Sed Hombres (Y También en el Canto)

“Esforzaos, oh filisteos, y sed hombres… sed hombres, y pelead” (1 Sam. 4:9)

Hace unas semanas escribí una entrada acerca del Himno nacional. Tal vez alguno se preguntaría que a qué respondía una entrada así. Bien, pues la idea era que diera pie a hablar acerca de lo que se canta en la actualidad.

Tomemos el vídeo de la concentración del pasado 6 de diciembre, en la que se cantó la propuesta de Himno nacional de la DENAES. La letra fue compuesta por el poeta Jon Juaristi y el himno, cantado por la cantante hispano-cubana Yanela Brooks.

No quiero centrarme en las cuestiones del contenido de la letra. [1] No era esto a lo que me quería referir.

¿Qué es lo que más llama la atención en esta interpretación? Pues, en mi opinión, esto: el himno está cantado por una mujer, como una canción de amor. Si lo paramos a pensar, ¿no es extraño? Los himnos nacionales no sólo identifican a un país, sino que le tiene que inspirar el espíritu, el ánimo necesario para ir a combatir por él, ya sea en la cancha deportiva o en el campo de batalla. ¿Nos imaginamos a un batallón de aguerridos soldados cantándolo así?

Digámoslo claro: España se ha convertido en un país de damiselas, en el que la masculinidad y los valores asociados con ella (valor, sacrificio, heroísmo) brillan por su ausencia. Los varones ya no hacen gala de masculinidad, y las mujeres, que tampoco destacan por su feminidad, se han impuesto en todos los órdenes de la vida pública.

Este tremendo cambio cultural al que asistimos sin darnos cuenta no es cosa de un día, ni tampoco ocurre porque sí. Imposible que se dé sin el concurso de las instituciones sociales principales (escuela y medios de comunicación, sobretodo) y sin la voluntad de los poderes detrás.

Pero, culturalmente hablando, todo este cambio se ha producido principalmente por medio de la música…

Todo esto nos podría abrir un increíble mar de reflexiones, en cuanto a la música en la iglesia (evangélica) en la actualidad. ¿Qué música se canta? ¿Quiénes la cantan? ¿Cómo? ¿Con qué efectos en el culto público, o en la vida personal de los creyentes?

¿No asistimos a la misma feminización de la iglesia, por las mismas vías que esto ha ocurrido en la sociedad (el canto de canciones románticas)? ¿No tiene que ver esto algo con que los hombres estén desertando de nuestras iglesias, en ocasiones, masivamente? ¿Nos diferenciamos hoy los evangélicos claramente de la tradición católica-romana, en el que la religión “es cosa de mujeres”? ¿Dónde están los varones, las cabezas espirituales en el hogar y los líderes de la iglesia?

Por todo esto, y por muchas otras razones, el canto de los Salmos, en casa y en la iglesia, es infinitamente mejor.

Para este 2013, podemos tomar como buenos propósitos la exhortación de la Escritura que citábamos al inicio:

“Esforzaos, oh filisteos, y sed hombres… sed hombres, y pelead” (1 Sam. 4:9)

O, en las palabras del apóstol:

“Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos” (1 Cor. 16:13).

[1] Tan sólo diré, así, de paso, dos cosas: 1) la alusión a Europa en un himno nacional parece bastante discutible, tratándose de un himno nacional; 2) lo del “árbol sagrado”, por mucho que sea “de la libertad”, tiene un saborcillo a paganismo bastante pronunciado.

La Trinidad en el Antiguo Testamento

Gen. 18,1-2

a) En los pasajes donde Dios habla de sí mismo en plural (Gen. 1:26);

b) En los pasajes en los que el Señor actúa por el Señor (Gen. 19:24);

c) En los pasajes en los que el Hijo de Dios está nombrado formalmente (Sal. 2:7);

d) En los que se enumeran las tres Personas de la Trinidad (Gen. 1:1-2; 2 Sam. 23:2; Sal. 33:6; Isa. 42:1; 48:16-17; 61:1);

e) En los pasajes en los que el hombre Jehová o Dios se repite tres veces en el mismo dicho (Núm. 6:24-26; Sal. 42:1-2; Isa. 33:22; Jer. 33:2; Dan. 9:19);

f) En el trisagión de los ángeles (Isa. 6:3);

g) En los pasajes en los que el Ángel del Señor está identificado con Dios (Gen. 48:15-16; Ex. 3:1-7);

h) La referencia de Cristo al Antiguo Testamento para demostrar la verdadera divinidad del Hijo de Dios (Mat. 22:41-46, comp. Con Sal. 110:1).

 

En J. T. Mueller, La Doctrine Chrétienne, (Bruselas : Éditions des Missions Luthériennes, 1956), p. 199-200.