Cartel electoral 1977

Como dijimos en el anterior artículo, el Golpe de Praga nos ofrece un muy buen ejemplo de cómo implantar una dictadura a partir de unas elecciones democráticas. A partir de este ejemplo exitoso de toma del poder por comunistas, nos podemos preguntar: ¿es este sólo un caso puntual o en todo caso pasado, o de él se pueden extraer patrones de conducta de izquierdas y derechas que sean permanentes y que tengan que ver con lo que vivimos hoy en nuestras sociedades occidentales?

 

La gran paradoja de la izquierda

Desde la Revolución francesa, inicio de los regímenes democráticos liberales en Europa, es clásica la distinción entre izquierdas y derechas, y desde hace más de un siglo, la de socialistas y comunistas dentro de la izquierda. Ha sido en el siglo XX cuando se ha normalizado la participación de las izquierdas en la vida política de los distintos países, primero de los partidos socialistas y luego de los comunistas.

El objetivo de los partidos comunistas en un régimen democrático liberal no es otro que la abolición de ese régimen, de su estructura política basada en el turno pacífico de gobierno de partidos y de algo tan básico como la propiedad privada. Teniendo como objetivo la abolición de la propiedad privada, los comunistas tradicionalmente han declarado a la familia natural, tradicional o cristiana, como uno de sus principales enemigos, al ser la familia la transmisora natural de la propiedad. Todos estos objetivos políticos y sociales, que en los tiempos del estalinismo todavía buscaban por medios violentos, ahora los intentan alcanzar por medio de la victoria en las elecciones, siguiendo los principios del eurocomunismo, fruto en Occidente precisamente de la Primavera de Praga (1968).

La diferencia entre socialistas y comunistas no está en el fondo o fin último, pues ambos comparten el propósito de conseguir una sociedad sin propiedad privada y un gobierno sin turno de partidos liberales; es decir, un gobierno perpetuo del partido o partidos de izquierda, o incluso de un partido de izquierda y de algún que otro partido comparsa.

La gran paradoja, por tanto, en los regímenes liberales consiste en que los partidos de izquierda van a utilizar la democracia liberal como medio para intentar acabar precisamente con ella. No por ello la izquierda se considera antidemocrática, pues ellos siempre invocan la llamada “democracia popular” (evidente pleonasmo); es decir, gobierno del pueblo, pero a través de un partido único.

 

Las dos caminos de la izquierda

Socialistas y comunistas comparten el mismo fin. La diferencia entre ellos, entonces, reside más bien en los modos o maneras: estos son más directos en el caso de los comunistas y más a la larga distancia en el caso de los socialistas. Los primeros buscan directamente la confrontación revolucionaria, mientras que los segundos, por medio de la acumulación de reformas parciales, la lenta creación de una realidad política y social de la que no sea posible salirse o escapar.

De esta manera, cuando los comunistas se hacen con el poder van a actuar de manera inmediata, y no van a tener ningún problema en proceder a destituciones masivas en órganos del funcionariado, de la policía, del ejército y de la judicatura, etc. Intentarán asimismo cambiar de una manera u otra las reglas de juego del sistema político de la forma más rápida posible, así como operar cambios legales en leyes fundamentales o de alto contenido simbólico en el país (cambio de bandera, himno nacional, festividades tradicionales, familia, etc.). El objetivo es provocar un aturdimiento generalizado en la sociedad y la clase política, con el que transformar radicalmente el panorama político y perpetuarse así en el poder. Si no lo consiguen y en las siguientes elecciones salen perdedores, el destrozo al edificio anterior será tal que la recuperación al estado anterior comportará mucho tiempo y esfuerzo; y mientras tanto, siempre podrá volver a ganar otras elecciones. Los años de gobierno de Zapatero, aunque socialista, también son exponentes de todo esto, así como promete serlo el del actual gobierno socialcomunista-separatista de Sánchez.

Aunque con estas excepciones, los socialistas, por su parte, suelen plantear la victoria final como un objetivo a mucha más larga distancia. Su objetivo primario es alcanzar los puestos clave de la intelligentsia de la sociedad, principalmente en el mundo universitario y en los medios de comunicación. El control inmediato de los puestos políticos no viene a ser su prioridad, aunque por supuesto tampoco lo desdeñe. Al ser un partido estatista tiene, asimismo, garantizado el apoyo de la mayor parte del funcionariado. Pero su mayor interés se encuentra en la formación de las generaciones futuras, de manera que al final todas ellas piensen y actúen en clave socialista.

Podemos considerar por un momento el caso de España. El acceso de profesores de ideología izquierdista a la universidad durante el franquismo tuvo que ser y fue, por razones evidentes, muy restringido, y tan sólo en los años finales del régimen. Su presencia en los grandes medios de comunicación, por otra parte, era inexistente. La Cadena SER se fundó en el año 1940 y evidentemente fue toda franquista durante la mayor parte del régimen y aun después. El diario El País, fundado en 1976, inicialmente fue el proyecto mediático de Manuel Fraga cuando era embajador en Londres, para poderlo proyectar de regreso en la política española. Ahora ambos medios son ahora los dos bastiones fundamentales del socialismo mediático en España. ¿Cómo lo lograron? Pues en un país como España, que no funciona para nada en términos de meritocracia, sino más bien por el enchufismo, amiguismo y nepotismo basta que algunos pocos alcancen los puestos más altos. De esta manera, es sólo cuestión de tiempo que los socialistas acaben colonizando totalmente estos medios. Lo mismo se puede decir del mundo universitario.

Una vez los socialistas han llegado al poder, van a proceder a la lenta sustitución del complejo legal preexistente. Toda la legislación anterior a su toma del poder es considerada por principio revocable, y ya preparan previamente este cambio legal identificando la ley anterior como fuente y madre de toda injusticia. Pero una vez sus leyes han sido aprobadas, estas van a considerarse como totalmente irrevocables y vigentes a perpetuidad. Al haber sido aprobadas bajo las premisas que hemos dicho, pretender querer revocarlas o reformarlas será presentado como una “involución”, ser “retrógrado” o cometer una enorme injusticia.

 

La toma del espacio público por la izquierda

Otra de la característica de la izquierda, y yo diría que la principal, es la colonización y toma del espacio público, entendido esto en un sentido simbólico – opinión pública–, o incluso real –la calle–.

En condiciones normales, la izquierda no es más que, como mucho, el 50% del electorado, pero ella aparenta ser omnipresente. Las únicas pintadas en las paredes de las calles son las de la izquierda y es ella, normalmente, la única que sale a la calle a manifestarse. En los lugares de trabajo y en los distintos grupos sociales, es perfectamente identificable quiénes son los izquierdistas, porque ellos se distinguen del común por su apariencia, indumentaria o peinado, con lo cual son los únicos que destacan del resto. Suelen ser los líderes de opinión en sus respectivos grupos. Asimismo, son los únicos que expresan en público sus ideas políticas; normalmente, los de ideas conservadoras o de derechas se guardan mucho de manifestar sus ideas para no quedar mal y mucho menos de entablar un debate, con lo cual se está dando una especie de nuevo “laicismo”: las ideas conservadores, como las religiosas, han de ser para la intimidad y no para expresarlas en el ámbito social.

Los comunistas normalmente se han dedicado a la creación de la llamada “cultura popular” – poesía y canciones, principalmente–. Las personalidades de la cultura son de orientación a la izquierda, progresista, asimilables más bien al socialismo. En España son de una originalidad rozando al cero, pues se limitan a ser una copia de segunda o tercera mano de lo que producen los intelectuales de izquierda principalmente del mundo anglosajón. En todo caso, la izquierda mediática es la que va a promocionar sus propias figuras en el conjunto de la sociedad del país. El terreno de la cultura, pues, está perdido para la derecha. Es de suponer que de entre sus filas también habrá pensadores, músicos, escritores, etc., y algunos serán incluso muy buenos. Pero si los hay, en el caso de declararse como de derechas, no serán promocionados por las terminales mediáticas de la izquierda, con lo cual la cultura oficial del país será siempre de izquierdas.

La izquierda también ha desarrollado en las últimas décadas un sofisticado sistema de censura ideológica, que se articula por lo que se ha venido en llamar lenguaje políticamente correcto. Este lenguaje es creación de los ambientes universitarios estadounidenses “radicales” (izquierdistas) durante los años 80 y principio de los 90 del pasado siglo, y ha sido asumido y empleado hasta el delirio, e incluso diría de manera completamente servil, por la izquierda autóctona. En resumidas cuentas, se trata de una ultracorrección del lenguaje en torno a los ejes considerados fundamentales para las izquierdas –feminismo, homosexualismo y “género”, por ejemplo– y el censurar la expresión contraria acerca de los mismos invocando como razón que hablar en contra es atentar contra el “principio de igualdad” o hacer “incitación al odio”. Los grandes medios de comunicación y las redes sociales en internet, normalmente grandes empresas de origen estadounidenses ganadas igualmente para las ideas “radicales”, llevan a cabo esta censura lingüística de manera sistemática, con lo que el resultado final es que el debate ideológico y la libertad de expresión, características principales de los regímenes democráticos liberales, ha quedado también fuertemente mermada.

 

La derecha actual, impotente ante la izquierda

Hay que ser consciente que ante esta situación creada por la izquierda, la derecha tiene la partida perdida, al menos en sus postulados actuales. Como hemos visto hasta ahora, la izquierda siempre avanza, siempre impone, siempre implanta; la derecha, pues, siempre retrocede, siempre asume, siempre acepta. En la pareja izquierda-derecha, la parte dominante es la primera y la segunda es siempre la sumisa. Y aunque en votos pueda representar aproximadamente la mitad de la población, su ámbito de actuación es cada vez más menguante. Lo peor es que no hay manera de poder evitar esto, no al menos en el actual paradigma mental de la derecha.

La derecha, en realidad, es “derechas”, y principalmente hay tres: los liberales, los conservadores y la derecha revolucionaria. Las dos primeras se han aclimatado a los regímenes democráticos liberales, mientras que la última, el fascismo, participa del mismo rechazo a los mismos que, en el otro extremo ideológico, los comunistas, habiendo intentado en la primera mitad del siglo XX su abolición por parecidos intentos revolucionarios. Sin embargo, al contrario que el comunismo, el fascismo no ha sido reciclable para la vida política en democracia.

La diferencia fundamental entre conservadores y liberales tiene que ver con su antropología así como con el papel que se concede a la religión en la vida en sociedad. Los conservadores tienden a tener una visión más negativa o escéptica del hombre, mientras que los liberales son otro exponente del humanismo del Renacimiento y de la Ilustración, creen en el progreso y reclaman el máximo de libertades individuales para las personas en particular. Los conservadores abogan por el mantenimiento de las tradiciones de sus propios países, y de ahí que concedan o reconozcan cierto papel para la religión en la vida pública e incluso la legislación, mientras que los liberales normalmente están en la ruptura de estas tradiciones y defienden el laicismo o relegación de la religión al ámbito estrictamente privado. Los conservadores tienen una visión corporativa de la sociedad, mientras que los liberales tienen una visión individualista.

Después de esta descripción, se puede entender mejor el porqué de que la derecha sea siempre menguante ante la izquierda. La razón principal es porque las ideas liberales tienen muchísimo terreno en común con las de la izquierda: encontramos en izquierdistas y liberales estar movidos por la misma fe humanista, con el mismo rechazo al estado de cosas anterior al siglo XIX y aversión al valor social de la religión. Es decir, son igualmente agnósticos o ateos. Por lo tanto, todo lo que la izquierda implante en la sociedad en nombre de la libertad (y en menor medida, de la igualdad) serán más pronto que tarde totalmente asumibles para los liberales.

Es decir, que de la misma manera que la derecha revolucionaria tenía mucho en común con el comunismo –visión eminentemente corporativista, toma revolucionaria del poder y sistema político de partido único–, los liberales tienen mucho que ver con los socialistas, al menos en el terreno de las ideas y la moral.

Por su parte, los conservadores, a pesar de que comparten con la izquierda los principios corporativos, son en buena medida antagónicos a la misma. Sin embargo, los conservadores se encuentran normalmente en debilidad frente a ella. En principio, ya lo es numéricamente, porque reparte el terreno de la derecha con los liberales. Las izquierdas se pueden unir sin que los socialistas o comunistas dejen de serlo, pero si un conservador se une con un liberal, deja en efecto de serlo.

Pero es que, además, la izquierda tiene empuje y los conservadores no. Socialistas y comunistas están imbuidos de una visión optimista, mientras que los conservadores son pesimistas. Las izquierdas, además, tienen una visión escatológica positiva, milenarista –implantar el paraíso sobre la tierra– de la que carecen los conservadores, al menos en un sentido meramente terrenal. ¿Qué puede presentar ante ello la derecha conservadora? ¿La exaltación mística de la nación, de la raza, de la lengua? En ese caso, se cae muy fácilmente en el fascismo, y todos estamos de acuerdo que es algo que hay que evitar.  ¿La tradición por la tradición? Entonces, ¿es toda la tradición justa por el mero hecho de serlo? Si se dice que no, entonces, ¿cuál es el criterio para determinar lo que es justo y lo que es rechazable en la tradición? ¿La razón humana, la fe humanista, la opinión pública, que hemos visto estar en manos de la izquierda? Si es así, volvemos a lo mismo: la derecha pierde.

 

Conclusión

Tras toda lo anteriormente visto, ¿estamos totalmente condenados, abocados, a acabar viviendo en un régimen que haga desaparecer gobierno limitado escogido por el pueblo, propiedad privada, familia natural y verdaderas libertades individuales y familiares?

Contrariamente a lo que se podría esperar, creo que no, siempre y cuando la derecha cambie su paradigma, en base a dos principios:

1)  abandone la fe humanista subyacente en el liberalismo,

2)  pase por el tamiz de la crítica la tradición del conservadurismo, para mantener lo correcto y sustituir lo defectuoso.

Las dos cosas sólo se puede hacer sobre la base de un criterio absoluto y objetivo de revelación divina: las Sagradas Escrituras.

La solución para la derecha no es el catolicismo-romano (tradición simplemente por ser tradición) ni tampoco el liberalismo protestante (cambio incesante bajo criterios humanistas, y por cierto, fe religiosa implícita en la izquierda y los liberales). Pero es que, en el fondo, ambos, catolicismo-romano y liberalismo protestante, son una variante más de humanismo.

Sólo el verdadero protestantismo, o la Reforma, puede hacer no sólo que la derecha se mantenga ante la izquierda, sino que incluso se pueda llegar a presentar como alternativa y, a través de los mismos cauces democráticos que conocemos, incluso ganarla.

Por supuesto, los primero ha de ser que los protestantes “tomen conciencia” de lo que es el verdadero protestantismo, lo que significó la Reforma y puede ser hoy.

2 comentarios en “La “Victoria Final” de la Izquierda, ¿Es Inevitable?

  1. Solo el Señor sabe los tiempos, por eso no podemos desfallecer ni perder las fuerzas, ni el ánimo. Sabe que cuando me siento así, me voy a Romanos capítulo ocho, los pocos que quedamos, mientras el Señor quiera, seguiremos firmes. Un fuerte abrazo para todos y bendiciones en Cristo.

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