GARANTÍAS PARA CREER

Para construir nuestra confianza sobre una base sólida, estas cuatro garantías y especiales motivos pueden servir para creer en Cristo.

La primera, la cual es el corazón de la invitación de Dios, se presenta en Isaías 55:1,2,3,4,5

1A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. 2¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura. 3Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David. 4He aquí que yo le di por testigo a los pueblos, por jefe y por maestro a las naciones, …

Aquí (luego de establecer, en los dos capítulos anteriores, el precioso rescate de nuestra redención por el sufrimiento de Cristo y las ricas bendiciones que nos han sido compradas), el Señor, en este capítulo:

1. Hace una abierta oferta de Cristo y su gracia a toda alma, sin excepción, que verdaderamente desee ser salvada del pecado y la ira por la proclamación de un libre y lleno de gracia mercado de justicia y salvación, para ser alcanzado a través de Cristo: A todos los sedientos, dice.

2. Invita a todos los pecadores, que por cualquier razón se encuentran distanciados de Dios, a venir y tomar de Él las riquezas de gracia, que fluyen en Cristo como un río, para lavar los pecados y calmar la ira: Venid a las aguas, dice.

3. Para que nadie se quede atónito ante su propia pecaminosidad o indignidad e incapacidad de hacer algún bien, el Señor llama a tales personas en especial, diciendo: y los que no tienen dinero, venid.

4. No anhela más de su proveedor, sino que se complace con las mercancías ofrecidas, las cuales son gracia y más gracia; y, sinceramente consiente y abraza la oferta de gracia, a fin de que pueda cerrar el acuerdo y el pacto formal con Dios: Venid, comprad sin dinero, (dice), venid, comed; esto es, consentir de corazón en tener y tomar las gracias salvadoras; hacer propias las mercancías, poseerlas y hacer uso de todas las bendiciones en Cristo. Todo lo que haga a la vida espiritual y consuelo, usadlo y disfrutadlo porque es gratuito, sin pagar nada por ello: Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.

5. Porque el Señor sabe cuán inclinados estamos a buscar la justicia y vida por nuestras propias acciones y satisfacción, para tener justicia y vida como si fuera por medio de las obras; y cuan renuentes somos a abrazar a Cristo Jesús y tomar la vida por medio de la gracia a través de Jesucristo, en los términos en los que se nos ofrece. Así pues, el Señor nos llama amorosamente para que dejemos este camino torcido e infeliz con una amonestación gentil y oportuna, dándonos a entender que sólo perderemos nuestro esfuerzo en este camino: ¿Por qué gastáis el dinero (dice) en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia?

6. El Señor nos promete una sólida recompensa en el camino de llevarnos a la gracia de Cristo, el verdadero contentamiento y plenitud del placer espiritual, expresa: Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura.

7. Porque la fe viene por el oír, Él llama a la audiencia por la explicación del ofrecimiento. La llama para que crean y escuchen la verdad, la cual puede engendrar la aplicación de la fe salvadora y dirigir el alma a la confianza en Dios: Inclinad vuestro oído, y venid a mí, dice. A tal fin, el Señor promete que esta ofrenda, al ser recibida, vivificará al pecador muerto; y así, al recibir este ofrecimiento, sellará el pacto de gracia con el hombre que consienta en él, un indisoluble pacto de reconciliación y paz perpetua. Oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno. Tal pacto, declaró, será en esencia la asignación y la transformación de todas las gracias salvadoras que David (quien es Jesucristo, Hch 13:34) ha comprado para nosotros en el pacto de redención: y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David. Por “misericordias firmes” quiere decir gracias salvadoras, las cuales son: la justicia, paz y el gozo en el Espíritu Santo, adopción, santificación y glorificación, y aquello que pertenezca a la piedad y vida eterna.

8. Para confirmar y asegurarnos de la verdadera concesión de estas misericordias salvadoras, y para persuadirnos de la realidad del pacto entre Dios y los creyentes de esta palabra, el Padre ha hecho un don cuádruple de su eterno y unigénito Hijo:

Primero, ser encarnado y nacer, por nuestro bien, de la simiente de David; por esta causa es llamado aquí y en Hechos 13:34, DAVID, el verdadero y eterno Rey de Israel. Es el mejor don de Dios al hombre, Juan 4:10. Y aquí, le he dado para que sea David (o nacido de David) para el pueblo.

Segundo, Él ha hecho de Cristo un don para ser testigo a los pueblos de las misericordias firmes y salvadoras concedidas a los redimidos en el pacto de redención; y también, la voluntad y propósito del Padre de aplicarlas y hacerlas firmes en el pacto de reconciliación hecho con ellos para aceptar la oferta: He aquí que yo lo di (dice el Señor aquí) por testigo a los pueblos. Y realmente Él es suficiente testigo en este asunto, en muchos aspectos: (1) Porque es parte de la bendita Trinidad, y parte del contrato por nosotros, en el pacto de redención antes de la fundación del mundo. (2) Él oficia de Mediador, el Ángel del pacto, y ha recibido la comisión de revelárnoslo. (3) Ha comenzado a revelarlo en el paraíso donde prometió que la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente. (4) Determinó su propia muerte y sufrimiento, y los grandes beneficios que vendrían a nosotros en los tipos y figuras de sacrificios y ceremonias, antes de su venida. (5) Dio más y más luz acerca del pacto, hablando por su Espíritu, de una época a otra en las santas profecías. (6) Vino Él mismo, al cumplimiento del tiempo, y dio testimonio de todas las cosas que pertenecen a este pacto, y de la voluntad de Dios de tomar a los creyentes en él; en parte, uniendo nuestra naturaleza en una persona con la naturaleza divina; en parte, predicando las buenas nuevas del pacto de su propia boca; en parte, pagando el precio de redención en la cruz; y en parte, relacionándose con la gente, desde el principio hasta el día de hoy, para atraerla y retener a los redimidos en el pacto.

Tercero, Dios ha hecho de Cristo un don como líder de su pueblo para traernos, a través de las dificultades, de todas las aflicciones y tentaciones, a la vida por el pacto: y es Él, y no otro, quien en verdad guía a los suyos al pacto; y, en el pacto, todo el camino hacia la salvación: (1.) Por la dirección de su Palabra y Espíritu. (2) Por el ejemplo de su propia vida, en fe y obediencia hasta la muerte de cruz. (3.) Por su poderosa obra, llevando a sus redimidos en sus brazos y haciendo que se apoyen en Él mientras atraviesan el desierto.

Cuarto, Dios dio a Cristo como don a su pueblo como jefe. Oficio que ejerce fielmente dando a su Iglesia y pueblo: leyes y ordenanzas, pastores y gobernantes, y todos los oficiales necesarios; manteniendo cortes y asambleas sobre ellos para observar que sus leyes sean obedecidas; sometiendo, por su Palabra, Espíritu y disciplina las corrupciones de su pueblo; y, por su sabiduría y poder, protegiéndolos de todos sus enemigos.

Así, quien haya pactado con Dios puede fortalecer su fe razonando de esta manera:

“Quienquiera que sinceramente recibe la oferta de gracia gratuita hecha a los pecadores sedientos de justicia y salvación; tal persona, por pacto eterno, pertenece a Cristo, el verdadero David, con todas las misericordias firmes y salvadoras.

Pero yo, puede decir el débil creyente, recibí de corazón la oferta de gracia gratuita hecha a los pecadores sedientos de justicia y salvación.

Por lo tanto, por pacto eterno, pertenezco a Cristo Jesús con todas sus misericordias firmes y salvadoras”.

La segunda garantía y motivo especial para abrazar a Cristo, y creer en Él, es la sincera demanda que Dios nos hace de ser reconciliados con Él en Cristo; la cual es presentada en 2 Corintios 5

19Porque ciertamente Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no imputándole sus pecados, y puso en nosotros la palabra de la reconciliación. 20Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogara por medio nuestro; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. 21Porque al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él.

Donde el apóstol nos enseña estas nueve doctrinas:

1. Que el mundo elegido, o el mundo de almas redimidas, por naturaleza están en estado de enemistad contra Dios. Esto es presupuesto en la palabra reconciliación; porque la reconciliación, o renovación de la amistad, no puede ser excepto entre aquellos que han estado en enemistad.

2. Que en todo el tiempo pasado, desde la caída de Adán, Cristo Jesús, el eterno Hijo de Dios, como Mediador, y el Padre en Él, ha estado haciendo amistad (por Su palabra y Espíritu) entre Él y el mundo elegido: Dios (dice) estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo.

3. Que el camino de la reconciliación fue, en todas las épocas, uno y el mismo en sustancia; a saber, perdonando los pecados de aquellos que reconocen sus pecados y enemistad contra Dios, y buscan la reconciliación y remisión de pecados en Cristo: Porque ciertamente Dios (dice) estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no imputándole sus pecados.

4. Que el fin y el alcance del evangelio, y de toda la Palabra de Dios, tiene tres partes: (1.) Sirve para hacer a las personas conscientes de sus pecados y su enemistad contra Dios, y de su peligro si se mantienen en ello y no temen el desagrado de Dios. (2.) La palabra de Dios sirve para que el hombre conozca el camino que Dios ha preparado para hacer amistad con él a través de Cristo; a saber, si los hombres reconocen la enemistad, y se complacen de entrar en el pacto de amistad con Dios por medio de Cristo, entonces Dios se complacerá de reconciliarse con ellos gratuitamente. (3.) La palabra de Dios sirve para enseñar a los hombres cómo presentarse ante Dios como amigos, luego de ser reconciliados con Él; a saber, ser reacios a pecar contra Él y esforzarse de corazón por obedecer sus mandamientos: por lo tanto, la palabra de Dios aquí es llamada la palabra de reconciliación, porque nos enseña lo que necesitamos de la reconciliación: cómo lograrla, y cómo mantener la reconciliación de la amistad hecha con Dios a través de Cristo.

5. Que si bien el oír, creer y obedecer esta palabra pertenece a todos aquellos a quienes este evangelio llega, sin embargo, el oficio de predicarlo con autoridad no pertenece a nadie, sino a los que Dios llama a su ministerio, y los envía con comisión para esta obra. Esto es lo que el apóstol expone en el versículo 19, en estas palabras: y puso en nosotros la palabra de la reconciliación.

6. Que los ministros del evangelio deben actuar como mensajeros de Cristo y seguir de cerca la comisión establecida en la Palabra en Mateo 28:19,20; y, cuando hagan esto, serán recibidos por las personas como embajadores de Dios. Por lo que aquí, el apóstol dice, en nombre de todos ellos,  somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogara por medio nuestro.

7. Que los ministros, con toda sinceridad de afecto, traten con la gente para que reconozcan sus pecados y su enemistad natural contra Dios cada vez más seriamente; y para consentir el pacto de gracia y ser embajadores de Cristo más y más sinceramente, y evidenciar más y más claramente la reconciliación con una diligencia santa ante Dios. Esto es lo que sostiene, cuando dice, os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.

8. Que en el trato afectuoso de los ministros con el pueblo, las personas consideren que Dios y Cristo les requieren, por parte de los ministros, que se reconcilien. Ahora, no puede haber un mayor incentivo para romper el duro corazón de un pecador que el que Dios le haga una petición de amistad; porque cuando nos ha tocado a nosotros, que hemos hecho tantas cosas malas a Dios, buscar la amistad de Dios, Él nos previene y (¡oh, maravilla de las maravillas!) nos pide que nos queramos ser reconciliados con Él; y, por lo tanto, la ira más temible debe morar en aquellos que son iluminados por esta petición y no ceden cuando escuchan a los ministros con comisión diciendo: somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio nuestro; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.

9. Para que parezca que el pacto de reconciliación puede ser tan fácil de concertar entre Dios y un pobre pecador que huye a Cristo, el apóstol nos conduce a la causa de ello, establecida en el pacto de redención, cuya suma de todo es la siguiente: “Es acordado entre Dios y el Mediador Jesucristo, el Hijo de Dios, garante de los redimidos, como partes en el contrato, que los pecados de los redimidos deben ser imputados al inocente Cristo, y condenado a muerte por ellos, bajo la condición de que quien sinceramente consienta el pacto de reconciliación ofrecido por medio de Cristo, será justificado, por la imputación de su obediencia a ellos, y será justo delante de Dios; porque Dios ha hecho a Cristo, al que no conoció pecado (dice el apóstol), por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él”.

Por lo tanto, un creyente débil puede fortalecer su fe razonando, con estas bases, de esta manera:

“El que ante el amoroso requerimiento de Dios y Cristo, hecho a él por boca de los ministros (comisionados a tal efecto), ha abrazado la oferta de perpetua reconciliación por medio de Cristo y tiene el propósito, por la gracia de Dios, como persona reconciliada, de luchar contra el pecado, y servir a Dios con todas sus fuerzas constantemente, puede estar seguro de ser justificado y tener vida eterna, por la obediencia de Cristo imputada a él, como es seguro que Cristo fue condenado y muerto por los pecado de los redimidos imputados a Él.

Pero yo, puede decir el débil creyente, ante el amoroso requerimiento de Dios y Cristo, hecho a mí por boca de los ministros, he abrazado la oferta de perpetua reconciliación por medio de Cristo, y tengo el propósito, por la gracia de Dios, como una persona reconciliada, de luchar contra el pecado y servir a Dios con todas mis fuerzas constantemente.

Por consiguiente, puedo estar seguro de ser justificado y que la vida eterna me ha sido dada, por la obediencia de Cristo imputada a mí, como es seguro que Cristo fue condenado y muerto por los pecados, imputados a Él, de los redimidos”.

La tercer garantía y especial motivo para creer en Cristo, es el estricto y terrible mandamiento de Dios, encargando a todos los oyentes del evangelio que se acerquen a Cristo en el orden establecido por Él y crean en Él; el cual es expuesto en 1 Juan 3:23

“Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado”.

Aquí el apóstol nos da a entender estas cinco doctrinas:

1. Que si algún hombre no es tomado con la dulce invitación de Dios, ni con la tierna y amorosa petición de Dios, hecha a él para ser reconciliado, encontrará que tiene que tratar con la soberana autoridad de la más alta Majestad; y este es su mandamiento: que creamos en él, dice.

2. Que si algún hombre mira estos mandamientos como ha mirado, hasta ahora, los mandamientos ignorados de la ley, debe considerar que este es un mandamiento del evangelio, posterior a la ley, dado para ser usado como remedio de todos los pecados; con lo cual, si es desobedecido, no hay otro mandato a seguir sino este: “Id, malditos, al fuego eterno del infierno”. Para esto es este mandato, cuya obediencia es más agradable a sus ojos (versículo 22), y sin el cual es imposible agradarle, Hebreos 11:6.

3. Que cada uno que oye el evangelio debe tomar conciencia del deber de una fe viva en Cristo. El creyente débil no debe pensar que es presunción hacer lo que se le ordena; la persona inclinada a la desesperación debe levantarse y pensar en obedecer a este dulce y salvador mandamiento; el creyente fuerte debe sumergirse aún más en el sentido de su necesidad de Jesucristo, y crecer más y más en la obediencia de este mandato; sí, el más impenitente, profano, y débil no debe empujarse a sí mismo, o que otros lo dirijan sistemáticamente a este deber, sin importar cuán desesperada se vea su condición. Él manda que todo hombre crea en Cristo, ordena por lo tanto que todo hombre crea que está condenado y perdido sin Cristo. Él, de este modo, exige que todo hombre reconozca su pecado y su necesidad de Cristo, en efecto, manda que todo hombre se arrepienta, de modo que pueda creer en Él. Y quien rehúse arrepentirse de sus pecados pasados, es culpable de desobedecer al mandamiento dado a todos los oyentes, pero, especialmente, a aquellos que están dentro de la iglesia visible. Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, dice.

4. Que quien ha obedecido este mandamiento ha construido su salvación sobre sólidos cimientos, porque: (1.) Ha encontrado al Mesías prometido, totalmente provisto con todas las perfecciones para la perfecta ejecución del oficio de Profeta, Sacerdote y Rey; porque es ese Cristo en quien el hombre debe creer. (2.) Ha abrazado al Salvador, quien es capaz de salvar para siempre, sí, y quien salva eficazmente a cada uno que viene a Dios a través de Él; porque es Jesús, el verdadero Salvador de los pecados de su pueblo. (3.) El que ha obedecido este mandato ha construido su salvación en la Roca, esto es, en el Hijo de Dios, a quien no es delito llamar igual que al Padre, y quien es digno de ser el objeto de la fe salvadora y de adoración espiritual:  Y este es su mandamiento (dice): que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo.

5. Que quién ha creído en Jesucristo, aunque sea libre de la maldición de la ley, no es librado del mandato y obediencia a la ley, sino que está ligado a ella por una nueva obligación y un nuevo mandato de Cristo. Este nuevo mandato de Cristo comporta obedecer a la ordenanza, a la cual el Padre añade su autoridad y su mandato también: “Y este es su mandamiento (dice Juan): que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado”. La primer parte del mandato, que exige creer en Él, necesariamente implica amar a Dios y, por lo tanto, obediencia al primer mandamiento de la tabla de la ley, porque creer en Dios y amar a Dios son inseparables; y la segunda parte ordena amar al prójimo (especialmente a los hermanos), y tal obedece al segundo mandamiento de la tabla de ley.

Por lo tanto, puede el creyente débil fortalecerse razonando de este modo:

“Cualquiera que, en el sentido de su propia pecaminosidad y temor a la ira de Dios, por mandato de Dios, huye a Jesucristo, el único remedio al pecado y la miseria, y ha comprometido su corazón a la obediencia de la ley del amor, su fe no es presuntuosa ni muerta, sino verdadera y salvadora fe.

Pero yo, puede decir el débil creyente, en el sentido de mi propia pecaminosidad y miedo a la ira de Dios, hui a Jesucristo, el único remedio al pecado y la miseria, y comprometí mi corazón a la obediencia de la ley del amor.

Por lo tanto, mi fe no es presuntuosa o muerta, sino verdadera y salvadora fe”.

La cuarta garantía y especial motivo para creer en Cristo es una mayor convicción de la vida concedida, en caso de que el hombre obedezca el mandamiento de creer, y una temible confirmación de destrucción en caso de no obedecer, establecida en Juan 3

35El Padre ama al Hijo, y ha dado todas las cosas en su mano. 36El que cree en el Hijo tiene vida eterna; mas el que no cree al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él.

Aquí se exponen estas 5 doctrinas a seguir:

1. Que el Padre está satisfecho con las obras del Hijo, quien vino como Redentor y Fiador, para pagar el rescate de los creyentes y perfeccionarlos en santidad y salvación: El Padre ama al Hijo, dice. A saber, como Mediador en nuestro nombre, para perfeccionar nuestra redención en todos los puntos: El Padre ama al Hijo, esto es, acepta de todo corazón su ofrenda para hacer la obra, y se complace en Él: su alma se deleita en Él, y descansa en Él, y le hace, en este su oficio, el “receptáculo de amor, y gracia, y buena voluntad”, para manifestar por Él a los creyentes en Él.

2. Que, para el cumplimiento del pacto de redención, el Padre ha dado al Hijo (en su condición de Mediador, o Dios encarnado, el Verbo hecho carne) toda autoridad en cielo y tierra, todos los bienes de las riquezas de la gracia, y del espíritu y vida, con todo el poder y la capacidad; con la unión de su naturaleza divina con la humana, con la plenitud de la Divinidad que mora sustancialmente en su naturaleza humana, la todo suficiencia y omnipotencia de la indivisible y omnipresente Trinidad; o aquello que la obra de redención puede requerir: El Padre (dice), ha dado todas las cosas en su mano, es decir, para cumplir su obra.

3. Se ofrece una gran seguridad de vida a todos aquellos que de corazón reciban a Cristo y la oferta del pacto de gracia y reconciliación por medio de Él: El que cree en el Hijo tiene vida eterna, dice; porque se le ha sujetado a él, (1.) En el propósito y decreto irrevocable de Dios, el creyente es un hombre elegido para vida. (2.) Por el llamamiento eficaz de Dios a la vida, quien, siendo fiel, así lo hará. (3.) Por la promesa y pacto eterno, juramentado por Dios, de dar al creyente un fuerte consuelo en la vida y en la muerte, sobre bases de inmutabilidad. (4.) Por el gran sello del sacramento de la Cena del Señor, siempre que el creyente venga a recibir los símbolos y promesas de la vida. (5.) En Cristo, la fuente y cabeza de vida, quien tiene la posesión, como abogado de los creyentes, en quien nuestra vida está tan guardada, y de donde no puede ser quitada. (6.) Por la adquisición de la vida espiritual y regeneración, y un reino que consiste en justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, erigido en el creyente, como fianza de la plena posesión de la vida eterna.

4. Una confirmación temible es dada al hombre que no recibe la doctrina concerniente a la justicia y vida eterna para ser tenido por Jesucristo: mas el que no cree al Hijo no verá la vida; esto es, que no entenderá ni siquiera su significado.

5. Además, certifica que si un hombre no recibe la doctrina del Hijo de Dios, arderá dos veces con la ira de Dios; una, por nacer rebelde por naturaleza, cargará la maldición de la ley, o del pacto de obras; luego, soportará una mayor condenación, respecto a la luz que ha venido al mundo y fue ofrecida a él y la ha rechazado, y amó la oscuridad más que la luz; y esta doble ira se sujetará y fijará inamoviblemente sobre él, tanto como permanezca en la condición de incredulidad: sino que la ira de Dios permanece sobre él, dice.

Por lo tanto, puede el débil creyente fortalecer su fe razonando desde estas bases así:

“El que crea la doctrina entregada por el Hijo de Dios, y se encuentre, en parte, atraído poderosamente a creer en Él, por la mirada de vida en Él, y en parte impulsado, por el temor a la ira de Dios, a seguirle, puede estar seguro del derecho y beneficio de la vida eterna a través de Él.

Pero yo, podría decir el débil creyente, pecador e indigno, creo en la doctrina del Hijo de Dios, y me siento, en parte, poderosamente atraído a creer en Él, por la mirada de vida en Él, y en parte impulsado por el temor a la ira de Dios, lo sigo.

Por lo tanto, puedo estar seguro de mi derecho y beneficio de la vida eterna a través de Él”.

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