Etiquetado: Confesión de Pecados

Sermón del Domingo (29-07-2012)

CULTO DE LA MAÑANA (MIRANDA)

Romanos 15:7-13, “La grandeza de la obra de Cristo” 

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[vimeo https://vimeo.com/47298078]

CULTO DE LA TARDE (BILBAO)

1 Juan 1:8-10, “Reconocer nuestro pecado”

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Cita Diaria con Calvino (138)

“En cuanto a la ley de referir en la confesión todos los pecados, y a negar que puedan ser perdonados, si no se cumple la condición de que el pecador tenga firme propósito de confesarse, y que el que no lo tuviere o menospreciare la oportunidad de confesarse no puede tener parte en el paraíso, todo esto es absolutamente inadmisible. Porque, ¿cómo piensan que se pueden contar los pecados, cuando David, que había meditado muy bien sobre la confesión de los suyos, no podía hacer otra cosa que exclamar: “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos” (Sal. 38:4)? Evidentemente él comprendía cuán grande es el abismo de nuestras maldades, cuántas clases hay en nosotros de pecados, cuántas cabezas tiene este horrible monstruo del pecado y qué larga cola arrastra. Por eso él no se ponía a hacer el catálogo de sus pecados, sino que desde lo profundo de sus males clamaba al Señor: Estoy anegado, sepultado, hundido; las puertas del infierno me han rodeado. Que tu mano derecha me saque de este pozo en que me encuentro hundido y me libre, pues estoy para perecer. ¿Quién, pues, pensará en poder contar sus pecados, al ver que David no consigue enumerar los suyos? […]

Consideren los lectores si es posible dar cuenta de cuanto hemos hecho en el año, y enumerar todas las faltas que hemos cometido cada día. La misma experiencia nos prueba que cuando por la noche reflexionamos sobre los pecados cometidos durante el día, la memoria lo confunde todo; ¡tanta es la multitud que se nos presenta! No me refiero, claro está, a esos necios hipócritas que creen haber cumplido con su deber cuando han advertido tres o cuatro faltas graves, sino a los que son verdaderos siervos de Dios, quienes después de examinarse, sintiéndose perdidos, siguen adelante y concluyen con san Juan: “si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios” (1 Jn. 3:20). Y así tiemblan ante el acatamiento de este gran Juez, cuyo conocimiento excede con mucho todo cuanto nosotros podemos percibir con nuestros sentidos”.

Institución de la religión cristiana III.III.16 y 17 (p. 487-488).

Cita Diaria con Calvino (131)

“No hay duda de que el ayuno no siempre está unido al arrepentimiento, sino que se reserva especialmente para los tiempos de grandes adversidades. Por esto Jesucristo lo une a la angustia y la tribulación, pues Él excusa a sus apóstoles de que no ayunaran mientras estaban en su compañía, por ser tiempo de gozo, diciendo que tendrían oportunidad de ayunar en el tiempo de la tristeza, cuando se vieran privados de su compañía (Mt. 9, 15).

Me estoy refiriendo, por supuesto, al ayuno solemne y público; porque la vida de los que temen a Dios debe estar regulada por la frugalidad y la sobriedad, de modo que toda ella sea como una especie de ayuno perpetuo. Mas, como volveré a hablar de esta materia, al tratar de la disciplina de la Iglesia, baste al presente con lo expuesto.

Con todo añadiré que, cuando se toma el nombre de arrepentimiento para significar aquella externa manifestación que hacen los pecadores con la que dan muestras de mejorar de vida, entonces el término se usa impropiamente y se le desvía del significado propio y natural, que he expuesto. Porque semejante protesta no es tanto una conversión a Dios, como una confesión de las propias culpas, en orden a alcanzar el perdón de las mismas y de la pena correspondiente. De esta manera arrepentirse en ceniza y cilicio no es otra cosa sino dar testimonio de disgusto, cuando Dios se enoja con nosotros por las graves ofensas con que le hemos ofendido. Es esto una especie de confesión pública, mediante la cual, condenándonos a nosotros mismos ante los ángeles y ante el mundo, anticipamos el juicio de Dios. Porque san Pablo, reprendiendo la negligencia de los que perseveran en sus pecados, dice: “si nos examinásemos a nosotros mismos, no seriamos juzgados (por Dios)” (1 Cor. 11:31).

Mas no siempre es necesario dar testimonio públicamente ante los hombres y ponerlos como testigos de nuestro arrepentimiento. En cambio, confesarse secretamente con Dios es parte del verdadero arrepentimiento, y en modo alguno ha de omitirse. Porque no hay cosa menos puesta en razón, que decir que nos perdona Dios los pecados en los que seguimos deleitándonos, y para que Él no los descubra, los tapamos con la hipocresía. Y no solamente hay que confesar los pecados que cada día cometemos, sino que hemos de recordar más vivamente nuestras faltas más graves y traer a la memoria los pecados que parecen estar ya sepultados hace mucho tiempo.

Con su propio ejemplo nos enseña David a hacerlo así. Avergonzado del horrible crimen que poco antes había cometido con Betsabé, se examina a sí mismo desde el seno materno, y confiesa que ya entonces estaba corrompido e infectado por el mal (Sal. 51:7). Y esto no para disminuir su culpa, como lo hacen muchos que confiesan que son pecadores como todos los demás, y así al abrigo de la humanidad, pretenden escapar sin castigo. De muy distinta manera procede David, quien libremente aumenta su culpa, porque infectado desde su misma niñez, no había dejado de añadir pecados sobre pecados. Y en otro lugar examina también su vida pasada, para lograr de esta manera de Dios el perdón de los pecados que había cometido en su juventud (Sal.25: 7). Realmente, sentiremos que nos hemos despertado del sueño de la hipocresía cuando, gimiendo bajo el peso de nuestros pecados y llorando nuestra miseria, pedimos a Dios que nos los perdone”.

Institución de la religión cristiana III.III.17 y 18 (p. 463-464).

¿Qué Pensar de la Confesión de Pecados y la Unción de Enfermos?

Que la Iglesia católicorromana es fundamentalmente una institución en constante evolución, tanto en creencias como en prácticas, es algo que hoy día difícilmente podrá ponerse en duda. El genio católicorromano consiste, por otra parte, en revestir de catolicidad los cambios que se van acumulando con el tiempo, es decir, presentarlos de manera tal que parezcan haber formado parte, desde siempre, del ser mismo de la Iglesia. Tarea seguramente apasionante, y que ha empleado buena parte de las mentes más brillantes que ha dado el género humano, pero que no resulta siempre fácil y que, en ocasiones, aparece verdaderamente complicada.

Uno de los lugares donde más se pone esto de manifiesto, y precisamente de los que más separa a católicos y protestantes, es, sin lugar a dudas, el de los sacramentos, es decir, las ceremonias instituidas por Cristo como señales y medios de gracia para Su Iglesia. Dejando aparte la disputa acerca de la eficacia de los mismos (la cuestión del ex opere operato), es el número de sacramentos lo que constituye un problema insuperable entre ambas confesiones. Tras 1500 años de Iglesia cristiana, el Concilio de Trento fijó en siete los sacramentos cristianos, definiéndolos además de manera precisa. Con ello, Roma cerró definitivamente la puerta a la Reforma protestante, la cual, ateniéndose al testimonio bíblico, reconocía sólo al Bautismo y Santa Cena como sacramentos instituidos por Jesucristo.

De esta manera, en el siglo XVI Roma y la Reforma se perfilaron, frente a frente, en torno a la cuestión de los sacramentos. Por su parte, Trento consagraba el último desarrollo de la teología escolástica habido durante la Baja Edad Media en torno, precisamente, a esta cuestión de los sacramentos. Seguir leyendo