Categoría: Ministerio

Cuando el Dolor por el Pecado es Pecaminoso

De mi lectura del autor puritano inglés Thomas Brooks extraigo la siguiente perla:

Bien dijo Jerónimo: “Uno debe llorar su pecado, para luego gozarse por su dolor”. El dolor por el pecado que evita que el alma mire hacia el propiciatorio y aparta a Cristo del alma, o que incapacita al alma para la comunión de los santos, es un dolor pecaminoso”.(1)

Me parece que Brooks está en lo correcto. Lo cual me hace preguntar a mí, como pastor y predicador del Evangelio, si existe una predicación del Evangelio que busque causar este mismo dolor: un dolor por el pecado, sí, pero que evita conducir a la gente a poner su confianza sólo en Cristo y que hace considerar a la gente como permanentemente indigna del nombre de “cristiano”.

De haberla, es de suponer que Thomas Brooks la consideraría igualmente como pecaminosa.

(1) Thomas Brooks, Remedios preciosos contra las artimañanas de Satanás, (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2009), p. 34.

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La Predicación: Ordenanza y Poder de Dios

La predicación nunca ha sido popular, ni dentro ni fuera de la Iglesia, y tampoco lo es hoy en día. Tiene muchos enemigos declarados, y muchos de los que la practican, o la escuchan, lo hacen pero con desidia. Siempre se escuchan razones en contra de ella, incluso menospreciándola como completamente fuera de lugar en los tiempos que corren. Asimismo, hay que decir que, muy lamentablemente, los países de tradición católica-romana han sido históricamente huérfanos de una predicación bíblica y poderosa. Lo cual no es en modo alguno casual, puesto que no es más que consecuencia de la orientación de todo su sistema doctrinal. Pero es imprescindible darse cuenta que guardar la importancia de la predicación en la Iglesia es, primordialmente, una cuestión de fidelidad al Señor. Del cumplimiento de este deber depende el conocer días de grandes bendiciones espirituales sobre los creyentes y las iglesias. Sí, incluso en tiempos de intensa descristianización, como son los que vivimos.

Lo principal que hemos de considerar al hablar de la predicación es que ella es una ordenanza instituida por Dios mismo. Seguir leyendo

Ministerio Interno

“Sal de aquí y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si haces esta obra, manifiéstate al mundo” (Juan 7:3-4).

“Manifestarse” (φανερόω), o hacerse visible, al mundo: estas palabras de los hermanos de Jesús son también la continua tentación para los ministros, para los pastores. Dicho con otras palabras, la búsqueda de la notoriedad. A diferencia de Jesús, no hace falta que esta sugestión provenga del exterior. Más bien procede de dentro, de entre los pliegues del propio corazón. La alternativa, permanecer “en secreto” (ἐν κρυπτῷ) se ve como un sinsentido o un fracaso.

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