El Bautismo en el Catecismo Mayor de Westminster

P. 165. ¿Qué es el Bautismo?

R. El Bautismo es un sacramento del Nuevo Pacto, en el cual Cristo ha ordenado que el lavamiento con agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,[1] sea un signo y un sello de unión con él,[2] de remisión de pecado por su sangre[3] y de regeneración por su Espíritu;[4] de adopción,[5] de resurrección a la vida eterna;[6] y por el mismo sacramento los que se bautizan son admitidos solemnemente en la Iglesia visible[7] y entran en un compromiso abierto y profesado de ser total y solamente del Señor.[8]

[1] Mateo 28:19; [2] Gálatas 3:27; [3] Marcos 1:4; Apocalipsis 1:5; [4] Tito 3:5; Efesios 5:26; [5] Gálatas 3:26, 27; [6] 1 Corintios 15:29; Romanos 6:5; [7] 1 Corintios 12:13 [8] Romanos 6:4.

P. 166. ¿A quiénes debe administrarse el Bautismo?

R. El Bautismo no debe administrarse a ninguno de los que están fuera de la Iglesia visible y por lo tanto son extraños al pacto de la promesa si no es hasta que profesen su fe en Cristo y obediencia a él ;[1] pero los niños que descienden de padres, ya sea ambos o sólo uno de ellos, que han profesado su fe en Cristo y obediencia a él, por esta consideración están dentro del pacto, y deben ser bautizados.[2]

[1] Hechos 8:36, 37; Hechos 2:38; [2] Génesis 17:7, 9, 14; Gálatas 3:9, 14; Colosenses 2:11, 12; Hechos 2:38, 39; Romanos 4:11, 12; 1 Corintios 7:14; Mateo 28:19; Lucas 18:15, 16; Romanos 11:16.

P. 167. ¿Cómo nuestro Bautismo ha de ser empleado por nosotros?

R. El indispensable pero muchas veces descuidado deber de aprovechamos de nuestro bautismo, ha de ser cumplido por nosotros durante toda nuestra vida, especialmente en el tiempo de la tentación, y cuando estamos presentes en la administración de él a otros;[1] por una consideración seria y llena de gratitud por su naturaleza y de los fines para el cual Cristo lo instituyó, los privilegios y beneficios conferidos y sellados por medio de él, y del voto solemne que hicimos; [2] por ser humildes por nuestras debilidades pecaminosas, de quedarnos faltos, y andar en contra, de la gracia del bautismo y de nuestras promesas;[3] por el crecimiento en la seguridad del perdón del pecado, y de todas las otras bendiciones selladas en nosotros por este sacramento;[4] por derivar fuerza de la muerte y resurrección de Cristo, en quien somos bautizados, por la mortificación de la carne y avivamiento de la gracia;[5] y por los esfuerzos en vivir por la fe,[6] para tener nuestra manera de vivir en santidad y justicia.[7] como aquellos que han entregado su nombre a Cristo;[8] y para andar en amor fraternal, como siendo bautizados por el mismo Espíritu en un cuerpo.[9]

[1] Colosense 2:11, 12; Romanos 6:4, 6, 11; [2] Romanos 6:3-5; [3] 1 Corintios 1:11-13; Romanos 6:2, 3; [4] Romanos 4:11, 12; 1 Pedro 3:21; [5] Romanos 6:3-5; [6] Gálatas 3:26, 27; [7] Romanos 6:22; [8] Hechos 2:38; [9] 1 Corintios 12:13, 25-27.

Los Sacramentos en el Catecismo Mayor de Westminster

P. 161. ¿Cómo vienen a ser los sacramentos medios eficaces de salvación?

R. Los sacramentos vienen a ser medios eficaces de salvación, no por algún poder que haya en ellos ni por virtud alguna derivada de la piedad o intención de aquel que los administra, sino solamente por la operación del Espíritu Santo y las bendiciones de Cristo que los instituyó.[1]

[1] 1 Pedro 3:21; Hechos 8:13, 23; 1 Corintios 3:6, 7; 1 Corintios 12:13.

P. 162. ¿Qué es un sacramento?

R. Un sacramento es una santa ordenanza instituida por Cristo en su Iglesia,[1] para significar, sellar y mostrar[2] a aquellos que están dentro del pacto de gracia,[3] los beneficios de su mediación;[4] para fortalecer y acrecentar la fe y otras gracias;[5] para obligarlos a la obediencia;[6] para testificar y mantener el amor y comunión del uno con el otro;[7] y distinguirlos de los que están fuera.

[1] Génesis 17:7, 10; Éxodo 12; Mateo 28:19; Mateo 26:26-28; [2] Romanos 4:11; 1 Corintios 11:24, 25; [3] Romanos 15:8; Éxodo 12:48; [4] Hechos 2:38; 1 Corintios 10:16; [5] Romanos 4:11; Gálatas 3:27; [6] Romanos 6:3, 4; 1 Corintios 10:21; [7] Efesios 4:2-5; 1 Corintios 12:13; [8] Efesios 2:11, 12; Génesis 34:14.

P. 163. ¿Cuáles son las partes de un sacramento?

R. Las partes de un sacramento son dos: una es el signo externo y sensible usado conforme al mismo mandato de Cristo; la otra es, la gracia interna y espiritual significada por aquella.[1]

[1] Mateo 3:11; 1 Pedro 3:21; Romanos 2:28, 29.

P. 164. ¿Cuántos sacramentos instituyó Cristo en su Iglesia bajo el nuevo Testamento?

R. Bajo el Nuevo Testamento Cristo instituyó en su Iglesia solamente dos sacramentos, el Bautismo y la Cena del Señor.[1]

[1] Mateo 28:19; 1 Corintios 11:20, 23; Mateo 26:26-28.

La eficacia de los sacramentos (por Thomas Boston)

¿En qué radica la eficacia de los sacramentos, o cuándo se puede decir que los sacramentos son medios eficaces de salvación?

La eficacia de un medio es llegar al fin para el que ha sido designado. Si no lo alcanza, es ineficaz. La eficacia de una reprensión reside en la reforma de la otra parte, y la de la comida en la nutrición del cuerpo. Ahora bien, como el fin de los sacramentos es representar, sellar y aplicar a Cristo y sus beneficios al alma, la eficacia de los sacramentos radica en que alcanzan estos fines; y luego son eficaces, cuando no sólo representan, sino que sellan y aplican a Cristo y sus beneficios al receptor. “Y recibió la señal de la circuncisión, el sello de la justicia de la fe que tuvo [estando] en la incircuncisión, para que fuera padre de todos los creyentes no circuncidados, para que también a ellos les sea atribuida justicia” (Rom. 4:11 RV-SBT). “Porque por un solo Espíritu somos todos bautizados en un solo cuerpo, sean judíos o griegos, sean siervos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Cor. 12:13 RV-SBT). “[Semejante] a ella, también la figura que se corresponde, el bautismo, ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino [como] demanda de una buena conciencia delante de Dios) por la resurrección de Jesucristo” (1 Ped. 3, 21). En una palabra, reside en la efectiva confirmación y aplicación de Cristo y sus beneficios. Y cuando no alcanzan estos fines, no son eficaces.

Ahora bien, a veces estos efectos de los sacramentos son tan vivos y evidentes, que el alma los percibe, como lo hizo el eunuco cuando siguió su camino con regocijo (Hechos 8:39). A veces no son discernidos por el creyente, aunque en realidad son obrados en él, como fue con los dos discípulos que iban a Emaús, en otro caso, Lucas 24.

Thomas Boston, The Whole Works of the late Reverend Thomas Boston of Ettrick, vol. 2 (Aberdeen: 1848), p. 462.

Dios, el Autor del Bautismo (por W. á Brakel)

El Autor del santo Bautismo es Dios, esto es, Cristo, el Novio de Su iglesia. Esto es evidente en los siguientes pasajes: “…mas el que me envió a bautizar con agua” (Juan 1:33); “El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?” (Mateo 21:25). El Señor Jesús concluye de esto, y los convence con lo que ellos mismos creían, que el bautismo de Juan era de Dios. Cristo dio el siguiente mandamiento a Sus discípulos cuando iba a ascender al Cielo: “Por tanto, id y enseñad a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19).

Las causas instrumentales, los administradores del Bautismo, son los hombres comisionados por Dios para bautizar. El primero de esto fue Juan; él, por tanto, fue llamado el bautista, y su bautismo, el bautismo de Juan (cf. Mateo 3:1; Mateo 21:25). Posteriormente, los discípulos de Cristo bautizaron bajo Su mandamiento. “…que Jesús hacía y bautizaba más discípulos que Juan (aunque Jesús mismo no bautizaba, sino sus discípulos)” (Juan 4:1-2). Después de Su resurrección, Él mandó a Sus discípulos (y por tanto a todos los ministros) a bautizar, dándoles la promesa de que estaría con ellos hasta el fin del mundo (Mateo 28:19-20).

Wilhelmus à Brakel, The Christian’s Reasonable Service, vol. 2 (Grand Rapids: Reformation Heritage Books, 1993), p. 488

Oración con ocasión del bautismo de un niño, por Matthew Henry

A Ti, oh Dios, de quién son todas las almas, las almas de los padres y las almas de los hijos, [1] presentamos este niño como sacrificio vivo, que deseamos que sea santo, y aceptable,[2] y que pueda ser rendido y dedicado al Padre, Hijo y Espíritu Santo.[3]

Es concebido en pecado,[4] pero hay una fuente abierta;[5] oh, lava el alma de este niño en esa fuente, ahora que por tu designación es lavado con agua pura.[6]

Es uno de los hijos del pacto,[7] uno de los hijos que te han nacido,[8] es tu siervo, nacido en tu casa;[9] oh, haz valer tu antiguo pacto, que tú serías el Dios a los creyentes y sus hijos;[10] pues esta bendición de Abraham llega sobre los gentiles,[11] y la promesa todavía es para nosotros y nuestros hijos.[12]

Tú nos has animado a traer los niños pequeños a Ti, pues has dicho, que de los tales es el reino de Dios. Bendito Jesús, toma a este niño en los brazos de Tu poder y gracia, pon Tus manos sobre él y bendícelo;[13] que sea un vaso de honra santificado y útil para el uso del señor,[14] y reconocido como uno de los tuyos en aquel día cuando tú pongas juntas todas tus joyas.[15]

Oh, derrama Tu Espíritu sobre nuestra simiente, Tu bendición sobre nuestra descendencia, para que puedan brotar como sauces junto a corrientes de aguas, y puedan llegar a escribir con sus manos: Para Jehová, y apellidarse con el nombre de Israel.[16]

Mathew Henry, Method of Prayer (Glasgow: Christian Heritage, 2017, orig. 1994), p. 128


[1] Ezequiel 18:4

[2] Romanos 12:1

[3] Mateo 28:19

[4] Salmo 51:5

[5] Zacarías 13:1

[6] Hebreos 10:22

[7] Hechos 3:25

[8] Ezequiel 16:20

[9] Salmo 116:16

[10] Génesis 17:7

[11] Gálatas 3:14

[12] Hechos 2:39

[13] Marcos 10:14, 16

[14] 2 Timoteo 2:21

[15] Malaquías 3:17

[16] Isaías 44:4-5

La Reforma mantuvo con el bautismo de infantes lo que estuvo en la Iglesia desde siempre (por Felipe Melanchthon)

Que el Bautismo de infantes no es una costumbre nueva, sino aprobada por el testimonio de la primera y la más pura Iglesia, será declarado por las siguientes opiniones, que yo citaré, pues no dudo que los fieles sean fortalecidos por el ejemplo de la Iglesia mejor purgada.

Orígenes, sobre el cap. 6 de Romanos, dice así: Por eso la Iglesia ha recibido la ordenanza de los Apóstoles de dar el Bautismo aun a los pequeños infantes. Porque aquellos que habían recibido el cargo de los secretos celestes, sabían que cada uno tenía poluciones naturales, que debían ser abolidas por el agua y el Espíritu Santo. Estas palabras de Orígenes contienen un testimonio evidente de los dos artículos, a saber, del pecado original y del Bautismo de infantes.

Cipriano escribe la opinión de uno que estaba presente en el concilio, quien decía que los infantes no debían ser bautizados antes del octavo día, fue condenado en plena asamblea. Porque por el concilio fue decidido que los infantes debían ser bautizados y que no se tenía que observar los tiempos del día octavo.

San Agustín, en el libro cuarto del libro de título: Del Bautismo contra los donatistas, dice: En cuanto al Bautismo de los pequeños infantes , el cual es recibido universalmente por toda la Iglesia, no es una ordenanza de los concilios, sino que siempre ha sido observado, y con razón creemos que no ha sido instituido por otra autoridad sino por los Apóstoles.

La somme de theologie ou lieux communs, reveuz et augmentez pour la derniere foys (Ginebra, 1546), pp. 47-48

Traducción al francés y prefacio por el Reformador de Ginebra, Juan Calvino

Consecuencias imprevistas de rechazar el bautismo de infantes

Que, desde este punto de vista, hay lógica en todo esto, no se puede negar; pero esta lógica tampoco llega muy lejos. El rechazar el bautismo de infantes tampoco aprovecha mucho al bautista. Él piensa que la gracia salvífica debe necesariamente preceder al Bautismo. Si esto es así, entonces debe haber certeza acerca de que una persona tuvo esa gracia antes de poder ser bautizada. Pero ¿tiene el bautista esta certeza acerca de un adulto que hace confesión de fe? La Iglesia Bautista posiblemente no puede bautizar a una persona sobre la base de que ella conoce que esa persona está en posesión real de la gracia salvífica, sino sólo sobre la base de su confesión, sobre la base de lo que él mismo dice, que puede ser verdad o no serlo. El bautista sólo puede suponer que es verdad, puesto que no puede juzgar el corazón. Su bautismo, por tanto, equivale a un bautismo sobre la base de una supuesta regeneración; su lógica llega hasta ahí. Para ser verdaderamente lógico, el bautista debería no sólo rechazar el bautismo de infantes, sino seguir a los cuáqueros y dejar de considerar completamente el Bautismo como sacramento, pues la conclusión lógica de su punto de vista en este punto es que el Bautismo es vano o peor que esto.

Es vano porque tal Bautismo, que se administra a una persona sobre la base de su confesión como evidencia de que posee gracia salvífica y es uno de los elegidos, no puede tener el menor significado práctico para él. Él puede considerar su Bautismo como un verdadero Bautismo, un verdadero sello de su elección y conversión genuina, mientras esté convencido de que su confesión fue genuina. Pero en el momento en que comience a dudar de esto, pierde el testimonio del Bautismo acerca de su elección y verdadera conversión, y lo pierde enteramente, pues en ese mismo momento debe comenzar a dudar también de que su Bautismo fue genuino. Este es siempre el resultado cuando la objetividad está remplazada por la subjetividad.

Es peor que vano, porque tal Bautismo puede ser engañoso. Ningún bautista puede negar que su Bautismo en miles de casos ha sido administrado a personas que no eran ramas fructíferas de la Vid Verdadera, y de esa manera les selló, conforme a su manera de ver, lo que no era cierto. Un tal sello, que no puede ser confiado, expone al peligro de ser engañado por él, de ser engañado por él para la eternidad.

Nosotros también requerimos, conforme a la ordenanza de Cristo, una confesión de fe antes de la administración del Bautismo a convertidos de fuera de la Iglesia. Pero no como evidencia de su elección o verdadera conversión, sino como evidencia de que pertenecen a aquellos a quienes el Señor recibirá en Su Pacto de Gracia, y a quiénes Él quiere sellar con el sello de este Pacto, sea su confesión verdadera o falsa, pues el Señor ha ordenado bautizarlos, sin haber cualificado a la Iglesia para que juzgue el corazón.  

W. Heyns, Manual of Reformed Doctrine (Grand Rapids: Eerdmans, 1929), pp. 214-215