Cómo Implantar una Dictadura Después de unas Elecciones Democráticas: El Golpe de Praga (1948)

Estrella Roja

Tras la II Guerra Mundial, Checoslovaquia estaba en un impasse en cuanto a su definición ante los dos grandes bloques que comenzaban a conformar la Guerra Fría. El país había sido liberado por tropas soviéticas, pero mantenía el mismo sistema político democrático y liberal anterior a la guerra; fue incluido por los americanos en el Plan Marshall, pero también obligado a renunciar al mismo por los soviéticos.

En 1946, hubo las primeras elecciones tras la guerra. En ellas, el partido comunista obtuvo el 43% en Bohemia, el 34% en Moravia y el 30% en Eslovaquia. En Eslovaquia, el Partido Demócrata –conservador y agrarista– fue el claro vencedor, obteniendo el 60% de los votos.

Se formó entonces un gobierno de gran coalición nacional de 26 ministerios, de los cuales 9 eran comunistas y 3 socialistas. El resto eran de partidos “burgueses”. Es decir, que los comunistas estaban en franca minoría, pero ocuparon los puestos clave –los de Presidente del Gobierno, Ministro de Defensa y Ministro del Interior– por haber sido el partido más votado en los territorios principales del país –los de la actual Chequia–.

Pese a sus buenas intenciones, este gobierno de coalición nacional duraría bien poco. A inicios de febrero de 1948, el ministro comunista del Interior, en una acción ultra vires, comenzó a destituir mandos no comunistas de la policía. La reacción de los otros partidos de la coalición fue de una enorme ingenuidad: todos los ministros no comunistas dimitieron, pensando que esto provocaría la caída del Gobierno y unas nuevas elecciones.

Lejos de esto, el Presidente del Gobierno, Klement Gottwald, permaneció en el poder. De esta manera, se planteó el gran dilema al Presidente de la República, Edvard Beneš, de si iba a aceptar o no estas dimisiones. Si lo hacía, sería el partido comunista el único que continuaría en el poder.

Los comunistas entonces pasaron al ataque con todas sus fuerzas. Convocaron manifestaciones en Praga, formaron Comités populares de acción, así como una milicia comunista. Gottwald amenazó al presidente Beneš con una huelga general y la toma de las calles por la milicia, así como con la intervención de las tropas soviéticas. Al parecer, Stalin no estaba dispuesto a hacer tal intervención, pero sirvió para amedrentar a Beneš.

La policía secreta comenzó a detener a políticos de los partidos dimisionarios y, efectivamente, la huelga general tuvo lugar. Las milicias comunistas comenzaron a rodear Praga. Una manifestación opositora de universitarios, profesores y periodistas fue atacada. El ministro de asuntos exteriores, Jan Masaryk –hijo del “padre fundador” de Checoslovaquia, Tomáš Garrigue Masaryk– fue asesinado por los comunistas. Muchos diputados y políticos dimitieron e intentaron escapar del país.

En mayo, sin haber tenido elecciones previas, se aprobó una nueva constitución comunista y a principios de junio, Beneš, quien tenía que haber parado el golpe, enfermo, dimitió y moriría tres meses después. Su sucesor fue, como no podía ser de otra manera, Klement Gottwald.

Comenzó entonces un periodo de terror en el país. Se hicieron juicios a los políticos de demás partidos, los mismos que habían formado gobierno con los comunistas. Muchos de ellos fueron directamente ahorcados. Los juicios eran retransmitidos por la radio y en las plazas principales de las ciudades se ponían altavoces para que la gente los escuchara.

A modo de anécdota, la abuela de mi esposa estaba con el carrito de bebé y sus tres niños pequeños en la plaza de su ciudad cuando los altavoces estaban retransmitiendo el juicio de una político en Praga. Entonces escuchó el nombre de un primo de su esposo, que se presentaba como testigo a favor de la acusada. Presa del miedo, ella con sus niños salió sigilosamente de la plaza hacia su casa, para que nadie vinculara al testigo con su marido. De nada sirvió el testimonio de su familiar. La política, Milada Horáková, fue condenada y murió ahorcada. Fue la única mujer de los 234 políticos checoslovacos ejecutados por los comunistas antes de 1960. Hasta esa fecha, también pasaron unos 70.000 presos políticos por las minas de uranio en el país, de los cuales morirían 4.500 personas tan sólo en una de ellas, la de Jáchymov.

La implantación del comunismo en Checoslovaquia fue implacable, pero tampoco fue cosa de un día para otro, sino que fue progresiva, sobre todo en el campo. Las fincas grandes fueron de entrada expropiadas por el nuevo régimen; los propietarios que se resistían fueron encarcelados. Las pequeñas propiedades tuvieron que hacer frente a impuestos imposibles de pagar, con lo cual también acabaron todas en manos del régimen comunista.

Por su parte, Gottwald tampoco vivió mucho para disfrutar de su particular paraíso sobre la tierra, pues fallecería en 1953. A imagen de su camarada Lenin, se dispuso que fuera embalsamado. Pero no siempre la épica funciona, al menos no funcionó con él: al final, la momia se descompuso y su cadáver fue incinerado en 1962.

En definitiva, este triste episodio checoslovaco, el Golpe de Praga, ha quedado, o debería quedar, como paradigma de la subversión de un régimen democrático desde dentro, por los mismos miembros de su Gobierno, y su sustitución por una dictadura (im)pura y dura.

Se podrían extraer algunas otras lecciones de este episodio, en cuanto al modo de proceder típico de unos y otros. Pero sería mejor ver esto por separado.

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