“¡Hay que Ocupar la Estación de Sants y Tomar el Aeropuerto del Prat!” (Barcelona, 1987)

Mani estudiantes

Era un sábado por la mañana y en un local cercano a la Estación de Sants nos encontrábamos centenares de delegados de los recién creados Consejos Escolares, de los institutos de secundaria de Barcelona y de su cinturón industrial. Yo asistía en representación del mío, un instituto sito en un barrio prácticamente a las afueras de Tarrasa, allí donde se acaban los pisos y empieza literalmente el campo. Se trataba, pues, de la primera asamblea convocada por un antes desconocido sindicato estudiantil, y en ella se intentaba coordinar acciones durante las huelgas de estudiantes de secundaria, principalmente en contra del examen de acceso a la Universidad, la famosa Selectividad. Eran los inicios de 1987.

Por aquel entonces, yo acababa de cumplir 18 años. Era un joven greñudo, de estética entre “heavy” y “hippie”, confeccionada como podía con la ropa comprada por los padres. Mis padres, que vinieron a Cataluña procedentes del Sur cuando eran niños, eran unos trabajadores de pro, que con indecibles esfuerzos habían formado una pequeña familia y logrado proporcionar estudios a sus dos hijos. Aquel día, pues, cerca de Sants, llevaba yo mi pieza más preciada por aquel entonces, que era una “chupa” (chaqueta) de cuero que mis padres me habían comprado durante las Navidades. El color, gris, no me acababa de convencer (hubiera preferido negro), pero por lo menos era piel. En la reunión había un poco de todo y no faltaba un buen número de niños pijos. Las intervenciones se sucedían, algunos con escritos preparados en los que, entre otras muchísimas cosas, decían que sentían que no podían hablar a los asistentes en catalán “porque Pujol no me ha educado la lengua” (sic, todavía me acuerdo). Por lo demás, yo por aquel entonces era comunista, independentista catalán, defensor de los homosexuales… Aspirante a revolucionario, en suma. Vamos, lo que se lleva ahora.

La asamblea transcurría de manera más o menos aburrida, cuando en esas que se me ocurrió una idea y pedí el turno de palabra. Cuando me pasaron el micrófono, espeté sin más: “¡Hay que ocupar la estación de Sants y tomar el aeropuerto del Prat!”, dicho lo cual me callé. Pasé el micrófono y durante unos instantes se hizo el silencio en la asamblea. El silencio duró hasta que otra persona pidió el micrófono para hablar.

¿Cómo es que tuve entonces aquella ocurrencia? Creo que aquella mañana no había fumado, pero sí lo había hecho durante toda la semana. Durante aquel curso de COU, en el que no teníamos clases por las tardes, estaba fumado todos los días de la semana. Así que no era de extrañar que se dieran en mi mente asociaciones de ideas algo raras. Aquella mañana había llegado a la reunión por tren y me había bajado en la estación de Sants. El verbo “asaltar” me tuvo que parecer, pues, una relación muy lógica entre la multitud que estábamos reunidos y la estación en la que me había bajado. Por el tamaño, nos podía albergar a todos.

Ni que decir tiene que nadie hizo caso de mi propuesta de tomar la estación de tren y el aeropuerto. En aquellas huelgas de inicios de 1987 nos dedicamos más bien a acciones más convencionales, como cortes de autopistas, manifestaciones, encierros en los institutos… En la hemeroteca del Diario de Tarrasa todavía se podrá encontrar una deliciosa fotografía de portada, en la que se verá a una chica lanzando bravamente a la fachada del Ayuntamiento un inofensivo huevo. Otro día, los manifestantes hicimos el amago de entrar dentro del Ayuntamiento para quedarnos, pero sólo tuvo que aparecer un policía municipal para que desistiéramos rápidamente. Estaban todavía cerca en el tiempo los días en los que la policía te llevaba al cuartelillo si te paraba por la calle y no tenías el carnet de identidad. A la policía todavía se la temía. Sólo en Madrid se dieron algunas escenas fuertes de violencia (¿alguien se acuerda del Cojo Manteca?).

Como se comprenderá, los chicos de barrio que éramos nosotros estábamos viviendo aquellas huelgas –que coincidían con las huelgas de obreros en Reinosa– como un sueño dorado. ¡Por fin aparecía ante nuestros ojos la anhelada revolución! ¡El Ché, Victor Jara, Fidel… todo estaba ante nosotros como a un tiro de piedra! ¿Y qué pasó entonces? Lo que ocurrió es que el sueño se desvaneció, y lo hizo casi con tanta rapidez como había aparecido. ¿Que cómo fue? Pues, como las acciones y movilizaciones se repetían, pero se vio claramente que no se iba a conseguir nada y que el fin de curso se acercaba, al final se dejó todo correr y cada cual a lo suyo.

En cuanto a mí, la verdad es que entonces yo lo tenía muy crudo con mis estudios. Estaba en COU (había conseguido llegar a duras penas), pero a consecuencia principalmente de las fumatas, ese curso era especialmente catastrófico: ya había suspendido cinco asignaturas (de un total de ocho) en la primera evaluación, cuatro en la segunda y tres en la tercera; y por si fuera poco, todavía tenía una pendiente de 3º de BUP. El caso es que al acabarse las huelgas ya me veía verdaderamente tocando fondo. Entonces fue cuando me harté de todo: de amigos, de fumatas, de salir por las noches… y por primera vez, vi que para salir de todo esto tenía que ponerme a estudiar para intentar llegar a la Universidad. Así que me puse a estudiar. Y estudié todo lo que no había hecho durante los últimos cuatro años. Recuperé todas asignaturas pendientes. Es más, lo aprobé todo con notas de sobresaliente en la última evaluación, lo cual ayudó a hacer subir algo la nota global de bachillerato, hasta conseguir un escaso 6,32. Fui también a la Selectividad en junio, y allí saqué otro 6,32. Con lo cual, se puede deducir fácilmente la nota con la que accedí a la Facultad de Periodismo de la UAB: en efecto, tuve que ser de los últimos que entrarían en estos anhelados estudios con una nota de 6,32. Cuando comenzaron las clases, en octubre del 87, todavía tenía greñas, pero me las corté rápidamente.

Pisaba así la Universidad aquel hijo de obrero que tras la muerte de su padre en el pueblo durante la postguerra, vino a Cataluña a la edad de ocho años, para pasar allí hambre y humillación indecibles, siendo objeto de una terrible explotación laboral en céntricas tiendas y en fábricas. Aquel hijo de costurera también que cosía todo el día en casa, en una habitación insonorizada, para las empresas de confección de la ciudad (reliquia de los primeros tiempos de la industrialización del siglo XIX). Había, por aquel entonces, un taller textil clandestino casi en cada calle y Tarrasa estaba considerada por una universidad japonesa, según decía la leyenda urbana, como la ciudad más horrible del mundo en cuanto a urbanización. Como iba diciendo, pues, pisaba así la Universidad el hijo de obrero, esta vez yo, que estudió desde niño gratis en los colegios e institutos públicos creados durante el franquismo, íntegramente en castellano, y que estudió asimismo gratis en la Universidad, gracias al sistema de becas creado también durante el franquismo. Dicho de otra manera, tal vez más a las claras: si he llegado a tener algunos estudios y si salí del barrio en Cataluña, no ha sido gracias a las modas y músicas para jóvenes venidas de fuera (por culpa de las cuales me intoxiqué el cerebro con drogas desde los quince años), ni a las ideologías de izquierda (entre las cuales me crie), ni a los catalanistas y/o independentistas (entre los que dije estar por un tiempo), ni siquiera a algo tan etéreo e idolatrado hoy día como es el nombre de Cataluña como tal. Lo quiero decir claramente: si estudié y no me quedé en el fango de mi juventud, fue sólo gracias a mis padres y a su esfuerzo inhumano, que siguieron trabajando como bestias mientras yo jugaba a mis revolucioncitas de lunes a viernes y salía de fiesta por los fines de semana. Especialmente, a mi padre, quien se levantaba antes de las cinco de la madrugada para ir caminando cuatro kilómetros cada noche, para ponerse a trabajar en los apestosos y tóxicos tintes de la fábrica de lanas. Mi padre quien hoy, con ochenta años, apenas puede caminar a causa del Alzheimer.

En definitiva, ¿para qué sirvieron entonces aquellas huelgas del 87? En cuanto a sus teóricos objetivos, para nada: mis hijos se van a examinar de la Selectividad, y la gente sigue accediendo a la Universidad, por otra parte masificada. Pero, con el tiempo, he llegado a la conclusión de que, muy aparte de estos objetivos nulos, las huelgas sirvieron de mucho: en Cataluña al menos, para poner por primera vez en contacto a los hijos de obreros activistas del cinturón industrial con los activistas independentistas de Barcelona, mucho menos en número pero mucho más bregados en lucha callejera que nosotros. Se daría así, pues, la maravillosa simbiosis entre los primeros, que proporcionarían la mano de obra revolucionaria, y los segundos, que aportarían la dirección y la instrumentalización política. Simbiosis que, por otra parte, ya se había dado en Cataluña en la década anterior, durante los años setenta, en el mundo nacionalista de izquierdas no independentista. Simbiosis que, viendo lo que está ocurriendo estos días en Barcelona, continúa dándose como siempre se ha dado. Nada nuevo bajo el sol.

¿Ayuda todo esto a comprender lo que está viviendo Cataluña estos días? Pues no lo sé. Pero al menos, digo la mía.

El caso es que, treinta y dos años después, lo primero que los jovencitos –mantenidos todos por sus padres– hacen en Barcelona cuando les da por ir de huelgas es, precisamente, intentar tomar al asalto Sants y El Prat. Las cosas cambian, sí, pero en el fondo no tanto.

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