Etiquetado: Aflicción del creyente

Sermón del Domingo (27-1-2019)

CULTO DE LA MAÑANA

Marcos 1:29-39, “Más sanidades de Jesús en el Día de Reposo”

CULTO DE LA TARDE

Salmo 34, “Dios preserva a su pueblo en la aflicción”

 

 

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Cita Diaria con Calvino (122)

“Cuando nosotros enseñamos que la fe ha de ser cierta y segura, no nos imaginarnos una certidumbre tal que no sea tentada por ninguna duda, ni concebimos una especie de seguridad al abrigo de toda inquietud; antes bien, afirmamos que los fieles han de sostener una ininterrumpida lucha contra la desconfianza que sienten en si mismos. ¡Tan lejos estamos de suponer a su conciencia en una perfecta tranquilidad nunca perturbada por tempestades de ninguna clase! Sin embargo negamos que, de cualquier manera que sean asaltados por la tentación, puedan decaer de aquella confianza que concibieron de la misericordia del Señor,

No hay ejemplo en la Escritura más ilustre y memorable que el de David; especialmente si consideramos todo el curso de su vida; y sin embargo 61 mismo se queja con frecuencia de cuán lejos ha estado de gozar siempre de la paz del espíritu. Bastará citar algunos de sus numerosos testimonios. Cuando reprocha a su alma el exceso de turbación que sentía, ¿qué otra cosa hace sino enojarse con su propia incredulidad? “¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mi? Espera en Dios” (Sal. 42:4-5). Realmente aquel espanto fue una evidente señal de desconfianza, como si hubiera pensado que Dios Le desamparaba. En otro lugar se lee una confesión más clara: “Decía yo en mi premura; Cortado (arrojado) soy de delante de tus ojos” (Sal. 31:22). Y en otro lugar disputa consigo mismo con tal angustia y perplejidad, que llega incluso a referirse a la naturaleza de Dios; “¿Ha olvidado Dios el tener misericordia? ¿Ha encerrado con ira sus piedades?” (Sal. 77:9). Y más duro aún es lo que sigue: “Yo dije: lo que me hace sufrir es que la diestra del Altísimo no es la misma”. Porque, como desesperado, se condena a si mismo a muerte. Y no solamente admite que se ve acosado de dudas, sino incluso, como si ya hubiera sido vencido en la batalla, pierde toda esperanza, y da como razón que Dios le ha desamparado y ha cambiado para ruina suya la mano con que antes solía librarlo. Por ello no sin causa exhorta a su alma a que vuelva a su reposo (Sal. 116:7), pues se vela arrojado de un lado para otro en medio de las tempestuosas olas de las tentaciones […]

Para resistir a tales golpes, la fe se arma con la Palabra de Dios. Cuando le acomete la tentación de que Dios es su enemigo puesto que la aflige, ella se defiende pensando que Dios, incluso al afligirla, es misericordioso, porque el castigo proviene del amor, no de ira. Cuando se siente atacada por el pensamiento de que Dios es justo juez que castiga la maldad, se defiende oponiendo a modo de escudo, que la misericordia está preparada para perdonar todos los pecados, siempre que el pecador se acoja a la clemencia del Señor.

De esta manera el alma fiel, por mucho que se vea afligida y atormentada, al fin supera todas las dificultades, y no consiente en manera alguna que le sea quitada la confianza que tiene puesta en la misericordia de Dios. Al contrario, todas las dudas que la afligen y atormentan se convierten en una mayor garantía de esta confianza”.

Institución de la religión cristiana III.II.17 y 21 (p. 422 y 425).