Para que el Nombre del Señor Sea Santificado en Nuestra España

  “Abrid, pues, los ojos, oh españoles, y dejando a los que os engañan, obedeced a Cristo y a su Palabra, la cual sola es firma e inmutable para siempre. Estribad y fundad vuestra fe sobre el verdadero fundamento de los Profetas y Apóstoles, y la sola Cabeza de su Iglesia. ¿Por qué tenéis en poco al Señor y a sus mandamientos, y os sujetáis a el hombre de pecado, que os aparta de Cristo y de vuestra salvación? ¿Por qué preciáis tanto su dañosa doctrina con la cual él enreda las conciencias, y apacienta las almas con viento de vanidad? Si queréis muy claramente ver y entender esto, escudriñad solamente y considerad con atención la doctrina de Cristo y los Hechos de los Apóstoles, cojetándolos con los actos e historias de los Papas de roma, y hallaréis manifiestamente que hay tanta diferencia entre ellos, cuanta hay entre la luz y las tinieblas, y entre la apariencia, o sombra, y el cuerpo.

Por tanto, hermanos míos muy amados en Cristo, mirad por vosotros, tened cuenta con vuestra salvación, pensad de veras cuál sea vuestro deber. No recibáis en vano la gracia de Dios, que se os ofrece por la predicación del Evangelio, por el cual el piadoso Dios extiende las manos de su misericordia para sacar a los ignorantes del hoyo y lodo de la ignorancia, a su conocimiento y comunión. Por lo cual, si oyereis hoy su voz (como dice el Profeta) no endurezcáis vuestro corazón; antes desechando las doctrinas y tradiciones de los hombres mentirosos y engañadores, oid a aquel que no puede mentir, seguid a aquel que no puede errar; para que el nombre del Señor sea santificado en nuestra España, y que muchos, siendo instruidos por la Palabra de Dios, se conviertan de las tinieblas a la luz para que reciban por la fe en Jesu Cristo remisión de pecados, y la vida y bienaventuranza eterna. Amén”.

Cipriano de Valera, “A todos los fieles de la nación española”,

en Juan Calvino, La institución de la religión cristiana (Rijswijk: FELIRE, 1994), vol. 1, p. xxii.

 

La Masacre de Vassy (1 de marzo, 1562)

La masacre de Vassy, que precipitó la primera Guerra de Religión en Francia (1562-1563) es uno de los acontecimientos que han marcado la Historia de nuestro vecino país y, en cierto sentido, también la europea. No es de extrañar, pues, que esté siendo continuamente revisado por parte de los historiadores.

De entrada, hay que constatar un problema no pequeño: las fuentes primarias sobre las cuales se reconstruye el relato de la masacre son, o bien católicas, o bien protestantes. Es decir, no hay fuentes primarias, digamos, neutrales, sobre las cuales basarse. Los historiadores deben, pues, escoger entre ellas lo que le parecen los datos más contrastados o verosímiles. Pero también hay que ser conscientes que ante este hecho, sobretodo en la interpretación del mismo, tenderán siempre a buscar una cierta equidistancia entre los actores católicos y protestantes, para no dar la impresión de que se está abrazando unilateralmente un bando. Las Guerras de Religión son uno de los acontecimientos más traumáticos (por no decir, el más traumático) de toda la Historia de Francia. Además, hay que tener presente que el mundo académico no es exento a la exigencia de laicidad imperante en Francia.

Para los que lean francés pude ser interesante la lectura de este artículo de la Sociedad de la Historia de Francia.[1] Es algo antiguo (de 1913) pero da una buena reconstrucción del suceso, sobretodo, un análisis bastante detallado, algo muy importante, de sus fuentes primarias.

En la presentación e interpretación de la masacre de Vassy, no faltan a veces voces que censuran a los protestantes el hecho de reunirse en tierras del Duque de Guisa, o que incluso acusan a los reformados de contravenir “acuerdos previos”. Esto equivale a achacar la masacre como si fuera debida a una provocación previa de los reformados, explicación ya dada en su día por Guisa mismo y por sus defensores católicos.[2]

Hay que decir que, en diciembre 1561, los reformados de Vassy obtuvieron autorización del conde d’Eu, François II de Clèves, gobernador de Champagne. En cuanto a los “acuerdos previos” contravenidos, en realidad no son tales, sino el Edicto real de Enero 1562, que concedía tolerancia al ejercicio público de la religión fuera de las ciudades (para el texto íntegro, en francés antiguo, pulsen aquí).

Sin embargo, debido a la resistencia ofrecida por el Parlamento de París, el edicto no entró en vigor hasta después de la masacre de Vassy. La reunión de los reformados en Vassy estaba, por tanto, dentro de la legalidad.

En cuanto al número de víctimas, los que hoy día la cifran alrededor de 23 no hacen más que retomar la cifra que personalmente dio en su día el duque mismo de Guisa, en una carta de clara naturaleza apologética de su acción.[3] En su obra de 1961, Émile G. Léonard lo cifra en 74,[4] cifra que es la historiofrafía universitaria más reciente mantiene (Delumeu, 73 muertos)..[5]

Les dejo, pues, con la traducción del párrafo dado por Thomas Lindsay, en el que describe el relato de la matanza:
“El duque de Guisa, cuando viajaba de Joinville a París, acompañado por su hermano, el cardenal de Guisa, sus hijos y su esposa, y escoltado por un gran séquito armado, se detuvo en Vassy (1 de marzo de 1562). Era domingo, y el duque deseaba oír misa. Apenas a un disparo de distancia de la iglesia había un granero, donde los protestantes (desafiando el edicto, puesto que Vassy era una ciudad amurallada) estaban celebrando  un culto. La congregación, de apenas un año de edad, era numerosa y con gran celo. Era una monstruosidad para Antonieta de Borbón, la madre de los Guisa, que vivía en el vecino castillo de Joinville, ver a sus subordinados atraídos por la predicación de Vassy. El duque se exasperó al ver que los hombres a los que consideraba sus súbditos lo desafiaban en su presencia. Él envió a algunos de sus criados para pedir la a los fieles que abandonaran el lugar. Fueron recibidos por el gritos de “¡Papistas! ¡Idólatras!” “Cuando se trató de forzar la entrada, las piedras comenzaron a volar, y el Duque recibió una pedrada. 

El granero fue atacado, los adoradores fusilados, y antes que el Duque diera la orden de cesar el fuego, sesenta y tres de los seis o 700 protestantes fueron asesinados, y más de un centenar de heridos. La noticia de la masacre se extendió rápidamente, y al mismo tiempo que exasperó a los hugonotes, los Romanistas la aclamaron como una victoria. El condestable de Montmorency y el mariscal de San André salieron al encuentro del duque, y los Guisa entraron en París triunfalmente, escoltado por más de tres mil hombres armados. Los protestantes comenzaron a armarse, y se reunieron para ir a París para ponerse bajo las órdenes del príncipe de Condé. Se temía que los dos bandos lucharan en las calles.

 La regente se retiró con el rey a Fontainebleau. Tenía miedo del Triunvirato (Montmorency, el duque de Guisa, y el mariscal Saint-André) y pidió al Príncipe de Condé que la protegiera a ella y a sus hijos. Condé perdió la oportunidad de colocarse a sí mismo y a sus correligionarios en la posición de dar apoyo al trono. El Triunvirato, con Antonio de Borbón, que ahora parecía  ser el siervo obediente del ellos, marchó sobre Fontamebleau, y obligó al rey y la reina madre a volver a París. Catalina creyó que los protestantes la habían abandonado, y se volvió hacia los romanistas.


El ejemplo de la masacre perpretada en Vassy fue seguido en muchos lugares donde la romanistas eran mayoría. En París, Sens, Rouen, y en otros lugares, los lugares protestantes de adoración fueron atacados, y muchos de los fieles asesinados. En Toulouse, los protestantes se encerraron en el capitolio, y fueron sitiados por los romanistas.  Al final se rindieron, confiando en la promesa de que se les permitiría salir de la ciudad con seguridad. La promesa no fue mantenida, y tres mil hombres, mujeres y niños fueron asesinados a sangre fría. Esta masacre, en violación del juramento, fue celebrada por los católicos romanos de Toulouse en las fiestas del centenario, que se celebraron en 1662, en 1762, y que se habrían celebrado en 1862 si el gobierno de Napoleón III no lo hubiera prohibido”.[6]


[1] Annuaire-bulletin de l’Histoire de France, année 1913 (París: Librairie Renouard), pp. 188-235.

[2] Cf. Mémoires de Claude Haton, contenant le récit des événements accomplis de 1553 à 1582, principalement dans la Champagne et la Brie, 2 vol. (París: éd. Félix Bourquelot, 1857).

[3] Ibid., p. 216.

[4] Émile G. Léonard, Histoire générale du protestantisme, 3 vols. (París: Quadrige – PUF, 1961, reed. 1981), vol. 2, p. 113.

[5] Jean Delumeau, Renaissance et discordes religieuses in L’histoire de France, sous la direction de Georges Duby, Larousse, 2007, p.  474.

[6] Thomas M. Lindsay, A History of the Reformation, 2 vols. (Nueva York: Scribner. 1907), pp. 189-191.

Pío Moa o la Falsificación Torticera de la Historia de los Hugonotes

En su columna de ayer en Libertad Digital (LD), el pseudo-historiador neo-franquista Pío Moa hizo todo un alarde de lo que es la falsificar la Historia al escribir un artículo sobre los hugonotes franceses.

Para poner en antecedentes a nuestros lectores de América que tal vez no conozcan al personaje, es necesario decir que Pío Moa perteneció al grupo marxista de los GRAPO, llegó a participar incluso en un asesinato en 1975, y posteriormente se acogió en 1983 a las medidas de reinserción de terroristas. En los últimos años ha ganado cierta noteriedad en España por haber publicado toda una retahíla de libros y artículos, en los que justifica el alzamiento militar que dio inicio a la Guerra Civil en España (1936-39), el régimen dictatorial de 40 años de Franco en contra de los demás países democráticos occidentales y llega incluso a deslegitimar a los actuales políticos democráticos.

Debido a su encarnizada justificación del franquismo, Moa se ha enzarzado en los últimos meses en vivas polémicas con otros articulistas del mismo medio en el que él escribe, tales como los historiadores Jorge Vilches o César Vidal (evangélico). Estos han recriminado a Moa su escaso rigor como historiador a la hora de sustentar sus tesis justificadoras del régimen de Franco. Moa, lejos de amilanarse, ha continuado sus diatribas en solitario, cuando sus oponentes han desistido de intentar seguir razonando con él.

En las últimas semanas, César Vidal ha comenzado en LD una serie de artículos en los que muestra que la decandencia en la época moderna de España proviene de su rechazo a la Reforma protestante y, consiguientemente, a todos los cambios históricos que ella introdujo en los países donde sí triunfó. Este hecho bien puede ser la causa de la serie de artículos que, desde su columna diaria, Moa ha escrito contra los actores mismos de la Reforma protestante, en los que recurre a los clichés más trillados de la historiografía tradicional papista en España.

Tras estos necesarios precedentes, podemos entrar a presentar el artículo de ayer. Este comienza con el siguiente párrafo introductorio:

“Durante la década de los sesenta la expansión protestante se hizo más agresiva a través del calvinismo, que se convirtió en una potencia dentro de Francia, Escocia y Flandes. Se trataba de un movimiento internacional muy eficiente, con miles de personas fanatizadas entregadas al proselitismo y una destreza agitativa extraordinaria (se lo compararía en el siglo XX con la Internacional Comunista o Comintern)”. 

La tendenciosa manera de presentar la Reforma simplemente como “calvinismo” es tradicional en la historiografía de orientación papista. Pero es bien novedoso el recurso de Moa, al calificarla como  “movimiento internacional”, “miles de personas fanatizadas”, “destreza agitativa” para, finalmente, compararla a la “Internacional Comunista o Comintern”. Añade la coletilla que “se lo compararía en el siglo XX”, pero no cita quienes lo han hecho. Evidentemente, la analogía en la pluma de Moa está lejos de ser inocente, pues si él justifica la Guerra Civil española como la reacción necesaria para evitar que España quedara bajo el dominio del comunismo internacional, de igual manera justifica el rechazo español a la Reforma, y las actividades de la Inquisición para extirparla de nuestro país.

Sin embargo, las tergiversaciones graves del artículo de Moa se encuentran ya en el siguiente párrafo:

 En 1560 urdieron el secuestro del joven rey Francisco II,  para apartarlo de la influencia de la casa de Guisa y aniquilar a los consejeros católicos. El complot, auspiciado por Luis Condé, de la casa de Borbón, pro calvinista, fracasó, pero los hugonotes lanzaron en más de veinte ciudades una oleada de destrucción de estatuas, reliquias, custodias y obras de arte sagradas para los católicos, provocando represalias de estos. En 1562, unas prédicas protestantes en tierras del católico Duque de Guisa, en contravención de acuerdos previos, derivaron en un choque con muerte de 23 hugonotes (Masacre de Vassy). El mismo año los calvinistas asesinaron a más de 600 católicos en Montbrison, mientras pedían soldados y dinero a Inglaterra, ofreciendo a cambio la entrega de Calais y Le Havre. Comenzaron así las  guerras religiosas francesas, plagadas de matanzas mutuas y nacidas del intento calvinista de ganar el poder para imponer desde él su religión, según el modelo de Ginebra”.

1) Moa se está refiriendo en un principio a la llamada Conjura de Amboise. Es interesante notar que ninguna mención hace Moa de lo que representó el Duque de Guisa en aquellos años en Francia. Él se oponía ferozmente a la política de tolerancia hacia los reformados y, de hecho, las guerras de religión se le tienen que imputar, en buena medida, a él. En cuanto a la conjura, esta fue desaprobada por los reformadores en Suiza. Pero Moa comete aquí dos falacias. Una por activa: atribuyendo gratuitamente que el objeto de la Conjura era “aniquilar a los consejeros católicos” (¿cómo lo sabe él? ¿en qué documentos de la época se basa?). Otra por pasiva: pasando directamente de la Conjura a la “oleada de destrucción” iconoclasta de los reformados en distintas ciudades, sin mencionar que la represión de esta Conjura causó de 1200 a 1500 muertes entre los reformados.

2) En segundo lugar, Moa habla de la conocida “Masacre de Vassy”. La manera de presentarla habla por sí sola: “En 1562, unas prédicas protestantes en tierras del católico Duque de Guisa, en contravención de acuerdos previos, derivaron en un choque con muerte de 23 hugonotes (Masacre de Vassy)”. Otra vez Moa saca a relucir su lenguaje tendencioso al hablar de “prédicas protestantes en tierras del católico Duque de Guisa”. Se imagina uno feroces predicadores al aire libre, perturbando la paz católica de aquellas tierras. La realidad es que en Vassy se reunían un grupo de creyentes en un establo. Y otra vez Moa hace recaer la responsabilidad de esta masacre del lado reformado, con esta coletilla de que prédicas se hacían “en contravención de acuerdos previos”. 

Moa dice aquí una gran falacia: presenta a los creyentes reformados de aquellas tierras, gente simple del pueblo, como si fueran los actores políticos que contravienen acuerdos. En realidad, con estas  palabras Moa no hace sino hacer de portavoz de la misma justificación que dio el Duque de Guisa en su día.

Moa hace aquí también una gran falta de método: cifra en 23 las personas muertas, cuando las obras historiográficas serias recientes hablan de 74 muertos.(1) Hubiera sido de ayuda saber en qué obras se apoya Moa para ofrecer estas cifras.

3) Moa manipula también la Historia al pasar directamente de la Masacre de Vassy (de la que responsabiliza a los reformados), a la toma de Montbrisson que causó 600 muertos, sin mencionar antes que esto se produjo en el contexto de la primera Guerra de Religión en Francia (la cita, sí, pero al final del párrafo, con lo que su relato es desconexo y lo único que hace es contraponer una la Masacre de Vassy, 23 muertos según él, por la de Montbrisson, 600 muertos; saquen conclusiones de qué lado pende Moa). A su regreso a París tras la masacre de Vassy, el Duque de Guisa es aclamado y reclama una cruzada contra los reformados. Se desencadena una serie de matanzas contra los reformados en ciudades como Sens, Tours, Toulouse, Maine o Anjou, sentando el precedente de lo que en el año 1572 sería la gran matanza de “Saint Barthélemy”. Estos fueron  los acontecimientos que desencadenaron la primera Guerra de Religión en Francia, al tomar la nobleza protestante la defensa del pueblo reformado.

En cuanto a la toma de Montbrisson, ella fue perpretada por François de Beaumont, baron de Adrets, y fue rechazada por Calvino en Ginebra. A los pocos días, Beaumont sería reemplazado al frente de las tropas protestantes. En 1563, él sería arrestado en la ciudad protestante de Nîmes y, finalmente, ¡se pasaría en 1567 a las filas católicas para combatir a los reformados con igual furor que antes hiciera a los papistas! Todas estas precisiones bien merecerían ser citadas por Moa; ellas no justifican lo que ocurrió en Montbrisson, pero por lo menos lo pone en su contexto, cosa que Moa desconoce por completo.

4) Pero Moa manipula groseramente la Historia cuando dice más adelante: “De 1560 a 1584 habían tenido lugar siete guerras religiosas iniciadas, como vimos, por los hugonotes al intentar tomar el poder secuestrando al rey”Es absolutamente falso decir que entre 1560 y 1562 Francia estaba en guerra religiosa. La tensión en el país iba en aumento, ciertamente, pero, una vez más, es absolutamente falso decir que el país estaba en guerra. Incluso en septiembre de 1561 tuvo lugar, auspiciado por la reina-madre Catalina de Medicis, el Coloquio teológico de Poissy, con la presencia en él de Teodoro de Beza, con vistas a una posible reconciliación entre los bandos reformados y papistas.

La intención de Moa al hacer retroceder el origen de la guerra de religión en Francia a la Conjura de Amboise está clara: poder imputar la culpa de este enfrentamiento a los reformados. Pero la tesis de Moa es contraria a la historiografía de aquel periodo. En la actualidad, ningún historiador secular serio en Francia sostendría tales puntos de vista, los cuales sólo se pueden hallar en la literatura católica integrista, que tanta fuerza tiene en Francia y de la que Moa parece inspirarse tanto -aunque sin citarla-.

Pero al hacer retroceder dos años el origen de la primera Guerra de Religión en Francia, ¡Moa está siguiendo exactamente el mismo paradigma de lo que hace con la Guerra Civil en España, al situar su origen en la sublevación de Asturias (1934) para imputarla a las fuerzas de la izquierda!

Ciertamente, este patrón recurrente en Moa está lejos de ser casual, sobretodo si tenemos en cuenta sus comentarios iniciales comparando a los reformados con el comunismo internacional.

Creemos que Moa, sí, ha sido totalmente sincero en su abjuración del marxismo, pero lo ha hecho abrazando con igual celo el nacionalismo español más cerril y trasnochado. Ciertamente, ponerse a escribir Historia para intentar espantar sus fantasmas personales no es nada bueno. Primeramente, porque al hacerlo se está poniendo ante la sociedad en un púlpito que -siento decirlo- por su historia personal no le pertenece. Pero, sobretodo, porque tiene la tendencia irrefrenable a intentar amoldar la Historia a sus propias vivencias y traumas personales. Y la Historia se resiste a ello.

A buen seguro, todos leemos e interpretamos la Historia desde nuestro propio punto de vista. Reconocer esto no es caer en el relativismo postmoderno, puesto que hay puntos de vista correctos y puntos de vista equivocados. Pero es que, además, la tarea del historiador no es hablar a partir de sus propias opiniones, sino a partir de los datos históricos y de lo que dicen unos historiadores y otros de estos datos, citándolos y tratando lo que ellos dicen con respeto y rigor, para a partir de ahí sacar uno sus propias afirmaciones. Es de esta manera como las opiniones personales equivocadas pueden incluso llegar a ser corregidas por los datos de la Historia. De otra manera, es absolutamente imposible. Pues todo esto es lo que no hace Moa, por lo que uno siempre tiene la impresión que, en vez de estar leyendo Historia, está una y otra vez releyendo su propia historia -la de Moa- en todo cuanto escribe.

(1) Jean Delumeau, Renaissance et discordes religieuses in L’histoire de France, sous la direction de Georges Duby, Larousse, 2007, p.  474.

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Jorge Ruiz Ortiz

Las Traducciones de la Biblia en la Época de la Reforma

 

Introducción

Hace escasos días, concretamente el pasado 16 de noviembre, tuvo lugar en la Abadía de Westminster el acto conmemorativo del cuarto centenario de la Biblia King James Version, en el que estuvieron presentes la familia real británica o incluso el destacado científico ateo Richard Dawkins. Fue, sin duda, un gran espectáculo ver a los grandes y poderosos de este mundo, y aun a algunos de los mayores enemigos de la fe cristiana, rendir tributo a esta traducción de la Palabra de Dios. Seguramente que este tributo no se hizo por ser la King James la Palabra de Dios, sino por su influencia en la historia y cultura de los pueblos de lengua inglesa; pero aun así ellos estaban reconociendo las obras poderosas que el Señor ha realizado en la Historia por medio de Su Palabra. Y esto es para la gloria de Dios.

La King James Version, conocida también en inglés como la Versión Autorizada o en español también como la Biblia del Rey Jacobo, es, seguramente, la traducción de la Palabra de Dios más conocida de la época de la Reforma; es decir, del grupo traducciones que se realizaron a partir de los primeros días del movimiento de Reforma iniciado por Lutero en el siglo XVI hasta la cristalización de la misma a mediados del siglo XVII. Uno de los impulsos principales de la Reforma fue, sin duda, su empeño en poner a la disposición de los creyentes traducciones de la Biblia fieles y verídicas en las distintas lenguas vernáculas de Europa. De esta manera, en todos los países en los que triunfó la Reforma, o incluso en aquellos en los que no triunfó pero que se vieron significativamente influidos por ella, se produjeron importantes traducciones de la Biblia en sus respectivos idiomas. Estas traducciones guardan muchas características en común, de manera que pueden ser vistas como un conjunto unificado o familia de traducciones, por lo que se pueden integrar todas juntas bajo la denominación genérica de traducciones de la Reforma. Estas traducciones han sido la verdadera alma de la vida espiritual del pueblo de Dios a lo largo de los siglos y todavía muestran su relevancia para la Iglesia y para el mundo en el día de hoy.

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La Necesidad de Reformar la Iglesia (Video y Texto de la Conferencia)

Introducción

Estamos a apenas seis años del quinto centenario del acontecimiento que dio inicio a la Reforma protestante, es decir, la publicación de las 95 Tesis de Lutero. Es de suponer que, para celebrar de modo conveniente a dicha efemérides, a medida que nos vayamos acercando a esta fecha podremos asistir a unos espectaculares fuegos artificiales ecuménicos entre representantes de las iglesias romanista y protestante, que podrían llegar a hacer a algún tipo de acercamiento o reconocimiento mutuo sin precedentes.

Y cuando hablo de estos más que previsibles actos de confraternización ecuménica, no me estoy refiriendo solamente a las iglesias del llamado protestantismo histórico (las grandes iglesias protestantes nacionales nacidas de la Reforma y que a lo largo del tiempo han caído presas el liberalismo y el pluralismo teológico), sino también del protestantismo evangélico, que es el mayoritario tanto en España como en los países de Sudamérica. Protestantismo evangélico que, de la mano de la Alianza Evangélica Mundial, se ha metido de lleno en el diálogo ecuménico con la Iglesia papal. Fruto de este diálogo han visto la luz dos documentos oficiales que sitúan áreas vitales de la vida de la Iglesia, como el testimonio y la proclamación del Evangelio, en perfecta sintonía con Roma; a saber, el primer documento, “Iglesia, evangelización y los vínculos de la koinonía” (2002), y el segundo, “Testimonio cristiano en un mundo de pluralismo religioso” (2011).

Sí, hemos de tener claro que el mundo evangélico hoy es pluralista de cara el interior (véase su división en denominaciones) y ecumenista de cara al exterior. Seguir leyendo

Qué Hacer Cuando No Hay Una Iglesia Fiel Donde Vives

Archivo:JohnKnox.jpg

Desde los tiempos de la Reforma, los creyentes tienen que hacer frente, esencialmente, a los mismos problemas. Uno de ellos, y de los principales, aparece recurrente allí donde todavía no hay una congregación que fielmente predique la Palabra y administre los sacramentos, así como ejerza debidamente la disciplina eclesiástica. Es decir, una iglesia verdadera, según la doctrina y la forma de gobierno bíblica. En definitiva, una iglesia de la Reforma. Allí donde esta todavía no se encuentra, ¿se tiene uno que congregar en una iglesia manifiestamente herética e idólatra?

Dado que el problema es siempre el mismo, resulta de sumo provecho para nosotros comprobar cómo los antepasados espirituales lo afrontaron. En ningún caso veremos que los Reformadores del siglo XVI aconsejaran transigir con la idolatría o la herejía.

A principios de julio de 1556, el reformador escocés escribió una carta de consejos a unos creyentes en Escocia en esta misma situación. ¿Qué es lo que les aconseja? En una sola palabra: la centralidad absoluta de la Escritura. Esta debe ser leída y meditada a diario, tanto personalmente como en familia. Pero, sobretodo, destaca los consejos que les da para que, a falta de poder congregarse para la adoración pública, por lo menos los creyentes se reunieran, al menos una vez por semana, para leer la Biblia y orar en común –lo que hoy diríamos una reunión de “estudio bíblico”– todo ello a la espera de que el Señor pudiera proveer un ministerio de la Palabra para que la Iglesia local fuera debidamente establecida.

La carta ha sido traducida al español por el hermano Joel Chairez y puede ser leída íntegramente AQUÍ. Por su interés, reproducimos aquí los consejos de John Knox para llevar a cabo dichas reuniones de creyentes:

“Considerando que Pablo llama a la congregación «el cuerpo de Cristo,» del cual cada uno de nosotros somos un miembro, y enseñándonos con esto que ningún miembro puede sustentarse y alimentarse por sí mismo sin la ayuda y el apoyo de otro; creo que es necesario que se tengan estudios y conferencias sobre las Escrituras como reuniones entre hermanos. Como Pablo nos da el orden que se debe observar para esto [1 Cor. 14:26-29], solo quiero señalar que cuando os reunáis, que sería bueno hacerlo una vez a la semana, que vuestro comienzo fuese confesando vuestras ofensas e implorando que el Espíritu del Señor Jesús os asista en todos vuestros proyectos y metas espirituales. Después que se lea alguna porción de las Escrituras clara y modestamente, tanto que se crea suficiente para esa ocasión o tiempo. Cuando se haya terminado, si algún hermano tiene exhortación, pregunta, o duda que no tenga temor en hablar o tratarla allí mismo, haciéndolo con moderación, ya sea para edificar o para edificarse. Y de esto no dudo que vendrá gran provecho. Porque, primero, al oír, leer, y estudiar las Escrituras en éstas reuniones, ayudarán a examinar el juicio y la actitud de las personas, su paciencia y modestia serán conocidas, y finalmente se exhibirán sus dones y expresiones. Por otro lado deben evitarse en toda ocasión y en todo lugar el palabrerío, las interpretaciones largas y aburridas y la terquedad en puntos controvertidos. Pero por encima de todo cuando se reúnan como iglesia, allí nada debe tenerse en cuenta más que la gloria de Dios y el consuelo o edificación de los hermanos.

Si algo brota del texto en discusión o en el debate que vuestro juicio no puede resolver o vuestras facultades no pueden captar, que eso se anote y se escriba antes de despedir la reunión, para que cuando Dios provea solución al asunto, vuestras dudas que brotaron sean resueltas con más facilidad. Por otro lado si tenéis la oportunidad de escribir o comunicaros con otros, vuestras cartas manifestarán vuestro gran deseo que tenéis de Dios y de su verdadera religión. No dudo que ellos según sus talentos procurarán y os otorgarán su fiel trabajo para satisfacer vuestras peticiones devotas. En cuanto a mí mismo hablo lo que pienso: emplearía quince horas con gran gusto (según le plazca a Dios en darme de su iluminación) para explicarles alguna porción de las Escrituras, que gastar media hora en otra cosa.

Además, me gustaría, que en la lectura de las Escrituras, tomen juntos algunos libros del Antiguo Testamento y algunos del Nuevo, como Génesis y alguno de los Evangelios, Éxodo con otro libro, etc., pero siempre terminando los libros que comenzasteis (según permita el tiempo). Pues os confortará el oír la armonía y acuerdo del Espíritu Santo hablando en nuestros padres desde el principio. Os confirmará en estos días peligrosos al contemplar la faz de Jesucristo, el amado esposo, y su iglesia, desde Abel hasta Cristo mismo, y de Cristo hasta este día, que hay unidad y un mismo propósito en todas las generaciones. Estudiad con frecuencia los Profetas y las Epístolas de Pablo. Pues la abundancia de asuntos muy confortadores que se hallan allí requiere ejercicio y buena memoria. De igual manera así como vuestras reuniones deben comenzar con confesión y suplica del Espíritu de Dios, así también deberían terminar con acción de gracias y ruegos por los gobernantes y magistrado, por la libertad del Evangelio de Cristo que corra libremente, por el consuelo y libertad de nuestros hermanos que aún están bajo tiranía y servidumbre, y por otras tales cosas que el Espíritu del Señor Jesucristo os enseñe que os es provechoso, ya sea para vosotros mismos, o para vuestros hermanos dondequiera que estén”.

La Institución de la Religión Cristiana, de Juan Calvino, para Descargar

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La obra mayor del Reformador Juan Calvino, La institución de la religión cristiana, está disponible como recurso (en formato pdf) por FELIRE, la editorial que la publicó en papel.

¡Descárguenla! Tienen toda la vida para leerla y volverla a leer una y otra vez. Uno de los mejores instrumentos que pueda haber para la nueva Reforma de la Iglesia.

Paa descargar, pulsen AQUÍ (o también sobre la imagen de portada).

Los Tratados de Calvino “El Fiel entre los Papistas” y “Excusa a los Señores Nicodemitas”: Separación y Reforma

Estoy muy contento de poder dar estas charlas o conferencias. Como ya se ha dicho, esperamos que esto que comenzamos hoy, con el pequeño grupito que somos, se pueda repetir cada año y que estas conferencias puedan llegar a ser un instrumento de lo que el título general de las Conferencias dice: que haya una “Reforma en España”.

Pero a más de uno, sin duda, le puede resultar un poco fuera de lugar postular la Reforma para el día de hoy. En la inmensa mayoría de los casos, e incluso entre los mismos protestantes, ella es vista únicamente como un acontecimiento meramente histórico. Se piensa que la Reforma tuvo lugar en el siglo XVI, porque estuvo ligada a las condiciones políticas, sociales y religiosas de aquel tiempo. Pero ya no estamos en estas mismas condiciones, y que, por ello, se sigue diciendo, la Reforma es completamente inviable para el día de hoy. En la actualidad, pues, ella sería imposible. Hoy día tenemos iglesias evangélicas (¡y muchas!) como descendientes lejanas de la Reforma, pero movimiento de Reforma, como tal, no… y tampoco habría necesidad de que lo tengamos.

Esto es lo que se considera normalmente. Pero esta es la idea que quisiéramos llegar a desplazar con estas conferencias que inauguramos hoy. En su lugar, queremos implantar su contraria: que no hay cuestión de más actualidad, y cuya realización sea más imperiosa y urgente, que volver a la Reforma hoy. O, lo que es lo mismo, que se dé una nueva Reforma sobre el modelo –doctrinal y eclesialmente hablando– de la que se produjo en el siglo XVI en distintos países de Europa. Y creo que todo esto puede salir muy bien a relucir con el tema de estas dos conferencias, acerca de las dos obras escritas por el Reformador Calvino, “Tratado del fiel entre los papistas”[1] y “Excusa a los señores nicodemitas”. [2]

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La Justificación de Abraham

Texto en formato pdf aquí

¿Para qué tenemos los cristianos la Sagrada Escritura? Esta pregunta sólo tiene una respuesta evidente, que es “para que la leamos”. En efecto, la Escritura nos fue dada por Dios por algo, la puso por escrito para que se lea. Pero no sólo que se lea, sino que se lea con atención, o lo que es lo mismo, que se estudie.

Mi mayor deseo esta mañana es que pudiéramos gustar los beneficios del estudio de la Escritura. La bendición del Señor viene sobre el estudio de la misma, como dice el Salmo 1, cuando ella es meditada continuamente, día y noche. Es en el estudio reposado de la misma que gustamos, que probamos la luz del Señor, Su bendición sobre nuestro entendimiento y sobre nuestra alma. Esto afecta también a nuestro corazón, y nuestras emociones son despertadas por la guía y bendición del Espíritu, que nos habla por la Escritura. Nuestro corazón es así afirmado para cumplir con la voluntad del Señor, para cumplirla nosotros por propia voluntad, aunque sabemos que es Dios quien en nosotros obra tanto el querer como el hacer (Flp. 2:13).

El estudio de la Escritura crea un ambiente, una atmósfera, que es en la que nacemos y crecemos espiritualmente, pues la fe viene por el oír la Palabra de Dios (Rm. 10:17). Ahora que ya estamos en otoño, podemos ver esto como la fina lluvia que tenemos aquí casi a diario, que aunque uno no se dé cuenta de ella, de lo fina que es, al final hace que estemos del todo impregnados de agua. Así es con la Palabra de Dios. Como Moisés dijo al comenzar su cántico en Deuteronomio: “Goteará como lluvia mi doctrina, destilará como la lluvia sobre la hierba” (Dt. 32:2). ¡Que el Señor nos dé hoy esta lluvia de la bendición de Su Palabra!

El pasaje de hoy, en estos primeros versículos del capítulo 4, viene a ser la confirmación por medio de las Escrituras del Antiguo Testamento de todo lo que el apóstol Pablo acababa de decir acerca de la justicia de Dios, la justificación por la fe sin obras y, como veíamos la semana pasada, la ley o la norma de la fe en la Escritura. Vemos el proceder de Pablo: si lo que dice él ha de ser creído y aceptado por los cristianos de Roma —muchos de los cuales eran de origen judío— no es porque lo diga él, sino porque lo enseña la Sagrada Escritura. Vemos aquí, pues, cómo el apóstol funda la autoridad de la Escritura por encima de todo.

Y bien, hemos de tener en cuenta que estamos en uno de los lugares cruciales de la Biblia, porque aquí es donde, en buena medida, se dirimen y se tendrían que decidir los debates y controversias acerca de la justificación por la fe, Seguir leyendo