Comentario de Calvino en Filipenses 2:12-13

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Es Dios quien obra en vosotros, etc. He aquí la verdadera artillería para abatir toda altivez, he aquí la espada para destruir todo orgullo, cuando oímos decir que no somos nada en absoluto, y que no podemos hacer nada si no es por la sola gracia de Dios. Yo entiendo aquí que habla de una gracia sobrenatural, que proviene del Espíritu de regeneración. Pues como hombres, ya estamos y vivimos y tenemos movimiento en Dios (Hch XVII,28). Pero s. Pablo habla aquí de otro movimiento distinto que el universal. Vemos ahora cuánto atribuye a Dios, y lo que nos deja a nosotros. Cuando uno hace una cosa, hay dos partes principales en ello: la voluntad y el poder de hacerla. Él atribuye las dos cosas enteramente a Dios. ¿Qué nos queda a nosotros para que podamos gloriarnos? Y no hay duda alguna, que esta división no signifique como si s. Pablo se hubiese referido a “todo” en una palabra. Porque la voluntad es el fundamento, el efecto y el edificio perfecto encima. Y él ha explicado mucho más que si hubiese dicho que Dios es el autor del fin y del comienzo; porque los sofistas mismos hubieran podido todavía hacer cavilaciones, si alguna cosa de las dos hubiese sido dejada a los hombres. Pero ahora,  ¿qué hallamos que nos sea realmente propio? Se rompen la cabeza en sus escuelas para hacer concordar el libre albedrío con la gracia de Dios. Digo un tal libre albedrío como ellos lo forjan, a saber, que se pueda doblar y volver de su propio movimiento, y que tenga un poder propio y separado, por el cual él actúe con la gracia de Dios. Yo no debatiré sobre la palabra, sino sobre la cosa en sí misma. Así pues, para que el libre albedrío concuerde con la gracia, he aquí como ellos lo reparten, a saber, que Dios repara y pone en nosotros una elección libre por la que nosotros podamos querer. De esta manera, ellos refieren el poder de querer a Dios, y asignan al hombre la buena voluntad. Pero s. Pablo dice que esta voluntad es una obra de Dios, sin excepción alguna. Porque él no dice que nuestros corazones sean sólo inclinados o incitados, ni que la debilidad de la buena voluntad sea tan sólo ayudada, sino que Dios hace por entero la buena voluntad. Pero en cuanto a la calumnia que dicen contra nosotros, que hacemos a los hombres semejantes a piedras por enseñar nosotros que nada bueno hay en ellos sino por la pura gracia de Dios, lo hacen sin ningún pudor. Porque confesamos que por naturaleza tenemos una voluntad, pero que ella es mala por la corrupción del pecado y que ella comienza sólo a ser buena cuando ha sido reformada por Dios. Y no decimos que el hombre haga algún bien que no quiera hacerlo, sino que eso es cuando su voluntad es gobernada por el Espíritu de Dios. Así pues, en cuanto a esta parte, vemos que se atribuye toda la alabanza a Dios; y lo que los sofistas enseñan es frívolo, a saber, que la gracia nos es ofrecida y puesta como ante nosotros, a fin que la recibamos si lo queremos. Porque si Dios no actuase en nosotros con eficacia, no se diría de Él que ha hecho la buena voluntad. Hay que decir otro tanto de la segunda parte. Es Dios, dice, que hace en vosotros el hacer. Lleva, pues, hasta el fin los buenos afectos que Él ha inspirado en nosotros, a fin que no sean inútiles; como lo promete por Ezequiel, cap. XI, v. 20, Yo haré que caminen en mis mandamientos. De lo que recogemos que la perseverancia también es un puro don de Dios. Por su buena voluntad. Algunos exponen la palabra griega, buena voluntad o buen corazón, refiriéndolo a los hombres; pero yo lo refiero más bien a Dios, y entiendo por ella su buen afecto y su beneplácito. Porque también la palabra griega se usa más con este significado y el contexto requiere esto. Porque s. Pablo tiene este propósito, el de atribuir todo a Dios y quitarnos todo a nosotros. Así pues, no contento con haber atribuido a Dios el efecto tanto de la buena voluntad como de la obra, atribuye también los dos a su misericordia gratuita. Por esto él ha rechazado la invención de los sofistas de la gracia subsiguiente, la cual ellos imaginan que es el salario del mérito. Él enseña, pues, que todo el curso de nuestra vida, si lo vivimos como es debido, es conducido por Dios, y esto por su bondad gratuita.

Con temor y temblor. S. Pablo infiere de esto una exhortación, que realicen su salvación con temor. Él conjunta el temor y el temblor para amplificar la cosa según su costumbre, en vez de decir, con un temor cuidadoso y que trata juiciosamente. Él con esto echa fuera tanto la negligencia como la confianza necia. Por esta palabra, ocupaos, corrige nuestra molicie, que siempre es ingeniosa para buscar sus ventajas y vanas excusas. Pero le parece bien que ella se pueda reposar dulcemente sobre la gracia de Dios; porque si Dios actúa en nosotros, ¿por qué no permaneceremos en nuestra pereza y viviremos sin cuidado? Pero el Espíritu Santo nos advierte que quiere obrar en órganos vivos; pero más bien después de haber Él echado bien lejos la arrogancia, cuando recomienda el temor y temblor. Y hay que notar diligentemente esta consecuencia. Es por Dios que tenéis todas las cosas, dice, sed, pues, cuidadosos y humildes. Porque nada hay que nos deba instruir mejor a la modestia y el temor que cuando oímos decir que no podemos estar firmes si no es por la gracia de Dios; y que caeríamos al instante, si Él retirase Su mano lo más mínimo. La confianza en nosotros engendra negligencia y arrogancia. Es una cosa que experimentamos, que todos los que confían en sus propias virtudes se desbordan de orgullo, y al mismo tiempo se duermen en su pereza sin tener ninguna preocupación. El remedio, pues, tanto de lo uno como de lo otro es que, desconfiando de nosotros mismos, dependamos enteramente del único Dios. Y ciertamente ha en verdad progresado tanto en el conocimiento de Dios como de su debilidad el que, estando despierto de su propia negligencia, busca cuidadosamente e implora la ayuda de Dios; pero aquellos que están inflados de la confianza en sus fuerzas, es necesario al mismo tiempo que estén embriagados de negligencia. Por lo que es una impúdica calumnia de la que nos acusan los papistas, a saber, que al elevar la gracia de Dios y rebajando el libre albedrío, hacemos a los hombres perezosos. Pero los lectores ven bien que s. Pablo recoge aquí materia de exhortación no de la doctrina de los papistas, sino de la nuestra. Dios, dice, obra todas las cosas en vosotros. Someteos, pues, a Él con todo temor. No niego que no haya muchos que den rienda suelta a sus vicios cuando oyen decir que nada hay de bueno en nosotros; pero niego que esto sea por culpa de la doctrina, la cual, por el contrario, si se toma como es debido, engendra solicitud en nuestros corazones. Por lo  demás, los papistas abusan de este pasaje para corromper la certeza de la fe; porque el que tiembla, dicen, está inseguro. Ellos toman, pues, tan literalmente las palabras de s. Pablo, como si debiésemos estar vacilando toda nuestra vida en la confianza de la salvación. Pero si no queremos hacer combatir a s. Pablo contra sí mismo, él no nos exhorta aquí en modo alguno a dudar; porque ciertamente él recomienda por todas partes la seguridad y la plena certeza. Pero la solución es fácil, si queremos buscar el verdadero sentido sin contención. Hay dos especies de temor: uno que engendra solicitud con humildad, otro que engendra duda. El primero se opone tanto a la negligencia y a la debilidad de la carne como a la arrogancia; el otro, a la certitud de la fe. Por lo demás, hay que notar que cuando los fieles reposan con seguridad en la gracia de Dios, de la misma manera que cuando se vuelven a considerar su fragilidad, ellos no se duermen en una seguridad de negligencia, sino que por el temor de los peligros son despertados a orar. Sin embargo, lejos de que este temor moleste la tranquilidad de la conciencia y rompa la verdadera confianza, él más bien lo confirma. Porque la desconfianza de nosotros mismos hace que reposemos con más seguridad en la misericordia de Dios. Y es lo que significan las palabras de s. Pablo. Porque no requiere nada de los filipenses, sino que se sometan a Dios, renunciando verdaderamente a sí mismos.

Ocupaos en vuestra salvación, etc. De la misma manera que antiguamente los pelagianos se jactaban orgullosamente de este pasaje para exaltar la virtud del hombre, así también ahora lo hacen hoy los papistas. E incuso, cuando se les pone delante la frase anterior, Es Dios quien obra en vosotros obra así el querer como el hacer por su buena voluntad; para rechazarla toman al instante como escudo esta palabra, ocupaos en vuestra salvación. Por cuanto la obra se atribuye tanto a Dios como al hombre, ellos asignan a cada uno su mitad. Como suma de esta palabra, Ocupaos, sacan el libre albedrío; y de esta palabra, Salvación, el mérito de la vida eterna. Respondo que Salvación aquí está tomado como todo el curso de nuestra vocación; y que en esta palabra están comprendidas todas las cosas por las que Dios cumple esta perfección, a la que nos ha predestinado por Su elección gratuita. Lo cual nadie negará, si no es impudente y obstinado. Se dice que la cumplimos cuando, estando gobernados por el Espíritu Santo, aspiramos a la vida bienaventurada. Es Dios quien nos llama y quien nos ofrece la salvación; nosotros debemos abrazar por la fe lo que Él nos da, y dar satisfacción a su vocación por la obediencia. Pero no tenemos ni lo uno ni lo otro de nosotros mismos. Entonces, nosotros hacemos, cuando Él nos ha preparado que hagamos. La palabra que Él utiliza significa propiamente llevar hasta el fin; pero hay que recordar lo que ya he dicho, que s. Pablo no disputa aquí hasta donde se puede extender nuestro poder, sino que enseña simplemente que Dios actúa tanto en nosotros que no deja que nos volvamos perezosos y ociosos; sino que, después de habernos movido e incitados por una inspiración secreta y oculta, nos emplea y ejerce cuidadosamente.

En Commentaire de Jehan Calvin sur le Nouveau Testament, (París : 1865), tomo IV, pp. 24-26

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