Todavía es muy pronto para ver hasta dónde van a llegar los efectos de la llamada pandemia del coronavirus en los países occidentales. Pero una cosa está muy clara: nada va a ser igual que antes.

Por lo pronto, además de las decenas de miles de muertos, casi todos ellos mayores de sesenta años, los efectos inmediatos del coronavirus han sido, por citar sólo algunos: interrupción inmediata de todo el comercio mundial, restablecimiento de fronteras, confinamiento de toda la población de los países, parón salvaje de la producción industrial, cierres de empresas y despidos masivos, ejecutivos que gobiernan con poderes excepcionales, control de la población en las calles y amenazas a la libre expresión en las redes sociales, pagas estatales a los despedidos que no llegan después de dos meses, insólitas imágenes de colas kilométricas ante las puertas de los bancos de alimentos, sustitución de los aplausos a las caceroladas en los balcones, incipientes manifestaciones en las calles. La desescalada se lleva a cabo con una exasperante lentitud, lo que hace que la vuelta a la normalidad se aleje continuamente de nosotros y parezca que nunca se vaya a realizar, al menos a la normalidad tal y como siempre la hemos conocido. Lo que eufemísticamente se conoce como pasar a “nueva normalidad”.

Ante todo esto, el futuro se hace absolutamente incierto, por mucho que los periódicos digitales se aventuren a vislumbrar cómo será la vida después del coronavirus. Todos los escenarios están abiertos.

La pregunta en la mente de todos, y que pocos se atreven a plantear, es si todo esto realmente era necesario o ha valido la pena. Según datos de hoy, sólo el 5% de la población en España (unos 2,2 millones de personas) ha sido contagiada y está, por consiguiente, inmunizada contra el virus. Se puede ver como un éxito del confinamiento, pero ¿cómo se va a conseguir así que el 70% de la población llegue a estar inmunizada? Sin alcanzar esta cifra, no es posible la inmunidad de grupo; y sin esta última, en buena lógica, se tendría que volver a confinar totalmente a la población a cada rebrote del virus, lo cual es lo que, según previsiones científicas, va a ocurrir intermitentemente en los próximos años. ¿Podrán resistirlo los países que han optado por el confinamiento? Si no es así, ¿para qué, entonces, haber confinado ahora?

Entrever la perspectiva de que prácticamente todos los países occidentales, en su empeño por evitar la enfermedad, hayan optado por unas medidas, en el fondo y a la larga, suicidas causa,  más que asombro, vértigo. Y es precisamente la conclusión a la que llega cada vez más gente. Dejando aparte las responsabilidades en las que hayan podido incurrir algunos en particular, parece claro que el coronavirus va a producir una brecha de legitimidad de los gobiernos ante las poblaciones que va a ser muy difícil de superar. Si es que se supera.

Tras dos meses de confinamiento y sin trabajo, nos hemos dado cuenta todos de que la familia es lo único que queda cuando todo lo demás desaparece. Que es una temeridad que un país traiga su comida o sus productos manufacturados de la otra punta del mundo, cuando se podrían haber seguido produciendo en el propio. Y que, aunque la religión haya sido expulsada de la vida pública con el confinamiento, es imposible impedir que la gente en el interior de sus casas se plantee las cuestiones esenciales de la existencia y se vuelva personalmente a Dios. En países de tradición protestante, las ventas de Biblias durante el confinamiento baten récords. ¿Estamos ante una vuelta generalizada a Dios en los países de Occidente?

Llama la atención que los escenarios de futuro que se avanzan en estos días un poco por todos los barrios, y algunos bastante cercanos a nosotros, se hable de todo un poco: de una superación de los estados-nación, de una profundización definitiva en el mundialismo, de una economía más en línea con el medio ambiente, y así hasta un largo etcétera. Pero no se habla del coronavirus como antesala a una Reforma en nuestros días. Dios es el soberano, y es Él quien derriba y quien levanta (1 Samuel 1:6-7). Él frustra los designios de las naciones, pero los designios de Dios permanecen para siempre (Salmo 33:10-11). Y Dios ha dado todas las naciones en heredad a Su Hijo Jesucristo (Salmo 2:8). Todavía no vemos esta realidad, de que todas las cosas le estén sujetas al Hijo (Hebreos 2:8). Pero sólo es cuestión de tiempo para que lo veamos. Y tal vez, menos de lo que pensamos.

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