EL USO PRÁCTICO

Contenido en la Escritura, y expuesto brevemente en los ya mencionados Confesión de Fe y Catecismos

El principal uso general de la doctrina Cristiana es el de convencer al hombre de pecado, y de justicia, y de juicio (Jn 16:8); en parte por la ley o Pacto de Obras, para que sea humillado y se convierta en penitente, en parte por el evangelio o Pacto de Gracia, para que se convierta en verdadero creyente en Cristo Jesús y sea fortalecido en su fe sobre bases sólidas y seguras, y dé evidencia de la verdad de su fe por buenos frutos y así ser salvo.

La suma del Pacto de Obras, o de la ley, es esta: “Si haces todo lo que se te ha mandado, y no pecas en ningún punto, serás salvo; pero, si pecas morirás” (Ro 10:5 y Ga 3:10,12).

La suma del evangelio, o Pacto de Gracia y Reconciliación, es esta: “Si huyes de la ira merecida al verdadero Redentor Jesucristo (quien es capaz de salvar eternamente a todos los que vienen a Dios por medio de Él) no perecerás, sino que tendrás vida eterna” (Ro 10:8,9,11).

Para convencer al hombre de pecado, y de justicia, y de juicio, por la ley o Pacto de Obras, que estos pasajes, entre muchos otros, sean usados.

I. Para convencer al hombre de pecado por la ley, considerar Jeremías 17: 9 y 10

9Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? 10 Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.

Aquí el Señor enseña dos cosas:

1. La fuente de todas nuestras injusticias y nuestros pecados actuales contra Dios está en el corazón; el cual comprende la mente, voluntad, afectos y fuerzas del alma, de manera que están corrompidos y contaminados con el pecado original; la mente no es sólo ignorante e incapaz de guardar la verdad salvadora, sino también está llena de error y enemistad contra Dios; la voluntad y afectos son obstinadamente desobedientes a las directrices de Dios y se inclinan únicamente hacia lo que es malo: Engañoso es el corazón (dice)  más que todas las cosas, y perverso; sí, inescrutablemente perverso, de modo que ningún hombre lo conocerá. El Señor dice en Génesis 6:5 “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” y en su testimonio debemos confiar, en éste y en todos los temas; y la experiencia también nos enseña que, hasta que Dios nos haga negarnos a nosotros mismos, nunca miraremos al Señor en ninguna cosa, sino que sólo nos gobierna un egoísmo carnal, el cual mueve la rueda de nuestras acciones.

2. Que el Señor traiga nuestro pecado original, o inclinación malvada, con todos sus frutos reales, para que lo tengamos en cuenta ante su tribunal; “Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras”.

Así pues, que cada hombre razone así:

“De lo que Dios y mi conciencia culpable den testimonio, estoy convencido que es verdad.

Pero Dios y mi conciencia culpable atestiguan que mi corazón es, sobre todas las cosas, engañoso y perverso; y, por naturaleza, los designios de mi corazón son continuamente sólo malvados.

Por lo tanto, estoy convencido que esto es verdad”.

Así, un hombre puede ser convencido de pecado por la ley.

II. Para convencer a un hombre de justicia por la ley, considerar Gálatas 3:10

Porque todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición, porque escrito está: Maldito todo aquel que no permanece en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas.

Aquí el apóstol nos enseña tres cosas:

1. Que, a razón de nuestra naturaleza pecaminosa, la imposibilidad de que cualquier hombre sea justificado por las obras de la ley es tan cierta que quien busque justificación por las obras de la ley es sujeto a la maldición de Dios por quebrantar la ley; dice: Porque todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición.

2. Que, para el perfecto cumplimiento de la ley, quien cumpla uno o dos preceptos, o alguno, o todos los mandamientos (si esto fuera posible) por un tiempo, no es suficiente; porque la ley requiere que el hombre permanezca en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas.

3. Que, puesto que ningún hombre puede alcanzar esta perfección, todos los hombres, por naturaleza, están bajo maldición; porque la ley dice, maldito todo aquel que no permanece en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas.

Ahora, estar bajo maldición comprende todo el desagrado de Dios, con el peligro de que estalle su ira más y más sobre el alma y cuerpo, tanto en esta vida como después de la muerte perpetuamente, si la gracia no impide la plena ejecución de la misma.

Así pues, que cada hombre razone así:

“Quienquiera que, de acuerdo al pacto de obras, está sujeto a la maldición de Dios por quebrantar la ley incontables veces y de diferentes formas no puede ser justificado o encontrar justicia por las obras de la ley.

Pero yo (podría decir cada uno), según el pacto de obras, estoy sujeto a la maldición de Dios por quebrantar la ley incontables veces.

Por lo tanto, no puedo ser justificado o tener justicia por las obras de la ley”.

Así, un hombre puede ser convencido de justicia, la cual no puede ser obtenida por sus propias obras o por la ley.

III. Para convencer a un hombre de juicio por la ley, considerar 2 Tesalonicenses 1:7-10

7Y a vosotros, que sois atribulados, daros reposo con nosotros cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, 8en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; 9los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, 10cuando venga para ser glorificado en sus santos y ser admirado en aquel día en todos los que creyeron (por cuanto nuestro testimonio ha sido creído entre vosotros).

En el cual somos enseñados que nuestro Señor Jesús, quien se ofrece como Mediador por aquellos que creen en Él, vendrá, en el último día, armado de fuego ardiente para juzgar, condenar y destruir a todo aquel que no ha creído en Dios, que no haya recibido la oferta de gracia hecha en el evangelio, ni obedecido su doctrina, sino, que permanece en su estado natural bajo la ley o pacto de obras.

Así pues, que cada hombre razone así:

“Lo que el Juez justo me ha advertido, será hecho en el último día. Estoy seguro que es un juicio justo.

Sin embargo, el Juez justo me ha advertido que si no creo en Dios a tiempo, ni obedezco la doctrina del evangelio, seré excluido de su presencia y su gloria en el último día, y seré atormentado en alma y cuerpo para siempre.

Por lo tanto, estoy convencido que este es un juicio justo; y que tengo razones para agradecer a Dios de corazón, quien me advirtió que huya de la ira venidera”.

Así, cada hombre, por la ley o pacto de obras, debe ser convencido de juicio, si permanece bajo el pacto de obras o no obedece el evangelio de nuestro Señor Jesús.

IV. Para convencer al hombre de pecado, justicia y juicio, por el evangelio

Para convencer a un hombre de pecado, y justicia, y juicio, por el evangelio o pacto de gracia, él debe entender tres cosas: 1. No creer en Jesucristo, o rehusar el pacto de gracia ofrecido en Él, es un pecado mayor y más peligroso que cualquier otro pecado contra la ley; porque los que oyen el evangelio, no creyendo en Cristo, rechazan la misericordia de Dios en Cristo, el único camino para librarse del pecado y de la ira, y no se someterán para ser reconciliados con Dios. 2. Luego, deberá entender que la perfecta remisión de pecados y la verdadera justicia sólo se puede obtener por la fe en Jesús, porque Dios no exige otra condición, sino fe; y testifica desde el cielo, que está complacido en justificar a los pecadores bajo esta condición. 3. Deberá comprender, también, que, al recibir la justicia por la fe, el juicio seguirá, por una parte, para la destrucción de las obras del Diablo en el creyente y para la perfección de la obra de santificación en él con poder; por otro lado, al rehusarse a tomar la justicia por la fe en Jesucristo, el juicio seguirá para la condenación del incrédulo y para la destrucción de él con Satanás y sus siervos para siempre.

Para este fin, que estos pasajes de la Escritura, entre muchos otros, sirvan para mostrar la magnitud del pecado de no creer en Cristo; o para resaltar la importancia del pecado de rechazar el pacto de gracia ofrecido en Cristo a nosotros; que la justa oferta de gracia sea vista tal como está hecha, Isaías 55:3: “Inclinad vuestro oído, y venid a mí, (dice el Señor:) oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David”. Es decir, “si creéis y os reconciliáis conmigo, yo os daré, por pacto, a Cristo y todas las gracias salvadoras en Él”, reitera Hechos 13:34.

De nuevo, hay que considerar que esta oferta general en sustancia es equivalente a la oferta especial hecha a cada uno en particular; como aparece cuando el apóstol hace uso de ella en Hechos 16:31, “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa”. La razón por la cual se da la oferta, en Juan 3:16, es: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”.

Viendo, pues, esta gran salvación que es ofrecida en el Señor Jesús, quien no cree en Él, sino que busca la felicidad de otra manera, ¿qué otra cosa puede hacer sino observar las vanidades ilusorias, y abandonar la misericordia, que podría haber tenido en Cristo? (Jonás 2:8,9) ¿Qué otra cosa puede hacer sino blasfemar en su corazón contra Dios?, como dice en 1 Juan 5:10,11, “el que no cree a Dios, lo ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha testificado acerca de su Hijo. Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo”. Y que ningún pecado contra la ley es semejante a este pecado, Cristo lo testifica en Juan 15:22: “Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado, pero ahora no tienen excusa por su pecado”. Esto puede convencer a un hombre de la magnitud de este pecado, de no creer en Cristo.

V. Para convencer al hombre de justicia, que sólo puede ser tenida por fe en Jesucristo, considerar cómo en Romanos 10:3,4

Se dice que los judíos, “ignorando la justicia de Dios y procurando establecer su propia justicia, no se han sujetado a la justicia de Dios (y así perecieron). Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree”. Hechos 13:39, dice, “y que de todo lo que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en este es justificado todo aquel que cree”. Y 1 Juan 1:7, “y la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado”.

Para convencer al hombre de juicio, si abraza la justicia, consideremos 1 Juan 3:8: “Para esto se manifestó el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”. Y Hebreos 9:14 “¿cuánto más la sangre de Cristo, quien por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de las obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”

Pero si un hombre no abraza esta justicia, su perdición está anunciada, como dice Juan 3:18,19: “el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz”.

Por lo tanto, que el penitente, deseando creer, razone así:

“Lo que hace suficiente para convencer a todos los elegidos del mundo de la magnitud del pecado de no creer en Cristo, o rehusar huir hacia Él en busca de alivio del pecado cometido contra la ley, y de la ira debida a ello; y lo que es suficiente para convencerlos de que la justicia y vida eterna se han de tener por la fe en Jesucristo, o por el consentimiento al pacto de gracia en Él; y lo que basta para convencerlos del juicio que ha de ser ejecutado por Cristo, para destruir las obras del maligno en el hombre, y santificar y salvar a todo aquel que en Él crea; puede ser suficiente para convencerme a mí también.

Pero lo que el Espíritu ha dicho, en este u otros textos de la Escritura, bastan para convencer al mundo elegido del pecado, y justicia, y juicio.

Por lo tanto, lo que el Espíritu ha dicho, en este u otros textos de la Escritura, sirven para convencerme de lo mismo, también”.

Luego de lo cual, dejemos al penitente, deseando creer, tome consigo las palabras y diga de corazón al Señor, viendo que dice, Buscad mi rostro. Y mi alma responde: “Tu rostro buscaré, oh Jehová”. He escuchado el ofrecimiento de todas las misericordias salvadoras que se han de tener en Cristo en un pacto eterno y de corazón he abrazado la oferta. Señor, deja que sea una buena oferta; Señor, creo; ayuda mi incredulidad: He aquí, me entrego a ti, para servirte en todas las cosas por siempre; y espero, tu diestra me salve. Jehová cumplirá por mí. Tu misericordia, oh Jehová, es para siempre; no dejes la obra de tus manos”.

Así, un hombre puede ser hecho un creyente no fingido en Cristo.

VI. Para fortalecer la fe del hombre que ha aceptado el Pacto de Gracia

Porque muchos verdaderos creyentes son débiles y dudan mucho si alguna vez estarán seguros de la realidad de su propia fe y de su llamamiento eficaz, o si tendrán la certeza de su justificación y salvación, cuando ven que muchos que profesan la fe se engañan a sí mismos. Veamos cómo cada creyente puede ser fortalecido en la fe y estar seguro de su propia elección y salvación sobre sólidos argumentos, por medio de seguras garantías y verdaderas evidencias de fe. Para este fin, entre los muchos versículos, tome el siguiente:

I. Para tener sólidas bases de fe, considerar 2 Pedro 1:10. “Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás”.

En otras palabras, el apóstol nos enseña estas cuatro cosas para ayudarnos e instruirnos en cómo ser fortalecidos en la fe:

1. Los que creen en Cristo Jesús, y huyen a Él para librarse del pecado y de la ira, aunque sean débiles en la fe, son en verdad hijos del mismo Padre que el apóstol; porque así se hace responsable de ellos, llamándolos hermanos.

2. Para que, aunque no estemos seguros, por el momento, de nuestra elección y llamamiento eficaz, podemos estar seguros de ambos si somos diligentes; con este propósito es que dice: procurad hacer firme vuestra vocación y elección.

3. No debemos desanimarnos cuando vemos que muchos creyentes aparentes demuestran ser ramas podridas y desertan; sino que, debemos prestar más atención a nosotros mismos: Por lo cual, hermanos (dice él), procurad hacer firme.

4. La manera de estar seguros de nuestra elección y llamamiento eficaz es asegurarnos de la obra de nuestra fe, poniendo las bases de ella sólidamente y produciendo los frutos de nuestra fe en una nueva obediencia constantemente:  porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás”; entendiendo por estas cosas, lo que había dicho sobre la solidez de la fe (versículos 1, 2, 3, 4) y lo que dijo sobre los frutos de la fe (versículos 5, 6, 7, 8, 9).

II. Para este mismo propósito, hay que considerar Romanos 8: 1Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. 2Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. 3Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; 4para que la justicia de la ley fuera cumplida en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”.

Aquí el apóstol nos enseña estas cuatro cosas para cimentar sólidamente las bases de la fe:

1. Que cada uno de los verdaderos creyentes, que, en el sentido de su pecado y temor a la ira de Dios, huyen en busca de alivio solamente hacia Jesucristo como el único Mediador y suficiente Redentor de los hombres; y, al huir a Cristo, luchan contra su propia carne o corrupción a la que se inclinan por naturaleza y se convierten en discípulos para seguir los mandatos del Espíritu de Dios, establecidos en su Palabra: para el hombre, a quien el apóstol bendice aquí como un verdadero creyente, un hombre en Cristo Jesús que no anda conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

2.  Todas aquellas personas que huyen a Cristo y se esfuerzan contra el pecado, de manera que pueden ser ejercitados bajo el sentido de la ira y miedo a la condenación, con todo, no están en peligro; porque ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

3. Sin embargo, el apóstol, quién se hace a sí mismo ejemplo, y todos los verdaderos creyentes en Cristo, están por naturaleza bajo la ley de pecado y muerte o bajo el pacto de obras (llamada ley de pecado y muerte porque los ata sobre nosotros, hasta que Cristo nos hace libres); pero la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús, o del pacto de gracia (también llamado así porque permite y aviva al hombre a una vida espiritual a través de Cristo), hace al apóstol y a los verdaderos creyentes libres del pacto de obras, o de la ley del pecado y muerte: así, cada hombre puede decir con él, la ley del Espíritu de vida, o pacto de gracia, me ha librado de la ley del pecado y de la muerte, o pacto de obras.

4. Que la fuente y primer cimiento, desde donde nuestra libertad de la maldición de la ley fluye continuamente, es el pacto de redención, aprobado entre Dios y Dios el Hijo encarnado, donde Cristo carga sobre sí la maldición de la ley por el pecado que los creyentes, quienes de otra forma no podían librarse del pacto de obras, pueden ser librados de tal maldición. Y tal doctrina que el apóstol despliega en estas cuatro ramas: (1.) Que era absolutamente imposible por la ley, o el pacto de obras, traer justicia y vida a un pecador, porque era débil, (2.) Esta debilidad e incapacidad de la ley, o pacto de obras, no es culpa de la ley, sino de la carne pecaminosa que tampoco es capaz de pagar la pena por el pecado ni dar perfecta obediencia a la ley, (presupone que los pecados pasados fueron perdonados) la ley era débil, dice, a través de la carne. (3.) La justicia y salvación de los pecadores, la cual es imposible conseguirla por la ley, es traída por el Hijo de Dios enviado, Jesucristo, en carne, en cuyo cuerpo el pecado es condenado y pagado para satisfacerla en nombre de los elegidos, y que estos puedan ser liberados. (4.) Que por medio de Él la ley se ve satisfecha, porque la justicia de la ley se cumple mejor así; primero, por la perfecta obediencia activa de Cristo, en nuestro nombre y en todas las cosas; luego, pagando, en nuestro nombre, la penalidad debida por nuestros pecados en su muerte; y, por último, por su trabajo de santificación en nosotros, quienes somos verdaderos creyentes, esforzados por dar una nueva obediencia a la ley, ya que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

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