Categoría: Reforma Hoy

¿”Siempre Esperando Un Capitán”, o Las Áreas a Reformar En Una Premeditada Reforma?

CONFERENCIA DEL DÍA DE LA REFORMA, 02-11-2014

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Apuntes Sobre la Proclamación del Rey Felipe VI de España

Juramento de Felipe VI

En el día de hoy, 19 de junio de 2014, ha sido proclamado Felipe VI como Rey de España. Se abre así una nueva página de la Historia de nuestro país. ¿Cuál es la significación profunda de este acto, juzgado por muchos anacrónico? ¿Se puede anticipar, de alguna manera, las líneas maestras de lo que va a ser su reinado? ¿Se pueden entrever estas en el acto de proclamación o el discurso que Felipe VI ha pronunciado ante las Cortes españolas?

La importancia del protocolo

El protocolo es un lenguaje propio, simbólico, pero decisivo. Así, ataviado con uniforme militar, el príncipe Felipe recibió de su padre, Juan Carlos I, la banda roja de Jefe Supremo de las Fuerzas armadas. Posteriormente, se dirigió, acompañado por las altas autoridades del Estado, al Congreso de Diputados, pasando revista a su camino a destacamentos militares que le hacían honores hasta llegar a la puerta del Congreso –con sus famosas estatuas de los leones–. Una vez dentro, en el estrado cubierto con alfombras de vivos colores, Don Felipe de Borbón hizo el juramento ante el presidente del Parlamento –el representante de la soberanía nacional–, en el que básicamente se comprometió a guardar y hacer guardar la Constitución y respetar los derechos y libertades de los ciudadanos y de las Comunidades Autónomas del país. De esta manera, de manera austera y algo marcial, se le proclamó Rey de España, con el nombre de Felipe VI. El Rey, acto seguido, pronunció un discurso, desde una pequeña tribuna de madera decorada con un motivo vegetal dorado. Tras el discurso y los vítores al nuevo Rey por parte de los asistentes, el Rey y la Reina salieron del Congreso y se subieron en un coche de época descapotable, que seguía a un destacamento de la Guardia Real a caballo, para saludar al público presente en las céntricas calles de Madrid, hasta llegar al Palacio Real, donde se hizo una recepción oficial de presentación de los Reyes ante unas dos mil personalidades nacionales y extranjeras.

Como decíamos, el protocolo es importante. Algunos han cuestionado el hecho de que el Rey fuera a hacer el juramento y el discurso inaugural ante el Parlamento ataviado con ropa militar. Poco acorde con los tiempos que corren, dicen. Lejos de ello, este hecho reviste de una profunda significación, aun para el día de hoy, pues comunica que la condición de máximo jefe de las Fuerzas Armadas es esencial a la figura del Rey. Es decir, lo que define a un Rey es que es alguien que tiene y ha de tener siempre a todas las Fuerzas Armadas detrás de sí. Si bien al grado o condición de Rey se accede de manera no democrática –no por elección directa del pueblo, sino por sucesión–, la misma institución monárquica puede ser –de hecho, en nuestro tiempo, lo es– una protección de las libertades democráticas, pues en sí misma, impide que de entre el ejército se puedan dar sublevaciones y se erijan así nuevos caudillos, los cuales en nuestra historia normalmente han aparecido en tiempos de vacío en la Corona.

Por otra parte, en el juramento y proclamación no hubo ni misa, ni cruz, ni Biblia, ni mención del nombre de Dios. Se ha prescindido de toda referencia explícita a lo religioso, juzgado discordante con el principio constitucional de la aconfesionalidad del Estado. En apariencia, el acto no tuvo ninguna dimensión religiosa. En el fondo, es imposible hacer evacuar todo sentido religioso de un acto como la coronación y / o proclamación de un Rey. Una Monarquía laicista es una contradicción en los mismos términos. Primeramente, el hecho que convierte oficialmente al Príncipe en Rey es su juramento, y este no sólo es una promesa solemne, sino que es un voto que pone a Dios por testigo. Aunque no sea explícitamente nombrado, se vea así o no, de hecho lo es, y no puede ser de otra manera. Por lo tanto, es este compromiso público, ante Dios y en el fondo con Él, lo que lo convierte en Rey. Este hecho no lo enseñarán en las escuelas, ni se dirá en los medios de comunicación seculares, pero es así. Por otra parte, está el hecho de la proclamación en sí misma. Felipe de Borbón no fue coronado Rey –desde los tiempos de los Reyes Católicos, no hay “coronación” en España–, sino proclamado como tal por las altas autoridades del Estado. La coronación comporta la existencia de un estamento depositario de esta potestad sobre la monarquía –normalmente, la Iglesia–. El monarca no recibe la autoridad como Rey de sí mismo, no se coloca él mismo la Corona, sino simbólicamente de quien se la impone. Sin embargo, al haber “proclamación” en vez de “coronación”, esto supone que el proclamado Rey ya previamente lo es y, por tanto, que ha sido el juramento en sí mismo lo que lo ha elevado a tal condición. Lo cual refuerza el ineludible carácter en el fondo religioso de la institución monárquica. Sí, de esta manera, se comprende que el Rey no sólo está ligado a la voluntad de la soberanía nacional, sino, aun más allá de ella, a la del Rey de reyes y Señor de señores ante quien se ha comprometido en su juramento.

El discurso del Rey

Felipe VI es, a diferencia de su padre, un buen orador, con una correcta pronunciación –con algún deje característico de dicción puramente castellana–, que levanta a menudo la cabeza del manuscrito y hace incluso inflexiones de voz para marcar subrayados. Aun así, en distintos momentos del discurso se le ha visto con cierta inseguridad o dificultad al leer, de las que se ha repuesto sin mayores problemas.

Cuestiones de forma aparte, la idea principal en torno a la cual ha girado su discurso es que el nuevo Rey quiere encarnar una Monarquía renovada en un tiempo nuevo. Esta idea, en sí misma, no es nada nuevo en España, seguramente uno de los países del mundo donde más ha triunfado el futurismo y la ideología postmodernista. Con todo, en medio de un discurso de un marcado carácter futurista, el Rey ha hecho interesantes alusiones a la historia de España como nación –hasta seis ocasiones–, o incluso a la historia en común con los países de Iberoamérica. ¿Supondrá esto que la Historia de España, evacuada por el amnésico reinado de su padre, se va a poner más de relieve durante el suyo?

Felipe VI ha expresado, asimismo, su fe en España como nación, y ha apelado al Parlamento y a la nación a tenerla igualmente. En este sentido, el Rey ha subrayado, con una interesante inflexión de voz además, que la unidad de España no significa uniformidad. Se confirma así –por si todavía hubiera algunas dudas– que España no es –ni por su historia, ni por su ordenamiento legal actual– un país jacobino: el Antiguo Régimen ha hallado todavía su marco de expresión permanente en el régimen de las Comunidades Autónomas. Estas, pues, lejos de verse recortadas, van a verse consolidadas y seguramente aumentadas en su reinado. Con todo, Felipe VI ha hecho una sorprendente toma de posición, bastante explícita además, ante las tensiones separatistas que se viven actualmente en España, particularmente la de Cataluña. En referencia a las víctimas del terrorismo, anunció –frase recurrente en política española– la victoria del Estado de Derecho; no se contempla, por tanto, la independencia del País Vasco. Y en velada pero muy clara referencia a Cataluña, Felipe VI ha apelado a “esa España, unida y diversa, basada en la igualdad de los españoles, en la solidaridad entre sus pueblos y en el respeto a la ley”, en la que, dijo, “cabemos todos”. Para quien lo quiera ver, en estas mismas palabras se encuentran los límites que estos procesos van a conocer.

Del discurso del Rey Felipe VI se pueden extraer, además, dos apuntes que pueden mostrar vías interesantes de su futuro reinado.

Primero, el Rey ha repudiado y desautorizado claramente los casos de corrupción habidos en la misma familia real. En el hemiciclo no estaban ni la infanta Cristina ni el ahora ex rey Juan Carlos. Esta ha sido una afirmación de mucha autoridad por su parte. Por lo que se ve, Felipe VI no va a ser un rey débil. Con todo, una frase interesante del discurso fue la siguiente: “Hoy, más que nunca, los ciudadanos demandan con toda razón que los principios morales y éticos inspiren -y la ejemplaridad presida- nuestra vida pública. Y el Rey, a la cabeza del Estado, tiene que ser no sólo un referente sino también un servidor de esa justa y legítima exigencia de los ciudadanos”. En el contexto del párrafo, se hacía alusión a valores como la integridad, honestidad y transparencia. Por lo que, esta alusión a “principios morales y éticos” –totalmente voluntaria, puesto que el contexto no la hacía necesaria–, ¿indica que el Rey está apelando a un “rearme moral” de la sociedad española durante su reinado?

La segunda idea, potencialmente de muy largo alcance, la siguiente: “Pero las exigencias de la Corona no se agotan en el cumplimiento de sus funciones constitucionales… la Monarquía Parlamentaria… ha de ser una fiel y leal intérprete de las aspiraciones y esperanzas de los ciudadanos, y debe compartir -y sentir como propios- sus éxitos y sus fracasos”. El Rey, así, asume para la monarquía la función extraconstitucional de ser “intérprete de las aspiraciones y esperanzas de los ciudadanos”, y consiguientemente, la de hacer plasmar estas en la vida política, haciéndola evolucionar. Esto se deriva, dice, de las “exigencias de la Corona”. Exigencias, interesante vocablo,  ¿intrínsecas o extrínsecas a la Corona?

Ciertamente, la actual Constitución no es el fin de la Historia, ni el humanismo secular en el que ella se basa. Dios es el Soberano de la Historia, pero, humanamente hablando, para bien o para mal, España será al final lo que sus gentes decidan ser, y el Rey, que se ha presentado hoy como vector de cambio, ha de ser servidor, no sólo de las aspiraciones y esperanzas de ellas, sino, llegado el caso, aun de sus exigencias.

A diferencia del Campeonato del Mundo en Brasil –que, a efectos prácticos, concluyó ayer para nosotros– todavía queda mucho partido por delante.

 

Por Cristo y la Reforma

¿Por Qué Cantar, Precisamente, El Salterio de Ginebra?

(Autor: Luc Viatour / http://www.Lucnix.be)

Muchas veces me han preguntado el porqué de componer los Salmos, precisamente, de Ginebra. Asimismo, no han sido pocas las veces en las que me han sugerido que con otra versión musical más “fácil” o “llevadera”, por ejemplo, el Salterio escocés, los Salmos serían más cantados en la actualidad, y yo mismo me he planteado esta cuestión a veces. Decididamente, el Salterio de Ginebra no está “de moda” en la actualidad. Sin embargo, mi opción final sigue siendo la de permanecer fiel al Salterio ginebrino. ¿Por qué? Pues estas son, brevemente, las razones.

En primer lugar, por una razón personal y, por tanto, perfectamente subjetiva, que es que el Salterio de Ginebra forma parte de mi vida, pues para mí es sinónimo de los tres años que pasé en Francia estudiando la licenciatura. Por ejemplo, en el día de nuestra boda se cantó en la iglesia (supongo que en contra de los cánones de lo que son las bodas evangélicas actuales) el Salmo 47. Proviniendo de un ambiente evangélico no reformado, sus melodías fueron totalmente nuevas para mí. Lo cierto es que los Salmos me llamaron la atención mucho más que lo que anteriormente pudo hacerlo cualquier otro himno. Oír cantados los Salmos en francés y en Francia, en iglesias que hunden sus raíces en la Reforma de Calvino, con todo su pasado de lucha y persecución, fue una experiencia que me marcó personalmente. Por lo que, a mi regreso a España, quise que también estuviera disponible el Salterio de Ginebra en español.

La segunda razón es por la asombrosa riqueza métrica del Salterio de Ginebra. Los compositores de la letra de los Salmos (Clément Marot, Teodoro de Beza) eran poetas de primer orden, y eso se nota en la misma idea como fue diseñado y concebido el Salterio. En él nos encontramos estrofas de 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10 y 12 versos, tanto de arte mayor (más de ocho sílabas) como de arte menor (menos de ocho sílabas), y en ocasiones, ambos están en la misma estrofa. El resultado final es que prácticamente cada salmo tiene una métrica que le es propia. En comparación, la métrica del Salterio escocés se encuentra completamente estandarizada a la forma 8.6.8.6 –aunque por las melodías que no marcan pausa o silencio al final de los versos 1 y 3, también pueden llegar ser vistos como pareados de catorce sílabas– por lo que puede llegar a resultar, en este sentido, más monótono o repetitivo.

La tercera razón por la que para mí es preferible el Salterio de Ginebra es la musical. Como resultado de la gran variedad de su métrica, nos encontramos con una no menos admirable riqueza de sus melodías: en total, para cantar los 150 Salmos se usan 124 melodías diferentes. Las repeticiones de melodías son raras (quince melodías se repiten en dos Salmos distintos; cuatro melodías, en tres; y sólo una se canta en cuatro Salmos). En cuanto a la estética de las melodías, las interpretaciones de Ernst Stolz, que venimos publicando en el blog, ponen de manifiesto sobradamente la excepcional belleza original de los Salmos de Ginebra.

Pero soy consciente de que es, precisamente, el argumento de la música el que por lo general se emplea para declinar el canto del Salterio de Ginebra en la actualidad. Normalmente se aduce, entre otras razones, que sus melodías son difíciles y extrañas, o incluso que fueron compuestas no con las tonalidades que conocemos hoy, sino con los antiguos modos.

Sin embargo, no creo que el argumento musical sea del todo conclusivo. Tras aprender el Salterio debidamente, primeramente para el uso en familia y luego para su uso en el culto público, tengo que decir que no me parece que las melodías del Salterio de Ginebra sean especialmente extrañas, porque siguen siendo, no hay que olvidarlo, melodías, que sirven para algo tan natural como es cantar. Que hayan sido compuestas en modos es una cuestión que sólo entienden los músicos y que no afecta a los simples creyentes cantores en absoluto, de la misma manera que ellos tampoco se preocupan si los himnos han sido compuestos en el tono de Do mayor o en el de La menor. Hay una gran dificultad con el Salterio de Ginebra, ciertamente, y es que sus melodías se han dejado de cantar desde hace tiempo. Pero esta dificultad tiene una fácil solución: se resuelve ¡volviéndolas a aprender y cantándolas de nuevo!   

Pero, por otra parte, tampoco creo que la música del Salterio ginebrino nos resulte tan tan extraña. No es música china, ni celta, ni siquiera son cantos medievales o gregorianos, como muchas veces se dice. Se reconoce perfectamente el carácter latino en ella, y esto es algo fácilmente demostrable. Podemos escuchar la siguiente composición española del siglo XVI  y observaremos el parentesco innegable con las melodías del Salterio de Ginebra.

 

Se trata de una melodía muy sincopada, es decir, con mucho ritmo. Se puede comparar, en este sentido, con la del Salmo 42:

 

O también podemos ver esta otra melodía peruana de principios del siglo XVII

 

Se puede comparar con la melodía del Salmo 13. El parecido es innegable:

 

Es evidente, pues, que tuvo que haber mucha más cercanía cultural entre un español del siglo XVI y la melodía de los Salmos que la que habría entre mí mismo, por ejemplo, y las melodías de los himnos que empecé a cantar tras mi conversión y mi entrada en la iglesia evangélica -la mayoría de estos himnos, de origen anglosajón decimonónico, con no pocas marchas militares adaptadas-. ¡Eso sí que me resultaba extraño! Sin embargo, con el tiempo los fui asimilando hasta llegar a considerarlos como algo propio. ¿Por qué no se puede hacer lo mismo con el Salterio de Ginebra? La impresión que un español o incluso latino puede tener al cantar los Salmos ginebrinos es que sus melodías son antiguas, pero propias. ¿Por qué no recuperar, pues, su canto en el contexto español y latinoamericano, que es el que nos ocupa? En la actualidad, la gente acude masivamente a conciertos de música antigua o a festivales folclóricos, con un anhelo más o menos consciente de recuperar el pasado perdido. ¿No podría ser así el Salterio de Ginebra el medio para ganar el alma del pueblo español y de los países de América Latina?

La cuarta razón por la que definitivamente me quedo con el Salterio de Ginebra es por todo lo que este ha significado a lo largo de la Historia. La excelente serie de artículos del Pastor Sawtelle presenta perfectamente lo que ellos supusieron en el contexto del siglo XVI. Sencillamente, los Salmos ginebrinos fueron el medio que propulsó la Reforma, tanto como pudo hacerlo la predicación misma de la Palabra, porque, a fin de cuentas, se trata de la Palabra de Dios. Ellos fueron el alma de la iglesia en sus batallas, espirituales y físicas, el motor de la iglesia que se libró de la idolatría de las imágenes en las iglesias, el sustento de la iglesia bajo la persecución y de la iglesia mártir. Y esto, no en un país solo, sino prácticamente en toda Europa, pues el Salterio, además de compuesto en francés, fue traducido al holandés, inglés, alemán, español, portugués, italiano, checo, polaco, húngaro,  ¡e incluso turco!

En una palabra, el Salterio de Ginebra es el Salterio por excelencia de la iglesia en combate. Ciertamente, este significado que ponemos de relieve le es propio y peculiar al Salterio de Ginebra. Ni siquiera lo tiene, creemos, el Salterio escocés. ¿Por qué no usarlo, pues, para retomar la Reforma exactamente en el lugar donde esta se quedó en el siglo XVII? Dado que su canto y uso en las iglesias no vendrá sin una decisión consciente y deliberada, principalmente de los líderes, que provenga del amor al canto de Salmos, en general, y de la comprensión del significado del Salterio de Ginebra, en particular, ¿por qué no usarlo para impulsar una verdadera, profunda y radical Reforma en la actualidad, que comience precisamente por nosotros mismos?

La última razón, pero no por ello menos importante, es que hay un solo conjunto de melodías, por todo lo que ellas representan, que la Iglesia papista jamás llegará a asumir y cantar, y ese no es otro que el del Salterio de Ginebra. Esta es una razón, en mi opinión, más que de sobras para que nosotros lo usemos. Pero, por otro lado, sólo sus melodías son las que nuestro mundo evangélico actual parece no dispuesto en modo alguno a cantar. ¿No es curiosa esta coincidencia?

En este sentido, reflexionemos un momento que el canto mismo del Salterio de Ginebra fue objeto de persecución en Francia:

“Conocer y amar los Salmos era la marca de ser protestante. El uso del Salterio se convirtió en un problema importante en el lento mordisqueo de las seguridades dadas por el Edicto de Nantes. En 1623 el canto de los Salmos fue prohibido en las calles y tiendas. En 1657 se prohibió en las ejecuciones; en 1658, en cualquier lugar fuera de los “templos”, como se llamaban a los lugares de culto protestante; en 1659, ni siquiera se podía cantar los Samos en privado, si fuera audible desde el exterior; y en 1661 el canto de los Salmos en cualquier parte del territorio francés se convirtió en un delito grave”.[1]

¿Ha acabado haciendo el protestantismo contemporáneo lo que las salvajes persecuciones papistas no consiguieron durante siglos?


[1] James Hastings Nichols, Corporate Worship in the Reformed Tradition, (Westminster Press, 1968), p. 40.

Las “9 + 1” Marcas de la Iglesia Verdaderamente Reformada

En la actualidad, gracias al Señor, estamos asistiendo a una renovación en el mundo evangélico que se manifiesta en un gran interés por las doctrinas de la Reforma, en particular las referentes a la salvación. Sin embargo, no se puede decir que haya una visión igualmente clara de lo que, teológica e históricamente hablando, significa ser reformado y ser una iglesia reformada. A riesgo de que otros muchos avancen las suyas propias, ofrecemos aquí lo que consideramos las marcas más sobresalientes de lo que verdaderamente es ser una iglesia reformada.

 

1) Las iglesias reformadas se reclaman de la Reforma protestante del siglo XVI. Esto le podrá parecer a muchos una perogrullada, pero tiene su importancia. Las iglesias reformadas tienen, o bien una continuidad orgánica e histórica que la remontan ininterrumpidamente hasta los días de la Reforma, o bien son iglesias que, por haber asumido lo que ella fue y significa aun hoy, han sido “injertadas” y están unidas espiritualmente a al cuerpo reformado que, aunque originariamente ajeno, ha llegado así a ser el propio.

Dicho de otra manera, las iglesias reformadas no son “modernas”, como actualmente se entiende esta palabra, ni ahistóricas. Ellas no se mantienen en el presente como flotando en el aire, sin conexión con el pasado. Ellas contemplan la Reforma de la misma manera que esta hacía con el periodo patrístico, la cual retuvo asimismo del periodo medieval lo que consideraba bíblico y bueno. Del mismo modo, las iglesias reformadas hoy asumen todo lo bíblico y bueno de la larga tradición de dos mil años de la iglesia cristiana. La iglesia reformada está animada por un verdadero espíritu de catolicidad, en el sentido más genuino del término, y no conoce ni “paréntesis” ni “grandes apostasías” por la que la Iglesia de Cristo se volviera como oculta por un periodo indeterminado de siglos.

 

2) Las iglesias reformadas están sometidas a la autoridad soberana de las Escrituras (Sola Scriptura). Ellas creen y confiesan lo que la Biblia dice de sí misma, a saber, que es la Palabra inspirada por el Espíritu Santo (2 Tim. 3:16; 2 Pe. 1:21) y que, por lo tanto, tiene a Dios por Autor. De esta manera, la autoridad de las Escrituras está por encima de la iglesia y de los creyentes. Ella está por encima de los ministerios de la iglesia, por lo tanto, del “Magisterio”. Ella también está por encima de toda opinión y enseñanza habida en la iglesia en el pasado (tradición) o en la actualidad. No son las declaraciones oficiales de la iglesia lo que dan validez y autoridad a lo enseñado por la Escritura. Lo contrario es la verdad: la Escritura es la que confirma, o invalida, lo que los creyentes y las iglesias han afirmado acerca de la doctrina cristiana, incluso en sus reuniones oficiales (sínodos o concilios).

Casi todos los evangélicos actualmente adherirán, al menos formalmente, con estas palabras. Pero la autoridad soberana de las Escrituras, a la que los reformados estamos adheridos, también está por encima del consenso actual de entre los cristianos, puesto que la verdad de la Palabra no es lo que todos, o más bien la gran mayoría de los cristianos actualmente crean y practiquen en la actualidad, sino lo que realmente enseña la Escritura. Se puede así dar el caso de que hoy día estemos casi universalmente en el error en determinadas cuestiones, y no por ello se afectaría para nada a la verdad de la Escritura. “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Rom. 3:4). Asimismo, la autoridad soberana de las Escritura está en contra de la división de la iglesia en toda opinión y doctrina particular (principio de las denominaciones) como si todas fueran igualmente válidas.

 

3) Las iglesias reformadas mantienen la importancia de la Confesión de Fe.Las iglesias del tiempo de la Reforma casi inmediatamente se dotaron de confesiones que expresaran  con claridad y precisión su fe. De ahí precisamente que nos llamemos protestantes. Las confesiones de fe no se consideraban como “rivales” a la autoridad de la Escritura, sino que se formulaban precisamente a causa de la autoridad de la misma: la autoridad y la verdad de la Escritura reclama que su enseñanza sea expresada sin ambigüedades y de manera valiente. Que el creyente confiese su fe es una idea perfectamente bíblica (2 Cor. 4:13).

En las iglesias de la Reforma, las confesiones de fe siguen manteniendo un valor normativo. Este no está considerado como igual al de las Escrituras, sino es derivado y subordinado de ellas. Pero la autoridad de las Escrituras realmente no admite una situación de facto, revestida con el tiempo de jure, a saber, el pluralismo doctrinal entre sus ministros y miembros. La iglesia, a lo largo de la Historia, ha confesado de manera clara su fe. Cierto que estas confesiones pueden estar equivocadas, pero mientras esto no se demuestre y no se declare de manera igualmente oficial, las confesiones de fe mantienen un valor y una autoridad, aunque subordinada y dependiente de las Escrituras. El mal del liberalismo protestante procede, principalmente, es la pérdida de este principio confesional original de la Reforma.

 

4) Las iglesias reformadas están firmemente adheridas a la soberanía de Dios. En todos los aspectos de la realidad, ya sea en cuanto a la providencia o en cuanto a la salvación, Dios es realmente soberano por encima de todas sus criaturas. Dios es conocido, creído y adorado por los creyentes reformados como un Dios absolutamente soberano, puesto que Él se nos revela así en las Escrituras. La relación de Dios con el universo creado se establece a partir del plan eterno o Decreto de Dios, por el cual Él decidió inmutablemente todo lo que acontece en la realidad. El mundo no tiene un funcionamiento independiente ni autónomo a la voluntad de Dios. Dios ha creado, mantiene y dirige todas las cosas para Su gloria, y la salvación y la condenación de los pecadores serán en función del propósito eterno de Dios.

La fe en la soberanía de Dios, y de manera especial en el terreno de la salvación, es lo que ha conducido a la iglesia y a los creyentes reformados a creer y confesar a lo largo de los siglos las doctrinas de la gracia de Dios. Estos fueron resumidos de manera sintética en el Sínodo de Dordt, y es lo que actualmente se conoce como los “cinco puntos del calvinismo” (expresión que, personalmente, me desagrada profundamente, puesto que estas doctrinas no fueron ni son la “propiedad” de Calvino, sino que es el legado de la Iglesia Reformada, quien, al menos originalmente, rechazó ponerse bajo la denominación de personas particulares, manteniendo siempre su carácter eclesial… pero bueno, al menos, así son conocidas actualmente). Una iglesia reformada que contradiga estas doctrinas de la gracia y de la soberanía de Dios en la salvación es una contradicción en los términos.

 

5. Las iglesias reformadas creen y viven plenamente en el Pacto de Gracia. Las iglesias y creyentes reformados creen que la gracia por la que son salvos es recibida gracias al Pacto de Gracia con Dios y a través del mismo. Este pacto tiene sus raíces en la eternidad, en el Pacto de salvación entre las personas de la Trinidad, particularmente entre el Padre y el Hijo, para la salvación de los escogidos de Dios (Pacto de la Redención). En la Historia, este pacto es el que une a los creyentes y a sus hijos con Dios y Sus promesas de salvación. Este Pacto de Gracia en la Biblia es el que Dios estableció con Abraham y del que los creyentes somos los herederos. Este Pacto fue cumplido plenamente por Cristo. De esta manera, Antiguo y Nuevo Testamentos están unidos por el mismo y único Pacto. Los creyentes bautizados en Cristo son los herederos de las promesas a Abraham (Gálatas 3:27,29). Los hijos de los creyentes en el Nuevo Testamento reciben también las promesas de Dios, como las recibían los hijos de los creyentes en el Antiguo Testamento. Por lo tanto, los hijos de los creyentes han de recibir la señal del Pacto en el Nuevo Testamento (bautismo) de la misma manera que los hijos de los creyentes la recibían en el Antiguo (circuncisión). Posteriormente, los padres y la iglesia han de enseñarles la Palabra de Dios, a creer, confiar y obedecer durante el resto de sus vidas al Dios al que fueron consagrados por el bautismo.

Es un hecho que la Reforma admitió el bautismo de los hijos de los creyentes sobre la base de la doctrina del Pacto de Gracia. Todos los reformadores y todas las confesiones de fe del tiempo de la Reforma estaban unánimes en este punto. Realmente, no es posible ser reformado y sostener que el Antiguo y el Nuevo Testamento, Antiguo y Nuevo Pactos, son dos pactos esencialmente diferentes. Por otra parte, sostener que son el mismo Pacto y no admitir como bíblico el corolario de la doctrina del Pacto, el bautismo de los hijos de los creyentes, es una seria y grave contradicción. Verdaderamente, estamos aquí ante una de las grandes asignaturas pendientes del mundo evangélico que hoy se confiesa como reformado. Es necesario volver a escuchar, e intentar comprender, la doctrina original y unánime de la Reforma en este punto.

 

6. La iglesia reformada tiene una muy alta estima de la Ley de Dios. La Reforma del siglo XVI se centró en la gracia y en la justificación por la fe, pero ella también ofreció importantes enseñanzas en cuanto a la Ley de Dios. Ella describió claramente su función de mostrar a los hombres sus pecados, para que vayan a Cristo y confíen en Él para salvación (Gál. 3:19,22-24). También ella reconoció que la Ley contenía grandes enseñanzas en sus ceremonias y observancias en cuanto a la salvación que el Cristo tenía que realizar; si bien, una vez que Él cumplió la salvación, muriendo el sacrificio por los pecados en la cruz y resucitando de los muertos, estas ceremonias no tienen que ser más observadas, puesto que han sido ya cumplidas totalmente por Cristo. También la Reforma reconoció que las leyes civiles del Antiguo Testamento, aunque no han de ser observadas formal y literalmente, sí que contienen la equidad que es normativa para todas las naciones y pueblos de la tierra. La ley moral de Dios, de la que los Diez Mandamientos es un compendio, es la expresión permanente e invariable para todos los hombres, de todas las naciones, sean o no creyentes, la infracción de los cuales es siempre pecado.

La alta estima de la Reforma por la Ley de Dios es lo que hizo que se realzara el valor normativo de esta para la vida de los creyentes (compárese el detalladísimo estudio de la Ley de Dios en el Catecismo Mayor de Westminster). La Reforma produjo que los creyentes vivieran vidas bíblicas, conforme a las normas de la Palabra de Dios. Una de las piedras de toque de esto siempre ha sido la observancia seria del Domingo como Día de reposo y Día del Señor. Realmente, que haya creyentes e iglesias que se consideren reformados y que vivan vidas sin la ley de Dios (anomianismo), vidas según los estándares presentes en el mundo (secularismo ateo o papismo), y que, es más, se escandalicen cuando se les presenta la exigencia de conformar nuestras vidas con las normas de la Palabra, es una tremenda contradicción y un sinsentido.

 

7. Las iglesias reformadas valorizan las vocaciones seculares del creyente. La Reforma acabó con el monasticismo como ideal de vida y santidad cristiana. En su lugar, estableció que el cristiano ha de buscar glorificar a Dios en sus vocaciones seculares. Los creyentes se aplicaban a los trabajos no como a una maldición, no como a un fastidio o tedio (tal como normalmente se ha hecho en los países de tradición papista), sino como a algo ilusionante en lo que uno ha de intentar dar lo mejor de sí, hasta en los empleos más humildes. El resultado del trabajo no se dilapidaba en fiestas, en excesos y pompas del mundo, sino que primeramente se ofrendaban a Dios (diezmos y ofrendas) y luego se empleaban en el mantenimiento de la familia. Esta, en la Reforma, tiene un lugar central, no en un sentido extenso, tribal, sino nuclear, siguiendo la norma de Dios original en Génesis  (2:24). En ella se mantienen los roles bíblicos del padre como cabeza de familia, y la sumisión de los hijos a los padres. El resultado de todo ello fue un estilo de vida característico y la creación, en los lugares donde llegó a triunfar la Reforma, de una cultura característicamente protestante, marcada por el respeto a la ley, la laboriosidad, la austeridad, pero también la ilusión de vivir y finalmente la prosperidad de unas familias tremendamente sólidas, familias en el Pacto de la Gracia y que guardan las normas de la Palabra de Dios.

La insistencia de la Reforma en la vocación secular de los cristianos llevó a cuestionar las reuniones o cultos diarios, característicos de la tradición papista. Salvo excepciones, el funcionamiento normal en las iglesias de la Reforma es encontrar sólo un momento para reunirse entre semana (ya sea para reuniones de oración o de estudio bíblico). Pero la falta de reuniones diarias no creó en la Reforma un vacío espiritual. En su lugar, la Reforma concibió que los cultosdiarios sean familiares. Al principio, esta práctica fue consistente, pero con el tiempo se ha llegado a olvidar casi por completo, con el resultado, por ejemplo, de que los hijos de los creyentes, en el mejor de los casos, apenas reciban una hora de instrucción bíblica a la semana (en la iglesia) mientras que son atiborrados de horas de estudio y de formación en la escuela. No es de extrañar, pues, que el mundo nos haya ido arrebatando las mentes y corazones de nuestros hijos y que haya ido laminando, así, nuestras iglesias. Recuperar el enfoque bíblico y reformado para los asuntos de esta vida, y en particular para nuestras familias, es sin duda una de las mayores necesidades del día de hoy.

 

8. La iglesia reformada está constituida en torno a los ministerios de la iglesia. Si bien hay tradiciones evangélicas que dependen fundamentalmente de su rechazo a la idea del ministerio del pastor en la iglesia (particularmente, hablamos del darbismo), la iglesia verdaderamente reformada siempre ha reconocido como esencial para la iglesia la existencia de un ministerio de predicación y enseñanza legítimamente constituido. Es la consecuencia lógica de su insistencia en la autoridad suprema de la Escritura y aun del papel concedido a la confesión de fe. El ministerio de predicación y enseñanza deja de ser visto (como a menudo lo es) como algo secundario (y esto, en el caso de haberlo), sino que se pone al frente mismo de la vida de la iglesia. Por su importancia, no ha de ser repartido de manera igualitaria y democrática entre todos los miembros de la iglesia, mujeres incluido, sino que la figura del pastor tiene un lugar específico, por el hecho de ser él quien imparte lo que es la savia y el corazón mismo de la vida espiritual de la iglesia.

Pero la Reforma no concibió nunca el ministerio de enseñanza como una primacía en solitario en la cúspide de la iglesia. Ella puso igualmente en relieve la enseñanza bíblica acerca de los ministerios de la iglesia, subrayando los que en ella son permanentes por mandato apostólico: los ancianos gobernantes y los diáconos. Las iglesias verdaderamente reformadas nunca se han considerado “completas” hasta contar con el órgano de gobierno en el que los tres ministerios (el de pastor o anciano docente, el de anciano gobernante y el de diácono) estén presentes y funcionando conjuntamente en el gobierno de la iglesia (en nuestra terminología en español, el Consejo de la iglesia). Uno de los mayores empeños de los misioneros, o de los pastores en iglesias pequeñas, ha de ser la de llegar a establecer el debido Consejo de iglesia, formando debidamente a los ancianos y diáconos para que la congregación pueda permanecer por generaciones (tal como es la voluntad de Dios en el Pacto de Gracia).

 

9. La iglesia verdaderamente reformada tiene una adoración regulada por la Palabra de Dios. En la Reforma, la adoración a Dios es concebida como uno de los asuntos de mayor importancia en la iglesia. Como hemos dicho, Dios es conocido y adorado como un Dios soberano; las expresiones de amor a Dios nunca dan pie para la falta de reverencia o de respeto ante Su presencia o en las formas en las que se le da culto. La adoración a Dios es el terreno propio y particular de Dios y Él ha revelado en Su Palabra la manera cómo quiere ser adorado. El segundo mandamiento del Decálogo prohíbe toda invención humana que Dios no haya ordenado en Su Palabra. El culto reformado es sencillo y sobrio, reverente y bíblico, y en él la Palabra de Dios, leída y predicada, tiene un lugar central e insustituible. De hecho, todo el culto reformado transcurre como la respuesta de los hombres a la Palabra que Dios les dirige a cada momento del culto.

Históricamente, el canto de Salmos es una marca del culto público reformado. Dejando de lado la cuestión de la salmodia exclusiva, se puede decir que el canto de Salmos siempre ha tenido un lugar central, un lugar por excelencia en el culto reformado. Por tanto, es bastante sorprendente que el mundo reformado hoy haya dejado de lado casi completamente el canto de Salmos, de manera que actualmente se tiene que ir reintroduciendo como una novedad. Asimismo, es bastante llamativo ver iglesias reformadas que tienen una forma de dar culto público más bien de tipo carismático, de manera que uno se pregunte que qué fue del carácter eminentemente bíblico y reverente del culto reformado. No se trata, como a veces se dice, que el “fondo” siga siendo reformado aunque las formas sean “carismáticas”. Lo contrario es cierto, y por lo tanto es cuestión de tiempo que la iglesia se manifieste plenamente como tal.

 

10. Por último, la iglesia reformada se caracteriza por promover la unidad de la iglesia visible. Las iglesias locales que abrazaron la Reforma en el s. XVI estuvieron animadas desde el inicio mismo por el ánimo de buscar y promover la unidad visible de la iglesia. Todo lo que hemos estado viendo hasta el momento (las nueve marcas anteriores) no fueron las características de iglesias aisladas, aquí y allá, sino que fueron las marcas características de todo el movimiento reformado en todo lugar. Las iglesias estuvieron unidas por estructuras estables de comunión, y no sólo de comunión, sino de gobierno en común. Algunas iglesias nacionales mantuvieron el sistema de gobierno episcopal. Pero la mayoría de las iglesias reformadas adoptaron el sistema presbítero-sinodal, que no era más que la continuación del sistema conciliar de la iglesia durante el periodo patrístico. Y que, en realidad, es el sistema bíblico.

Realmente, el congregacionalismo y el independentismo a ultranza no fueron marcas características de la Reforma, y no se introdujeron en ella hasta bien entrado el siglo XVII. La Reforma del siglo XVI miraría extrañada a una iglesia que, celosa de guardar su independencia, no buscara integrarse en un cuerpo eclesiástico que guarde la misma doctrina, gobierno y adoración que ella misma.

 

Hasta aquí, pues, las marcas que personalmente me parecen más sobresalientes de lo que es ser una iglesia verdaderamente reformada. Tal vez haya más. Pero con estas marcas tenemos materia suficiente, si queremos aplicarnos a la gran tarea de trabajar para ver una nueva Reforma en nuestros días.

 

Jorge Ruiz Ortiz.

La Necesidad de Reformar la Iglesia (Video y Texto de la Conferencia)

Introducción

Estamos a apenas seis años del quinto centenario del acontecimiento que dio inicio a la Reforma protestante, es decir, la publicación de las 95 Tesis de Lutero. Es de suponer que, para celebrar de modo conveniente a dicha efemérides, a medida que nos vayamos acercando a esta fecha podremos asistir a unos espectaculares fuegos artificiales ecuménicos entre representantes de las iglesias romanista y protestante, que podrían llegar a hacer a algún tipo de acercamiento o reconocimiento mutuo sin precedentes.

Y cuando hablo de estos más que previsibles actos de confraternización ecuménica, no me estoy refiriendo solamente a las iglesias del llamado protestantismo histórico (las grandes iglesias protestantes nacionales nacidas de la Reforma y que a lo largo del tiempo han caído presas el liberalismo y el pluralismo teológico), sino también del protestantismo evangélico, que es el mayoritario tanto en España como en los países de Sudamérica. Protestantismo evangélico que, de la mano de la Alianza Evangélica Mundial, se ha metido de lleno en el diálogo ecuménico con la Iglesia papal. Fruto de este diálogo han visto la luz dos documentos oficiales que sitúan áreas vitales de la vida de la Iglesia, como el testimonio y la proclamación del Evangelio, en perfecta sintonía con Roma; a saber, el primer documento, “Iglesia, evangelización y los vínculos de la koinonía” (2002), y el segundo, “Testimonio cristiano en un mundo de pluralismo religioso” (2011).

Sí, hemos de tener claro que el mundo evangélico hoy es pluralista de cara el interior (véase su división en denominaciones) y ecumenista de cara al exterior. Seguir leyendo