Etiquetado: Corrupción total

Sermón del Domingo (13-5-2018)

CULTO DE LA MAÑANA

Eclesiastés 7:20-29, “La corrupción total, del hombre y de la mujer”

CULTO DE LA TARDE

Jeremías 29, “La carta de Jeremías a los deportados en Babilonia”

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Sermón del Domingo (21-6-2015)

CULTO DE LA MAÑANA

Apocalipsis 5:1-6, “¿Quién es digno de abrir el libro?”

CULTO DE LA TARDE

Romanos 9:14-26, “La predestinación de Dios 4”

Cita Diaria con Calvino (59)

“Por tanto, así como justamente hemos rechazado antes la opinión de Platón, de que todos los pecados proceden de ignorancia, también hay que condenar la de los que piensan que en todo pecado hay malicia deliberada, pues demasiado sabemos por experiencia que muchas veces caemos con toda la buena intención. Nuestra razón está presa por tanto desvarío, y sujeta a tantos errores; encuentra tantos obstáculos y se ve en tanta perplejidad muchas veces, que está muy lejos de encontrarse capacitada para guiarnos por el debido camino. Sin lugar a dudas el apóstol san Pablo muestra cuán sin fuerzas se encuentra la razón para conducirnos por la vida, cuando dice que nosotros, de nosotros mismos, no somos aptos para pensar algo como de nosotros mismos (2 Cor. 3:5). No habla de la voluntad ni de los afectos, pero nos prohÍbe suponer que está en nuestra mano ni siquiera pensar el bien que debemos hacer […]

Los que atribuyen a la primera gracia de Dios el que nosotros podamos querer eficazmente, parecen dar a entender con sus palabras, igualmente, que existe en el alma una cierta facultad de apetecer voluntariamente el bien, pero tan débil que no logra cuajar en un firme anhelo, ni hacer que el hombre realice el esfuerzo necesario. No hay duda de que ésta ha sido opinión común entre los escolásticos, y que la tomaron de Orígenes y algunos otros escritores antiguos; pues, cuando consideran al hombre en su pura naturaleza, lo describen según las palabras de san Pablo: “No hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago”. “El querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Rom. 7:15. 18). Pero pervierten toda la disputa de que trata en aquel lugar el Apóstol. Él se refiere a la lucha cristiana, de la que también trata más brevemente en la epístola a los Gálatas, que los fieles experimentan perpetuamente entre la carne y el espíritu; pero el espíritu no lo poseen naturalmente, sino por la regeneración. Y que el Apóstol habla de los regenerados se ve porque, después de decir que en él no habita bien alguno, explica luego que él entiende esto de su carne: y, por tanto, niega que sea él quien hace el mal, sino que es el pecado que habita en él. ¿Qué quiere decir esta corrección: “En mí, o sea, en mi carne”? Evidentemente es como si dijera: “No habita en mí bien alguno mío, pues no es posible hallar ninguno en mi carne”. Y de ahí se sigue aquella excusa: “No soy yo quien hace el mal, sino el pecado que habita en mí”, excusa aplicable solamente a los fieles, que se esfuerzan en tender al bien por lo que hace a la parte principal de su alma. Además, la conclusión que sigue claramente explica esto mismo: “Según el hombre interior” dice el Apóstol “me deleito en la Ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente” (Rom. 7:22-23). ¿Quién puede llevar en sí mismo tal lucha, sino el que, regenerado por el Espíritu de Dios, lleva siempre en sí restos de su carne? Y por eso san Agustín, habiendo aplicado algún tiempo este texto de la Escritura a la naturaleza del hombre, ha retractado luego su exposición como falsa e inconveniente l. Y verdaderamente, si admitimos que el hombre tiene la más insignificante tendencia al bien sin la gracia de Dios, ¿qué responderemos al Apóstol, que niega que seamos capaces incluso de concebir el bien (2 Cor. 3:5)? ¿Qué responderemos al Señor, el cual dice por Moisés, que todo cuanto forja el corazón del hombre no es más que, maldad (Gn. 8:21)?

Por tanto, habiéndose equivocado en la exposición de este pasaje, no hay por qué hacer caso de sus fantasías. Más bien, aceptemos lo que dice Cristo: “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Jn. 8:34). Todos somos por nuestra naturaleza pecadores; luego se sigue que estamos bajo el yugo del pecado. Y si todo hombre está sometido a pecado, por necesidad su voluntad, sede principal del pecado, tiene que estar estrechamente ligada. Pues no podría ser verdad en otro caso lo que dice san Pablo, que Dios es quien produce en nosotros el querer (Flp. 2:13), si algo en nuestra voluntad precediese a la gracia del Espíritu Santo”.

Institución de la religión cristiana II.II.25 y 25 (p. 193-196).