Categoría: Documentos de Westminster

El Pacto y Liga Solemne

EL PACTO Y LA LIGA SOLÉMNE

PARA LA REFORMA Y DEFENSA DE LA RELIGION, PARA EL HONOR Y DICHA DEL REY, Y PARA LA PAZ Y SEGURIDAD DE LOS TRÉS REINOS DE ESCOCIA, DE INGLATERRA Y DE IRLANDA.

Tomado y subscrito varias veces por el rey Carlos II y por todos los
rangos de los tres dichos reinos.
17 de agosto de 1643

“Preguntarán por el camino de Sion, hacia donde volverán sus rostros, diciendo: Venid, y juntaos á Jehová con pacto eterno, que jamás se ponga en olvido.” (Jeremías 50:5)

“Aparta al impío de la presencia del rey, Y su trono se afirmará en justicia.” (Proverbios 25:5 )

“Del cual juramento todos los de Judá se alegraron; porque de todo su corazón lo juraban, y de toda su voluntad lo buscaban: y fue hallado de ellos; y dióles Jehová reposo de todas partes.” (2 Crónicas 15:15)

“Hermanos, hablo como hombre: Aunque un pacto sea de hombre, con todo, siendo confirmado, nadie lo cancela, ó le añade.” (Gálatas 3:15)

La Asamblea en EDIMBURGO, el 17 de agosto de 1643. Sesión 14.

La Aprobación de la Asamblea General del PACTO Y LA LIGA SOLEMNE.

LA Asamblea habiéndole recomendado a un Comité designado por ellos para reunirse con el Comité de la Respetable Convención de los Estados, y con los Delegados de las Respetables Cámaras del Parlamento de Inglaterra, para traer los reinos a un enlace y a una unión más cercana, recibieron de los susodichos Comités el Pacto (que sigue mas adelante), como resultado de sus consultas: y habiéndolo tomado, como un asunto de interés público y algo que requiere una profunda importancia, a su más solemne consideración, todos con voz unánime lo aprobaron y lo abrazaron (con todo su corazón, y con los albores de sentimientos de ese gozo, que obtuvieron en gran medida al renovar el Pacto Nacional de esta iglesia y reino) como el medio más poderoso (con la bendición de DIOS) para establecer y preservar la verdadera religión Protestante con una perfecta paz en los territorios de su Majestad y para propagarla a otras naciones y para confirmar el trono de su Majestad para todas las edades y generaciones.  Y por lo tanto, recomienda (con sus mejores simpatías) este Pacto a la Respetable Convención de Estados, para que (siendo examinado y aprobado por ellos) se pueda mandar con toda diligencia al reino de Inglaterra, en cuanto que al ser recibido y  aprobado allí, se promulgue y se tome bajo juramento (con humillación pública, y con toda solemnidad devota y responsable) por todos los que profesan la verdadera religión reformada, y por todos los súbditos fieles de su Majestad en ambos reinos.

A. JOHNSTOUN.

CARLOS  I.   Parlamento 3.   Sesión 1.    Acta 5.

ACTA que ratifica la convocación de la Convención, la Ratificación del Pacto y de la Liga Solemne, y de los Artículos del Tratado entre los Reinos de Escocia e Inglaterra, y de las Actas restantes de la Convención de Estados, y de su Comité.

EN EDIMBURGO, 15 de julio de 1644.

LOS Estados del Parlamento, ahora convocados en virtud de la última Acta del último Parlamento, convocado por su Majestad, y por los tres Estados, en el año 1641 – considerando,  que los Lores del Consejo Privado de su Majestad, y de los Delegados para preservar los artículos del tratado, habiendo empleado (de acuerdo a los intereses y mandatos que se les ha encargado por su Majestad y por los Estados del Parlamento) todo medio, por medio de súplicas, protestas y por el envío de Delegados  para asegurar la paz de este reino, y para eliminar los disturbios infelices entre su Majestad y sus súbditos en Inglaterra, en una manera que pueda servir mejor al honor de su Majestad, y el bienestar de ambos reinos; y sus humildes y sumisos esfuerzos para fines tan buenos [pero] que han resultado ser ineficaces, y sus propuestas y ruegos para llegar a un acuerdo que ha sido rechazado por su Majestad; y por esta manera percibiendo el peso y las dificultades mucho más de lo que ellos podrían soportar de tales asuntos, y la responsabilidad que yace sobre ellos; por lo tanto, se reunieron en el mes de mayo de 1643, con los Delegados para sus obligaciones diarias, a fin de que (por consejo mutuo) respecto a ello se tomase alguna determinación; y por motivo al peligro amenazador a la religión protestante verdadera, al honor de su Majestad y a la paz de los reinos por causa de la multitud de Papistas y de sus partidarios armados en Inglaterra y en Irlanda, y de muchos otros asuntos importantes y públicos – que no podían admitir demora, y que requerían el consejo del cuerpo representativo del reino – designaron y convocaron una reunión de la Convención de Estados (su Majestad habiendo negado anteriormente sus deseos humildes para convocar un Parlamento) para llevarse acabo el 22  del siguiente junio.  En esta reunión – mantenida con frecuencia por los Nobles, Delegados de condados y localidades, y observando que dichos peligros contra esta iglesia y contra la nación seguían aumentando – se determinó (después de una solemne discusión y consejo por parte de la Asamblea General, y de la reunión de Delegados aprobados por el Parlamento de Inglaterra) que uno de los remedios claves para prevenir estos peligros y otros semejantes para preservar la [verdadera] religión, y para prevenir la ruina y destrucción de ambos reinos y para procurar la paz: que ambos reinos, para estos fines, entrarían en un Pacto que por consiguiente se concertó, y que cordialmente se concedió y recibió. Y por fin, un tratado fue concordado entre ambos reinos en cuanto a dicho Pacto, y en cuanto al tanto anhelado socorro de este reino [de Escocia] por el reino de Inglaterra, en conformidad a los objetivos que allí se expresaron.  Y los Estados estando aún deseosos de utilizar todos los medios justos, para que – sin más derramamiento de sangre – se lograse una dichosa armonía entre su Majestad y sus súbditos, al grado que promoviese  la [verdadera] religión, el genuino honor y seguridad de su Majestad, y de la dicha de su pueblo, delegaron, por consiguiente, al Conde John de Loudoun, a los Lores, el Lor Canciller, el Lor Maitland, el Lor Waristoun, y al Sr. Robert Barclay, para ir a Inglaterra, y procurar a llevar a cabo estos objetivos estipulados en el pacto de tratados, conforme a sus instrucciones.

Y dichos Estados habiendo tomado las medidas suscritas para su consideración, concluyen y declaran, que los Lores del concilio, y conservadores de la paz, se comportaron a sí mismo como consejeros fieles, súbditos leales, y buenos patriotas, al ofrecer sus humildes esfuerzos para quitar los obstáculos existentes entre su Majestad y sus súbitos, al llamar a los Delegados para las obligaciones diarias, y (por consejo mutuo) al designar la última reunión de la Convención – en donde ellos se han comprobado a sí mismos que son responsables tanto a sus deberes que les corresponden como al mandato que se les ha encomendado; y por lo tanto [dichos Estados] ratifican y aprueban sus medidas que allí concertaron, y declaran que dicha Convención no solo se hizo legalmente pero también que fue una Convención completa y libre en si misma, consistiendo de todos sus miembros, como cualquier Convención que se ha hecho en tiempos pasados; y ratifica y aprueba las varias medidas que ellos o que su comité concertaron, para implementar el Pacto.  Y también, los dichos Estados del Parlamento (pero a detrimento de los antecedentes, y de la ratificación general ya mencionada) ratifica, aprueba, y confirma la dicha Liga y Pacto mutuo – con respecto a la reforma y a la defensa de la [verdadera] religión, del honor y dicha del Rey, y de la paz y seguridad de los tres reinos de Escocia, de Inglaterra y de Irlanda; junto con las Actas de la Iglesia y del Estado que aprueban la dicha Liga y Pacto; junto también con los artículos ya mencionados del tratado concordado entre los dichos Delegados de la Convención de los Estados de Escocia y los Delegados de ambas Cámaras del Parlamento de Inglaterra, con respecto al dicho Pacto y la Liga Solemne.  Y los dichos Estados promulgan que estas Actas, con el Pacto y la Liga Solemne mencionado arriba, las Actas que lo aprueban, y los artículos del tratado ya mencionados, tienen pleno poder y autoridad de leyes consumadas y de Actas del Parlamento, que sean cumplidas por todos los súbditos de su Majestad, y que cumplan con sus estipulaciones respectivas.  De dicha Liga y Pacto, la estipulación es la siguiente:

Nosotros: nobles, barones, caballeros, ciudadanos, burgueses, ministros del Evangelio y gente común de toda clase, en los reinos de Escocia, Inglaterra e Irlanda, por la providencia de DIOS, viviendo bajo un solo Rey y siendo de una sola religión reformada, teniendo ante nuestros ojos la gloria de DIOS y el progreso del reino de nuestro Señor y Salvador JESUCRISTO, el honor y dicha de la majestad del Rey y de su posteridad y la verdadera libertad pública, la seguridad y la paz de los reinos, en que la condición individual de cada uno es incluida: y recordando las maquinaciones, las conspiraciones, los intentos y prácticas sangrientas y traicioneras de los enemigos de DIOS contra la religión verdadera y los que la profesan en todo lugar, especialmente en estos tres reinos, desde que comenzó la reforma de religión; y por cuanto su furor, poder y arrogancia recientes, en éste tiempo han aumentado y han sido agitados, tenemos el estado deplorable de la iglesia y reino de Irlanda, el estado oprimido de la iglesia y reino de Inglaterra y el estado precario de la iglesia y reino de Escocia, como testimonios públicos y presentes de estos [males]. Ahora al fin (después de otros métodos de súplica, amonestación, protesta y sufrimientos), para nuestra preservación y de nuestra religión de la ruina y destrucción total, en conformidad a la práctica loable de estos reinos en tiempos pasados, y el ejemplo del pueblo de DIOS en otras naciones, después de una consideración madura, acordamos y nos determinamos a entrar en una Liga Mutua y en un Pacto Solemne, con lo cual todos nosotros convenimos, y cada uno de nosotros individualmente, con nuestras manos alzadas al DIOS más Altísimo, juramos,

I. Que nosotros sincera, real y constantemente, por medio de la gracia de Dios, nos esforzaremos, en nuestros varios puestos y oficios, a preservar la religión reformada en la iglesia de Escocia, en doctrina, en adoración, en disciplina y en el gobierno eclesiástico, contra nuestros enemigos comunes; que nos esforzaremos en reformar la religión en los reinos de Inglaterra e Irlanda, en doctrina, en adoración, en disciplina y en el gobierno eclesiástico, de acuerdo a la palabra de DIOS, y el ejemplo de las mejores iglesias reformadas; y que nos esforzaremos en traer a las iglesias de Dios de los tres reinos a la unión y uniformidad más cercanas en religión, en la Confesión de Fe, en la Forma de Gobierno Eclesiástico, en el Directorio de Adoración y en la instrucción por catecismo; para que nosotros y nuestra posteridad después de nosotros, puedan, como hermanos, vivir en fe y en amor, y para que el Señor le plazca morar en medio de nosotros.

II. Que nosotros de tal manera, sin hacer acepción de personas, nos esforzaremos en extirpar el papismo, la prelacía (a saber, el gobierno eclesiástico por arzobispos, obispos, sus cancilleres y comisarios, decanos, decanos y cabildos, arcedianos y cualquier otro oficial eclesiástico que dependa de esa jerarquía), las supersticiones, herejías, divisiones, profanidades y cualquier otra cosa que sea contraria a la sana doctrina y a la eficacia de la piedad, para no participar en los pecados de otros y así exponernos al peligro de recibir sus plagas; y para que el Señor sea uno y su nombre uno, en los tres reinos.

III. Nos esforzaremos mutuamente con la misma sinceridad, realidad y constancia, en nuestros diversos oficios, con nuestros rangos y vidas, en preservar los derechos y privilegios de los Parlamentos y la libertad de los tres reinos; y en preservar y defender la Majestad del Rey, su persona y autoridad, en la preservación y defensa de la religión verdadera y libertades de los reinos; para que el mundo pueda testificar junto con nuestras consciencias de nuestra lealtad, y que no tenemos pensamientos ni intenciones de disminuir el poder justo y grandeza de su Majestad.


IV. También nos esforzaremos, con toda fidelidad, en traer a luz a todos aquellos que son o serán incendiarios, agitadores o instrumentos de maldad, y que están impidiendo la reforma de religión, separando al rey de su pueblo o de un reino de otro, o formando cualquier facción o partido entre la gente, contrariamente a éste Pacto y Liga; para que sean traídos a juicio público y que reciban el castigo adecuado, según el grado que merezcan o requieran sus ofensas, o que las cortes supremas de ambos reinos respectivamente, u otros teniendo autoridad delegada de ellas para este fin, juzguen conveniente.

V. Y entre tanto que la dicha de una paz bendita entre estos reinos (negada en tiempos pasados a nuestros progenitores) por la buena providencia de DIOS, nos es dada, y ha sido recientemente finalizada y establecida por ambos Parlamentos; cada uno de nosotros, de acuerdo a sus puestos e intereses, nos esforzaremos a que se mantengan unidos en una paz y unión firme para toda posteridad; y que se haga justicia sobre aquellos que obstinadamente se oponen a ello, en la manera que se ha expresado en el artículo precedente.

VI. También nosotros, de acuerdo con nuestros puestos y oficios, en esta causa común de religión, de libertad y de paz de los reinos, ayudaremos y defenderemos todos aquellos que entren en éste Pacto y Liga, para mantener y alcanzar esto mismo. Y no nos dejaremos ser divididos y separados (directa o indirectamente) de esta bendita unión y acuerdo por cualquier confederación, persuasión o terror, ya sea para hacer defección al lado contrario, o para darnos a una indiferencia detestable o neutralidad en esta causa que concierne tanto la gloria de DIOS, el bienestar del reino y el honor del Rey; sino que todos los días de nuestra vida, nos mantendremos en ello de manera celosa y constante contra toda oposición, y promoveremos esto mismo, de acuerdo a nuestra capacidad, contra cualquier impedimento y estorbo; y lo que nosotros no podamos suprimir o vencer, lo publicaremos y lo daremos a conocer, para que sea oportunamente impedido o quitado. Todo esto haremos como si fuese ante la presencia de Dios.

Y, porque estos reinos son culpables de muchos pecados y provocaciones contra DIOS y contra su Hijo JESUCRISTO, como es muy manifiesto por nuestros aflicciones y peligros actuales, el fruto de ello; profesamos y declaramos, ante DIOS y ante el mundo, nuestro verdadero deseo de ser humillados por nuestros pecados y por los pecados de estos reinos. Particularmente, en que no hemos, como debiéramos, valorado el beneficio inestimable del evangelio; en que no hemos luchado por su pureza y por el poder del mismo; en que no nos hemos esforzado a recibir a CRISTO en nuestros corazones, ni tampoco a caminar de manera digna de él en nuestras vidas. Todo lo cual ha sido causa de otros pecados y transgresiones que tanto abundan entre nosotros. Y nuestro verdadero propósito, deseo y dedicación para nosotros mismos y para todos los que están bajo nuestro poder y cargo (tanto pública como individualmente, en todos los deberes que nosotros debemos a DIOS y al hombre) y sin alguna pretensión es esforzarnos en enmendar nuestras vidas, y que cada uno de nosotros vaya delante de los demás en ejemplo de una verdadera reforma; con el fin de que el Señor aleje de nosotros su ira y su gran indignación, y que establezca estas iglesias y reinos en la verdad y en la paz.


Y este Pacto lo hacemos en la presencia del DIOS TODOPODEROSO (que escudriña todos los corazones) con una verdadera intención de cumplir esto mismo, según daremos cuenta en ese gran día, cuando los secretos de todos los corazones sean descubiertos. Y con mucha humildad imploramos al Señor que nos fortalezca con su Espíritu Santo para este fin, y que bendiga nuestros deseos y procedimientos con tal éxito, en tanto que sirva para el socorro y seguridad de su pueblo y ánimo a otras iglesias cristianas que gimen bajo o que están en peligro del yugo de la tiranía anticristiana, para que se unan en esta misma, o en una asociación y pacto semejantes, para la gloria de DIOS, para el progreso del reino de JESUCRISTO y para la paz y tranquilidad de los reinos y repúblicas cristianas.

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Forma Presbiteriana del Gobierno de la Iglesia

Prefacio

Jesucristo, sobre cuyos hombros es el gobierno, cuyo nombre es Maravilloso, Consejero, Dios Fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz; [1] el crecimiento de cuyo gobierno y paz no tendrá fin; quien se sienta en el trono de David, y sobre su reino, para ordenarlo, y establecerlo en juicio y justicia, desde ahora y para siempre; habiéndosele dado todo poder en cielos y tierra por el Padre, quien lo levantó de los muertos, y lo puso a su diestra, mucho más alto que todo principado y poder, y potencia, y dominio, y todo nombre que se nombra, no sólo en este mundo, sino también en el venidero, y puso todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, que es su cuerpo, la plenitud de aquel que llena todo en todos: habiendo ascendido por encima de todos los cielos, para que llene todas las cosas, recibió dones para su iglesia, y dio los oficiales necesarios para la edificación de su iglesia, y el perfeccionamiento de sus santos. [2]

[1] Isaías 9:6,7.
[2] Mateo 28:18,19,20; Efesios 1:20,21,22,23. Comparado con Efesios 4:8,11 y Salmo 68:18.

De la Iglesia

HAY una Iglesia general visible, presentada en el Nuevo Testamento [3]

[3] 1 Corintios 12:12,13,28 (junto con el resto del capítulo).

El ministerio, oráculos y ordenanzas del Nuevo Testamento, son dadas por Jesucristo a la Iglesia general visible, para la reunión y perfeccionamiento de ella en esta vida, hasta su segunda venida.

[4] 1 Corintios 12:28; Efesios 4:4,5, comparado con versículos 10,11,12,13,15,16.

Las iglesias visibles particulares (locales), miembros de la Iglesia general, también son presentadas en el Nuevo Testamento.[5] Las iglesias particulares en los tiempos primitivos estuvieron compuestas de los santos visibles, es decir, aquellos que, siendo adultos, habían profesado fe en Cristo y obediencia a Cristo, conforme a las reglas de fe y vida enseñadas por Cristo y sus apóstoles; y sus hijos. [6]

[5] Gálatas 1:21,22; Apocalipsis 1:4.20; 2:1.
[6] Hechos, 2:38,41,47. Comparado con Hechos. 5,14; 1 Corintios 1:2. Comparado con 2 Corintios 9:13; Hechos 2:39; 1 Corintios. 7:14; Romanos 11:16; Mc. 10:14. Comparado con Mateo 19:13,14; Lucas 18:15,16.

De los Oficiales de la Iglesia

LOS oficiales que Cristo ha señalado para la edificación de su iglesia, y el perfeccionamiento de los santos, son, algunos extraordinarios, como apóstoles, evangelistas, y profetas, que han cesado.
Otros, ordinarios y perpetuos, como pastores, maestros y otros gobernantes de la iglesia, y diáconos.

Pastores

EL pastor es un oficial ordinario y perpetuo en la iglesia,[7] profetizando a lo largo del tiempo del evangelio.[8]

[7] Jeremías 3:15-17.
[8] 1 Pedro 5:2-4; Efesios 4:11-13.

Primero, pertenece a su oficio,

Orar por y con su rebaño, como la boca del pueblo a Dios,[9] Hch 6:2,3,4 y 20:36, donde la predicación y la oración están unidas como las distintas partes del mismo oficio. [10] El oficio del anciano (es decir, del pastor) es orar por los enfermos, aun en privado, a lo cual una bendición está especialmente prometida; mucho más, por tanto, debe él cumplir esto en la ejecución pública de su oficio, como parte del mismo.[11]

[9] Hechos 6:2-4; 20:36.
[10] Santiago 5:14-15.
[11] 1 Corintios 14:15-16.

Leer las Escrituras públicamente; de lo cual es prueba,

1. Que los sacerdotes y levitas en la iglesia judía habían sido encomendados con la lectura pública de la Palabra [12]

[12] Deuteronomio 31:9-11; Nehemías 8:1-3, 13.

2. Que los ministros del evangelio tienen como gran cometido y comisión el dispensar la palabra, así como las otras ordenanzas, como lo tuvieron los sacerdotes y levitas bajo la ley, probado en Isa. 66:21; Mateo 23:34, donde nuestro Salvador designó a los oficiales del Nuevo Testamento, a los cuales envió, con los mismos nombres de los maestros del Antiguo Testamento.[13]

[13] Isaías 66:21; Mateo 23:34.

Estas proposiciones prueban que, por consiguiente (siendo el deber de naturaleza moral) se sigue por justa consecuencia, que la lectura pública de las Escrituras pertenece al oficio de pastor.

El alimento del rebaño, por la predicación de la Palabra, conforme a lo cual debe enseñar, convencer, redargüir, exhortar, y consolar.[14]

[14] 1 Timoteo 3:2; 2 Timoteo 3:16-17; Tito 1:9.

Catequizar, que es sentar simplemente los primeros principios de los oráculos de Dios,[15] o de la doctrina de Cristo, y es una parte de la predicación.

[15] Hebreos 5:12.

Dispensar otros misterios divinos.[16]

[16] 1 Corintios 4:1-2.

Administrar los sacramentos.[17]

[17] Mateo 28:19-20; Marcos 16:15-16; 1 Corintios 11:23-25; 1 Corintios 10:16.

Bendecir al pueblo de parte de Dios, Num 6:23,24,25,26. Comparado con Apoc. 1,4.5 (donde las mismas bendiciones, y personas de las que vienen, son mencionadas expresamente,[18]) Isa. 66:21, donde los nombres de los sacerdotes y levitas, que han de continuar bajo el evangelio, significan pastores evangélicos, quienes, por consiguiente, tienen por oficio bendecir al pueblo.[19]

[18] Números 6:23-26 compárese con Apocalipsis 1:4-5; Isaías 66:21;
[19] Deuteronomio 10:8; 2 Corintios 13:14.

Tener cuidado de los pobres.[20]

[20] Hechos 11:31; Hechos 4:34-37; Hechos 6:2-4; 1 Corintios 16:1-4; Gálatas 2:9-10.

Y también tiene un poder gobernante sobre el rebaño como pastor.[21]

[21] 1 Timoteo 5:17; Hechos 20:17, 28; 1 Tesalonicenses 5:12; Hebreos 13:7,17.

Maestro o Doctor

LA Escritura presenta el nombre y título de maestro, de la misma manera que el de pastor.[22]

[22] 1 Corintios 12:28; Efesios 4:11.

Quien también es un ministro de la Palabra, así como el pastor, y tiene el poder de la administración de los sacramentos.

Habiendo dado el Señor diferentes dones, y diferentes operaciones conforme a estos dones, en el ministerio de la Palabra;[23] aunque estos diferentes dones puedan hallarse en un ministro, y consecuentemente ser ejercidos por el mismo ministro;[24] con todo, donde haya varios ministros en la misma congregación, ellos pueden ser designados a distintos empleos, conforme a los diferentes dones en los que cada uno de ellos exceda más.[25] Y el que más exceda en la exposición de la Escritura, en enseñar sólida doctrina, y convencer a oponentes, que la que tiene en la aplicación, y es de este modo empleado en la misma, puede ser llamado maestro, o doctor, (los lugares citados de la Escritura prueban esta proposición). Sin embargo, donde no hay más que un ministro en una congregación particular, él ha de cumplir, tanto como sea capaz de hacerlo, toda la obra del ministerio.[26]

[23] Romanos 12:6,7,8; 1 Corintios 1,4,5,6,7;
[24] 1 Corintios 14:3; 2 Timoteo 4:2; Tito 1:9;
[25] [ver nota 23] 1 Pedro 10,11;
[26] 2 Timoteo 4:2; Tito 1:9; 1 Timoteo 6:2.

Un maestro, o doctor, es del más excelente uso en escuelas y universidades, como antaño en las escuelas de los profetas, y en Jerusalem, donde Gamaliel y otros enseñaron como doctores.

Otros Gobernantes de la Iglesia

COMO hubo en la iglesia judía ancianos del pueblo junto con los sacerdotes y levitas en el gobierno de la iglesia;[27] así Cristo, quien ha instituido el gobierno, y los gobernadores eclesiásticos en la iglesia, ha equipado a algunos en su iglesia, aparte de los ministros de la Palabra, con dones para el gobierno, y con la comisión de ejecutarlos cuando fueran llamados a ello, que han de asociar con el ministro en el gobierno de la iglesia.[28] Los cuales oficiales, las iglesias reformadas llaman comúnmente ancianos.

[27] 2 Crónicas 19:8,9,10;
[28] Romanos 12:7,8; 1 Corintios 12:28.

Diáconos

LA Escritura presenta a los diáconos como un distinto oficio en la iglesia.[29]

[29] Filipenses 1:1; 1 Timoteo 3:8

Cuyo oficio es perpetuo.[30] A cuyo oficio no le pertenece predicar la Palabra, o administrar los sacramentos, sino tomar especial cuidado en distribuir par alas necesidades de los pobres.[31]

[30] 1 Timoteo 3:8-15; Hechos 6:1,2,3,4;
[31] Hechos 6:1-4.

De las Congregaciones Particulares

ES lícito y conveniente que haya congregaciones fijas, es decir, una cierta compañía de cristianos para encontrarse ordinariamente en una asamblea para la adoración pública. Cuando los creyentes se multiplican hasta un número que no pueden reunirse convenientemente en un lugar, es lícito y conveniente que se dividan en congregaciones distintas y fijas, para la mejor administración de las ordenanzas que les pertenecen, y el cumplimiento de los deberes mutuos.[32]

[32] 1 Corintios 14:26,33,40.

La manera ordinaria de dividir a los cristianos en distintas congregaciones, y la más conveniente para la edificación, es por los límites respectivos de sus residencias.

Primero, Porque los que habitan juntos, estando ligados a todo tipo de deberes morales entre sí, tienen mejor oportunidad con ello para cumplirlos; lo cual es un vínculo moral y perpetuo; porque Cristo no vino para destruir la ley, sino para cumplirla.[33]

[33] Deuteronomio 15:7,11; Mateo 22:39; Mateo 5:17.

Segundo, la comunión de los santos debe ser ordenada que pueda permitir el uso más apropiado de las ordenanzas, y el cumplimiento de los deberes morales, sin acepción de personas.[34]

[34] 1 Corintios 14:26; Hebreos 10:24,25; Santiago 2:1,2.

Tercero, El pastor y el pueblo deben convivir tan juntos como puedan, para que puedan cumplir mutuamente sus deberes con la mayor conveniencia.

En esta compañía, algunos deben ser puestos aparte para cumplir el oficio.

De los Oficiales de una Congregación Particular

COMO oficiales en una única congregación, debe haber al menos uno, que trabaje en la labor de la palabra y doctrina, y que gobierne.[35]

[35] Proverbios 29:18; 1 Timoteo 5:17; Hebreos 13:7.

Es también un requisito que haya otros que se participen en el gobierno.[36]

[36] 1 Corintios 12:28.

Y asimismo, es requisito que haya otros que tomen especial cuidado para el alivio de los pobres.[37]

[37] Hechos 6:2,3.

El número de los mismos ha de ser proporcionado conforme a la condición de la congregación.

Estos oficiales han de reunirse en tiempos convenientes y fijos, para la buena ordenación de los asuntos de la congregación, cada uno conforme a su oficio.

Es muy conveniente que, en estas reuniones, uno cuyo oficio sea el de trabajar en la palabra y la doctrina, modere en sus actuaciones.[38]

[38] 1 Timoteo 5:17.

De las Ordenanzas en una Congregación Particular

Las ordenanzas en una congregación única son, oración, acción de gracias, y canto de salmos,[39] la Palabra leída, (aunque no siga una inmediata explicación de lo que se ha leído,) la Palabra expuesta y aplicada, catequizar, la administración de los sacramentos, colectas hechas para los pobres, despedida del pueblo con una bendición.

[39] 1 Timoteo 2:1; 1 Corintios 14:15,16.

Del Gobierno de la Iglesia, y las distintas Asambleas para el mismo

CRISTO ha instituido un gobierno, y gobernadores eclesiásticos en la iglesia: para este propósito, los apóstoles recibieron inmediatamente las llaves de mano de Jesucristo, y las usaron y ejercieron en todas las iglesias del mundo en toda ocasión.

Y Cristo, desde entonces, ha provisto a algunos en su iglesia con dones de gobierno, y con la comisión de ejecutar la misma, cuando fueren llamados a ello.

Es lícito, y agradable para la Palabra de Dios, que la iglesia sea gobernada por distintos tipos de asambleas, que son congregacionales, clásicas y sinodales.

Del Poder Común de Todas Estas Asambleas

ES lícito, y agradable a la Palabra de Dios, que las distintas asambleas antes citadas tengan poder para convocar, y llamar ante ellos, a cualquier persona dentro de sus distintos vínculos, a los cuales conciernan los asuntos eclesiásticos que tengan ante ellos.[40]

[40] Mateo 18:15,16,17,18,19,20.

Ellas tienen el poder para oír y determinar las causas y diferencias como les lleguen a ellas ordenadamente.

Es lícito, y agradable a la Palabra de Dios, que las dichas asambleas tengan algún poder para dispensar censuras eclesiásticas.

De las Asambleas Congregacionales, es decir, el Consejo de los Oficiales Gobernantes de una Congregación particular, para el Gobierno de la misma.

LOS oficiales gobernantes de una congregación particular tienen poder, autoritativamente, para llamar ante ellos a cualquier miembro de la congregación, cuando vean una ocasión justa.

Para inquirir acerca del conocimiento y estado espiritual de distintos miembros de la congregación.

Para amonestar y reprender.

Cuyos tres miembros están probados por Hebreos 13,18; 1 Tesalonicenses 5,12.13; Ezequiel 34,4. [41]

[41] Hebreos 13:17; 1 Tesalonicenses 5:12,13; Ezequiel 34:4.
La suspensión autoritativa de la Mesa del Señor, de una persona todavía no expulsada de la iglesia, es agradable a la Escritura:

Primero, Porque la ordenanza misma no debe ser profanada.

Segundo, Porque estamos encargados a remover aquellos que andan desordenadamente.

Tercero, A causa del gran pecado y peligro, tanto para el que viene de manera indigna, como también para toda la iglesia. [42] Y hay poder y autoridad, bajo el Antiguo Testamento, para mantener alejadas a las personas impuras de las cosas santas.[43]

[42] Mateo 7:6. 2 Tesalonicenses 3:6,14,15. 1 Corintios 11:27 hasta el final del capítulo. Comparado con Judas 23; 1 Timoteo 5:22;

[43] Levítico 13:5; Números 9:7; 2 Crónicas 23:19.

El mismo poder y autoridad, por analogía, continúa bajo el Nuevo Testamento.
Los oficiales gobernantes de una congregación particular tienen poder autoritativamente para suspender la Mesa del Señor a una persona todavía no expulsada de la iglesia:

Primero, Porque aquellos que tienen autoridad para juzgar, y admitir, a aquellos que son aptos para recibir el sacramente, tienen autoridad para mantener alejados a aquellos que sean hallados indignos.

Segundo, Porque es una tarea eclesiástica de práctica ordinaria perteneciente a esta congregación.
Cuando las congregaciones están divididas y fijadas, todas ellas necesitan ayuda mutua unas de otras, tanto con respecto a su debilidad intrínseca y mutua dependencia, como también con respecto a los enemigos de afuera.

De las Asambleas Clásicas

LA escritura presenta un presbiterio en una iglesia.[44]
[44] 1 Timoteo 4:14; Hechos 15:2,4,6.

Un presbiterio consiste de ministros de la Palabra, y otros oficiales públicos como sea agradable y garantizado por la Palabra de Dios para ser gobernantes de la iglesia, a unirse con los ministros en el gobierno de la iglesia.[45]

[45] Romanos 12:7,8; 1 Corintios 12:28.

La Escritura presenta, que distintas congregaciones particulares pueden estar bajo un gobierno presbiteriano.
Esta proposición está probada por casos:

1. Primero, De la iglesia de Jerusalem, que consistía de más congregaciones que una, y todas estas congregaciones estaban bajo un gobierno presbiteral.

Esto aparece así:

Primero, La iglesia de Jerusalén consistía de más congregaciones que una, como es manifiesto:

1) Por la multitud de creyentes mencionados, en diversos lugares, tanto antes de la dispersión de los creyentes, por causa de la persecución,[46] así como después de la dispersión.[47]

[46] Hechos 8:1; 1:15; 2:41,46,47; 4:4; 5:14; 6:1,7;

[47] Hechos 9:31; 12:24; 21:20.

2) Por los muchos apóstoles y otros predicadores en la iglesia de Jerusalén. Y si no hubiera más que una congregación allí, entonces cada apóstol apenas predicaría;[48] lo cual no concordaría con Hechos 6,2.

[48] Hechos 6:2.

3) La diversidad de lenguajes entre los creyentes, mencionadas tanto en el segundo como sexto capítulos de los Hechos, señalan más congregaciones que una en aquella iglesia.

Segundo, Todas aquellas congregaciones estaban bajo un gobierno presbiteral; porque,

1) Ellas eran una iglesia.[49]

[49] Hechos 8:1; 2:47 comparado con Hechos 5:11; 12:5; 15:4.

2) Los ancianos de la iglesia son citados.[50]

[50] Hechos 11:30; 15:4,6,22; 21:17,18.

3) Los apóstoles hacían las obras ordinarias de los presbíteros, como presbíteros en la iglesia; lo cual prueba una iglesia presbiteral antes de la dispersión, Hechos 6.

4) Las distintas congregaciones en Jerusalén siendo una iglesia, los ancianos de esta iglesia son citados como reuniéndose juntos para actos de gobierno;[51] lo cual prueba que estas distintas congregaciones estaban bajo un gobierno presbiteral.

[51] Hechos 11:30; 15:4,6,22; 21:17,18.

Y aunque esas congregaciones fueran fijas o no fijas, con respecto a los oficiales o miembros, eran todas una acerca de la verdad de la proposición.

Ni aparece ninguna diferencia material entre las distintas congregaciones en Jerusalem, y las distintas congregaciones ahora en la condición ordinaria de la iglesia, acerca del punto de la fijación requerida de los oficiales o miembros.

Tercero, Por consiguiente la Escritura presenta, que distintas congregaciones pueden estar bajo un gobierno presbiteriano.

II. Segundo, Por el ejemplo del la iglesia de Éfeso; puesto que,

Primero, Que había más congregaciones que una en la iglesia de Efesios, aparece en Hechos 20:31, [52] donde se menciona que Pablo continuó predicando en Éfeso por espacio de tres años; y Hechos 19:18,19,20, donde se menciona el efecto especial de la Palabra;[53] y vers. 10 y 17 del mismo capítulo, donde hay una distinción de judíos y griegos;[54] y de 1 Corintios 16:8,9, donde se da cuenta de la estancia de Pablo en Éfeso hasta Pentecostés;[55] y vers. 19, donde se menciona una iglesia particular en el hogar de Aquila y Priscila, Luego en Éfeso,[56] como aparece, Hechos 18:19,24,26.[57] Todo lo cual conjuntamente, prueba que la multitud de creyentes formaban más congregaciones que una en la iglesia de Efeso.

[52] Hechos 20:31;
[53] Hechos 19:18,19,20;
[54] Hechos 19:10,17;
[55] 1 Corintios 16:8,9;
[56] 1 Corintios 16:19;
[57] Hechos 18:19,24,26.

Segundo, Que habían distintos ancianos sobre esas distintas congregaciones, como un rebaño, aparece en[58]

[58] Hechos 20:17,25,28,30,36,37.

Tercero, Que esas distintas congregaciones eran una iglesia, y que ellas estaban bajo un gobierno presbiteral, aparece en[59]

[59] Apocalipsis 2:1,2,3,4,5,6. junto con Hechos 20:17,28.

De las Asambleas Sinodales

LA Escritura presenta otro tipo de asambleas para el gobierno de la iglesia, además de la clásica y la congregacional, a la cual llamamos Sinodal.[60]

[60] Hechos 15:2,6,22,23.

Pastores y maestros, y otros gobernadores de la iglesia, (así como otras personas adecuadas, cuando parezca conveniente,) son miembros de estas asambleas que llamamos Sinodales, cuando tienen un llamamiento legítimo a ella.

Asambleas sinodales pueden ser legítimamente de distintos tipos, como provinciales, nacionales, y ecuménicas.
Es lícito, y agradable a la Palabra de Dios, que haya una subordinación de las asambleas congregacionales, clásicas y nacionales, para el gobierno de la iglesia.

De la Ordenación de Ministros

BAJO el título de Ordenación de Ministros hay que considerar, tanto la doctrina de la ordenación, como el poder de ella.

Acerca de la Doctrina de Ordenación

NINGÚN hombre ha de tomar para sí el oficio de ministro de la Palabra sin un llamamiento legítimo.[61]

[61] Juan 3:27; Romanos 10:14,15; Jeremías 14:14; Hebreos 5:4.

La ordenación siempre ha de ser mantenida en la iglesia.[62]

[62] Tito 1:5; 1 Timoteo 5:21,22.

La ordenación es el consagración solemne de una persona a un oficio de la iglesia público.[63]

[63] Números 8:10,11,14,19,22; Hechos 6:3,5,6.

Cada ministro de la Palabra ha de ser ordenado por imposición de manos, y oración, con ayuno, por aquellos presbítero docentes a los cuales les corresponda.[64]

[64] 1 Timoteo 5:22; Hechos 14:23; 13:3.

Es agradable a la Palabra, y muy conveniente, que aquellos que han de ser ordenados ministros, sean designados a alguna iglesia partícula, u otro cargo ministerial.[65]

[65] Hechos 14:23; Tito 1:5; Hechos 20:17,28.

El que ha de ser ordenado ministro, ha de ser debidamente cualificado, tanto en su vida como en habilidades ministeriales, conforme a las reglas del apóstol.[66]

[66] 1 Timoteo 3:2,3,4,5,6; Tito 1:5,6,7,8,9.

Él ha de ser examinado y aprobado por aquellos por los cuales ha de ser ordenado.[67]

[67] 1 Timoteo 3:7,10; 5:22.

Ningún hombre ha de ser ordenado ministro para una congregación particular, si los de la congregación pueden mostrar una causa justa de objeción en contra de él.[68]

[68] 1 Timoteo 3:2; Tito 1:7.

Acerca del Poder de Ordenación

LA ORDENACIÓN es un acto del presbiterio.[69]

[69] 1 Timoteo 4:14.

El poder regular toda la obra de ordenación reside en todo el presbiterio, el cual, cuando está sobre más de una congregación, que las congregaciones sean fijas o no fijas, con respecto a los oficiales o miembros, es indiferente en cuanto al punto de la ordenación.[70]

[70] 1 Timoteo 4:14.

Es requisito importante, que ninguna congregación única, que pueda asociarse convenientemente, asuma únicamente para sí misma el poder de ordenación:

1. Porque no hay ejemplo en la Escritura que una sola congregación, que se pudiera asociar convenientemente, asuma para únicamente para sí misma el poder de ordenación; ni tampoco hay ninguna regla que avale tal práctica.

2. Porque en la Escritura hay ejemplo de la ordenación de un presbiterio sobre diversas congregaciones; como en la iglesia de Jerusalén, donde había algunas congregaciones: esas algunas congregaciones estuvieron bajo un presbiterio, y este presbiterio ordenaba.

Los presbíteros que predican asociados ordenadamente, ya sea en ciudades o en pueblos vecinos, son los que le pertenece la imposición de manos, para aquellas congregaciones en sus límites respectivos.

Acerca de la Parte Doctrinal de la Ordenación de Ministros

1. Ningún hombre ha de tomar para sí el oficio de ministro de la Palabra sin un llamamiento lícito.[71]

[71] Juan 3:27; Romanos 10:14, 15; Jeremías 14:14; Hebreos 5:4.

2. La ordenación ha de ser siempre mantenida en la iglesia.[72]

[72] Tito 1:5; 1 Timoteo 5:21, 22.

3. La ordenación es la consagración solemne de una persona para un oficio público en la iglesia.[73]

[73] Números 8:10, 11, 14, 19, 22; Hechos 6:3, 5, 6.

4. Cada ministro de la Palabra ha de ser ordenado por imposición de manos, y oración, con ayuno, por aquellos presbíteros predicantes que le pertenezca.[74]
[74] 1 Timoteo 5:22; Hechos 14:23; 8:3.

5. El poder de ordenar a toda la obra de ordenación reside en todo el presbiterio, cuando se halla sobre más de una congregación, siendo indiferente, si estas congregaciones están fijas o no, con respecto a sus oficiales o miembros, en lo que respecta al punto de la ordenación.[75]

[75] 1 Timoteo 4:14.

6. Es agradable a la Palabra, y muy conveniente, que los que han de ser ordenados ministros sean designados a alguna iglesia particular, o a otro cargo ministerial.[76]

[76] Hechos 14:23; 20:17, 28; Tito 1:5.

7. El que ha de ser ordenado ministro, ha de ser debidamente cualificado, tanto en su vida como en habilidades ministeriales, conforme a las reglas del apóstol.[77]

[77] 1 Timoteo 3:2-6; Tito 1:5-9.

8. Él ha de ser examinado y aprobado por aquellos por los que ha de ser ordenado.[78]

[78] 1 Timoteo 3:7, 10; 5:22.

9. Ningún hombre ha de ser ordenado ministro para una congregación particular, si los de esta congregación pueden mostrar algún motivo justo de objeción en contra de él.[79]

[79] 1 Timoteo 3:2; Tito 1:7.

10. Los presbíteros predicantes asociados ordenadamente, ya sea en ciudades o en pueblos vecinos, son aquellos a los que pertenece la imposición de manos, para aquellas congregaciones en sus límites respectivos.[80]

[80] 1 Timoteo 4:14.

11 En casos extraordinarios, se puede hacer algo extraordinario, hasta que haya un orden constituido, guardando tanto como sea posible la regla.[81]

[81] 2 Crónicas 29:34-36: 2 Crónicas 30:2-5.

12. Es en este un tiempo (como creemos humildemente) una ocasión extraordinaria para ordenar con vistas a la necesidad presente de ministros.

El Directorio para la ordenación de Ministros

SIENDO manifiesto por la Palabra de Dios, que ningún hombre ha de tomar para sí el ministerio del evangelio, hasta que haya sido lícitamente llamado y ordenado al mismo; y que la obra de ordenación ha de ser cumplida con todo el debido cuidado, gravedad, y solemnidad, humildemente presentamos estas directrices, como requisitos a ser observados.

1. El que ha de ser ordenado, ya sea elegido por el pueblo, o de otra manera encomendado por el presbiterio para algún lugar, ha de dirigirse él mismo al presbiterio, y presentarle un testimonio de su adhesión al pacto de los tres reinos; de su diligencia y provecho en sus estudios; cuáles grados ha conseguido en la universidad, y cuál ha sido el tiempo de su permanencia allí; junto con su edad, que ha de ser de veinticuatro años; pero especialmente de su vida y conducta.

2. Tras haberlo considerado, el presbiterio ha de proceder a inquirir acerca de la gracia de Dios en él, y si es de tal santidad de vida como es requisito en un ministro del evangelio; y han de examinarlo acerca de su aprendizaje y suficiencia, y acerca de las evidencias al llamamiento al santo ministerio; y, en particular, su puro y directo llamamiento a ese lugar.

Las Reglas de Examinación son éstas:

(1.) Que la parte examinada sea tratada en este asunto de manera fraternal, con dulzura de espíritu, y con especial respecto a la gravedad, modestia y calidad de cada uno.

(2.) Será examinado tocante a su conocimiento en lenguas originales, y se le hará una prueba de leer los Testamentos en Hebreo y Griego, y traducir algún pasaje de algunos al latín; y si es hallado falto en ellos, se investigará más estrictamente acerca de su otro aprendizaje, y si tiene conocimientos en lógica y filosofía.

(3.) Qué autores de teología ha leído, y está más familiarizado; y se le probará en su conocimiento de los fundamentos de la religión, y de su habilidad para defender la doctrina ortodoxa contenida en ellos contra todas las opiniones ligeras y erróneas, especialmente las de la época presente; de su conocimiento en el sentido y significado de tales lugares de la Escritura como le propongan, en casos de conciencia, y en la cronología de la Escritura, y en la historia eclesiástica.

(4.) Si no ha predicado antes en público con aprobación de aquellos que son capaces de juzgar, él expondrá, y en tiempo apropiado que le sea asignado, expondrá ante el presbiterio tal lugar de la Escritura que le sea dado.

(5.) También, en tiempo apropiado, compondrá un discurso en latín acerca de tal tema o controversia en teología que se le asigne, y exhibirá al presbiterio la suma de tales tesis, y mantendrá una disputa acerca de ellas.

(6.) Predicará ante el pueblo, estando presente el presbiterio, o algunos de los ministros de la Palabra designados por éste.

(7.) Se considerará la proporción de sus dones en relación con el lugar al que es llamado.

(8.) Además de la prueba de sus dones en la predicación, será sometido a un examen en las premisas dos otros días, y más, si el presbiterio lo juzga necesario.

(9.) Y como para aquel que anteriormente ha sido ordenado ministro, y ha de ser cambiado a otro lugar, dará un testimonio de su ordenación, y de sus habilidades y conducta, en la que se probará su conveniencia para tal lugar por su predicación, y (si fuera juzgado necesario) por un examen más detallado de él.

3. En todo en lo que sea aprobado, él debe ser enviado a la iglesia donde va a servir, para predicar tres días allí y para conversar con la gente, a fin de que tengan prueba de sus dones para su edificación, y para que también puedan tener tiempo y ocasión para informarse más y conocer mejor de su vida y conducta.

4. En el último de estos tres días apartados para examinar sus dones en la predicación, un aviso público por escrito será enviado del presbiterio a la congregación, que será leído públicamente ante ella, y después puesto a la puerta de la Iglesia, para indicar que en tal día un número de miembros competentes de esa congregación, nominados entre ellos, se presentarán ante el presbiterio, para dar su consentimiento y aprobación a tal hombre para ser su ministro; o por otro lado, entregar (con toda discreción y humildad cristiana) cualquier reserva que les impida recibirlo [como ministro]. Y si en el día señalado, no hay reservas o motivos justos que impidan recibirlo como ministro, y la congregación da su consentimiento, entonces el presbiterio procederá a la ordenación.

5. En el día señalado para la ordenación (que deberá llevarse a cabo en la Iglesia donde el que va a ser ordenado va a servir) un ayuno solemne se observará por parte de la congregación, para que ellos con mayor diligencia se unan en oración a fin de que las ordenanzas de Cristo, y la labor de su siervo sean bendecidos para la edificación de ellos. El presbiterio llegará al lugar, o por lo menos tres o cuatro ministros de la Palabra serán enviados de parte del presbiterio; de estos uno será señalado por el presbiterio para predicar al pueblo acerca de la tarea y de las obligaciones de los ministros de Cristo, y cómo el pueblo debe recibirlas por causa de su servicio.

6. Después del sermón, el ministro que ha predicado hará una convocación, frente de la congregación, de aquel que ahora va ser ordenado, respecto a su fe en Cristo Jesús, y de su convicción de la veracidad de la religión reformada, de acuerdo con las Escrituras; de sus propósitos y metas sinceras al desear entrar en este llamado; de su diligencia en la oración, en la lectura, en la meditación, en la predicación, en la administración de los sacramentos, en la disciplina, y en el cumplimiento de todas sus obligaciones ministeriales de su cargo; de su celo y fidelidad en mantener la verdad del Evangelio y la unidad de la Iglesia, contra todo error y división; de su cuidado de que él mismo y su familia sean irreprochables y ejemplos al rebaño; de su disponibilidad y humildad (en mansedumbre de espíritu) para someterse a las amonestaciones de sus hermanos, y a la disciplina de la Iglesia; y de su determinación de continuar en sus deberes contra todo trastorno y persecución.

7. Una vez que haya declarado, profesado su buena voluntad y prometido llevar a cabo sus esfuerzos, con la ayuda de Dios; de igual manera el ministro hará una convocación al pueblo acerca de su buena voluntad de recibirlo y reconocerlo como ministro de Cristo; y de obedecer y someterse a él, como teniendo autoridad sobre ellos en el Señor; y de mantener, animar y apoyarlo en todas las áreas de su ministerio.

8. Cuando esto haya sido mutuamente prometido por el pueblo, el presbiterio, o los ministros enviados por ellos para la ordenación, lo consagrarán solemnemente para el oficio y obra del ministerio al imponer sus manos sobre él, siendo acompañado con una oración o bendición breve, como por ejemplo:

“Reconociendo con acción de gracias la gran misericordia de Dios por enviar a Jesucristo para redimir a su pueblo; y por su ascensión a la diestra de Dios el Padre, y por enviar desde allí su Espíritu, y por impartir dones a los hombres – apóstoles, evangelistas, profetas, pastores y maestros; para reunir y para edificar su Iglesia; y por capacitar y predisponer a este hombre a esta gran obra [Aquí que impongan las manos sobre su cabeza]; suplicándole que lo haga apto con su Espíritu Santo, que lo ayude (a quien en su nombre nosotros lo apartamos así a este servicio santo) para que cumpla la obra de su ministerio en todo, para que pueda salvarse a él mismo y a su pueblo que se le ha encargado.”
9. Ésta o una forma semejante de oración y bendición acabada, el ministro quien predicó que brevemente lo exhorte a considerar la grandeza de su oficio y obra, el peligro de descuidarse a sí mismo como a su pueblo, la bendición que le acompañará en esta vida y en la venidera; y sobre todo exhortar al pueblo que se conduzca para con él, como su ministro en el Señor, de acuerdo a su solemne promesa hecha antes. Y así por la oración encomendándose tanto él mismo como su rebaño a la gracia de Dios, después de cantar un Salmo, que la asamblea sea despedida con una bendición.

10. Si un ministro es designado a una congregación, el cual ha sido anteriormente ordenado como presbítero de acuerdo a la forma de ordenación que ha existido en la Iglesia de Inglaterra, la cual mantenemos ser valida en cuanto a su sustancia, y que no sea rechazada por cualquiera que la haya recibido; entonces (después de un cauteloso procedimiento en asuntos de ordenación) que sea admitido sin una nueva ordenación.

11. Y en caso que cualquier persona ya ordenada como ministro en Escocia o en cualquier otra Iglesia reformada, sea designada a otra congregación en Inglaterra, él debe traer de esa Iglesia al presbiterio aquí (dentro de la cual esa congregación se encuentre), un certificado adecuado de su ordenación, de su vida y conducta mientras él vivió con ellos y de las causas de su cambio; y debe ser sometido a un examen de su aptitud y capacidad, y mantener el mismo curso en otros detalles, como está escrito en la regla anteriormente acerca del examen y admisión.

12. Que los archivos sean cuidadosamente guardados en los varios presbiterios, de los nombres de las personas ordenadas con sus certificados, del tiempo y del lugar de su ordenación, de los presbíteros que les impusieron sus manos, y del cargo al cual fueron designados.

13. Que ni dinero ni regalos de cualquier tipo, sean recibidos de la persona que va a ser ordenada, o a favor de ella, para ser ordenada, o cualquier cosa que le pertenezca, por cualquier persona del presbiterio, o cualquiera que esté asociado con ellos, por cualquier pretexto que sea.

Hasta aquí de las reglas ordinarias, y del curso de la ordenación, en la manera común y ordinaria; lo que sigue es acerca de la manera especial y extraordinaria, que en el tiempo presente necesita llevarse a cabo.

1. En estas presentes exigencias, mientras que no podemos tener presbiterios formados para todo su trabajo, y que muchos ministros deben ser ordenados para el servicio del ejército y de la marina, y para muchas congregaciones donde no hay ningún ministro; y donde (por razón de las perturbaciones públicas) el pueblo no puede por sí mismo buscar y encontrar uno que les sea un ministro fiel, ni puede tener uno que se le envíe con protección, para semejante solemne examen mencionado antes en las reglas ordinarias; especialmente, cuando no tienen un presbiterio cerca de ellos, a quien puedan dirigirse, o que pueda venir o que les envíe un hombre adecuado para ser ordenado en esa congregación, y para ese pueblo; sin embargo, es requerido que los ministros sean ordenados para ellos por algunos, los cuales (ellos mismos siendo designados para la obra del ministerio) tengan autoridad para unirse a fin de designar a otros que han sido hallados aptos y dignos. En tales casos, hasta que (por la bendición de Dios) las dificultades antedichas en algún buena medida puedan ser eliminadas, que se les permita a algunos ministros piadosos, en Londres o en sus alrededores, ser designados por autoridad pública, quienes (estando asociados) puedan ordenar ministros para la cuidad y para las áreas circunvecinas, manteniéndose tan cerca como sea posible a las reglas ordinarias antedichas; y no permitan que esta asociación sea para otros fines o propósitos, sino solamente para la obra de ordenación.

2. Que asociaciones como ésta se hagan por la misma autoridad en pueblos grandes, y que las parroquias vecinas en los varios condados (que al tiempo presente se hallan pacíficos y sin perturbaciones) hagan lo mismo para las regiones adyacentes.

3. Que aquellos que han sido escogidos o designados para el servicio del ejercito o de la marina, sean ordenados, como hemos dicho, por los ministros asociados de Londres o por otros en el país.

4. Que hagan lo mismo, cuando algún hombre les sea debida y legítimamente recomendado para el ministerio de cualquier congregación, quien no pueda disfrutar la libertad de que sus habilidades y talentos sean examinados, y que deseen el apoyo de tales ministros asociados, para proveerles mejor con aquella persona que por ellos será juzgada adecuada para el servicio de esa iglesia y pueblo.

Directorio para el Culto Público de Westminster

Prefacio

Al principio de la bendita Reforma, nuestros sabios y piadosos antepasados tuvieron cuidado en establecer un orden de culto para reparar muchas cosas, las cuales ellos (después de consultar en la Palabra de Dios) descubrieron que eran vanas, erróneas supersticiosas e idolatras en la adoración pública de Dios. Esto dio ocasión a muchos hombres piadosos y eruditos a regocijarse en el Libro de Oración Común [Book of Common Prayer], que se publicó en ese tiempo; pues la misa y el resto del servicio en latín fueron quitados, y la adoración pública por fin se celebraba en nuestra propia lengua. Muchos del pueblo común también recibieron beneficio al oír las Escrituras leídas en su propio idioma, que anteriormente para ellos era como un libro sellado.

No obstante, la larga y triste experiencia ha manifestado, que la Liturgia usada en la Iglesia de Inglaterra, (a pesar de todos los esfuerzos y piadosas intenciones por parte de los que la compilaron) ha manifestado ser piedra de tropiezo, no solamente para muchos fieles aquí en el país, sino también para las iglesias reformadas en el extranjero. Pues, sin hablar de la insistencia en leer todas las oraciones, lo cual aumentó mucho su carga, las muchas inútiles y pesadas ceremonias contenidas en esa Liturgia han ocasionado mucho daño, no solo inquietando las conciencias de muchos ministros y personas piadosas quienes no podían someterse a ellas, sino también privándolos de las ordenanzas de Dios, las cuales no podían disfrutar sin conformare o suscribir tales ceremonias. A muchos buenos cristianos, por estas razones, se les negó participar de la Santa Cena del Señor. A varios ministros aptos y fieles se les privó ejercer su ministerio (con el peligro para miles de almas, en un tiempo de escasez de ministros fieles), despojándolos de su diario sostén, para ruina de ellos y de sus familias.

Los prelados y su partido trabajaron entre nosotros para levantar la estima de esta Liturgia a una altura exagerada como si no hubiera otro culto, o manera de rendir culto a Dios, que no fuera por medio de ese Libro de Adoración. Esto ha sido un gran estorbo para la predicación de la Palabra, al punto que recientemente (en algunos lugares, en particular en tiempos recientes) se la ha desechado como algo innecesario, o en el mejor de los casos, como muy inferior a la lectura de la oración común; la cual fue convertida en algo no mejor que un ídolo por mucha gente ignorante y supersticiosa, quienes, complaciéndose consigo mismos con su presencia en ese servicio, y con sus servicio de labios para tomar parte en él, de este modo se han endurecido en su ignorancia y en su descuido del conocimiento de salvación y de la piedad verdadera.

Entre tanto, los papistas se jactaban de que el Libro armonizaba con ellos en gran parte con su servicio; y así pues fueron en gran manera confirmados en su superstición e idolatría, esperando que nosotros nos volviésemos a ellos, más bien que procurar reforma en ellos mismos. Con estas esperanzas, últimamente se llenaban de mucho ánimo, cuando, bajo la pretendida legitimidad de imponer las antiguas ceremonias, otras nuevas eran diariamente introducidas a la fuerza en de la iglesia.

Añádase a esto, (algo que no se esperaba, pero que ha acontecido), que la Liturgia ha sido un gran medio, por un lado, para contribuir y para aumentar un ministerio ocioso y de poca edificación, que se contenta con oraciones escritas por mano de otros, sin hacer esfuerzo alguno en ejercer el don de la oración, con el cual nuestro Señor Jesucristo le place adornar a todos sus siervos que Él llama a este oficio; así también, por otro lado, ha sido (y será así, si continúa) un asunto de rivalidades y contiendas interminables en la Iglesia, y una piedra de tropiezo para muchos ministros piadosos y fieles, que han sido perseguidos y callados por tal motivo, y para otros con cualidades ministeriales, muchos de los cuales su atención ha sido y será todavía desviada de pensar en el ministerio para dedicarse a otros estudios; especialmente en estos últimos días, en los cuales Dios ha concedido a su pueblo más y mejores medios para descubrir el error y la superstición, y para obtener conocimiento en el misterio de la piedad y dones en la predicación y en la oración.

Por estas, y por muchas consideraciones semejantes de gran peso tocante a todo el libro en general, y por motivo de diversos detalles en él; no por amor a novedades, o con la intención de despreciar a nuestros primeros reformadores, (de los cuales estamos persuadidos de que si estuvieran vivos hoy en día, se unirían a nosotros en esta obra, y a quienes reconocemos como instrumentos excelentes, elevados por Dios, para comenzar a purificar y a edificar su casa, y deseando que nosotros y nuestra posteridad los tuviésemos en memoria eterna, con agradecimiento y honor); pero para que podamos en alguna medida corresponder mutuamente a la buena providencia de Dios, que en este tiempo nos llama a una mayor reforma, y para que podamos satisfacer nuestras propias conciencias, y cumplir con los anhelos de otras iglesias reformadas, y con los deseos de muchos de los fieles entre nosotros; y además, dar testimonio público de nuestros esfuerzos para lograr uniformidad en la adoración divina, lo cual hemos prometido hacer en nuestro Pacto y Liga Solemne, nos hemos resuelto, después de invocar a Dios frecuente y solícitamente y de buscar mucho consejo, no con carne y sangre sino en su Santa Palabra, a poner de lado la Liturgia anterior, con sus muchos ritos y ceremonias anteriormente usadas en la adoración de Dios. También hemos llegado a un común acuerdo con el siguiente Directorio, para todo lo necesario en la adoración pública, tanto para tiempos ordinarios como extraordinarios.

En todo esto, nuestro cuidado ha sido el de exponer aquellas cosas que son de institución divina en cada ordenanza; mientras que las demás cosas hemos procurado exponer de acuerdo a las reglas de la prudencia cristiana, siempre y cuando estén de acuerdo con las reglas generales de la Palabra de Dios. Nuestra única intención en esto ha sido que haya un común consenso de todas las Iglesias en aquellas cosas que contienen la esencia del servicio y adoración de Dios, como los temas generales, el sentido, y el propósito de las oraciones, y otras partes de la adoración pública, siendo conocida por todos; y también que los ministros por este medio, puedan ser dirigidos en su ministración, con el fin de retener solidez en doctrina y oración; y si la necesidad lo requiere, que esto mismo les provea ayuda y materia, pero no al punto que ellos mismos se vuelvan perezosos y negligentes para avivar en ellos los dones de Cristo; antes bien que cada uno, por meditación, por un cuidado y vigilancia de sí mismo y del rebaño de Dios que le ha encargado, y por una observación sabia de los caminos de la Divina Providencia, procure proveer a su corazón y boca otras materias adicionales de oración y exhortación, según las necesidades que cualquier ocasión demande.

De la Reunión de la Congregación y de su Conducta en la Adoración Pública de Dios

Cuando la congregación se va a reunir para la adoración pública, todo el pueblo (habiendo preparado previamente sus corazones) debe venir y unirse para esto; sin ausentarse de las ordenanzas públicas por causa de negligencia, o por pretensión de mantener reuniones privadas.

Que todos entren a la reunión, no irreverentemente, sino en una manera solemne y apropiada, tomando sus asientos o lugares sin adoración, sin hacer reverencia hacia uno ú otro lugar.

Hallándose la congregación reunida, el ministro, después de un llamamiento solemne para la adoración del gran nombre de Dios, debe comenzar en oración

Reconociendo con toda reverencia y humildad la incomprensible grandeza y majestad del Señor, (en cuya presencia se presentan en ese momento de manera especial), y también su propia vileza e indignidad para acercarse a Él, junto con su absoluta incapacidad para cumplir con obra tan grande; y suplicando humildemente al Señor por perdón, ayuda y aceptación, en toda la adoración que se llevará a cabo; y por una bendición sobre esa porción particular de su Palabra que será leída; y todo en el nombre y por medio del Señor Jesucristo.

Habiendo comenzado la adoración pública, la gente tiene que centrar su atención en la adoración, absteniéndose de leer cualquier cosa, excepto lo que el ministro esté leyendo o citando; y absteniéndose de todo susurro en privado, pláticas, saludos, o de hacer reverencia a cualquier persona presente o que entre; así como también abstenerse de miradas maleducadas, dormirse y de otros comportamientos indecentes que puedan interrumpir al ministro o a la gente, y molestar a otros en la adoración del Señor.

Si cualquiera, por necesidad, no puede estar presente desde el principio, éste no debe, cuando entra a la reunión, dedicarse a sus devociones privadas, sino con reverencia sosegarse para unirse con el resto de la congregación en la ordenanza de Dios que se está llevando a cabo en ese momento.

De la Lectura Pública de las Sagradas Escrituras

La lectura de la Palabra en la congregación, siendo parte de la adoración pública de Dios, (donde reconocemos nuestra dependencia de Él y nuestra sumisión a Él), y un medio señalado por Él para edificar a su pueblo, debe llevarse a cabo por los pastores y maestros.

No obstante, aquellos que tienen la intención de entrar al ministerio, en ocasiones pueden tanto leer la Palabra como ejercitar sus dones de predicar en la congregación, si les es permitido por el presbiterio.

Todos los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento (pero ninguno de los comúnmente llamados apócrifos) serán leídos públicamente en el idioma común, usando la mejor traducción disponible, en una manera clara para que todos puedan oír y entender.

Lo larga que ha de ser la porción leída en una reunión, es dejado a la prudencia del ministro. Sin embargo es conveniente, que comúnmente se lea un capítulo del Antiguo y otro del Nuevo Testamento en cada reunión, otras veces más, donde los capítulos son cortos o la conexión del material lo requiere.

Es un requisito que todos los libros canónicos se lean en orden, para que el pueblo pueda familiarizarse mejor con todo el cuerpo de las Escrituras; y comúnmente, cuando la lectura de cualquier Testamento termine en un Día del Señor, tiene que comenzar en la próxima.

También recomendamos las lecturas más frecuentes de tales Escrituras que él cree que serán de mejor edificación para sus oyentes, como el libro de los Salmos y otras semejantes.

Cuando el ministro que lee juzgue necesario exponer cualquier parte de lo que está leyendo, que no sea hecho esto hasta haber terminado todo el capítulo o Salmo; también siempre se debe tener en cuenta el tiempo, para que ni la predicación ni otras ordenanzas se lleven a cabo con apuro o se vuelvan tediosas. Esta regla también debe observarse en todos los otros ejercicios públicos.

Además de la lectura pública de las Santas Escrituras, que cada persona que pueda leer sea exhortada a leer las Escrituras en privado, (y todos los demás que no pueden leer, mientras que no estén incapacitados por edad o por otra debilidad, igualmente sean exhortados a aprender a leer), y tener una Biblia.

De la Oración Pública antes del Sermón

Después de la lectura de la Palabra (y del canto de un Salmo), el ministro que va a predicar debe procurar que su propio corazón y el de los oyentes sean afectados adecuadamente por sus pecados, para que todos puedan contristarse por ellos ante el Señor y tener hambre y sed de la gracia de Dios en Jesucristo, procediendo por una confesión más completa de pecados, con vergüenza y santa confusión de rostro y clamar al Señor en este sentido:

“Reconocer nuestra gran pecaminosidad, Primeramente, por causa del pecado original, que (además de la culpa que nos hace sujetos a la maldición eterna) es semilla de todos los demás pecados; ha depravado y envenenado todas las facultades y capacidades de alma y cuerpo; contamina nuestras mejores acciones y (si no fuera reprimido, o si nuestros corazones no fuesen renovados por gracia) prorrumpiría en innumerables transgresiones, y en los mayores ultrajes contra el Señor que jamás hayan sido cometido por los hombres más viles de la humanidad. Y a continuación, por causa de los pecados actuales, nuestros propios pecados, los pecados de los magistrados, de los ministros y de toda la nación, de lo cual nosotros somos en muchas maneras cómplices: pecados nuestros que reciben muchos agravantes temibles, habiendo nosotros quebrantado todos los mandamientos de la santa, justa y buena ley de Dios, habiendo hecho lo que es prohibido, y dejado de hacer lo que ordena; y todo esto no sólo por ignorancia y debilidad, sino también muy deliberadamente, contra la luz de nuestras mentes, las reprensiones de nuestras conciencias, y los impulsos de Su propio Espíritu Santo que nos inclina a lo contrario, a tal grado que nuestros pecados no tienen excusa. Ciertamente, no tan sólo hemos despreciado las riquezas de la bondad, longanimidad y paciencia de Dios, sino también nos hemos opuesto a muchas de sus invitaciones y llamamientos de la gracia del Evangelio, no procurando, como deberíamos, recibir a Cristo en nuestros corazones por fe o caminar como es digno de Él en nuestras vidas.”“Lamentar nuestra ceguera de mente, nuestra dureza de corazón, nuestra incredulidad, impenitencia, [vana] confianza, tibieza espiritual, falta de fruto; o que no hemos procurado la mortificación y la novedad de vida, como tampoco hemos procurado el ejercicio de la piedad en la eficacia de ella; y que los mejores de nosotros no hemos caminado tan firmemente con Dios, guardando nuestras vestimentas sin mancha, ni hemos sido tan celosos de su gloria, y del bien de otros, como deberíamos; y también gemir por otros pecados de los que la congregación es particularmente culpable, a pesar de las numerosas y grandes misericordias de nuestro Dios, del amor de Cristo, de la luz del Evangelio y de la reforma de religión, de nuestros propios propósitos, promesas, votos, pacto solemne y otras obligaciones especiales, para hacer lo contrario.”“Reconocer y confesar, que, como somos convencidos de nuestras culpas, así (con un profundo sentimiento de la misma) nos juzgamos a nosotros mismos indignos de los beneficios más pequeños, y ser los más dignos del máximo furor de la ira de Dios, y de todas las maldiciones de la ley y de los juicios más graves infligidos sobre los más rebeldes pecadores; y que con mucha justicia podría arrancar de entre nosotros su reino y su Evangelio y colmarnos con todo tipo de castigos espirituales y temporales en esta vida, y después arrojarnos a completas tinieblas, en el lago que arde con fuego y azufre, donde el lloro y el crujir de dientes son para toda la eternidad.”“A pesar de todo esto, acercarse al trono de gracia, animándonos con la esperanza de recibir una respuesta misericordiosa a nuestras oraciones, por la riqueza y la suficiencia total de ese único sacrificio, [que es] la satisfacción y la intercesión del Señor Jesucristo, sentado a la diestra de su Padre y nuestro Padre; y en confianza de las grandísimas y preciosas promesas de misericordia y gracia en el Nuevo Pacto, por medio del Mediador del mismo, para aplacar la grave ira y maldición de Dios, las cuales no podemos evitar, ni soportar; y suplicar con toda humildad y diligencia por misericordia, en la remisión gratuita y completa de todos nuestros pecados y eso solamente por causa de los amargos sufrimientos y méritos preciosos de nuestro único Salvador Jesucristo.”

“Que el Señor conceda derramar su amor en nuestros corazones por el Espíritu Santo; sellarnos, por el mismo Espíritu de adopción, la plena certeza de nuestro perdón y reconciliación; consolar a todos los que gimen en Sion, hablar paz a los heridos y angustiados de espíritu y vendar los abatidos de corazón. Y en cuanto a los pecadores confiados y presuntuosos, que Él les abra sus ojos, convenza sus conciencias y los convierta de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios, para que también ellos puedan recibir perdón de pecados y herencia entre los que han sido santificados por la fe en Cristo Jesús.”

“Con la remisión de nuestros pecados por medio de la sangre de Cristo, orar por la santificación mediante su Espíritu; la mortificación del pecado que mora en nosotros y que en muchas ocasiones nos tiraniza; la vivificación de nuestros espíritus muertos con la vida de Dios en Cristo; gracia para equiparnos y hacernos capaces de cumplir con todas nuestras obligaciones de conducta y vocaciones que debemos a Dios y a los hombres; fuerza contra las tentaciones; el uso santificado de bendiciones y cruces; y la perseverancia en la fe y en obediencia hasta el fin.”

“Orar por la propagación del Evangelio y el reino de Cristo en todas las naciones; para la conversión de los judíos, la plenitud de los gentiles, la caída del anticristo y el adelantamiento de la segunda venida de nuestro Señor; por la liberación de las iglesias afligidas del extranjero bajo la tiranía de la facción del anticristo, y de las crueles opresiones y blasfemias del turco; por la bendición de Dios sobre las iglesias reformadas, especialmente sobre las iglesias y los reinos de Escocia, Inglaterra e Irlanda, ahora más estricta y religiosamente están unidas por el Pacto y la Liga Solemne; y por nuestras plantaciones en las remotas partes en el mundo: más particularmente por esa iglesia y reino de los cuales somos miembros, que Dios establezca en ellos paz y verdad, la pureza de todas sus ordenanzas y el poder de la piedad; y que impida y arranque herejía, cisma, profanidad, superstición, vana confianza y falta de fruto bajo los medios de gracia; que sane todas nuestras roturas y divisiones, y que nos preserve de romper nuestro Pacto Solemne.”

“Orar por todos los que están en autoridad, especialmente por su Majestad el Rey; que Dios lo haga rico con bendiciones, tanto a él individualmente como a su gobierno; que establezca su trono en piedad y en justicia, que lo salve de consejos malvados y que lo haga un instrumento de bendición y gloria para la preservación y propagación del Evangelio, para el ánimo y protección de aquellos que hacen el bien, terror de todos que hacen lo malo y para el mayor bien de toda la Iglesia y de todos sus reinos; por la conversión de la reina, la educación religiosa del príncipe y el resto del linaje real; por el consuelo de la afligida reina de Bohemia, hermana de nuestro soberano; y por la restitución e instalación del príncipe Carlos, Elector Palatino del Rin, en todos sus dominios y dignidades; por una bendición sobre la Corte Suprema del Parlamento, (cuando se encuentran en sesión en cualquiera de estos reinos respectivamente), sobre la nobleza, los jueces subordinados y magistrados, los cortesanos, y todo el pueblo común; por todos los pastores y maestros, que Dios los llene con su Espíritu, que los haga en un manera ejemplar santos, sobrios, justos, pacíficos y misericordiosos en sus vidas; sanos, fieles y poderosos en su ministerios; y que sus labores sean seguidas de abundante fruto y bendición; y que conceda a todo su pueblo pastores según su propio corazón; por las universidades y todas las escuelas y seminarios de la iglesia y de la nación, para que puedan prosperar aún más y más en conocimiento y en piedad; por la ciudad o congregación en particular, que Dios derrame bendiciones sobre el ministerio de la Palabra, de los sacramentos y de la disciplina, sobre el gobierno civil, y sobre todas las varias familias y personas que allí residen; por misericordia a los afligidos que están bajo aflicciones internas o externas; por el clima adecuado, y tiempos fructíferos, tal como las ocasiones lo demanden; por evitar juicios que podamos sentir o temer, o estemos expuestos, como hambre, pestilencia, espada, y cosas semejantes.”

“Y, con confianza de su misericordia para con su iglesia entera, y la aceptación de nuestras personas, por medio de los méritos y mediación de nuestro Sumo Sacerdote, el Señor Jesús, declarar que el deseo de nuestras almas es tener comunión con Dios en el uso reverente y consciente de sus santas ordenanzas; y, por este propósito, orar con diligencia suplicando su gracia y su ayuda eficaz para santificar su santo día de reposo, el Día del Señor, en todos los deberes del mismo, tanto públicos como privados, tanto para nosotros individualmente como para todas las demás congregaciones de su pueblo, según las riquezas y excelencias del Evangelio, que en este día se celebran y se disfrutan.”

“Y porque hemos sido oyentes inútiles en tiempos pasados, y como ahora no podemos por nosotros mismos recibir, como deberíamos, las cosas profundas de Dios, los misterios de Jesucristo, que requieren un discernimiento espiritual; orar, que el Señor, que enseña provechosamente, le plazca misericordiosamente derramar el Espíritu de gracia, juntamente con los medios externos que Él usa, para llegar a tal medida de la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús Señor nuestro, y, en Él, de las cosas que pertenecen a nuestra paz, para que podamos tener como escoria todas las cosas en comparación a Él; y que nosotros, habiendo gustado las primicias de la gloria que será revelada, podamos anhelar por una comunión más plena y perfecta con Él, para que dónde Él esté, nosotros podamos estar también, y disfrutar de la plenitud de esos gozos y delicias que están a su diestra para siempre.”

“De manera más particular, que a Dios provea en una manera especial a su siervo, que ahora es llamado a administrar el pan de vida a su casa, con sabiduría, fidelidad, celo y libertad de palabra, para que pueda usar bien la Palabra de Dios, dándole a cada uno su porción, en evidencia y demostración del Espíritu y de poder; y que el Señor circuncide los oídos y corazones de sus oyentes, para escuchar, amar y recibir con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar sus almas; que los haga como buena tierra para recibir la buena semilla de la Palabra, y los fortalezca contra las tentaciones de Satanás, contra los cuidados del mundo, contra la dureza de sus propios corazones, y contra cualquier otra cosa que pueda impedir que oigan para su provecho y salvación; para que Cristo sea formado en ellos, y viva en ellos, a fin de llevar todos sus pensamientos cautivos a la obediencia de Cristo y que confirme sus corazones en toda buena palabra y obra para siempre.”

Juzgamos que esto es un orden conveniente, en la oración ordinaria; aunque, como ministro puede dejar (como él juzgue prudentemente necesario) algunas de estas peticiones para después del sermón, u ofrecer a Dios algunas acciones gracias que más adelante se indicarán, en su oración antes de su sermón.

De la Predicación de la Palabra

La predicación de la palabra, siendo el poder de Dios para la salvación, y una de las más grandes y excelentes obras que pertenecen al ministerio del Evangelio, debe llevarse a cabo de manera que el obrero no tenga de qué avergonzarse, sino que pueda salvarse a sí mismo y los que le escuchan.

Se presupone (según las reglas de ordenación), que el ministro de Cristo es una persona dotada en buena medida para una tarea de tal peso como ésta, por sus habilidades en los idiomas originales y en tales disciplinas y conocimientos que sirven de criadas al estudio teológico; por su conocimiento en todo el cuerpo de la teología, pero por encima de todo en las Sagradas Escrituras, teniendo sus sentidos y corazón ejercitados en ellas en un grado más alto que el creyente común; y por la iluminación del Espíritu de Dios y otros dones de edificación, los cuales (acompañados con la lectura y el estudio de la Palabra) él debería procurar aún más por medio de la oración y con un corazón humilde, determinándose en admitir y recibir cualquier verdad a la que todavía no ha llegado, siempre y cuando le plazca a Dios hacérsela conocer. Todo lo cual él ha de usar, y progresar en ello, en sus preparaciones privadas, antes de que entregue en público lo que él ha preparado.

Ordinariamente, el tema de su sermón tiene que ser algún texto de la Escritura, presentando algún principio o punto principal de la fe, o que es adecuado para alguna ocasión especial urgente; o puede tomar algún capítulo, Salmo o algún libro de las Sagradas Escrituras, como lo vea conveniente.

Que la introducción a su texto sea breve y clara, sacada del texto mismo, o del contexto, o de algún pasaje paralelo, o alguna frase general de las Escrituras.

Si el texto es largo, (como algunas veces tiene que serlo, en historias o parábolas), que dé un resumen breve de él. Si el texto es pequeño, una paráfrasis del mismo, si es necesario; en ambos casos, observando atentamente la intención del texto, y señalando los puntos principales y las bases de doctrina que de él va a establecer.

Al analizar y dividir su texto, tiene que considerar más el orden del asunto que de las palabras; y no cargar la memoria de los oyentes al principio con demasiados puntos de divisiones, ni molestar sus mentes con términos de estudio incomprensibles.

Al establecer doctrinas del texto, su cuidado debería ser, Primeramente, que el asunto sea la verdad de Dios. En segundo lugar, que sea una verdad contenida en ese texto o que esté fundada en él, para que los oyentes puedan discernir como la enseña Dios desde allí. En tercer lugar, que haga énfasis sobre todo en aquellas doctrinas que están principalmente el propósito del texto; y que procure al máximo la edificación de los oyentes.

La doctrina tiene que ser declarada en términos sencillos; o si cualquier parte de ella necesita explicación, debe ser expuesta así como han de ser aclaradas las implicaciones del texto. Los pasajes paralelos de la Escritura, que confirman la doctrina, en vez de ser muchos, que sean claros y apropiados, (si fueren necesarios), y que subrayen al propósito que se tiene en mano y lo apliquen.

Los argumentos o razones tienen que ser sólidos y hasta donde sea posible convincentes. Las ilustraciones, del tipo que sea, deben ser iluminadoras, y tales que ayuden al oyente a entender la verdad en su corazón con deleite espiritual.

Si alguna duda patente parece brotar de las Escrituras, del razonamiento o de los prejuicios de los oyentes, es muy necesario solucionarla, resolviendo las diferencias aparentes, dando respuesta a los razonamientos, y descubriendo y quitando las causas que ocasionan los escrúpulos y errores. Por otra parte, no es apropiado distraer los oyentes planteando o respondiendo objeciones vanas, nocivas, las cuales, como no tienen fin, por el hecho de plantearlas y responderlas entorpecen más bien que promueven la edificación.

El [ministro] no ha de permanecer en la doctrina general, si bien ella nunca será demasiado aclarada y confirmada, sino que debe mostrar su especial uso por la aplicación a los oyentes: lo cual, sin embargo, resulta ser una obra de gran dificultad para sí mismo, pues requiere mucha prudencia, celo, y meditación, y al hombre natural y corrupto le va a ser muy desagradable; sin embargo él debe procurar llevarlo a cabo en tal manera, que sus oyentes puedan sentir que la Palabra de Dios es viva, eficaz y poderosa, y que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón; y que si algún incrédulo o persona ignorante está presente, los secretos de su corazón puedan ser manifiestos, y dé gloría a Dios.

En la aplicación de la instrucción o información en el conocimiento de alguna verdad, que es un resultado de su doctrina, él puede (cuando sea conveniente) confirmarla con unos pocos argumentos sólidos del texto a mano, y con otros pasajes de la Escritura, o de la naturaleza de ese punto principal de teología, de la cual esa verdad es una rama.

En la refutación de las doctrinas falsas, no tiene que resucitar antiguas herejías, ni mencionar sin necesidad opiniones blasfemas. Pero, si el pueblo está en peligro de caer en un error, debe refutarlo sólidamente y procurar despejar dudas de sus juicios y consciencias contra toda objeción.

Al exhortar a los deberes y obligaciones, tiene (según lo vea necesario) que enseñar también los medios y cuáles son las maneras que ayudarán en su cumplimiento.

Al disuadir, reprender y amonestar en público, (lo cual requiere sabiduría especial), si existe algún motivo para ello, que no solamente manifieste la naturaleza y grandeza del pecado, con la miseria que acarrea, sino que también exponga el peligro al que sus oyentes están expuestos si son atrapados y sorprendidos en él; juntamente con los correctivos y las mejores maneras para evitarlo.

Al aplicar consolación, ya sea general contra toda tentación, o en particular contra ciertas dificultades o temores singulares, tiene que ser cuidadoso en responder las objeciones que puedan brotar en corazones perturbados y afligidos.

A veces también es necesario presentar algunas señales de prueba, (lo cual es muy provechoso, especialmente cuando se lleva a cabo por ministros aptos y de experiencia, con circunspección y prudencia, y las señales están claramente fundadas sobre las Sagradas Escrituras), por las cuales los oyentes podrán ser capaces de examinarse a sí mismos para ver si han logrado esas gracias, y si han cumplido aquellas obligaciones, a las cuales los está exhortando, o si son culpables de los pecados condenados, y que están en peligro de los juicios amenazados, o que son aquellos a quienes pertenecen las consolaciones propuestas; para que sean adecuadamente animados e incitados en cumplir con sus obligaciones, humillados por sus faltas y pecados, conmovidos con su peligro y fortalecidos con consuelo, según la condición de ellos lo demande tras ser examinados.

Y como no se necesita siempre proseguir con cada doctrina que halla en su texto, así también él ha de escoger sabiamente tales usos que por el lugar donde vive y sus conversaciones con su rebaño, encuentra más necesarios y oportunos; y entre estos, aquellos que puedan más atraer sus almas a Cristo, la fuente de luz, de santidad y de consuelo.

Este método no se prescribe como algo necesario para cada hombre, o sobre cada texto; sino solamente se recomienda, ya que por experiencia ha resultado ser de mucha bendición de Dios, y muy útil para el entendimiento y la memoria de las personas.

Más el siervo de Cristo, cualquiera que sea su método, debe cumplir con todo su ministerio:

1. Con diligencia, no haciendo la obra del Señor negligentemente.

2. Con claridad, para que el más ignorante pueda entender; presentando la verdad no con palabras persuasivas de sabiduría humana, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que no se haga vana la cruz de Cristo; absteniéndose también de usos improductivos de idiomas desconocidos, expresiones, palabras y frases extravagantes; y procurar citar en manera moderada frases de escritores eclesiásticos o de otros hombres, antiguos o modernos, por muy distinguidos que sean.

3. Con fidelidad, tomando en cuenta el honor de Cristo, la conversión, la edificación y la salvación del pueblo, y no su propio provecho o gloria; sin retener nada que pueda promover estas metas sacrosantas, impartiendo a cada uno su propia porción, y rindiendo igual respeto a todos, sin descuidar las personas más insignificantes, o tolerar a las más distinguidas en sus pecados.

4. Con sabiduría, moldeando todas sus doctrinas, exhortaciones y especialmente sus reprensiones, de manera que tengan la mayor eficacia posible; mostrando todo debido respeto a cada persona en su puesto y relación, sin mezclar sus propias pasiones o resentimientos.

5. Con seriedad, como es digno de la Palabra de Dios; evitando todo gesto, lenguaje, y expresión, que ocasione o instigue las corrupciones pecaminosas de las personas para que lo desprecien a él y a su ministerio.

6. Con un afecto entrañable, para que el pueblo pueda ver que todo lo que brota de su celo piadoso y deseo sincero es para hacerles bien.

7. Como enseñado por Dios y persuadido en su propio corazón, de que todo lo que él enseña es la verdad de Cristo; y caminar en ella delante de su rebaño, como un ejemplo para ellos; con diligencia, tanto en privado como en público encomendando sus labores a la bendición de Dios y teniendo un mirada vigilante sobre sí mismo, y del rebaño del cual el Señor lo ha hecho obispo. Así de esta manera la doctrina de verdad será mantenida incorrupta, muchas almas serán convertidas y edificadas, y él mismo recibirá consuelos múltiples de su labores aun en esta vida, y después la corona de gloria preparada para él en el siglo venidero.

Donde haya más de un ministro en una congregación, y éstos tengan diferentes dones, cada uno puede aplicarse a sí mismo de manera más particular ya sea en la doctrina o bien en la exhortación, según el don en que él más sobresalga, y como acuerden entre ellos.

De la Oración Después del Sermón

Terminado el sermón, el ministro debe “Dar gracias por el gran amor de Dios, al enviarnos a su Hijo Jesucristo; por la comunicación de su Espíritu Santo; por la luz y la libertad del glorioso Evangelio, y por las bendiciones ricas y celestiales reveladas en él; tales, como la elección, el llamamiento, la adopción, la justificación, la santificación y la esperanza de gloria; por la bondad admirable de Dios al librar la nación de las tinieblas y tiranía anticristianas, y por todas las demás liberaciones nacionales; por la reforma de la religión; por el pacto; y por las muchas bendiciones temporales.”“Orar por la permanencia del Evangelio, y de todas las ordenanzas del mismo, en su pureza, poder, y libertad; tomar los puntos principales y más útiles del sermón y volverlos en breves peticiones de oración; y orar para que permanezca [el sermón] en el corazón, y que produzca fruto.“Orar para estar preparados para la muerte y el día del juicio, y para estar alerta para la venida de nuestro Señor Jesucristo; suplicar a Dios el perdón de las iniquidades de nuestras cosas santas, y de la aceptación de nuestro sacrificio espiritual, a través de los méritos y de la mediación de nuestro gran Sumo Sacerdote y Salvador el Señor Jesucristo.”

Y porque la oración que Cristo enseñó a sus discípulos no es tan sólo un modelo de oración, sino también es en sí misma la oración más completa, recomendamos que también se use en las oraciones de la Iglesia.

Y considerando que, la administración de los sacramentos, los ayunos públicos y días de acción de gracias y otras ocasiones especiales, pueden servir como ocasión para peticiones especiales y acciones de gracias, se requiere que se mencione algo de esto en nuestras oraciones públicas, (como en este tiempo, nuestra obligación es orar por una bendición sobre la Asamblea de Teólogos [de Westminster], por los ejércitos de tierra y mar, por la defensa del rey, del parlamento y del reino), cada ministro debe enfocarse en esto en su oración, antes y después del sermón, para esas ocasiones. Pero, en la manera en que lo va hacer, se le deja a su libertad, según Dios lo dirija y capacite en la piedad y en sabiduría para cumplir con su deber.

Terminada la oración, que un Salmo sea cantado, si no hay inconveniente alguno. Después de esto (a menos que siga otra ordenanza de Cristo, que concierne en ese tiempo a la congregación) que el ministro despida la congregación con una solemne bendición.

De la Administración de los Sacramentos: Y Primero, Del Bautismo

El BAUTISMO, del mismo modo que no debe aplazarse sin necesidad, no debe ser administrado en ningún caso por cualquier persona común, sino por un ministro de Cristo, llamado para ser mayordomo de los misterios de Dios.

Tampoco debe ser administrado en lugares privados, o en privado, sino en el lugar de la adoración pública, y en frente de la congregación, donde la gente pueda ver y oír lo más convenientemente posible; y no en lugares en donde las fuentes del bautismo, como en la época del papado, eran colocadas inapropiada y supersticiosamente.

El niño que va a ser bautizado, después de que se le haya notificado el ministro el día de antes, debe ser presentado por el padre, o (en caso de que se ausente por necesidad) por algún amigo cristiano en su lugar, declarando un serio deseo que el niño sea bautizado.

Antes del bautismo, el ministro debe hablar algunas palabras de instrucción, tocante a la institución, la naturaleza, el uso y los fines de este sacramento, demostrando,

“Que está instituido por Jesucristo Señor nuestro. Que es un sello del pacto de gracia, de nuestra implantación en Cristo, y de nuestra unión con Él, de la remisión de pecados, de la regeneración, de la adopción y vida eterna. Que el agua, en el bautismo, representa y simboliza tanto la sangre de Cristo (que quita toda la culpa de pecado, original y actual) como la virtud santificadora del Espíritu de Cristo contra el dominio de pecado y la corrupción de nuestra naturaleza pecaminosa. Que el acto de bautizar o aspersión y el lavamiento con agua, simboliza la limpieza de pecado por la sangre y por los méritos de Cristo, acompañado de la mortificación del pecado y la resurrección del pecado a novedad de vida, por virtud de la muerte y la resurrección de Cristo. Que la promesa es hecha a creyentes y a su simiente; y que la descendencia y la posteridad de los fieles, nacidos dentro la iglesia, tienen, por su nacimiento, parte en el pacto y el derecho al sello de éste, y a los privilegios externos de la iglesia, bajo el Evangelio, no menos que los hijos de Abraham en el tiempo del Antiguo Testamento (siendo el pacto de gracia, en su sustancia, el mismo; y la gracia de Dios y la consolación de los creyentes, más abundantes que antes). Que el Hijo de Dios recibió los niños pequeños en su presencia, abrazándolos y bendiciéndolos, diciendo, “Porque de tales es el reino de Dios.” Que los niños, por el bautismo, son solemnemente recibidos en el seno de la iglesia visible, diferenciados del mundo y de los que están afuera, y unidos con los creyentes. Que todos los que son bautizados en el nombre de Cristo, renuncian y, por su bautismo, están obligados a luchar contra el diablo, contra el mundo y contra la carne. Que ellos son cristianos y federalmente santos antes del bautismo y por consiguiente son bautizados. Que la gracia interna y la virtud del bautismo no está ligada a ese preciso momento en que es administrado; y que su fruto y eficacia se extiende por todo el curso de nuestra vida. Y que el bautismo externo no es tan necesario, que por falta de él, el bebé esté en peligro de condenación, o que los padres se acarreen culpa (mientras que ellos no desprecien o desatiendan la ordenanza de Cristo) cuándo y dónde [el bautismo] pueda tenerse.”

En estas o semejantes instrucciones, el ministro debe usar su propia libertad y sabiduría piadosa, en cuanto la ignorancia o los errores en la doctrina del bautismo, y la edificación del pueblo, lo requiera.

Él también debe amonestar a todos los que están presentes,

“A mirar atrás a su bautismo; a arrepentirse de sus pecados cometidos contra su pacto hecho con Dios; a avivar su fe; a sacar provecho y a emplear adecuadamente el uso de su bautismo, y del pacto sellado por esta manera entre Dios y sus almas.”

Él debe exhortar al padre,

“A considerar la gran misericordia de Dios hacia él y a su hijo; a criar el niño en el conocimiento de las bases de la religión cristiana y en la disciplina y amonestación del Señor; a hacerle saber el peligro de la ira de Dios hacia él mismo y a su hijo, si es negligente, demandando su promesa solemne de que cumplirá con su obligación.”

Habiendo hecho esto, la oración también de ser unida con la palabra de la institución, para la santificación del agua para este uso espiritual. Y el ministro debe orar así o de una manera semejante:

“Que el Señor, quien no nos ha dejado como extraños, sin las promesas del pacto, sino que nos ha llamado a los privilegios de sus ordenanzas, quiera por su misericordia santificar y bendecir su propia ordenanza del bautismo en esta ocasión. Que le plazca unir el bautismo interno de su Espíritu con el bautismo externo de agua; hacer de este bautismo al bebé un sello de adopción, de remisión de pecado, de regeneración y de vida eterna y de todas las demás promesas del pacto de gracia. Que el niño pueda ser plantado juntamente con Cristo en la semejanza de su muerte y resurrección; y que, siendo el cuerpo de pecado destruido en él, pueda servir a Dios en novedad de vida todos sus días.”

Luego el ministro debe preguntar por el nombre del niño, una vez dicho, él debe decir, (llamando al niño por su nombre),

“Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”

Mientras pronuncia estas palabras, él ha de bautizar al niño con agua. Lo cual, en cuanto a la manera de hacerlo, no es tan solo legítimo pero también suficiente y muy conveniente, al verter o rociar el agua sobre el rostro del niño, sin añadir cualquier otra ceremonia.

Hecho esto, él debe dar gracias y orar, para éste o con un propósito semejante:

“Reconociendo con toda gratitud, que el Señor es verdadero y fiel en guardar el pacto y la misericordia. Que Él es bueno y misericordioso, no sólo por contarnos entre el número de sus santos, sino también porque le place otorgar sobre nuestros hijos esta señal y símbolo único de su amor en Cristo. Que, en su verdad y providencia particular, Él diariamente introduce algunos al seno de Su iglesia, para ser partícipes de sus beneficios inestimables, comprados por la sangre de su amado Hijo, para la extensión y crecimiento de Su iglesia.”“Y orando, que el Señor quiera aun continuar y diariamente confirmar más y más éste su favor inefable. Que Él quiera recibir el bebé que ahora se bautiza y que solemnemente entra a la familia de la fe, a su enseñanza paternal y defensa y que se acuerde de él con el mismo favor que Él muestra a Su pueblo; que, por si él es tomado fuera de esta vida en su infancia, el Señor, quien es rico en misericordia, le plazca recibirlo en Su gloria. Y si él llega a vivir y alcanzar los años de discernimiento, que el Señor lo enseñe por Su palabra y Espíritu y que para él haga su bautismo eficaz, y así sostenido por su poder y gracia divinas, que por fe pueda triunfar contra el diablo, contra el mundo y contra la carne, hasta que en el fin obtenga una completa victoria final, y que así sea guardado por el poder de Dios por medio de la fe para salvación, por medio de Jesucristo, Señor nuestro.”

De la Celebración de la Comunión, o el Sacramento de la Santa Cena

La comunión, o la cena del Señor, tiene que ser celebrada frecuentemente, pero cuán a menudo, puede ser considerado y determinado por los ministros y otros gobernantes de la iglesia de cada congregación, según ellos lo encuentren más conveniente para el consuelo y para la edificación del pueblo que está bajo su cargo. Y acerca de cuando sea administrada, juzgamos que es conveniente que sea hecha después del sermón de la mañana.

Los ignorantes y los que causan tropiezo no son dignos de recibir el sacramento de la Santa Cena.

Donde este sacramento no se puede administrar frecuentemente con conveniencia, se requiere que se anuncie en público la celebración de este sacramento en el día de reposo anterior a su administración. Y que en ese día o cualquier otro de esa semana, se enseñe algo acerca de esa ordenanza, cómo prepararse adecuadamente, y sobre la participación de ella; para que, por el uso diligente de todos los medios santificados de Dios para ese fin, tanto en público como en privado, todos puedan llegar mejor preparados para ese banquete celestial.

Cuando ha llegado el día para la administración, el ministro, habiendo terminado su sermón y oración, hará una pequeña exhortación:

“Expresando el beneficio inestimable que tenemos por este sacramento, junto con los fines y usos del mismo; exponiendo la gran necesidad de renovar nuestros consuelos y fuerzas por este medio en este nuestro peregrinaje y lucha; lo necesario que es que nos acerquemos a este [sacramento] con conocimiento, con fe, con arrepentimiento, con amor y con almas hambrientas y sedientas de Cristo y de sus beneficios; lo grande que es el peligro de comer y beber indignamente.”“A continuación, él debe, en el nombre de Cristo, por una parte, amonestar a todos los que son ignorantes, causa de tropiezo, profanos, o que viven en cualquier pecado o delito en contra de su conocimiento o de su conciencia, a que no se atrevan acercarse a esa mesa santa; mostrándoles, que el que come y bebe indignamente, come y bebe juicio para sí mismo. Y, por otra parte, él debe en una manera especial invitar y animar a todos los que están fatigados bajo el sentimiento de la carga de sus pecados y por el temor de la ira [divina], y desean alcanzar un mayor progreso en gracia de lo que han alcanzado, a que se acerquen a la mesa del Señor; asegurándoles, en mismo nombre [de Cristo] tranquilidad, refrigerio, y fuerzas a sus almas débiles y fatigadas.”

Después de este exhortación, amonestación, e invitación (estando la mesa decentemente cubierta de antemano y situada convenientemente, de manera que los comunicantes puedan sentarse con orden alrededor o cerca de ella, el ministro debe comenzar el acto santificando y bendiciendo los elementos del pan y del vino puestos ante él, (el pan en platos apropiados y decentes, preparado de manera que al ser partido y dado por él, pueda ser distribuido entre los comunicantes; lo mismo con el vino en vasos grandes), habiendo primero, en pocas palabras, mostrado que esos elementos (que en otras circunstancias son cosas comunes) ahora son puestos aparte y santificados para este uso santo, por la Palabra que los instituyó y por la oración.

Que las palabras que instituyeron [la Santa Cena] sean leídas de los Evangelios, o de la Primera Epístola del Apóstol Pablo a los Corintios, capítulo 11:23. “Yo recibí del Señor, etc…” hasta el versículo 27, las cuales cuando el ministro, vea necesario, las explique y las aplique.

Que la oración, acción de gracias, o bendición del pan y del vino, sea hecha de esta manera semejante:

“Con un reconocimiento humilde y sincero de la grandeza de nuestra miseria, de la cual ningún hombre ni ángel pudieron librarnos, y de nuestra gran indignidad de las misericordias más pequeñas de Dios; dar gracias a Dios por todos sus beneficios y especialmente por ese gran beneficio de nuestra redención, el amor de Dios el Padre, los sufrimientos y méritos del Señor Jesús Cristo el Hijo de Dios, por quien somos redimidos; y por todos los medios de gracia, la palabra y los sacramentos; y por este sacramento en particular, por el cual Cristo, y todos sus beneficios, nos son aplicados y sellados, los cuales (no obstante sean negados a otros) son en gran misericordia prolongados entre nosotros, a pesar de que los hayamos tantas veces y por tan largo tiempo profanado.”“Confesar que no hay otro nombre bajo el cielo por cual podamos ser salvos, sino el nombre de Jesús Cristo, y por quien solamente recibimos libertad y vida, tenemos acceso al trono de gracia, somos admitidos para comer y beber de su propia mesa, y somos sellados por Su Espíritu para una certeza de dicha y vida eterna.”“Pedir solícitamente a Dios, el Padre de misericordias y el Dios de toda consolación, el concedernos su presencia misericordiosa y la obra eficaz de Su Espíritu en nosotros; y así santificar estos elementos tanto del pan y del vino y bendecir su propia ordenanza, para que podamos recibir por fe el cuerpo y la sangre de Jesucristo, crucificado por nosotros, y así alimentarnos de Él, para que Él sea uno con nosotros y nosotros uno con Él; para que Él viva en nosotros y nosotros en Él y para Él quien nos ha amado y se ha entregado a si mismo por nosotros.”

Todo lo cual él debe procurar llevarlo a cabo con un sentir y devoción apropiados, que correspondan a semejante acto santo y despertar esto mismo en los presentes.

Siendo ahora los elementos santificados por la Palabra y por la oración, el ministro, estando presente en la mesa, debe tomar el pan en su mano y decir, en estas expresiones, (ú otras semejantes, usadas por Cristo o su apóstol sobre esta ocasión):
“Según la santa institución, el mandamiento y el ejemplo de nuestro bendito Salvador Jesús Cristo, yo tomo este pan y habiendo dado gracias, lo parto y os lo doy; (allí el ministro, quién también va a participar, debe partir el pan y dárselos a los comunicantes). Tomad, comed; esto es el cuerpo de Cristo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de Él.”

En manera semejante el ministro debe tomar la copa, y decir, en estas expresiones, (ú otras semejantes, usadas por Cristo o su apóstol sobre esta ocasión):

“Según la institución, el mandamiento y el ejemplo de nuestro Señor Jesús Cristo, yo tomo esta copa y os la doy; (allí él la da a los comunicantes); Esta copa es el nuevo pacto en la sangre de Cristo, que es derramada para la remisión de los pecados de muchos, bebed de ella todos.”

Después de que todos hayan participado, el ministro, en pocas palabras, puede recordarles,

“De la gracia de Dios en Jesús Cristo, presentada en este sacramento, y exhortarlos a que caminen como es digno de ello.”

El ministro debe dar solemnes gracias a Dios,

“Por su rica misericordia e inestimable bondad, que les ha concedido en este sacramento; y rogar perdón por los defectos de todo el servicio y por la ayuda misericordiosa de su buen Espíritu, por el cual ellos puedan caminar en la fortaleza de esa gracia, como conviene a aquellos que han recibido tan grandes prendas de salvación.”

Las ofrendas para los pobres deben llevarse de tal manera, que por esto ninguna parte de la adoración pública sea estorbada.

De la Santificación del Día del Señor

El Día del Señor debe ser recordado con antelación, de manera que toda ocupación mundanal de nuestra vocación ordinaria se concluya ordenadamente y sea puesta de lado de manera oportuna y conveniente, para no ser impedimento para que el día se santifique dignamente cuando éste llegue.

Todo el día debe ser guardado como santo al Señor, tanto en público como en privado, por ser éste el reposo cristiano. Para tal fin, es necesario que haya una cesación santa o descanso todo ese día de labores innecesarias; y abstenerse, no sólo de todo tipo de deportes y pasatiempos, sino también de toda palabra y pensamiento mundanos.

Que la comida para ese día se prepare de modo que ni los siervos sean detenidos innecesariamente de la adoración pública de Dios, ni cualquier otra persona sea impedida de santificar ese día.

Que haya preparaciones individuales de cada persona y familia, con oración por sí mismos y por la ayuda de Dios sobre el ministro, y por una bendición sobre su ministerio; y con otros semejantes ejercicios santos, que puedan inclinarlos a una más agradable comunión con Dios en sus ordenanzas públicas.

Que todo el pueblo se reúna a tiempo para la adoración pública, para que toda la congregación pueda estar presente al comienzo y con un corazón solemnemente unido en todas las partes de la adoración pública, y no irse hasta después de la bendición.

Que el tiempo libre, entre o después de las reuniones solemnes de la congregación en público, se ocupe en la lectura, en la meditación, en recordar el sermón y especialmente en llamar a sus familias para dar un relato de lo que han oído y en estudiar el catecismo, en conversaciones santas, en oración por una bendición sobre las ordenanzas públicas, en cantar salmos, en visitar a los enfermos, en ayudar a los pobres y obras semejantes de piedad, caridad y misericordia, considerando el día de reposo un deleite.

De la Celebración del Matrimonio

Aunque el matrimonio no es un sacramento, ni peculiar a la iglesia de Dios, sino algo común al ser humano y de interés público en cada nación; sin embargo, por el motivo de que los que se casan deben casarse en el Señor, y tienen una necesidad especial de instrucción, dirección y exhortación de la Palabra de Dios cuando entran en esa nueva relación, así como de la bendición de Dios sobre ellos en su matrimonio, juzgamos que es apropiado que el matrimonio sea solemnizado por un ministro legítimo de la Palabra de Dios, para que los pueda aconsejar adecuadamente y orar por una bendición sobre ellos.

El matrimonio tiene que ser entre un hombre y una sola mujer solamente; y ellos no han de tener los grados de consanguinidad o parentesco que prohíbe la Palabra de Dios; las pareja debe ser ya de una edad de discernimiento, capaces para hacer sus propias decisiones, o, por buenas razones, dar su consentimiento mutuo.

Antes de la celebración del matrimonio entre cualquier persona, el propósito del matrimonio será anunciado por el ministro por tres semanas de anticipación ante la congregación, en el lugar o lugares respectivos de su residencia de costumbre. De este anuncio el ministro que los unirá en matrimonio debe tener suficiente testimonio [testigos], antes que proceda a solemnizar el matrimonio.

Antes del anuncio de que se van a casar, (sí la pareja son menores de edad), el consentimiento de los padres, o de otros, que tienen responsabilidad sobre ellos, (en caso que los padres hayan fallecido), debe comunicarse a los oficiales de la iglesia de esa congregación, para ser archivado.

Esto mismo debe llevarse a cabo en el procedimiento de todos los demás, aunque ya tengan edad, cuyos padres aún viven, si es su primer matrimonio.

Y, en matrimonios subsecuentes de cualquiera de las partes, se les exhortará de no contraer matrimonio sin informarlo primero a los padres, si se puede hacer convenientemente, para procurar el consentimiento de ellos.

Los padres como no deben forzar sus hijos a casarse sin su libre consentimiento, así tampoco deben negar su propio consentimiento si no hay motivos justos.

Después de que el propósito o el compromiso haya sido anunciado, el matrimonio no debe demorarse por mucho tiempo. Así pues el ministro, habiéndolo anunciado con tiempo suficiente de antelación, y si no se ha presentado ningún impedimento, debe solemnizarlo públicamente en el lugar propuesto por mandato para la adoración pública, ante un número de testigos calificados dignos de confianza a alguna hora conveniente del día, a cualquier tiempo del año, excepto en días de ayuno o humillación pública. Y aconsejamos que no se haga en el Día del Señor.

Y por razón de que toda relación es santificada por la palabra y la oración, el ministro debe orar por una bendición sobre ellos, de una manera semejante:

“Reconociendo nuestros pecados, por los cuales nos hemos hechos indignos de las menores de todas las misericordias de Dios y lo hemos provocado para amargar todo nuestro bienestar; con solicitud, en el nombre de Cristo, rogar al Señor (cuya presencia y favor consiste la dicha cada estado, y endulza cada relación) para que Él sea su porción y los admita y acepte en Cristo, quienes ahora serán unidos en el estado honroso del matrimonio, el pacto de su Dios. Y que como los ha unido por su providencia, los santifique por Su Espíritu, dándoles un nuevo corazón apto para su nuevo estado; enriqueciéndolos con toda gracia para cumplir con sus obligaciones, gozar de su bienestar, soportar las preocupaciones y resistir las tentaciones que acompañan a ésta condición, como conviene a cristianos.”

Terminada la oración, es conveniente que el ministro les declare brevemente de las Escrituras lo siguiente,

“La institución, el uso y los fines del matrimonio, con las obligaciones conyugales, las cuales, con toda fidelidad, deben cumplir el uno al otro; exhortándoles a que estudien la santa Palabra de Dios, para que puedan aprender a vivir por fe y en contentamiento en medio de todo tipo de cuidado y problema matrimonial, santificando el nombre de Dios, en el uso agradecido, sobrio y santo de toda felicidad conyugal; vigilándose y estimulándose el uno al otro al amor y a las buenas obras; y vivir juntos como herederos de la gracia de la vida.”

Después de exhortar solemnemente a las personas que se casan, ante el gran Dios, que examina todos los corazones, y a quien deben dar una cuenta estricta en el último día, [pregunta el ministro] que si cualquier de ellos conoce alguna causa (por un compromiso previo u otra cosa) por los que no puedan proceder legalmente con el matrimonio, que ahora lo hagan saber. El ministro (si no se ha reconocido impedimento alguno) hará primero que el hombre tomé la mujer por la mano derecha, diciendo estas palabras:

“Yo, (nombre), te tomo, (nombre), para ser mi legítima esposa, y en la presencia de Dios, y ante esta congregación, prometo y hago pacto de serte un esposo amante y fiel, hasta que Dios nos separé por la muerte.”

Entonces la mujer tomará al hombre por la mano derecha y dirá estas palabras:

“Yo, (nombre), te tomo, (nombre), para ser mi legítimo esposo, y yo, en la presencia de Dios, y ante esta congregación, prometo y hago pacto de serte una esposa amorosa y fiel y obediente, hasta que Dios nos separé por la muerte.”

Luego, sin alguna ceremonia más, el ministro, delante de la congregación, los pronunciará marido y mujer, según la ordenanza de Dios; concluyendo el acto con una oración semejante:

“Que al Señor le plazca unir a su propia ordenanza su bendición, implorándole que prospere las personas ahora casadas, como con otras prendas de su amor, en particular con los consuelos y frutos del matrimonio, para la alabanza de su abundante misericordia, en Cristo Jesús y por medio de Él.”

Un archivo será cuidadosamente guardado, en donde los nombres de las parejas que se han casado, con la fecha de su matrimonio, será inmediatamente registrado en un libro provisto para ese propósito, para que cualquiera pueda examinarlo.

De la Visitación de los Enfermos

La obligación del ministro no es tan solo enseñar públicamente a la gente que está bajo su cargo, sino también [hacerlo] privadamente; y particularmente en amonestar, exhortar, reprender y consolarlos, en toda ocasión apropiada, según su tiempo, fuerza y seguridad personal se lo permita.

Él debe amonestarlos, en tiempos de salud, para que se preparen para la muerte. Para ese propósito, ellos deben reunirse a menudo con sus ministros para discutir el estado de sus almas. En tiempos de enfermedad, [el enfermo] debería buscar el consejo y ayuda del ministro, con tiempo y oportunamente, antes de que sus fuerzas y entendimiento le fallen.

Los tiempos de enfermedad y aflicción son oportunidades especiales puestas sus manos por Dios para ministrar palabras adecuadas a las almas fatigadas; porque entonces las conciencias de los hombres están o deberían estar más despertadas acerca de su estado espiritual para la eternidad; y Satanás también toma ventaja para cargarlos con tentaciones mucho más amargas y severas; por consiguiente el ministro, siendo llamado y acudiendo al enfermo, debe aplicarse, con todo amor y ternura, en suministrar algún bien espiritual a su alma, para tal efecto.

De la consideración de la enfermedad presente, puede instruirle de las Escrituras, que las enfermedades no vienen por casualidad, o por el desgaste del cuerpo solamente, sino por la sabiduría y dirección ordenada de la buena mano de Dios, a cada persona en particular que es afectada por ellas. Y que, si se le ha sido impuesta por desagrado divino por algún pecado, o para su corrección y enmienda, o para poner a prueba y ejercitar sus dones y gracias de Dios en él, o para otro fin especial y excelente, todos sus sufrimientos servirán para su provecho, y obrarán para su propio bien, si él con sinceridad procura hacer un uso santificado de esta visitación [enfermedad] de Dios, sin menospreciar su castigo, ni fatigarse por su corrección.

Si se da cuenta de que es ignorante [en cuanto a la fe], lo examinará sobre los puntos principales de la religión, especialmente sobre el arrepentimiento y la fe. Y según él vea motivos, lo instruirá en la naturaleza, en el uso, en la excelencia y en la necesidad de obtener esas gracias salvadoras, así como también sobre el pacto de gracia, y de Cristo el Hijo de Dios, el Mediador del mismo, y acerca de la remisión de pecados por la fe en Él.

Él exhortará a la persona enferma a que se examine, para considerar, escudriñar y juzgar su conducta anterior y su estado para con Dios.

Si la persona enferma le declara algún temor, duda, o tentación que la aflige, le impartirá instrucciones y consejos para calmarla y tranquilizarla.

Si resulta que la persona no tiene un discernimiento adecuado de sus pecados, se deben hacer esfuerzos para convencerla de sus pecados, de la culpabilidad y el castigo que ellos acarrean; así de la suciedad y de la contaminación que el alma contrae por ellos; como también de la maldición de la ley y de la ira de Dios que merecen; para que sea realmente conmovida y humillada por ellos; además de darle a conocer el peligro de demorar su arrepentimiento, y el peligro de desatender la salvación cuando se le está ofreciendo, con el fin de despertar su conciencia y levantarla de una condición necia y confiada, y de apercibir la justicia y la ira de Dios, ante cuya presencia nadie puede sostenerse, pero que esta persona, así perdida en sí misma, puede apoyarse en Cristo por fe.

Si la persona ha procurado andar en los caminos de santidad y servir a Dios con rectitud, aunque no sin muchas fallos y debilidades; o, si su espíritu se halla quebrantado con un sentimiento de pecado, o deprimido por que no puede apercibir el favor de Dios, entonces será apropiado levantarlo, al presentarle la gracia de Dios que es gratuita y plena, la suficiencia de la justicia que hay en Cristo, los ofrecimientos misericordiosas en el Evangelio, que todos los que se arrepienten y creen con todo su corazón en la misericordia de Dios por medio de Cristo, renunciando su propia justicia, tendrán vida y salvación en Él. Será también útil mostrarle que no hay de que temer, que la muerte en sí misma no puede dañar espiritualmente a los que están en Cristo, porque el pecado que es el aguijón de la muerte, ha sido quitados por Cristo, quien ha librado a todos los que son suyos de la esclavitud del temor de la muerte, triunfando sobre el sepulcro, dándonos la victoria, y que Él mismo ha entrado en su gloria para preparar lugar para su pueblo; de manera que ni la vida ni la muerte podrá separarnos del amor de Dios en Cristo, en quien los tales están seguros, aunque ahora deban ser puestos en el polvo, para obtener una gozosa y gloriosa resurrección para vida eterna.

También se puede dar consejo [a la persona enferma], de tener cuidado de no albergar una vana confianza en la misericordia, o en lo bueno que es para ir al cielo, con el fin de que renuncie todo mérito en sí misma, y que confíe enteramente en la misericordia de Dios, en los únicos méritos y en la mediación de Jesucristo, quien se ha comprometido en no echar fuera nunca quienes en verdad y sinceridad vienen a Él. También hay que cuidado en que la persona enferma no se hunda en la desesperación, por una tan severa representación de la ira de Dios que merecen sus pecados, sin ser aliviada con una presentación sensible de Cristo y de Su mérito como una puerta de esperanza para todo creyente arrepentido.

Cuando el enfermo ya está tranquilo y menos perturbado, y otros deberes necesarios alrededor sean menos estorbados, el ministro, si desea, podrá orar con él y por él, en una manera semejante:

“Confesando y lamentando del pecado original y de pecados actuales; de la condición miserable de todos por naturaleza, siendo hijos de ira y bajo maldición; reconociendo que toda enfermedad, malestar, muerte y el mismo infierno, son resultados y efectos propios del pecado; implorando la misericordia de Dios a favor del enfermo, por medio de la sangre de Cristo; rogando que Dios abra sus ojos, que le haga ver sus pecados, que lo haga verse perdido en sí mismo, que le haga saber la causa por qué Dios lo ha afligido, que le revelé a Jesucristo a su alma para justicia y vida, que le dé su Espíritu Santo para que lo engendre y fortalezca la fe para asirse de Cristo, para producir en él evidencias consoladoras de su amor, para armarlo contra las tentaciones, para alejar su corazón del mundo, para santificar su visitación [enfermedad] presente, para proveerle con paciencia y fuerzas para sobrellevarla, y para darle perseverancia en la fe hasta el fin.”

“Que, si le place a Dios añadir a sus días, también le plazca bendecir y santificar todos los medios para su recuperación; para alejar la enfermedad, para renovar sus fuerzas y capacitarlo para andar como es digno de Dios, con un recordación fiel y un diligente cumplimiento de tales votos y promesas de santidad y obediencia, como los hombres suelen hacer en tiempos de enfermedad, para que él pueda glorificar a Dios en lo que resta de su vida.”“Y, si Dios ha determinado poner fin a sus días por la visitación [enfermedad] presente, que él pueda hallar tales evidencias del perdón de todos sus pecados, de su parte en Cristo y la vida eterna por medio de Cristo, que pueda renovar su hombre interior, mientras su hombre exterior se debilita; con el fin de que pueda contemplar la muerte sin temor, confiarse completamente a Cristo sin dudar, deseando partir y estar con Cristo, y así recibir el fin de su fe, que es la salvación de su alma, por medio de los únicos méritos y la intercesión del Señor Jesucristo, nuestro único Salvador y todo suficiente Redentor.”El ministro también lo amonestará (cuando haya causa) a poner su casa en orden, para prevenir así inconveniencias; a tomar cuidado de pagar sus deudas y restituir o reparar cualquier daño que haya hecho; reconciliarse con quienes haya estado en desacuerdo y perdonar completamente a todos los hombres sus pecados contra él, como él mismo espera ser perdonado por Dios.

Finalmente, el ministro puede aprovechar la ocasión presente para exhortar a los que están alrededor del enfermo a considerar su propia mortalidad, volverse al Señor y reconciliarse con Él; en tiempos de salud prepararse para la enfermedad, para la muerte y para el día del juicio; y todos los días de su vida determinados esperar hasta que tengan que partir de esta vida, para que cuando Cristo, quien es nuestra vida, se manifieste, ellos sean manifestados con Él en gloria.

Del Entierro de los Muertos

Cuando alguna persona parta de está vida, que el cuerpo del difunto, en el día del entierro, sea acompañado decentemente de la casa al lugar determinado para el entierro público y allí ser inmediatamente enterrado, sin ceremonia alguna.

Y por cuanto la costumbre de arrodillarse, y orar al lado o hacia el cuerpo y otras prácticas semejantes, en el lugar donde descansa antes de ser llevado al entierro, son supersticiones; y por cuanto esto del orar, leer y cantar, antes y después de ir al entierro, han sido gravemente abusados y de nada sirven a los muertos, pero han resultado perniciosos en muchas maneras a los vivos; por lo tanto, que se desechen todas estas prácticas.

Sea como fuere, juzgamos muy conveniente, que amigos cristianos, que acompañan el cuerpo difunto al lugar determinado para el entierro público, se ocupen ellos mismos a meditaciones y conversaciones apropiadas para la ocasión; y que el ministro, como en otras ocasiones, así en este tiempo, si está presente, les haga recordar cuáles son sus obligaciones y deberes respectivos.

Que esto no se extienda al punto de privar el respeto o cortesía civil adecuados en el entierro, acordes al honor y estado del que ha fallecido mientras estaba en vida.

Del Ayuno Público Solemne

Cuando se inflijan sobre una población ciertos juicios, grandes y notables, o se apercibe que están cercanos, o porque ciertas provocaciones extraordinarias los merezcan notoriamente; como también cuando ciertas bendiciones singulares se imploran y se obtienen, el ayuno público solemne (que debe extenderse en todo el día) es un deber que Dios espera de esa nación o pueblo.

El ayuno religioso requiere abstenerse totalmente, no tan solo de toda comida, (excepto cuando la debilidad del cuerpo lo incapacite para aguantar hasta que el ayuno haya terminado, en cuyo caso se puede comer algo, pero de manera muy ligera, para sustentar el cuerpo cuando haya señas de desmayos) pero también de todo empleo, conversaciones y pensamientos mundanos, y de todo deleite corporal, y de cosas semejantes (aunque en otras ocasiones son legítimas), vestidos costosos, adornos, y cosas semejantes, durante el ayuno; y aún mucho más de aquellas cosas que en su naturaleza o uso son de tropiezo y ofensivas, como prendas llamativas y ostentosas, hábitos y expresiones lascivas, y otras vanidades de cualquier sexo; todo lo cual lo recomendamos a todo ministro, donde reside, que desapruebe con diligencia y con celo, como lo hace en otras ocasiones, así con mayor razón durante un ayuno, sin hacer acepción de personas, según lo demande la ocasión.

Antes de que se reúnan como iglesia, cada familia y persona deben emplear en privado todo esmero espiritual para preparar sus corazones a este ejercicio solemne y estar temprano en la congregación.

Una tan larga porción del día como sea conveniente, debe emplearse en la lectura pública y en la predicación de la Palabra, en cantar Salmos adecuados para despertar deseos y disposiciones que correspondan a este deber presente: pero sobre todo en la oración, de ésta o de una manera semejante:

“Dando gloria a la gran Majestad de Dios, el Creador, Preservador y Gobernante supremo de todo el mundo, para que nos incline y disponga mejor por estos medios con una reverencia y temor santo de Él; reconociendo sus múltiples, grandes y tiernas misericordias, especialmente a la iglesia y a la nación, para ablandar y humillar más eficazmente nuestros corazones ante Él; confesando humildemente toda clase de pecados, con sus diversos agravantes; justificando y declarando que los justos juicios de Dios son muy pequeños en comparación de lo que merecen nuestros pecados; implorando, sin embargo, con humildad y diligencia su misericordia y gracia para nosotros, para la iglesia y para la nación, para nuestro rey y todos los que ejercen autoridad, y para todos por quienes tenemos que orar, (según la situación presente lo requiera), con mayor importunidad é insistencia que en cualquier otro tiempo; aplicando por fe las promesas y la bondad de Dios para el perdón, para el socorro y liberación de los males que nos han venido, de los que tememos que vengan, o de los que merecemos; y para obtener las bendiciones que necesitamos y que esperamos, junto con una entrega total y para siempre de nosotros al Señor.”

En todas estas cosas, los ministros, que son portavoces del pueblo hacia Dios, deberían de tal manera orar con su corazón, después de una meditación de antemano seria y total de ellas [juicios, bendiciones], que tanto ellos como su pueblo puedan ser en gran manera conmovidos y aun deshacerse en lágrimas con todo esto, especialmente con tristeza por sus pecados; para que pueda realmente ser un día de profunda humillación y aflicción de alma.

Una selección especial debe hacerse de tales Escrituras que serán leídas, y de tales textos que serán predicados, como obren mejor en los corazones de los oyentes por motivo de la ocasión presente y que más los incline a la humillación y al arrepentimiento; haciendo más hincapié en aquellos detalles que la observación y experiencia de cada ministro le dicte que conducirán a una mayor edificación y reforma de la congregación a la que predica.

Antes de terminar los ejercicios públicos, el ministro debe, en su propio nombre y de la gente, comprometer tanto su corazón como el de ellos para ser del Señor, con un propósito declarado y una determinación de reformar cualquier cosa mala entre ellos, y más particularmente de aquellos pecados de los que ellos han sido más notoriamente culpables; y acercarse a Dios y caminar con Él en mayor intimidad y fidelidad en una nueva obediencia, como nunca antes.

También él tiene que amonestar al pueblo, con toda importunidad, para que la obra de ese día no termine con los ejercicios públicos, sino que ellos mismos deben aprovechar el resto del día y de toda su vida, en confirmar, en ellos mismos y en sus familias en privado, todas esas disposiciones piadosas y determinaciones que profesaron públicamente, de manera que permanezcan en sus corazones para siempre y que ellos mismos puedan hallar en manera más real que Dios ha apercibido un olor grato en Cristo por sus acciones, y que se ha reconciliado con ellos, al dar respuesta a sus oraciones, al perdonar sus pecados, al alejar juicios, al impedir o prevenir plagas, y al impartirles bendiciones, acordes con el estado y oraciones de su pueblo, por Jesucristo.

Además de los ayunos generales y solemnes impuestos por autoridad, juzgamos que en otras ocasiones, las congregaciones pueden tener días de ayunos, según la providencia divina les administre ocasiones extraordinarias; y también que las familias pueden hacer lo mismo, de manera que no sea en días en los que la congregación a la cual pertenecen se vaya a reunir para ayuno, o para cualquier otro deber público de adoración.

De la Observación de los Días de Acción de Gracias Públicas

Cuando se va a observar uno de tales día, que se anuncie convenientemente de antemano, así como también la causa u ocasión, para que la gente pueda prepararse mejor para este fin.

Llegado el día, y estando la congregación (después de preparaciones privadas) reunida, el ministro debe comenzar con una palabra de exhortación, para estimular al pueblo a este deber por el cual se han reunido y con una breve oración implorar la ayuda y bendición de Dios, (como en otras reuniones para la adoración pública), según la ocasión particular de su reunión.

Que el ministro entonces relate de modo preciso la liberación que se ha alcanzado o la misericordia que se ha recibido, o acerca de cualquier cosa que haya ocasionado esta reunión de congregación, para que todos puedan mejor comprender, o recordar estas cosas, y sean aún más conmovidos con ellas.

Y, porque el cantar Salmos es, de todas las demás ordenanzas, la más adecuada para expresar gozo y agradecimiento, que algún Salmo o Salmos apropiados sean cantados para ese propósito, antes o después de la lectura de alguna porción de la Palabra apropiada para la ocasión presente.

Luego que el ministro, quien vaya a predicar, proceda a dar exhortaciones y oraciones adicionales antes de su sermón, con referencia especial a la obra presente; después de lo cual, que predique sobre algún texto de las Escrituras pertinente a la ocasión.

Terminado el sermón, que no solamente ore, como se indica hacerlo en otras ocasiones después de de la predicación, haciendo memoria de las necesidades de la iglesia, del rey y de la nación, (si se omitieron antes del sermón), sino que también se extienda en las acciones de gracias debidas y solemnes por misericordias y liberaciones antes recibidas; pero más en especial por aquello que ahora los tiene allí reunidos para dar gracias; con humildes ruegos para que Dios continúe y renueve sus misericordias acostumbradas, según la necesidad lo requiera, y para obtener gracia santificadora para hacer un uso correcto de las mismas. Y así, habiendo cantado otro Salmo, apropiado a la misericordia recibida, que despida la congregación con una bendición, para que puedan tener algún tiempo conveniente para su alimentación y descanso.

Pero el ministro, antes de despedirlos, debe amonestarlos solemnemente a guardarse de todo abuso y libertinaje en placeres (que llevan a la glotonería o borrachera y a muchos más pecados de este tipo) en su alimentación y descanso; y que se asegure que su gozo y celebración no sea carnal, sino espiritual, lo cual hace que la alabanza de Dios sea gloriosa y a ellos mismos humildes y sobrios; y que tanto su comida y celebración les imparta mayor gozo y libertad, para celebrar aún más sus alabanzas en medio de la congregación, cuando vuelvan otra vez en lo que quede del día.

Cuando la congregación vuelva a reunirse, debe reanudar y continuar el mismo orden en la oración, la lectura, la predicación, el cantar Salmos y el ofrecer más alabanzas y acciones de gracias, que se dirigió por la mañana, hasta donde el tiempo les permita.

En una o en ambas de las reuniones públicas de ese día, una ofrenda debería recogerse para los pobres, (y de la misma manera en el día de humillación pública), para que sus esfuerzos sean de bendición y ellos se regocijen más con nosotros. Y que el pueblo sea exhortado al final de la última reunión, a pasar el resto del día en deberes piadosos y expresiones de amor y caridad cristiana los unos a los otros y regocijándose más y más en el Señor; como es digno de aquellos que hacen el gozo del Señor su fortaleza.

De Cantar Salmos

Es un deber de todo cristiano adorar a Dios públicamente, por medio del canto de Salmos cuando están reunidos en la congregación y también privadamente en la familia.

Al cantar los Salmos, la voz debe ser melodiosa, seria y solemne, pero el cuidado principal es cantar con el entendimiento y con gracia en el corazón, haciendo melodía al Señor.

Que toda la congregación se reúna para esto, y todos los que puedan leer deben tener un Salterio; y todos los demás que no están incapacitados por la edad u otra cosa, deben ser exhortados a aprender a leer. Mas por el presente, donde muchos en la congregación no pueden leer, es conveniente que el ministro, u otra persona apta, asignada por el ministro y por los otros oficiales gobernantes, lea el Salmo, línea por línea antes de cantarlo.

Apéndice Acerca de los Días y Lugares para la Adoración Pública.

No hay ningún día que se ordene en las Escrituras para observarse como santo bajo el Evangelio sino sólo el Día del Señor, que es el Día del Reposo Cristiano.

Los días festivos, vulgarmente llamados Días santos [del inglés Holy-days], al carecer de fundamento en la Palabra de Dios, han de dejar de ser observados.

Sin embargo, es legítimo y necesario, en ocasiones de gran urgencia, apartar un día o días para ayunos públicos o acciones de gracias, según las varias dispensaciones excepcionales y extraordinarias de la providencia de Dios provean causa y oportunidad a su pueblo.

Como ningún lugar es apto de santidad alguna, so pretexto de cualquier dedicación o consagración; así tampoco está sujeto a ser contaminado por supersticiones antes usadas, pero ahora desechadas, como para hacer ilícito o inconveniente para los cristianos reunirse en él para la adoración pública de Dios. Y por consiguiente consideramos necesario, que los lugares para reuniones públicas para la adoración entre nosotros prosigan y que se empleen para ese uso.