El Sínodo II de Sevilla (619) Sobre las Dos Naturalezas de Cristo

Monumento a Isidoro de Sevilla

En el año 619, durante el tiempo de los visigodos bajo el rey Sisebuto (612-621), tuvo lugar en Sevilla un sínodo provincial de la iglesia española en la región bética. El sínodo fue presidido por el célebre obispo de Sevilla, Isidoro. Entre las cuestiones a tratar, se encontraba la de un obispo de Siria, llamado Gregorio, quien había solicitado asilo en España. Gregorio pertenecía a la secta monofisita de los acéfalos, e Isidoro exigió que Gregorio renunciara públicamente y confesara las dos naturalezas de Cristo. Por ello, el sínodo compuso un largo canon doctrinal, el canon XIII, que exponía exhaustivamente la relación de las dos naturalezas en la única persona de Cristo.

Gregorio fue convencido y abjuró de su herejía.

Les dejo con un extracto de este largo canon:

He aquí que queda patentizado que el Hijo de Dios padeció y murió, solamente en cuanto al cuerpo, no en cuanto a la divinidad, pues estas cosas son ajenas a Dios, según atestigua el profeta acerca de Él: “El Dios sempiterno, el Señor que crea las fronteras de la tierra, no trabajará ni desfallecerá”. Y el salmo: “Pues tú eres siempre el mismo y tus años no acabarán”. En Cristo, pues, sólo la humanidad tomó todas las flaquezas, pues la carne tuvo los gemidos de la infancia, no la divinidad. La carne fue envuelta en pañales, no la divinidad. La carne necesitó alimentos, la carne tomó sobre sí los cambios de la edad. Pues lo que se fatigó, lo que tuvo hambre, lo que durmió, lo que lloró, lo que acercándose la pasión se puso triste, lo que al fin sufrió la misma pasión y la condición mortal, todo esto pertenece a la flaqueza de la humanidad, no a la incomprensible sustancia de la divinidad. Pues uno solo es Cristo Dios y hombre, Verbo y carne; pero de Dios tiene la inmortalidad. El hombre sufrió la pasión, y en cuanto carne murió, en cuanto Verbo es eterno. Pues no puede ser pasible en cuanto a la divinidad el que es igual por el poder a la naturaleza del Padre. Pues se menoscaba al Padre cuando se cree pasible en el Hijo a la naturaleza divina. Pues si es una sola la sustancia del Padre y del Hijo, ciertamente el Hijo es inmortal del mismo modo que el Padre, y si el Padre y Yo somos una misma cosa, así tampoco existirá la muerte en el Hijo de Dios. Y si es verdad que todas las cosas que tiene el Padre son mías, entonces la inmortalidad del Padre será también común con el Hijo. Pues lo que dice el Apóstol acerca de la ignorancia de los infieles: “pues si le hubiesen conocido, nunca hubiesen crucificado al Señor de la gloria”, no lo dijo como si hubiese sido crucificado el Señor de la Gloria y apareciere la naturaleza divina como pasible, sino porque uno solo es Cristo en ambas naturalezas. Y si dice que el Señor de la gloria padeció, según la forma del hombre asumpto. Así como por el contrario se lee: “Nadie subió al cielo, sino el que bajó del cielo: el Hijo del Hombre”. No habiendo descendido del cielo, sino solamente el hijo de Dios, todavía no hecho Hijo del Hombre, pero por la unidad de la persona, se dicen respecto del hombre en Cristo, lo que es propio de Dios, y se adscriben a la divinidad lo que es propio del hombre, y por lo tanto no siendo propio de la divinidad sino de la carne el padecer y el morir, sin embargo por la unidad de la persona se dice que el mismo Dios nació de la Virgen y padeció y murió, pero según la flaqueza de nuestra carne, no según el poder de la divinidad

José Vives (ed.), Concilios visigóticos e hispanorromanos. Colec. España Cristiana, (Barcelona-Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1963), pp. 16-17.

La Persona de Cristo en la Segunda Confesión Helvética de Fe

Segunda Confesión Helvética

La Segunda Confesión Helvética fue compuesta por el sucesor de Zwinglio en Zurich, Heinrich Bullinger. Seguramente, de entre todos los documentos confesionales reformados, esta confesión es la que proporciona un artículo más completo y detallado en cuanto a la persona de Cristo. Compartimos su artículo 11.

JESUCRISTO, DIOS Y HOMBRE VERDADERO Y ÚNICO SALVADOR DEL MUNDO

Cristo es Dios Verdadero

Creemos y enseñamos, además, que el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo fue predestinado e impuesto como salvador del mundo desde la eternidad. Creemos que ha sido engendrado por el Padre, no sólo cuando aceptó de la Virgen María carne y sangre y no sólo antes de la creación del mundo, sino antes de toda eternidad, y esto de un modo indefinible. Pues dice Isaías: « ¿Quién quiere contar su nacimiento?» (Isaías 53:8), y dice Miqueas: «Su origen es desde el principio, desde los días del siglo» (Miqueas 5:2). Porque también Juan manifiesta en su Evangelio: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1). Por eso     el Hijo igual al Padre en su divinidad e igual a Él en esencia, o sea, que es Dios verdadero (Filip. 2:11); y esto, por cierto, no puramente de nombre, ni por haber sido aceptado como Hijo, ni en virtud de alguna demostración especial de la gracia, sino por naturaleza y esencia, como el apóstol Juan también lo escribe: «Éste es el Dios verdadero y la vida eterna» (1 Juan, 5:20).

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Cita Diaria con Calvino (104)

“Esta observación será muy útil para solucionar muchas dificultades, con tal de que los lectores sepan usar de ella. Resulta sorprendente de qué manera los ignorantes, e incluso algunos que no lo son tanto, se atormentan con tales expresiones, pues ven que se le atribuyen a Cristo, y no son propias ni de su divinidad, ni de su humanidad. La causa es porque no se fijan en que convienen a la Persona de Cristo, en la que se ha manifestado Dios y hombre, y a su oficio de Mediador. Realmente es digno de considerar cuán admirablemente conviene entre sí todo lo que hemos expuesto, con tal de que consideremos tales misterios con la sobriedad y reverencia que se merecen.

Mas los espíritus inquietos y desquiciados no hay cosa que no revuelvan. Toman los atributos y propiedades de la humanidad para deshacer la divinidad, y viceversa; y los que pertenecen a ambas naturalezas en cuanto están unidas y no convienen a ninguna de ellas por separado, para destruidas a ambas. Mas, ¿qué es esto sino pretender que Cristo no es hombre porque es Dios; que no es Dios porque es hombre; que no es ni Dios ni hombre, porque es a la vez ambas cosas?

Concluyamos pues, que Cristo en cuanto es Dios y hombre, compuesto de dos naturalezas unidas, pero no confundidas, es nuestro Señor y verdadero Hijo de Dios, aun según su humanidad, aunque no a causa de su humanidad.

Debemos sentir horror de la herejía de Nestorio, el cual dividiendo, más bien que distinguiendo las naturalezas de Jesucristo, se imaginaba en consecuencia un doble Cristo. Sin embargo, la Escritura le contradice abiertamente, llamando Hijo de Dios al que nació de la Virgen (Lc. 1: 32,43), y a la misma Virgen, madre de nuestro Señor.

Asimismo debemos guardarnos también del error de Eutiques, el cual queriendo probar la unidad de la persona de Cristo, destruía, ambas naturalezas. Ya hemos alegado tantos testimonios de la Escritura en los que la divinidad es diferenciada de la humanidad – aunque quedan otros muchos, que no he citado – que bastan para hacer callar aun a los más amigos de discusiones. Además, en seguida citaré algunos muy a propósito para destruir este error. Bástenos al presente ver que Jesucristo no llamaría a su cuerpo “templo” (Jn.2: 19), si no habitase en él expresamente la divinidad.

Por eso con toda razón fue condenado Nestorio en el concilio de Efeso, y después Eutiques en el de Constantinopla y en el de Calcedonia; puesto que tan ilícito es confundir las dos naturalezas en Cristo como separadas; sino que hay que distinguirlas de tal manera que no queden separadas“.

Institución de la religión cristiana II.XIV.4 (p. 358-359).

Cita Diaria con Calvino (103)

“ La comunicación de propiedades se prueba por lo que dice san Pablo, que Dios ha adquirido a su Iglesia con su sangre (Hch.20:28); y que el Señor de gloria fue crucificado (1 Cor. 2: 8); asimismo lo que acabamos citar: que el Verbo de vida fue tocado. Cierto que Dios no tiene sangre, ni puede padecer, ni ser tocado con las manos. Mas como Aquel que era verdadero Dios y hombre, Jesucristo, derramó en la cruz su sangre por nosotros, lo que tuvo lugar en su naturaleza humana es atribuida impropiamente, aunque no sin fundamento, a la divinidad.

Semejante a esto es lo que dice san Juan: que Dios puso su vida por nosotros (1 Jn. 3:16). También aquí lo que propiamente pertenece a la humanidad se comunica a la otra naturaleza. Por el contrario, cuando decía mientras vivía en el mundo, que nadie había subido al cielo más que el Hijo del hombre que estaba en el cielo (Jn.3: 13), ciertamente que Él, en cuanto hombre y con la carne de que se había revestido no estaba en el cielo; mas como Él era Dios y hombre, en virtud de las dos naturalezas atribuía a una lo que era propio de la otra.

Pero los textos más fáciles de la Escritura para mostrar cuál es la verdadera sustancia de Jesucristo son los que comprenden ambas naturalezas. El evangelio de san Juan está lleno de ellos.

Cuando leemos en él que Cristo ha recibido del Padre la autoridad de perdonar los pecados (Jn. 1:29), de resucitar a los que Él quisiere de dar justicia, santidad y salvación, de ser constituido Juez de los vivos y de los muertos, para ser honrado de la misma manera que el Padre (Jn. 5: 21-23); finalmente, lo que dice de sí mismo, que es luz del mundo (Jn.8:12;9:5); buen pastor (Jn.10: 7 .11), la única puerta (Jn.10:9;) y  vid verdadera (Jn. 15: 1), etc.; todo esto no era peculiar de la divinidad ni de la humanidad en sí mismas consideradas, sino en cuanto estaba unidas. Porque el Hijo de Dios, al manifestarse en carne, fue adornado con estos privilegios, los cuales, si bien los tenía en unión del Padre antes de que el mundo fuese criado, sin embargo no de la misma manera y bajo el mismo aspecto; pues de ninguna manera podían competer a un hombre, que no fuera más que puro hombre.

En el mismo sentido hemos de tomar lo que dice Pablo, que Cristo después de cumplir con su oficio, de Juez entregará en el último día el reino a Dios su Padre (1 Cor.15:24). Ciertamente el reino del Hijo de Dios, ni tuvo principio ni tampoco tendrá fin. Mas así como se humilló tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, dejando a un lado la gloria de su majestad, y se sometió al Padre para obedecerle (Flp. 2:7-8), y después de cumplir el tiempo de su sujeción, fue coronado de gloria y de honra y ensalzado a suma dignidad, para que toda rodilla se doble ante él (Heb. 2: 7; Flp. 2: 9-10); de la misma manera someterá después al Padre ese gran imperio, la corona de gloria y todo cuanto haya recibido de Él, para que sea todo en todos (1 Cor. 15:28). Porque, ¿con qué fin se le concede autoridad y mando, sino para que por su mano nos gobierne el Padre? En este sentido se dice que está sentado a la diestra del Padre, y esto es temporal, hasta que gocemos de la visión de la divinidad.

No se puede excusar el error de los antiguos por no prestar suficiente atención a la Persona del Mediador al leer estos pasajes de san Juan, oscureciendo con ello su sentido natural y verdadero, y enredándose en mil dificultades. Conservemos, pues, esta máxima como clave para la recta inteligencia de los mismos: Todo cuanto respecta al oficio de Mediador no se dice simplemente de la naturaleza humana, ni de la divina”.

Institución de la religión cristiana II.XIV. 2 y 3 (p. 357-358).

Cita Diaria con Calvino (102)

“Esto se entenderá aún más claramente si consideramos cuál ha sido la importancia del papel de Mediador; a saber, restituirnos de tal manera en la gracia de Dios, que de hijos de los hombres nos hiciese hijos de Dios; de herederos del infierno, herederos del reino de los cielos. ¿Quién hubiera podido hacer esto, si el mismo Hijo de Dios no se hubiera hecho hombre asumiendo de tal manera lo que era nuestro que a la vez nos impartiese por gracia, lo que era suyo por naturaleza?

Con estas arras de que el que es Hijo de Dios por naturaleza ha tomado un cuerpo semejante al nuestro y se ha hecho carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos, para ser una misma cosa con nosotros, poseemos una firmísima confianza de que también nosotros somos hijos de Dios; ya que Él no ha desdeñado tomar como suyo lo que era nuestro, para que, a su vez, lo que era  suyo nos perteneciera a nosotros; y de esa manera ser juntamente con nosotros Hijo de Dios e Hijo del hombre. De aquí procede aquella santa fraternidad que Él mismo nos enseña, diciendo: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn.20: 17). Aquí radica la certeza de nuestra herencia del reino de los cielos; en que nos adopté como hermanos suyos, parque si somos hermanos, se sigue que juntamente con Él somos herederos (Rom. 8: 17).

 

Asimismo fue muy necesario que aquél que había de ser nuestro Redentor fuese verdadero Dios y verdadero hombre, porque había de vencer a la muerte. ¿Quién podría hacer esto sino la Vida? Tenía que vencer al pecado. ¿Quién podía logrado, sino la misma Justicia? Había de destruir las potestades del mundo y del aire. ¿Quién lo conseguiría sino un poder mucho más fuerte que el mundo y el aire? ¿Y dónde residen la vida, la justicia, el mando y señorío del cielo, sino en Dios? Por eso Dios en su clemencia se hizo Redentor nuestro en la persona de su Unigénito, cuando quiso redimirnos.

 

EI segundo requisito de nuestra reconciliación con Dios era que el hombre,  que con su desobediencia se había perdido, con el remedio de su obediencia satisficiese el juicio de Dios y pagase su deuda por el pecado. Apareció, pues, nuestro Señor Jesucristo como verdadero hombre, se revistió de la persona de Adán, y tomó su nombre poniéndose en su lugar para obedecer al Padre y presentar ante su justo juicio nuestra carne como satisfacción y sufrir en ella la pena y el castigo que habíamos merecido. En resumen, como Dios solo no puede sentir la muerte, ni el hombre solo vencerla, unió la naturaleza humana con la divina para someter la debilidad de aquélla a la muerte, y así purificarla del pecado y obtener para ella la victoria con la potencia de la divina, sosteniendo el combate de la muerte por nosotros.

De ahí que los que privan a Jesucristo de su divinidad o de su humanidad menoscaban su majestad y gloria y oscurecen su bondad. Y, por otra parte, no infieren menor injuria a los hombres al destruir su fe, que no puede tener consistencia, si no descansa en este fundamento“.

Institución de la religión cristiana II.XII.2 y 3 (p. 342-343).