Torre Inclinada de Pisa

Creo haber hablado en alguna ocasión de la superioridad del pensamiento antiguo con respecto al moderno, en lo que a claridad y precisión se refiere. Se puede ver esto, por ejemplo, al hablar de la realidad de cosas, ideas o conceptos. Antiguamente, se solía distinguir las partes constitutivas del ser de las cosas, por lo que están siempre presentes en ellas (esencia), de aquellas otras cosas que se pueden encontrar o no en ellas, en función de las circunstancias (accidentes).

Nosotros, desgraciadamente, por lo general ya no razonamos así. Por ello, tenemos un lío bastante considerable a la hora de entender cuáles son las partes principales y cuáles las secundarias de las cosas. Es decir, no acertamos a ver bien los accidentes, con el resultado de elevarlos a la categoría de las esencias. Por otra parte, al no tener como herramienta el concepto de esencia, tendemos a suplirlo con imágenes o metáforas. Así, en nuestro pensamiento moderno, hablamos más bien con términos provenientes de la arquitectura: “fundamentos”, “pilares”, “pilares fundamentales”, etc.

No voy a tratar de impugnar aquí esta práctica moderna. Sirva simplemente lo ya dicho para introducir la cuestión que quisiera tratar en este artículo, de manera que se entienda lo que quiero decir en el mismo. Veámoslo en una sola pregunta: ¿Cuáles son los verdaderos pilares fundamentales del protestantismo?

 

Lo que el protestantismo no es

Desde hace aproximadamente doscientos años, no es extraño presentar el protestantismo como la religión de la libertad y emancipación del creyente –y si el palabro “religión” molesta, pues simplemente como la libertad y emancipación–. De esta manera, cuando nos preguntan: “Y vosotros, los protestantes, ¿qué creéis?”, nosotros solemos dar algunas respuestas convencionales, que buscan encontrar no tanto el punto de contacto, sino la aprobación del oyente no creyente que nos hace la pregunta. Algunas de estas respuestas son:

El libre examen del creyente (entendido como una especie de librepensamiento del creyente con respecto a las enseñanzas tradicionales cristianas);

El sacerdocio universal de los creyentes (entendido como una abolición igualitaria entre pastores y creyentes);

El gobierno democrático de la iglesia (entendido como la asamblea local e independiente de los creyentes como el único órgano último y soberano que conoce la Iglesia);

La separación entre Iglesia y Estado (entendido como nuestra manera de expresar con más palabras lo que normalmente se dice con una sola: laicismo).

¿Cuántas veces no hemos “dado testimonio” presentando todas estas cosas como si fueran las verdades fundamentales de ser evangélico o protestante? Pero, ¿quién ha sido jamás salvo por creerlas?

Dicho claramente, todas estas cosas, entendidas tal como lo hemos dicho, no son esenciales o fundamentales del protestantismo, tal como este se originó en el siglo XVI, sino más bien expresiones de su desnaturalización. En efecto, han sido “incorporaciones” a la fe protestante; “accidentes”, sí, pero en el sentido pleno de la palabra, procedentes ya sea directamente del anabaptismo original del siglo XVI o de las candelas crepitantes de enciclopedistas y librepensadores del siglo XVIII en adelante. Y, todo sea dicho, hay que reconocer que los apologetas católicos-romanos (al menos, los antiguos) tienen razón en este punto: todas estas afirmaciones, a las que ellos quieren asimilar el protestantismo, son el germen de toda atomización de la Iglesia, más aun, anarquía eclesial, que necesariamente se traduce en anarquía y desintegración social. Pero se equivocan en esto: están dando palos a un “muñeco de paja”.

Todas estas cosas no forman parte de lo esencial del protestantismo debido, simplemente, a que son la expresión en nuestros rangos de una visión optimista, naturalista, del hombre, más aun, netamente antropocéntrica. Es decir, es la adaptación protestante al humanismo. ¡Justo lo contrario de lo representó en el siglo XVI el protestantismo y lo que realmente es!

 

Lo que el protestantismo sí es

La verdadera esencia, o los pilares fundamentales del protestantismo, se pueden resumir perfectamente en tres principios:

1) La autoridad absoluta de las Sagradas Escrituras, como Palabra inspirada de Dios, frente a toda palabra o discurso humano: “Sea Dios veraz, mas  todo hombre mentiroso” (Romanos 3:4 RV-SBT);

2) La justificación gratuita del pecador por la fe, lo cual excluye toda participación meritoria del hombre en su propia salvación, comportando asimismo la elección incondicional divina para salvación (algo en lo que todos los reformadores estuvieron fundamentalmente de acuerdo);

3) El sacerdocio único de Cristo, basado en su redención consumada por Su muerte, resurrección y ascensión, lo cual niega las pretendidas realizaciones y ofrecimientos de sacrificios por parte de Iglesia y creyentes.

Los fundamentos del protestantismo son, pues, la expresión de una fe totalmente teocéntrica, sobrenatural, que demanda la sumisión total del hombre ante cualquier declaración de Dios. La recepción creyente y confiada de la misma es llamada en las Escrituras fe, cuyo resultado es la salvación. Con todo, la fe comporta en sí misma sumisión. Y el llamamiento al no creyente a que crea es llamado en las Escrituras, asimismo, la “obediencia de la fe” (Romanos 1:5, RV-SBT).

 

La mezcla de ambos es imposible

Retomando lo dicho al inicio, dado que esencia viene a ser sinónimo de naturaleza íntima o intrínseca, las dos expresiones citadas representan dos religiones de naturaleza distintas. Ciertamente, se ha intentado hacer la fusión de ambas en diferentes ocasiones: desde el liberalismo protestante clásico hasta el evangelicismo humanista de nuestros días. Pero la mezcla de ambas es, además de indeseable, imposible. Porque el mismo intento de hacerlo comporta la desnaturalización del verdadero protestantismo. En el reino natural, los intentos de mezclar dos especies diferentes o no funcionan o pueden engendrar monstruos. ¿En cuál de los dos estamos?

Con todo, la imagen de “fundamento” de la que hablábamos al principio nos puede resultar de mucha ayuda, por ser muy visual. Tras lo que hemos visto en este artículo, lo edificado sobre los verdaderos fundamentos del protestantismo no va a estar a la misma altura que lo edificado sobre su variante humanista. Por dentro, pues, el suelo estará torcido, y por fuera el edificio estará inclinado. Algo así como la Torre de Pisa.

Poner el edificio desviado recto por fuera será, sin duda, un trabajo titánico. Pero podemos comenzar por tratar de nivelar el suelo por dentro, no elevando el accidente a la categoría de esencial, sino más bien poniéndolo todo a la altura de Dios y de Su revelación.

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