La Marca de la Disciplina Bíblica en la Iglesia [Sermón del Domingo, 17-11-2013]

1 Corintios 5

Uno de los acontecimientos más transcendentales de la Historia fue, sin duda, el de la gloriosa Reforma de los siglos XVI y XVII en Europa. Ahora bien, tras la Reforma se planteó una cuestión que antes no se daba, y es la siguiente: “Ahora, ¿cuál de las distintas iglesias es LA verdadera?” En efecto, antes de la Reforma, aunque estuviera caída en el error y en infinidad de idolatrías y supersticiones, había una sola Iglesia. Tras la Reforma, pues, viendo a las distintas iglesias desde afuera, en la mente de muchas personas se planteaba esta misma cuestión.

A esta pregunta se dieron, principalmente, dos respuestas. Primero, estaba aquella que decía que la verdadera Iglesia es la que permanecía unida al “papa” de Roma. Esto, en sí mismo, fue para muchos la garantía de que estaban en la verdadera Iglesia, independientemente de lo que ella enseñaba o dejaba de enseñar. Era, por lo tanto, algo automático, de la misma manera que, según ellos, el agua del Bautismo borra todos los pecados, incluido el pecado original, y que el pan y el vino de la Cena se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús.

Esta fue la primera respuesta, por lo que a los que la mantienen se les puede dar, con toda propiedad, el título de papistas.

Pero, por otra parte, los reformados lo que afirmaron es que la verdadera Iglesia no está ligada a las personas, a una hipotética sucesión ininterrumpida de obispos hasta los tiempos de los apóstoles, ni mucho menos al “papa” de Roma. Lo que los reformados afirmaron es que a la verdadera Iglesia se la conoce por una serie de señales, o de marcas, que muestran sin lugar a dudas que es ella, y no otra, la verdadera Iglesia.

¿Cuáles son estas marcas de la verdadera Iglesia? Pues los reformados dijeron, en primer lugar, que por supuesto la verdadera Iglesia es aquella que predica la verdad de la Palabra de Dios. No puede ser la Iglesia verdadera la que predica errores y herejías. Y esta predicación de la Palabra no es algo personal y subjetivo de cada pastor, o de cada creyente. Es la Confesión de fe la que dice cuál es la predicación de la Iglesia, el mensaje oficial de la misma.

En segundo lugar, los reformados dijeron que la verdadera Iglesia es la que si administran los sacramentos de manera correcta, es decir, según la Palabra de Dios.

La Confesión de fe de Westminster dice que, en tercer lugar, otra marca sería si celebra el culto público con pureza, es decir, según lo que el Señor ha instituido en su Santa Palabra.

Pero, a todas estas, se tiene que añadir también una marca más, que es si ejerce la disciplina bíblica de sus miembros. Porque, ¿de qué serviría que una Iglesia tenga todas las marcas en cuanto a la enseñanza, sacramentos y adoración pública, si luego todos sus miembros llevan una vida de pecado, con lo que la santidad de la Iglesia se queda totalmente profanada? ¿No sería lo mismo que lo que dice Santiago, que la fe de esa Iglesia, aunque totalmente correcta y ortodoxa, es muerta (Stg. 2:16.17), porque no ha generado ninguna vida espiritual en sus miembros?.

La disciplina bíblica es, pues, de una importancia transcendental en la Iglesia. Por ella, se conoce la Iglesia verdadera, que es a ella, y no a otra, a la que se tienen que unir los fieles. Pero ella también tiene que ser ejercida fielmente, en los términos y la manera que enseña la Palabra de Dios.

El apóstol Pablo, en este capítulo de 1 Corintios, afronta precisamente un caso de pecado en la Iglesia. Un pecado grave, un pecado escandaloso. Y vemos, en este pasaje, un ejemplo de cómo se ha de ejercer debidamente la disciplina en la Iglesia, y de este ejemplo podemos sacar los principio básicos para la misma.

Pero antes de considerar este caso en concreto y cómo Pablo lo aborda, hemos de partir de la base de un asunto en particular, que es el de la membresía de la Iglesia. ¿Por qué hemos de comenzar por ahí? Pues porque ¿quién es el que está sujeto a la disciplina de la Iglesia? Evidentemente, los miembros de esta Iglesia, no los de afuera.

Esto es algo de simple sentido común, de la misma manera que quién está sujeto a la disciplina de un partido político o una asociación son sus miembros. Los miembros del Partido Socialista no están sujetos a la disciplina del Partido Popular, y por otra parte, los del Popular no lo están a la del Socialista.

Esto, como decíamos, es de sentido común. Pero es que también nos lo encontramos en nuestro texto. A partir del vs. 9 dice que los creyentes no se tienen que juntar con los fornicarios, y aclara que no se refiere a los del mundo, porque si no se tendría que salir del mundo, sino que se refiere a los que se llaman hermanos y son fornicarios, o idólatras, o maldicientes, o borrachos, o ladrones. Y añade en el vs. 12-13: “Porque ¿qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? Porque a los que están fuera, Dios juzgará”.

Así, por lo tanto, la disciplina es para los que están adentro, para los miembros de la iglesia. Ahora bien, la pregunta entonces es “¿quién es el miembro de la Iglesia?” Bien, creo que la definición más sencilla del miembro de la Iglesia es la que ofrece la Confesión de Fe de Westminster, en el capítulo acerca de la Iglesia: los miembros de la Iglesia visible son “todos aquellos que en el mundo profesan la religión verdadera, juntamente con sus hijos” (CFW 25:2). Estos son los miembros de la Iglesia visible, sólo que se podría que decir algo más “… y han sido bautizados”, pues, como dice la misma Confesión de Westminster, el Bautismo es el medio “para admitir solemnemente en la Iglesia visible a la persona bautizada” (CFW 28:1).

Por lo tanto, el Bautismo es el medio para admitir solemnemente en la Iglesia visible a los que profesan la religión verdadera, a lo creyentes junto con sus hijos. De ahí que sea tan importante el administrar el Bautismo a los hijos de los creyentes. ¿Por qué? Pues porque si no, se le cierra la puerta de la Iglesia visible a los hijos de los creyentes, cuando precisamente Dios se la ha abierto. ¿Cómo? Al darles la promesa del Pacto, lo mismo que a sus padres (“Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos” (Hch. 2:39); y llamándolos y considerándolos “santos”, porque son santificados en sus padres (1 Cor. 7:14: “Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos”; compárese con Romanos 11:16: “Si las primicias son santas, también lo es la masa restante; y si la raíz es santa, también lo son las ramas”).

Lo que se le tiene que hacer, pues, a los hijos de los creyentes es consagrarlos solemnemente a Dios por medio del Bautismo, y de esta manera, abrirles la puerta de la membresía de la Iglesia visible, para que por nuestra enseñanza fiel y perseverante de la Palabra de Dios (de los padres, primero, y también en la Iglesia), por nuestras oraciones, por el ejemplo y el amor de los padres y resto de hermanos, por el cuidado pastoral también de la Iglesia, los hijos de los creyentes lleguen un día a entrar en la Iglesia invisible, cuando Dios, por su Espíritu Santo, los llame eficazmente a la fe en Jesucristo.

Bien, dos ideas más en cuanto a la membresía. Primero, decimos que los miembros son los que “profesan la religión verdadera”. ¿Vemos? No se trata sólo de creer. Se trata de creer y confesar (Rom. 10:8). Y se tiene que creer y confesar a Cristo, pero también se profesa “la religión verdadera”. Y al hablar de la religión verdadera se tiene que precisar qué es la verdad, o cuál es la verdad, para ser miembro de la misma. Y esto es importante.

Por ejemplo, si se admite a uno como miembro sólo sobre la base de que cree en Jesús, pues podría ser que se acepte también a aquellos que no creen que Él es Dios, o que no creen en la Trinidad.

Pero si se admite como a miembro sobre la base de la Trinidad, o del Credo de los Apóstoles, entonces se tiene que también admitir a los que adoran imágenes o sostienen herejías, como los papistas o los orientales (que no “católicos” u “ortodoxos”: ¡nosotros somos los católicos, y los ortodoxos!).

Por ello, tiene sentido el admitir como a miembro de la Iglesia sobre la base de una exposición precisa y detallada de la verdad de la Palabra. La Confesión de Westminster es, sin duda, la exposición más detallada y precisa de todas las Confesiones de fe de la Reforma, debido, entre otras cosas, a que fue la última de las grandes confesiones de fe del periodo de la Reforma (desde Lutero hasta 1650; la Confesión de Westminster es del 1647).

Así que, profesar la religión verdadera tiene mucho que ver con la Confesión de fe de la Iglesia, la Confesión de Westminster. Podemos pensar en ella incluso como una especie de “carta de membresía” de la Iglesia. De ahí, el deber de todo miembro de conocerla. Pero, ¿hasta qué punto conocerla? Ciertamente que conocerla verdaderamente a fondo nos puede llevar toda la vida. Por lo menos, pues, se tiene que conocer de una manera suficiente, y aceptarla, y creerla, con el compromiso de ir ahondando en ella cada vez más.

La segunda idea acerca de la membresía, es que, si según la Biblia y la confesión, sólo son miembros los que profesan, dentro de ellos se puede distinguir dos grupos, o dos categorías: los comulgantes y los no comulgantes. Los comulgantes son los que llegan a una edad suficiente, con una suficiente madurez personal y espiritual, profesan fe en el Señor Jesucristo, y esta profesión está confirmada por una manera de vivir recta y piadosa. Los no comulgantes son los niños o los jóvenes que todavía no tienen esta suficiente madurez. ¿A qué edad se le tiene que admitir? No hay un mandamiento preciso, pero en nuestra Iglesia consideramos que es el Consejo quien tiene que considerar cada caso a su vez; pero que, en general, se puede admitir a la Cena del Señor a los jóvenes a partir de los dieciséis años.

Fijémonos: fuera de estas dos, no hay más categorías. No hay los que son miembros pero “a medias”, o los que están en el Pacto pero “a medias”. No hay una tercera categoría de miembros. Pero es importante mantener esta distinción entre comulgante y no comulgante. ¿Por qué? Porque tomar la Santa Cena es una cosa muy seria. Implica discernimiento espiritual (1 Cor. 11:19), pero también el estar sujeto a la disciplina de la Iglesia.

Participar de la Cena implica que el miembro puede dejar de participar de la Cena en disciplina a sus pecados. Esto, evidentemente, es algo que tratándose de niños no tiene mucho sentido, no se les puede tomar por responsables del mismo modo que los adultos. Esto no lo hace ni el mundo. Por lo que permitirles tomar la Cena no sólo es tratar a los niños como adultos (que no lo son), sino también lleva a tratar a los adultos como a niños, porque si relajas la disciplina con respecto a los niños, también a la larga lo tienes que hacer con los adultos. Y de esta manera, se infantiliza la Santa Cena, y en especial, la cuestión de la disciplina.

Bien, habiendo considerado en primer lugar este punto acerca de la membresía, pasemos ahora a ver el caso concreto que nos encontramos en este pasaje. Vemos que el problema, básicamente, era un pecado sexual. Vs. 1: “De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación”. La palabra “fornicación” es muy corriente en la Biblia. En un sentido general, puede significar toda inmoralidad sexual. Normalmente se entiende como el sexo antes del matrimonio. Pero en la Biblia vemos que a veces designa también el adulterio (Mat. 5:32); o la prostitución (1 Cor. 6:18; de hecho, hay una relación muy estrecha entre la palabra “fornicación”, en griego porneia, y la palabra “ramera”, en griego porné). Por ello, al usar la palabra “fornicación” en un sentido general, que abarca a toda inmoralidad sexual, se podría incluir en ella incluso la práctica de la homosexualidad.

Bien, Pablo parece estar tiendo esto en cuenta, porque está distinguiendo al decir “y tal fornicación”. ¿Cuál era esta fornicación? Que uno tenía “a la mujer de su padre”. Por las palabras que usa, no se refiere a su propia madre, sino a la mujer de su padre, es decir, su madrastra.  No sabemos si el padre ya estaba muerto, aunque hemos de suponer que sí, porque entonces el escándalo en la Iglesia ya sería mayúsculo. Sería inconcebible. Pero sólo eso, el que tenía sexo con la que había sido mujer de su padre, ya merece la condenación de Pablo.

El apóstol dice: “fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles”. Y efectivamente, este tipo de relaciones estaba prohibido en el Derecho Romano. Se consideraba una verdadera aberración. Pero no sólo eso: también en la Biblia lo considera así. En Lev. 18:8 leemos:

“La desnudez de la mujer de tu padre no descubrirás; es la desnudez de tu padre”

Y en Deut. 27:20:

“Maldito el que se acostare con la mujer de su padre, por cuanto descubrió el regazo de su padre. Y dirá todo el pueblo: Amén”

Y en Amós 2:7:

“Pisotean en el polvo de la tierra las cabezas de los desvalidos, y tuercen el camino de los humildes; y el hijo y su padre se llegan a la misma joven, profanando mi santo nombre”

Hoy en día vamos camino de que se llegue a considerar este tipo de prácticas como normales. Si se ha admitido en la sociedad todo tipo de fornicación (el sexo pre-matrimonial, el adulterio o la homosexualidad), ¿por qué no este también? Según la mentalidad predominante en la actualidad, toda la gente tiene, dicen, “derecho” a mantener “relaciones sexuales” (una palabra bonita para no hablar de fornicación o pecado). Esto es lo que ahora se enseña incluso a los niños en la escuela desde bien pequeñitos.

Pero no. Todas estas cosas son pecado y no se pueden consentir, al menos, en la Iglesia, y tendría que ser así también en la sociedad. La Biblia no las permite, ni aun casándose. Hay relaciones de consanguineidad prohibidas en la Palabra de Dios (todo el capítulo 18 de Levítico, que podemos leer detenidamente en casa). Y atención, que estas prohibiciones se mantienen en el Nuevo Testamento. Tenemos este pasaje de aquí, en 1 Corintios 5, pero también tenemos el caso del rey Herodes, que se casó con la mujer de su hermano, condenado por Juan el Bautista (Marcos 6:18).

No se puede decir, pues, “¡ah, es que estas leyes eran del Antiguo Testamento!” o “es que eran leyes judiciales”. Sí, eran leyes del Antiguo Testamento, y eran leyes judiciales, pero estas leyes judiciales del Antiguo Testamento enseñaban un principio moral que es válido para todas las naciones y en todas las épocas. Por ello, también son morales para nosotros, y se tienen que observar.

Pero ellos, los corintos, toleraban este pecado. En el vs. 2 dice que estaban “envanecidos”. Ellos estaban inflados, ellos presumían de ser una gran Iglesia, con muchos dones, con grandes líderes. Sin embargo, ellos no veían lo que decía la Palabra de Dios. No lo cumplían, sino que hacían justo lo contrario.

Con lo cual vemos lo que ocurre cuando en una Iglesia se deja de leer y de estudiar la Palabra de Dios. En los puntos que sea, se van a dejar de sentirse ligados  por lo que la Biblia dice. Esto para el Antiguo Testamento primero, pero también para el Nuevo. Se ve lo que dice la Biblia como algo antiguo, desfasado, para otro tiempo u otra cultura. Pero nosotros, dicen, hemos progresado. Ya se sienten libres con respecto a la Biblia. Creen que tienen libertad porque creen que lo que en la Biblia se enseña era sólo para otro tiempo.

Y bien, vemos lo que entonces ocurre. Muchas veces se dice que la Iglesia que pierde la Palabra se convierte como el mundo. Sí, es eso, pero no es sólo eso. Muchas veces, ¡la Iglesia acaba peor que el mundo, tolerando y admitiendo lo que el mundo nunca lo haría!

Porque existe el gran peligro, hermanos, de dar rienda suelta al pecado en nuestras vidas. Esto puede echar a perder completamente, tanto a la persona como a la Iglesia.

Lo dice Pablo en la exhortación del vs. 6: “¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?” Desde hace un tiempo nosotros estamos haciendo nuestro propio pan en casa, con una panificadora. Lo que hemos aprendido es que no hace falta poner mucha levadura para que el pan suba. Al principio es lo que siempre se hace, pero no es así: sólo un poco de levadura basta. Bien, pues lo mismo pasa con el pecado: sólo un poco basta. Porque, como la levadura, lo propio del pecado es el crecer, el expandirse, el extenderse.

Esto pasa con las personas: sólo un pecado es capaz de echar a perder toda una vida. Se comienza por un solo pecado. Este pecado se vuelve a repetir y se convierte en un hábito. Este hábito se convierte en un vicio, que controla totalmente la voluntad de uno, y que degrada la persona, por lo que se abre la puerta a todos los demás pecados que pueda haber.

Podemos ver esto con los que toman droga. No sólo es tomar droga. No se encuentra nunca a uno que sólo tome droga, pero que después lleve una vida de ciudadano ejemplar. No: el que se droga también bebe, también es fornicario o adúltero, también es blasfemo y maldiciente, también maltrata a su mujer, también lleva una vida completamente desordenada. Y todo esto, ¿cómo comenzó? Pues de joven, fumándose un cigarrillo con los amigos en la calle, y de ahí pasó a fumarse un porro; o diciendo que sí a esnifar pegamento con ellos; o yendo al bar a tomarse con ellos unas cervezas. Y de ahí se sigue a otro paso, y de este a otro, y a otro. El pecado se hace cada vez más grave y más intenso, cada vez los pecados son mayores y cada vez son peores las consecuencias.

Si esto es lo que ocurre en una persona, pasa lo mismo en la comunidad, en la Iglesia. Un pecado tolerado siempre abre la puerta a todos los demás. Primero, por el ejemplo. Sea bueno o sea malo, la mayoría de cosas que hacemos es lo que vemos hacer a los demás, y esto sin darnos cuenta. Somos como esponjas: absorbemos todo lo que está a nuestro alrededor (la manera de hablar de los demás, el acento, el cómo nos comportamos, vestimos, etc., etc.). Así que el pecado tolerado va a afectar inmediatamente a los demás en la Iglesia.

Pero no es sólo por el ejemplo. Porque si se permite un pecado en una persona, ¿cómo se va a impedir este mismo pecado en la vida de otra persona? Entonces, se está obligado a tolerarlo. No hacerlo sería injusto, sería hacer acepción de personas, mostrar favoritismos. Y si se permite este pecado en concreto, ¿por qué no tolerar este otro, o todos los demás, si al final todos los pecados son la transgresión de los mandamientos de Dios?

De esta manera, la Iglesia, que es santa, porque ha sido comprada por el Señor Jesús con Su sangre y consagrada para Él, se echa completamente a perder. Como vemos en las Iglesias del Apocalipsis. Allí había algunas mujeres que se decían profetisas que nada menos enseñaban a los siervos de Dios “a fornicar” (Apoc. 2:20), o a conocer “las profundidades de Satanás” (Apoc. 2:24). Con lo cual vemos que las Iglesias mismas al final se pueden convertir en “sinagogas de Satanás”  (Apoc. 2:29 y 3:9).

¿Es posible esto? Sí, es completamente posible. Si así acabaron las sinagogas de los judíos, que eran la Iglesia de Dios en el Antiguo Testamento, si así les ocurrió, pues a ellos, ¿por qué a nosotros no?

Algunos, sin duda, dirán que no. Los papistas, que dicen que la Iglesia sometida al papa nunca puede caer. O los dispensacionalistas, que dicen que hay una separación total entre Israel y la Iglesia y que, por tanto, el Israel del Antiguo Testamento no era la Iglesia de Dios. Todos ellos dirán, entonces, que no: que lo de la “sinagoga de Satanás” no se aplica a la Iglesia del Nuevo Testamento, sino sólo al Israel del Antiguo Testamento.

Sin embargo, esta manera de pensar se viene pronto abajo por la Palabra de Dios. Podemos leer 1 Cor. 10:

“Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto. Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil. Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (vv. 1-11).

Aquí tenemos esta advertencia de la Palabra de Dios: si los creyentes, si la Iglesia del Nuevo Testamento, caen en los mismo pecados que el Israel del Antiguo Testamento, los creyentes recibirán los mismos juicios que los judíos recibieron. Por lo tanto, si los creyentes practican los mismo pecados que los judíos, estos pecados tendrán también las mismas consecuencias. Y sus Iglesias, de este modo, se pueden llegar a convertir en “sinagogas de Satanás”, porque allí es el diablo, y no Cristo, quien verdaderamente tiene el control de esta congregación por medio de los pecados de la gente.

Así que, hermanos, nosotros, por nosotros mismos, no somos mejores que ellos. “El que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co. 10:12). Estamos abiertos a los mismos peligros, tenemos la misma naturaleza depravada, el mismo corazón engañoso que ellos.

Si ha habido Iglesias que han caído en apostasía, aceptando en su seno toda fornicación de sus miembros, hasta llegar incluso a aceptar las prácticas homosexuales como tan normales como la del marido con su mujer; si una tras otra han caído Iglesias en todos los países, no pensemos que nosotros seremos inmunes a todo esto, si entre nosotros se permiten cosas que atentan contra la Palabra de Dios.

¡Y qué deshonor para la Iglesia de Cristo cuando ocurre todo esto, porque uno de los atributos de la Iglesia, lo que ella es y lo que debe seguir siendo, es ser santa!

¡Pero qué deshonor sobre todo para Cristo, el Señor de la Iglesia, quien quiere “presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Ef. 5:27).

Por lo tanto, hermanos, no tenemos aquí opción, ni libertad, ni podemos hacer otra cosa. Retomando lo que hemos visto, los que de entre nosotros no han profesado fe, han de profesarla, removiendo todo obstáculo que haya en nuestras vidas para llegar a ser un miembro en la plena comunión de la Iglesia.

Y los que hemos profesado ya fe, todos nosotros y todos juntos, hemos de ser guiados en todo por la Palabra de Dios. Hemos de poner en pie una Iglesia bíblica. No sólo porque ella enseñe la verdad de la Palabra de Dios, en cuanto a la predicación y los sacramentos. Sino también porque lo pone en práctica en la vida de todos los miembros.

Y uno de los principales medios para esto que ha dispuesto el Señor es la disciplina bíblica. La cual se tiene que usar, no tenemos otra opción, pero se tiene que usar de la manera que el Señor nos ha ordenado en su Santa Palabra.

Esto es lo que veremos, Dios mediante, en el próximo mensaje. El Señor, pues, bendiga este mensaje de su Palabra que hemos visto hoy, en nuestras vidas y en nuestra Iglesia. Amén.

 

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