antiguo Testamento, en sí mismos, no podían perfeccionar en la conciencia a los creyentes (Hebreos 9:9; 10:1-2). Sin embargo, la sangre de Jesucristo sí. “Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia…” (Hebreos 10:22); “Y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).

Pero no sólo eso. La expiación es necesaria por causa de quién es Dios y quiénes somos nosotros. La Palabra de Dios presenta claramente la necesidad de la expiación para que se puedan saldar las deudas del pecado. “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). En realidad, no hay lugar alguno para la presencia del pecado en el mundo de Dios. “Los cielos cuentan la gloria de Dios…” (Salmo 19:1ss); “Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová: Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí” (Isaías 1:2). El pecado es la transgresión de la Ley “santa, justa y buena” de Dios (Romanos 7:12 ). Por ello, es una afrenta horrible al Señor Dios Todopoderoso, al Creador de cielos y tierra, y Sustentador de todo cuánto existe, un ultraje a Su gloria declarativa, un acto de violencia por parte del hombre contra Dios y contra la naturaleza de lo creado de dimensiones inmensurables. “Mía es la venganza, Yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:19). Por tanto, no hay duda de ello, para que se puedan saldar sus deudas, y pueda así ser perdonado, el pecado debe ser primero expiado.

Y sólo la preciosa vida del Salvador Jesucristo puede presentar un rescate adecuado a la enormidad del pecado, y satisfacer la ira de un Dios eterno e infinito por el pecado. “Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre precisa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación…” (1 Pedro 1:18-19). ¿Qué precio, entonces, es el de la vida del Hijo eterno de Dios, hecho hombre para efectuar la eterna redención? Sólo podemos decir ¡un precio INFINITO! En su propia dignidad y valor, pues, capaz de perdonar los pecados de todo el mundo, y que efectivamente perdona TODOS los pecados de TODOS los que, verdaderamente arrepentidos, ponen una mirada de fe hacia la cruz para hallar la misericordia divina, aun para el mayor de los pecadores. ¡Alabado sea Su Nombre!

¿Cuál va a ser tu mirada, pues, querido lector, ante la cruz de Cristo?

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Publicado en el número 210, revista “En la Calle Recta” (enero-febrero 2008)

Dios, el Justo Juez

Sigaión de David, que cantó a Jehová acerca de las palabras de Cus hijo de Benjamín.

1 Jehová Dios mío, en ti he confiado;  Sálvame de todos los que me persiguen, y líbrame,

 2 No sea que desgarren mi alma cual león, Y me destrocen sin que haya quien me libre.

 3 Jehová Dios mío, si yo he hecho esto, Si hay en mis manos iniquidad;

 4 Si he dado mal pago al que estaba en paz conmigo (Antes he libertado al que sin causa era mi enemigo),

 5 Persiga el enemigo mi alma, y alcáncela; Huelle en tierra mi vida, Y mi honra ponga en el polvo. Selah

 6 Levántate, oh Jehová, en tu ira; Álzate en contra de la furia de mis angustiadores, Y despierta en favor mío el juicio que mandaste.

 7 Te rodeará congregación de pueblos, Y sobre ella vuélvete a sentar en alto.

 8 Jehová juzgará a los pueblos; Júzgame, oh Jehová, conforme a mi justicia, Y conforme a mi integridad.

 9 Fenezca ahora la maldad de los inicuos, mas establece tú al justo; Porque el Dios justo prueba la mente y el corazón.

 10 Mi escudo está en Dios, Que salva a los rectos de corazón.

 11 Dios es juez justo, Y Dios está airado contra el impío todos los días.

 12 Si no se arrepiente, él afilará su espada; Armado tiene ya su arco, y lo ha preparado.

 13 Asimismo ha preparado armas de muerte, Y ha labrado saetas ardientes.

 14 He aquí, el impío concibió maldad, Se preñó de iniquidad, Y dio a luz engaño.

 15 Pozo ha cavado, y lo ha ahondado; Y en el hoyo que hizo caerá.

 16 Su iniquidad volverá sobre su cabeza, Y su agravio caerá sobre su propia coronilla.

 17 Alabaré a Jehová conforme a su justicia, Y cantaré al nombre de Jehová el Altísimo.

 

 

El Salmo que acabamos de leer nos presenta a David sufriendo persecución. En el encabezado se nos dice que fue a raíz de “las palabras de Cus, hijo de Benjamín”. La Biblia no nos explica más acerca de este personaje. Pero sí que ella nos dice lo mucho que él sufrió a manos de otros de la tribu de Benjamín. Por ejemplo, Saúl, su predecesor. O también Simeí, quien lo maldijo cuando David huía de Absalom (2 Sam. 16:5). O incluso después de la victoria de David sobre Absalom, se levantó un hombre de Benjamín, llamado Seba, quien quiso hacer una rebelión en contra del rey legítimo de Israel (2 Sam. 20:1).

Durante su vida, David tuvo la enemistad declarada de los de la tribu de Benjamín, y sin duda ello se debió a que él había sido quien sustituyó a Saúl como rey de Israel. Esta sustitución la decidió Dios por los causa de los pecados e infidelidad de Saúl, pero no vino porque David conspirara para hacerse él mismo rey. En todo momento vemos en la Biblia que David fue una persona leal y fiel para con Saúl, con su rey, por el hecho de que él era el “ungido de Jehová”.

Seguramente, pues, David se está refiriendo aquí a algún episodio más de esta enemistad, de esta continua persecución de algunos benjaminitas en contra de él. Pero lo importante en este Salmo no es tanto las circunstancias de la persecución en particular, de las que no se nos dice mucho, sino más bien la reacción de David en medio de ella. Esta persecución, por supuesto, le produce a David sufrimiento. Pero el sufrimiento no está solo, porque además, David tiene siempre la convicción de ser inocente y de estar sufriendo persecución injustamente. Y esta convicción es tan grande como para, en oración, hacer a Dios este solemne juramento: “Jehová Dios mío, si yo he hecho esto, Si hay en mis manos iniquidad; Si he dado mal pago al que estaba en paz conmigo (Antes he libertado al que sin causa era mi enemigo), Persiga el enemigo mi alma, y alcáncela; Huelle en tierra mi vida, Y mi honra ponga en el polvo” (vv. 3-5).

David le pide que perezca a manos de sus enemigos si las acusaciones que le hacen son verdaderas. ¡Hay que tener la conciencia tranquila para poder decir estas palabras! Sin duda; pero vemos que David a medida que avanza el Salmo, no se centra mucho en esto, ni en sí mismo, sino que más bien centra sus pensamientos en quién es Dios. Presenta a Dios en Su justicia. Nos habla de Él como el Juez justo. El atributo de Dios de la justicia es el gran refugio al que David acude en la persecución. Llena su mente y su corazón de pensamientos acerca de la justicia de Dios, que es lo que lo lleva de la angustia del versículo (“Sálvame de todos los que me persiguen”) a la alabanza del versículo 11 (“Alabaré a Jehová conforme a su justicia, Y cantaré al nombre de Jehová el Altísimo”).

Y nosotros también debemos tener nuestros pensamientos puestos en la justicia de Dios para poder poner en Dios toda nuestra seguridad, nuestro gozo y nuestro deleite en esta vida. Por ello vamos a considerar la justicia de Dios tal como se presenta en este Salmo. Primeramente, considerando el atributo de la justicia de Dios en sí mismo. Luego cómo tiene este que ver, con las naciones, los impíos y por último los creyentes.

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Sermón del Domingo (31-10-2010)

CULTO DE LA MAÑANA

Romanos 3:21-26, “La justicia de Dios”.

Escuche la predicación en mp3.

CULTO DE LA TARDE

Salmo 45:10-17, “Mandamiento con promesa a la novia”

Escuche la predicación en mp3.

N.T. Wright o la Recatolización del Pensamiento Protestante

INTRODUCCIÓN

Durham es una pequeña ciudad del nordeste de Inglaterra, pero tiene una gran catedral. Esta diócesis se ha convertido en una de las más importantes para la Iglesia anglicana, en concreto desde febrero de 2003, cuando la reina de Inglaterra aprobó la nominación como obispo de Nicholas Tomas Wright. Esta nominación es un paso más en la deslumbrante carrera de este autor, siempre a caballo entre el mundo académico y la vida de iglesia. Su carrera académica, salvo sus inicios en la universidad de Cambridge y una estancia en Canadá a principios de los años 80, se ha desarrollado básicamente en la universidad de Oxford, en la que, por lo demás, Wright recibió su formación. En el ámbito eclesiástico, Wright ha destacado por haber sido el teólogo oficial del canon en la abadía de Westminster, el mismo lugar donde entre 1643 y 1649, en tiempos de una extraordinaria revolución política y religiosa, una asamblea de teólogos y laicos aprobaron una confesión de fe que se convertiría en el mayor monumento de la ortodoxia reformada, la Confesión de fe de Westminster.

En la actualidad, Tom Wright está en lo más alto del candelero teológico mundial. Por encima de todo, Wright es un brillante comunicador, razón por la cual tampoco le resulta difícil ser un prolífico escrito – con cincuenta y cinco años, “tan sólo” ha publicado más de treinta libros. Wright tiene todas las cualidades para el triunfo: además de su currículum académico, posee una personalidad atractiva, un ameno estilo de escribir y un agudo sentido para contactar con la mentalidad contemporánea. Todavía es joven, teológica y ministerialmente hablando. Se puede decir, utilizando un lenguaje que él suele emplear, que Tom Wright se encuentra en el clímax de su carrera, tras haber conseguido una posición de gran autoridad en su iglesia y en el mundo teológico internacional, empezando a adquirir incluso notoriedad en la sociedad secular como figura mediática. En definitiva, Wright tiene las puertas abiertas de para en par, y el ancho mundo delante de él.

En nuestro contexto español, esta puesta en antecedentes es un paso previo necesario para saber acerca de quién estamos hablando. Tom Wright nos es desconocido, pero si ninguna duda cada vez lo será menos. Coincidiendo más o menos con su nominación como obispo por la reina Elizabet II, ha sido publicada en español la que muy bien puede ser su obra más atrevida y controvertida, aparecida en nuestro país con el título El verdadero pensamiento de Pablo.[1] Seguir leyendo