La descripción de Servet es breve pero áspera. Contiene detalles bien curiosos, como lo referido al maquillaje de las mujeres.

Después de decir que la tierra es árida y trabajada por sequías, afirma de los habitantes «que son de buena disposición para las ciencias, pero que estudian poco y mal, y cuando son semidoctos se creen ya doctísimos, por lo cual es mucho más fácil encontrar un español sabio fuera de su tierra que en España. Forman grandes proyectos, pero no los realizan, y en la conversación se deleitan en sutilezas y sofisterías. Tienen poco gusto por las letras, imprimen pocos libros, y suelen valerse de los que les vienen de Francia. El pueblo tiene muchas costumbres bárbaras, heredadas de los moros. Las mujeres se pintan la cara con albayalde y minio, y no beben vino. Es gente muy templada y sobria la española, pero la más supersticiosa de la tierra. Son muy valientes en el campo, sufridores de trabajos, y por sus viajes y descubrimientos han extendido su nombre por toda la superficie de la tierra».

Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, vol. 2, p. 267-268.

El albayalde y el minio son derivados del plomo. El primero, se usaba para blanquear la piel, y el segundo, para poner las mejillas doradas. Es decir, las mujeres se morían, literalmente, por seguir los cánones de belleza de la época. Pero no bebían vino. Esto último ha cambiado. Sobre todo, las nuevas generaciones, en las que las jovencitas en el botellón beben tanto como los chicos.

 

 

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