El terrible e inicuo homicidio de un hombre negro por parte de un policía en los Estados Unidos ha cambiado completamente el devenir de la pandemia del coronavirus. Antes de esta fatídica muerte, se habían dado otras trescientas mil muertes en todo el mundo a causa de la pandemia. Demasiadas, sin duda, pero pocas en comparación con las pandemias de la gripe asiática (1957) y de la gripe de Hong-Kong (1968). En todo caso, suficientes para que, por primera vez en la historia, la inmensa mayoría de los gobiernos occidentales hayan confinado totalmente a sus poblaciones, paralizando bruscamente toda actividad productiva y llevando al paro a millones de trabajadores – unos 40 millones sólo en Estados Unidos–. Las vuelta a la normalidad de todas las actividades sociales y económicas se lleva a cabo por fases bajo estrictas restricciones en nombre de la seguridad, lo cual hace que la recuperación económica vaya a ser lenta y no sin enormes pérdidas. A día de hoy, se desconoce quién y de qué manera las va a poder cubrir.

Pero de la noche a la mañana, todo ha cambiado por una sola muerte. A diferencia de los centenares de miles de otras muertes –que también se han asfixiado en hospitales, o en la soledad de sus casas, o en el abandono de las residencias–, esta fue filmada. Y el efecto de estas imágenes ha prendido la llama de una revuelta racial en las calles que se ha extendido por todo el país de los Estados Unidos y que amenaza por extenderse por los demás países occidentales. Estas manifestaciones se hacen al mogollón, totalmente al margen de las estrictas normas de desescalada prescritas por los gobiernos, acabando muchas veces en saqueos o incendios. A diferencia de los millones de multas que se han puesto en estos meses a pacíficos ciudadanos en todo el mundo por pasear más distancia o a otras horas de lo permitido, los manifestantes del “Black Lives Matter” tienen la comprensión, cuando no el apoyo, de las autoridades civiles.

Es el caso del alcalde de Nueva York, Bill Di Blasio, el mismo que al principio de la pandemia amenazó directamente a las iglesias de expropiarles si abrían los templos y que ahora está, como mínimo, comprendiendo, sino alentando, estas manifestaciones. Bill Di Blasio es un tipo que impone físicamente con su gran altura y que se caracteriza por su gran agresividad dialéctica, inconfundible a veces con la chulería de un matón de barrio frustrado.

Sin ir más lejos, hace unos pocos días, en una entrevista le señalaron precisamente esta contradicción de impedir las actividades comerciales o la asistencia a las iglesias y de permitir al mismo tiempo las manifestaciones raciales. Vamos, que el entrevistador se la jugó al preguntarle:  “Sr. Alcalde, ¿estamos en una pandemia o no? ¿Tenemos diferentes reglas para los que protestan y para todos los demás?” A lo cual, Di Blasio inmediatamente respondió: “Gracias. Eres un chico listo que hace una pregunta lista…” Y siguió hablando, y mucho, pero sin dar respuesta a la pregunta. Lo que sí que dijo vino a confirmar que, efectivamente, se hacen discriminaciones: “Cuando ves a una nación, a toda una nación , luchando juntos con una crisis extraordinaria sembrada en 400 años de racismo americano, lo siento, no es la misma cuestión que la del comprensiblemente agraviado dueño de una tienda o la del devoto religioso que quiere volver a los cultos”.

No se molesten en encontrarle la lógica a estas palabras, porque no la tienen. Pero lo que deja completamente en el aire es precisamente acerca de lo que se preguntaba: si realmente existe algo llamado pandemia. Porque si la pandemia –independientemente de los muertos, que aun siendo muchos, todavía son pocos comparados con pandemias anteriores que no destrozaron completamente las economías de los países occidentales– es algo por lo que se prohíbe las actividades económicas y las religiosas, y la pandemia al mismo tiempo no es motivo para que se dejen de realizar manifestaciones que incumplen las normas que se han impuesto a causa de ella –porque se considera que están motivadas por una causa mejor, mayor o más justa que las otras dos–, se tiene entonces que concluir que la pandemia no es más que un nombre carente de significado o realidad, que las autoridades utilizan en un sentido o en otro, aplican a unos sí y a otros no, según les parezca bien. Sólo queda entonces el relato, el discurso, y este siempre es cambiante. No hay ninguna verdad, ninguna mentira. Hoy se dice una cosa, mañana la contraria y pasado la que haga falta. Poncio Pilato entregó a la muerte a Jesús preguntándole sin vergüenza: “¿Qué es la verdad?” (Juan 18:38). Nuestros gobernantes occidentales, adoctrinados en el freudismo, el marxismo cultural, el nominalismo, la inteligencia emocional y el lenguaje políticamente correcto, dirían exactamente lo mismo. Porque son de la misma cuerda.

Lo que sí que ha cambiado completamente con la pandemia del coronavirus es la confianza que las poblaciones de los países occidentales podemos tener en este tipo de gobernantes, confianza que literalmente se reduce a cero. Lo que esto pueda dar de sí en cada país en particular, sólo Dios lo sabe.

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