Categoría: Teología

La Fórmula de Consenso Helvética (1675): Preservación de las Escrituras y Crítica Textual del Antiguo Testamento

CANON 1.
Dios, cuya bondad y grandeza son infinitas, no sólo ha puesto por escrito por medio de Moisés, los profetas y los apóstoles la Palabra que es el poder para todo creyente, sino que, todavía hasta ahora, continuamente ha cuidado con afecto paternal este libro para evitar que fuese corrompido por las artimañas de Satanás o por cualquier artificio de los hombres. Por tanto, la Iglesia reconoce con mucha razón que, por una gracia y un favor particular de Dios, ella es responsable por lo que tiene y lo que tendrá hasta el fin del mundo. La palabra de los profetas contiene los escritos sagrados, de los que ni un solo punto ni una tilde pasarán, ni siquiera cuando pasen los cielos y la tierra.

CANON 2.
En particular, los libros del Antiguo Testamento hebreo, que hemos recibido de la Iglesia judía, a quien se le confió con anterioridad las palabras de Dios; estos libros que conservamos todavía hoy son auténticos, tanto en lo que se refiere a sus consonantes como en lo que se refiere a sus vocales. Por estas vocales hay que entender los puntos mismos, o al menos, su valor; ellos también son de inspiración divina, tanto en cuanto a las cosas mismas como a sus expresiones, de manera que deben ser junto con los escritos del Nuevo Testamento la única regla invariable de nuestra fe y nuestra conducta. Es con esta regla que debe examinarse, como con una piedra de toque, todas las versiones, orientales u occidentales, y si estas difieren en algo, se han de conformar con ella.

CANON 3.
No podemos, pues, aprobar el sentimiento de aquellos que pretenden que la manera como se lee el texto hebreo ha sido establecida por la voluntad de los hombres. En los lugares donde no les agrada esta manera de leer, no tienen ningún problema de rechazarla y corregirla por las versiones griegas de la LXX y de otros intérpretes, por el texto samaritano, las paráfrasis caldeas u todavía por otras versiones. Incluso a veces llegan a seguir las correcciones que únicamente su razón les dicta. De esta manera, no reconocen como auténtica ninguna otra lección que aquella que se pueda determinar al comparar entre sí las diferentes ediciones, sin exceptuar incluso la del texto hebreo, que ellos pretenden que ha sido alterado de muchas maneras. Ellos quieren que cada uno se sirva según su propio discernimiento en el examen de las diversas lecciones. En definitiva, sostienen que los ejemplares hebreos que tenemos ahora no son los únicos que ha habido siempre, puesto que las versiones de los intérpretes antiguos difieren de nuestro texto hebreo, lo cual sería, todavía hoy, una prueba de que los libros hebreos no eran completamente uniformes. De esta manera, ellos socavan el fundamento de nuestra fe y vulneran su autoridad, la cual es absolutamente digna de nuestro respeto más profundo.

Jean Gabarel, Histoire de l’Eglise de Genève depuis le commencement de la Reformation jusqu’à nos jours (Ginebra : 1862), vol. 3, p. 496.

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Agustín: La Meditación de la Palabra en el Siervo de Dios

S. Agustín en su estudio (Carpaccio 1502)

¿Con qué lengua, o con qué estilo podría yo explicar, bien mío, todas las exhortaciones que me habéis hecho, los temores con que me habéis espantado, las consolaciones con que me habéis regalado, el gobierno suave de vuestra providencia con que me habéis traído a este estado y héchome predicador de vuestra palabra y dispensador de vuestros sacramentos? y, aunque yo pudiese contar todas estas cosas por su orden, el tiempo me es muy caro y muy precioso; y ha mucho que yo deseo meditar en vuestra ley, y en ella confesaros mi ciencia y mi ignorancia y los principios de mi conversión, cuando vos con vuestra luz me alumbrastes, y llorar lo que de mis tinieblas aún resta en mí, hasta que mi flaqueza sea consumida de vuestra fortaleza. Y no querría gastar sino en esto las horas que me quedan libres de la necesidad de reparar el cuerpo y de la atención del alma y de la servidumbre que debemos a los hombres y de la que les pagamos sin debérsela.

Agustín, Confesiones, Libro XI, 2, (Planeta: Barcelona, 1993), p. 282, itálicas añadidas.