El Amor General de Dios: Consideraciones Finales

En español está la curiosa expresión que dice “ser más papista que el papa”. Este particular estado de espíritu no es propio tan sólo de papistas, puesto que también muy propiamente se puede decir que de entre nuestras filas los hay, y muchos, que literalmente son “más calvinistas que Calvino”.

Esto es algo que se pone de manifiesto en las acaloradas discusiones que muchos que se hacen llamar a sí mismos calvinistas llevan a cabo para negar la doctrina del amor general de Dios (o gracia común), es decir, la que enseña que Dios muestra Su amor y hace bienes no tan sólo a los elegidos, sino también a todos los hombres.

Calvino la enseñó repetidamente y de muchas maneras. Ellos la niegan por completo… y se siguen llamando calvinistas. ¿Cómo es esto posible? Pues porque piensan que con esta enseñanza se les vienen abajo los llamados “5 puntos del calvinismo”. Algo de lo que Calvino no se preocupó jamás. Primero, porque estos “5 puntos”, hablando con propiedad, no son suyos, sino las afirmaciones del Sínodo de Dordt (1618-19), celebrado 54 años después de la muerte de Calvino. Son pues, los puntos de la Iglesia Reformada Holandesa, y son la propiedad de la Iglesia Reformada histórica, más aun de la Iglesia Universal. Segundo, porque la teología de Calvino no consistió nunca a elaborar un sistema deductivo a partir de un principio fundamental (véase, la predestinación), sino que se dedicó a enseñar y predicar consistentemente TODO lo que se encuentra en la Escritura. Y la Escritura enseña claramente que Dios hace bienes a todos los hombres. ¿Por qué omitirlo? ¿Bajo qué autoridad?

Surge, pues, de entrada la pregunta de si aquellos que niegan esta doctrina pueden ser considerados como legítimos representantes de la fe reformada. Si una doctrina, como la del amor general de Dios, está basada en la Biblia (que lo está) y en la enseñanza de los reformadores y de una gran cantidad de teólogos reformados (que lo está);  si está expresada, aunque sea parcialmente, en los textos confesionales reformados históricos (que lo está), si incluso ha recibido una primera expresión dogmática en una asamblea oficial de una iglesia reformada (y lo ha sido), los que niegan esta doctrina, y no sólo esto sino que la consideran como la peor de la herejías, ¿pueden ser considerados reformados? ¿Por qué no buscarse mejor otro nombre, que, a ser posible, tampoco sea el de “calvinistas”?

¿Es legítimo que se rechace una serie de enseñanzas reformadas porque se afirma que ellas niegan otra serie de enseñanzas reformadas? ¿Por qué no recibir ambas como parte de la misma y única enseñanza reformada (bíblica)? Pero ellos proceden con una lógica unilateral a partir del Decreto, con lo cual lo único que al final hacen es acabar con una parte de la revelación bíblica, que tiene que ver con los actos de Dios en la Historia.

Al fondo de la cuestión

En el fondo, toda la cuestión acerca del  amor general de Dios trata acerca de la significación de los actos inmanentes de Dios (no en el ser mismo de Dios, sino en el Universo). La significación de estos, ¿está exhaustivamente comprendida por el Decreto?

Se nos dice que si Dios manifiesta bondad hacia otros hombres que los elegidos esto contradice Su Decreto. ¿Es realmente esto así? En una persona, un simple hombre, ¿toda su persona, todos sus cualidades y atributos se reducen a su voluntad? ¿Verdad que no? ¿Por qué, entonces, el amor y la bondad de Dios tienen que ser absolutamente coextensivos con Su Decreto? ¿No es el ser de Dios, infinito, mayor que Su Decreto, forzosamente limitativo? ¿No llena Él el cielo y la tierra (Jer. 23:24), con todos Sus atributos, incluido el de Su bondad? ¿Por qué Dios no se puede mostrar bondadoso a todas las criaturas, aun a las personas que no ha elegido?

Se nos dice, pues, que Dios no puede mostrar bondad hacia aquellos que se ha propuesto condenar, es decir, los reprobados, porque ellos de Él reciben sólo ira. ¿Es eso cierto? Los reyes y las autoridades antiguamente mostraban benignidad con los reos a muerte antes que murieran, ¿y Dios no puede mostrar benignidad a aquellos que Él va a condenar con toda justicia? ¿Por qué no puede ser bondadoso, sino sólo va a mostrarse severo con ellos?

Se nos dice también que los bienes que los reprobados reciben en esta vida no son realmente manifestaciones de bondad por parte de Dios hacia ellos, sino que son sólo administraciones de la Providencia. En ese caso, los milagros, ¿dejan de ser expresiones del poder de Dios, porque ellos son obrados en la Providencia? ¿La Providencia, por sí sola, califica los actos que ella administra, si son expresiones de poder, de amor o de ira?

Se nos dice también que si el fin último de Dios es condenar a algunos, esto excluye que tenga otros propósitos (bondadosos) con ellos. Es lo mismo que decir que si yo tengo como propósito principal de mi vida el llegar a ser Presidente del Gobierno, o el mejor tenista del mundo, que esto excluye tener otros propósitos menores y secundarios en mi vida. O también que si yo me propongo como meta del día ir al cine las 9 de la noche con mis hijos, que no puedo tener otros propósitos con ellos a lo largo del día. O que si yo tengo una cita en el juzgado por un juicio con una persona que me ha hecho un agravio, que me resulte metafísicamente imposible que hable con él antes para intentar convencerlo para que no lleguemos a tal extremo. O que si me lo encuentro tirado en la carretera tras un accidente, que bajo ningún concepto lo tengo que llevar al hospital para que lo curen, porque lo que según ellos tengo que hacer es rematarlo. Si esto último lo hicieran los hombres, ¿qué pensaríamos de ellos? ¿Están los negadores del amor universal de Dios realmente honrando Su nombre ante los hombres, o más bien todo lo contrario?

Cuando se sigue una lógica unilateral que opera única y exclusivamente a partir del Decreto, sin considerar Su persona, se llega a unas consecuencias asombrosas. La realidad del Universo creado se desdibuja y al final emerge una visión mecanicista no tan sólo del universo, sino incluso de Dios mismo. Este determinismo que no tiene en cuenta la realidad del Universo y la diversa interacción de Dios con él, ¿no se aparenta más con el panteísmo tipo Spinoza que con la visión bíblica de Dios y del universo?

A modo de conclusión

¿Por qué estoy convencido de la importancia de esta doctrina? Por varias razones.

En primer lugar, por el libre ofrecimiento del Evangelio: si un predicador no se deleita en presentar la muerte y resurrección de Jesucristo como una obra de salvación cumplida y completa, a la que no tenemos que añadir los hombres nada, y que los hombres pueden hacer suya tan sólo por la fe, y no se afana en invitar a los hombres libre y sinceramente a hacerlo, dudo realmente  que Dios le haya llamado a predicar el Evangelio en modo alguno. A la pregunta: “¿Quiere Dios salvar a todos los que escuchan el Evangelio?”, mi respuesta suele ser: “¿Lo quieres tú?” Si tú no quieres la salvación de todos los que tienes delante, quítate del púlpito, porque entonces ese no es tu lugar.

En segundo lugar, las experiencias en el ministerio. Tarde o temprano conoceremos la experiencia de personas que profesaron fe pero que abandonaron los caminos del Señor. Esto lleva a preguntarse: “¿No fue nada, de parte de Dios, todo aquel tiempo? ¿Dios sólo actuó de una manera instrumental con ellos, sólo para llevar a cabo Sus propósitos, sin haberles mostrado ningún tipo de bien o bondad?” Confieso que esto ha sido un punto en el que he estado perplejo durante tiempo. La conclusión a la que he llegado es que durante el tiempo en el que ellos hicieron profesión de cristianos, Dios efectivamente les hizo bienes y que sin duda les fue mucho mejor entonces que en su actual estado (2 Pe. 2:20). Si se han apartado, pues, habiendo recibido tales bienes, es por su maldad, y su condenación es por tanto justa.

En tercer lugar, de cara a la evangelización. Los bienes que Dios concede a los no creyentes, totalmente inmerecidos, son otras tantas ilustraciones para hablar del amor y de la inmerecida gracia de Dios en Jesucristo. Si no somos capaces de decir a la gente: “Mira tu matrimonio, tu familia, tu profesión, tu vida… todas estas cosas buenas son dones de Dios para ti. ¿No es mejor, pues, reconocer a Dios y servirlo, que endurecerse contra aquel que está siendo tan bondadoso contigo?”, si no somos pues capaces de decirlo, vamos a estar predicando un Evangelio etéreo que no tendrá nada que ver con la vida de las personas.

Si uno está llamado al ministerio, o está en él, y tiene dificultades con esta doctrina, es preferible morderse la lengua mil veces antes que abordar este punto (u otros) de manera que no sea la correcta o no estando preparados para ello. Como repiten los Proverbios, es mejor escuchar (leer, estudiar) que hablar. Es preferible meditar, orar al respecto, esperar a que llegue el día en el que podamos hablar confiadamente. Pueden pasar incluso años, pero es ciertamente preferible. Mejor tener paciencia.

Y si uno no está llamado al ministerio, pues mejor hacer caso a la recomendación que hace Santiago al inicio del tercer capítulo de su epístola. En vez de amargarse el espíritu y hacérselo amargar a los demás con ideas extrañas, ¿por qué no dedicarse mejor a disfrutar de las cosas buenas de esta vida, recibidas bondadosamente de la mano de Dios?

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  1. Viviana Véjar Himsalam

    Yo creo en la doctrina del amor general de Dios, porque mas que doctrina, es una realidad, un hecho, contenido en las Escrituras. Pero no concuerdo con denominarla Gracia Común, porque la Gracia es especial y es salvífica, es decir, Gracia en la Biblia se relaciona a la salvación, a la justificación inmerecida (por fe no por obras).
    Decir que la Gracia es común, es rebajar la idea de la Gracia y subestimar o sobrevalorar el amor de Dios a los réprobos.
    Cuando Dios habla de aborrecimento o reprobación, lo habla respecto a la salvación, no por ser réprobo va a ser objeto del odio de Dios.

    • Jorge Ruiz Ortiz

      Gracias, Viviana, por el mensaje. Estoy de acuerdo que se tiene que emplear el término “gracia común” con precaución, pues se ha perdido (o casi) el sentido que tenía palabra “común” (en sentido de “ordinario, perteneciente a esta vida”) y se puede malinterpretar como “la gracia que los creyentes e incrédulos tienen en común”.

      Como bien dices, el amor general de Dios por Sus criaturas es una realidad, pues del Señor es la tierra y su plenitud. No se puede concebir la vida sin él.

      Saludos en Cristo,
      Jorge Ruiz

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