Dios, el Justo Juez

Sigaión de David, que cantó a Jehová acerca de las palabras de Cus hijo de Benjamín.

1 Jehová Dios mío, en ti he confiado;  Sálvame de todos los que me persiguen, y líbrame,

 2 No sea que desgarren mi alma cual león, Y me destrocen sin que haya quien me libre.

 3 Jehová Dios mío, si yo he hecho esto, Si hay en mis manos iniquidad;

 4 Si he dado mal pago al que estaba en paz conmigo (Antes he libertado al que sin causa era mi enemigo),

 5 Persiga el enemigo mi alma, y alcáncela; Huelle en tierra mi vida, Y mi honra ponga en el polvo. Selah

 6 Levántate, oh Jehová, en tu ira; Álzate en contra de la furia de mis angustiadores, Y despierta en favor mío el juicio que mandaste.

 7 Te rodeará congregación de pueblos, Y sobre ella vuélvete a sentar en alto.

 8 Jehová juzgará a los pueblos; Júzgame, oh Jehová, conforme a mi justicia, Y conforme a mi integridad.

 9 Fenezca ahora la maldad de los inicuos, mas establece tú al justo; Porque el Dios justo prueba la mente y el corazón.

 10 Mi escudo está en Dios, Que salva a los rectos de corazón.

 11 Dios es juez justo, Y Dios está airado contra el impío todos los días.

 12 Si no se arrepiente, él afilará su espada; Armado tiene ya su arco, y lo ha preparado.

 13 Asimismo ha preparado armas de muerte, Y ha labrado saetas ardientes.

 14 He aquí, el impío concibió maldad, Se preñó de iniquidad, Y dio a luz engaño.

 15 Pozo ha cavado, y lo ha ahondado; Y en el hoyo que hizo caerá.

 16 Su iniquidad volverá sobre su cabeza, Y su agravio caerá sobre su propia coronilla.

 17 Alabaré a Jehová conforme a su justicia, Y cantaré al nombre de Jehová el Altísimo.

 

 

El Salmo que acabamos de leer nos presenta a David sufriendo persecución. En el encabezado se nos dice que fue a raíz de “las palabras de Cus, hijo de Benjamín”. La Biblia no nos explica más acerca de este personaje. Pero sí que ella nos dice lo mucho que él sufrió a manos de otros de la tribu de Benjamín. Por ejemplo, Saúl, su predecesor. O también Simeí, quien lo maldijo cuando David huía de Absalom (2 Sam. 16:5). O incluso después de la victoria de David sobre Absalom, se levantó un hombre de Benjamín, llamado Seba, quien quiso hacer una rebelión en contra del rey legítimo de Israel (2 Sam. 20:1).

Durante su vida, David tuvo la enemistad declarada de los de la tribu de Benjamín, y sin duda ello se debió a que él había sido quien sustituyó a Saúl como rey de Israel. Esta sustitución la decidió Dios por los causa de los pecados e infidelidad de Saúl, pero no vino porque David conspirara para hacerse él mismo rey. En todo momento vemos en la Biblia que David fue una persona leal y fiel para con Saúl, con su rey, por el hecho de que él era el “ungido de Jehová”.

Seguramente, pues, David se está refiriendo aquí a algún episodio más de esta enemistad, de esta continua persecución de algunos benjaminitas en contra de él. Pero lo importante en este Salmo no es tanto las circunstancias de la persecución en particular, de las que no se nos dice mucho, sino más bien la reacción de David en medio de ella. Esta persecución, por supuesto, le produce a David sufrimiento. Pero el sufrimiento no está solo, porque además, David tiene siempre la convicción de ser inocente y de estar sufriendo persecución injustamente. Y esta convicción es tan grande como para, en oración, hacer a Dios este solemne juramento: “Jehová Dios mío, si yo he hecho esto, Si hay en mis manos iniquidad; Si he dado mal pago al que estaba en paz conmigo (Antes he libertado al que sin causa era mi enemigo), Persiga el enemigo mi alma, y alcáncela; Huelle en tierra mi vida, Y mi honra ponga en el polvo” (vv. 3-5).

David le pide que perezca a manos de sus enemigos si las acusaciones que le hacen son verdaderas. ¡Hay que tener la conciencia tranquila para poder decir estas palabras! Sin duda; pero vemos que David a medida que avanza el Salmo, no se centra mucho en esto, ni en sí mismo, sino que más bien centra sus pensamientos en quién es Dios. Presenta a Dios en Su justicia. Nos habla de Él como el Juez justo. El atributo de Dios de la justicia es el gran refugio al que David acude en la persecución. Llena su mente y su corazón de pensamientos acerca de la justicia de Dios, que es lo que lo lleva de la angustia del versículo (“Sálvame de todos los que me persiguen”) a la alabanza del versículo 11 (“Alabaré a Jehová conforme a su justicia, Y cantaré al nombre de Jehová el Altísimo”).

Y nosotros también debemos tener nuestros pensamientos puestos en la justicia de Dios para poder poner en Dios toda nuestra seguridad, nuestro gozo y nuestro deleite en esta vida. Por ello vamos a considerar la justicia de Dios tal como se presenta en este Salmo. Primeramente, considerando el atributo de la justicia de Dios en sí mismo. Luego cómo tiene este que ver, con las naciones, los impíos y por último los creyentes.

El atributo de la justicia de Dios

Es necesario, pues, que comencemos por considerar el atributo de la justicia de Dios. Los atributos son aquellas cualidades del ser mismo de Dios. Hay cualidades o atributos que Dios no comparte ni comunica con nadie, puesto que tienen que ver con la misma naturaleza de Su ser, y por ello se les llama incomunicables (como son su eternidad, su inmutabilidad, su inmensidad, o su omnipresencia). Pero hay también atributos que Dios quiso compartir con las criaturas razonables que Él hizo, y particularmente con el hombre. Son los llamados atributos comunicables (como su amor, su gracia, su misericordia, su santidad). El atributo de la justicia pertenece a esta última clase de atributos, los atributos comunicables.

Como la justicia es un atributo comunicable con el hombre, podemos, para comprender qué es la justicia, pensar primeramente en un hombre justo. ¿Quién es este? La Biblia a veces nos da una descripción del mismo. En el Salmo 15 leemos:“Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, Y habla verdad en su corazón. El que no calumnia con su lengua, Ni hace mal a su prójimo, Ni admite reproche alguno contra su vecino. Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado, Pero honra a los que temen a Jehová. El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia; Quien su dinero no dio a usura, Ni contra el inocente admitió cohecho”.

El hombre justo se mide, por tanto, por sus acciones, por sus obras. No estamos hablando de si en su corazón hay buenos sentimientos o no, o si tiene mucho conocimiento, porque ha estudiado mucho, y sabe las cosas que son justas y verdaderas. Esto no es lo que hace a un hombre justo, sino que lo que hace a un hombre justo son sus obras. El hombre es justo cuando sus obras son conforme a la Justicia. Y la Justicia es todo aquello que está conforme a la Ley de Dios. Esto algo objetivo, es decir, que no depende de lo que el hombre sienta, vea u opine.

Para hablar del atributo de la justicia de Dios, por tanto, podemos comenzar por el hombre, porque es un atributo comunicable. El atributo que el hombre tiene como criatura es un atributo que Dios tiene en grado de eminencia. El hombre la tiene de manera parcial, pero Dios de manera absoluta e infinita. En el hombre es imperfecta, pero en Dios es perfecta. Si, en el hombre, la justicia depende de que sus obras sean conforme a la Ley de Dios, en Dios, la justicia significa que todo lo que Dios hace es conforme a Sí mismo y a Su voluntad, porque no hay ley por encima de Dios. Dios es la Ley suprema. Su voluntad es la Ley suprema, y por encima de ella no hay nada. Y como Dios es conforme a sí mismo, Él es justo y Su justicia es infinita, porque Dios es infinito en Su ser y en todos sus atributos.

En relación con las naciones

Era necesario, por tanto, que comenzáramos considerando, aunque brevemente, este atributo. Porque aquí en este Salmo vemos cómo se relaciona la justicia de Dios (que es lo mismo que Dios, el justo juez) con todas las criaturas que Él ha creado. La justicia de Dios es infinita, y Dios considera todas las cosas que Él ha creado en función de ella. Se dice que en una universidad americana, de origen cristiano, pusieron una placa con el lema “El hombre es la medida de todas las cosas”. No es así. El hombre no es la medida de todas las cosas: la medida de todas las cosas es Dios y su voluntad, Dios y su Ley.

Así es con la justicia de Dios. Ella es la medida de todas las cosas, desde las más pequeñas a las más grandes. Y vemos esto en cómo David pasa hablar de aquellos que le están persiguiendo injustamente a hablar en todas las naciones del mundo (“Levántate, oh Jehová, en tu ira; Álzate en contra de la furia de mis angustiadores…Te rodeará congregación de pueblos, Y sobre ella vuélvete a sentar en alto. Jehová juzgará a los pueblos”).

Es importante notar que David aquí no piensa sólo en individuos, en personas tomadas por separado, sino que más bien piensa en “naciones”. Los intelectuales hoy muchas veces debaten sobre qué es lo más importante, el individuo o la nación. Hoy día la “nación” no está muy bien valorada, porque vivimos en una época en la que están desapareciendo las fronteras. Pero, sin ser “nacionalista” (que es cuando se idolatra la nación por encima de todo y de todos), y sin negar el valor que tiene cada persona individualmente, cada individuo, hemos de pensar que la nación, en un sentido, es primera que el individuo: cuando un individuo nace, no elige el lugar, ni la familia. Esto ya le viene dado. De nacer, viene la palabra “nación”. Así que la nación precede al individuo, y le sobrevive cuando este muere. En buena medida, le dice su historia, porqué está aquí. Así, de alguna manera le está diciendo quién es.

No digo estas cosas porque sí, sino más bien para que entendamos el porqué de la importancia de las naciones en la Biblia. Si no tenemos esto presente, pasaremos por alto algo importante de lo que la Biblia enseña. Las naciones en la Biblia, además, representan la oposición de los hombres contra Dios. Así es lo que dice el Salmo 2: “¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas?”Las naciones están amotinadas, las naciones están en rebeldía en contra de Dios, en contra de su dominio, en contra de sus leyes, en contra de su autoridad.

Vemos esta oposición de las naciones contra Dios en el vs. 7 (“Te rodeará congregación de pueblos”). Esta reunión de los pueblos no tiene la apariencia de ser amistosa. Es del tipo de lo que se dice del Salmo 2, que las naciones quieren quitarse el dominio de Dios de encima. O de la reunión de los pueblos en contra del Señor que hacen el dragón y la bestia en Armagedón (Apoc. 16:14, 16). Bien, pues esta rebeldía no tiene la última palabra, porque el Señor triunfa sobre ella. Cuando dice “Sobre ella vuélvete a sentar en alto” está diciendo “sobre esta congregación de pueblos, levántate y triunfa, Señor. Levántate con autoridad, levántate con dominio. Vuelve a mostrar tu poder y dominio sobre ellos. Júzgalos en tu justicia y muestra tu supremacía sobre ellos”. Y así, dice, “Jehová juzgará a los pueblos”.

Este juicio del Señor a las naciones tiene lugar sobretodo ahora, en la Historia. Leemos los libros de Historia de las naciones y leemos cómo Jesucristo, el Rey de reyes y el Señor de señores, ha estado pastoreando a las naciones con vara de hierro. A lo largo de los siglos, él ha ido enviando sus juicios uno tras otro al mundo, y lo hace por medio de la Providencia. Vemos los terremotos, las guerras, las sediciones, las hambres o las catástrofes, y todas estas cosas son los medios por los cuales el Rey Jesucristo ha juzgado y está juzgando las naciones en rebelión y en pecado.

Esto no quiere decir que si una nación está en paz y en prosperidad, todo va bien con ella. Cuando Faraón veía que las plagas traídas por Moisés se apartaban creía que todo estaba solucionado y que podía continuar pecando como siempre, pero se apartaban por un momento para que le viniera otra peor. Cuando Nabucodonosor hubo conseguido el imperio de todas las naciones de la tierra, se ensoberbeció en su corazón, pero sólo fue para que el juicio de Dios lo convirtiera en una especie de animal que dormía al aire libre y que se lavaba con el agua de la lluvia. Cuando una nación va próspera pero olvida la Palabra del Señor, sólo es para que un juicio mayor le siga. Ni siquiera el conseguir sus propósitos (por ejemplo, un país consigue recuperar un territorio, otro la independencia) es garantía de nada. El pueblo de Israel quería un rey para ser como las demás naciones; esto desagradó al Señor, pero al final se lo dio: Te di rey en mi furor, y te lo quité en mi ira” (Os. 13:11).

Es decir, que un pueblo o una nación consiga sus propósitos no es garantía de nada. Si consigue sus propósitos (un rey, una gran prosperidad económica, la independencia como país, o cualquier otra cosa)  pero estos propósitos son contrarios a la justicia de Dios, o se han conseguido en contra de los mandamientos de la Ley de Dios, estos triunfos son un juicio y un castigo de Dios. Entonces, ¿cómo saber si algo es justo y agrada a Dios? Tanto para las naciones como para las personas, los individuos, la única manera es  por la Ley de Dios. Dios pastorea a las naciones, nos dice el Salmo 67. Pero esto no puede ser sólo por las obras de la Providencia, porque ella no es una guía infalible para las naciones, como tampoco para los individuos. Por lo tanto, la muy santa y justa Ley de Dios ha de ser la guía. Hay, tiene que haber, un lugar para la Ley de Dios en las naciones, de la misma manera que ella tiene un lugar en la vida de los individuos. Ella es nuestra norma perfecta para saber lo que es justo y lo que no, y para que podamos tener una verdadera prosperidad y bendición, una que no sea un juicio de Dios, sino verdaderamente la señal de la benevolencia de Dios sobre nosotros.

En relación con los impíos

Bien, David ha estado mostrando cómo la justicia de Dios tiene que ver con las distintas naciones de los hombres. Pero sigue hablando y vemos cómo en este Salmo pasa de las naciones a hablar de las personas, de los individuos tomados por separado. Los individuos también son importantes. Si las naciones están en rebelión contra Dios, así también lo están los hombres. Y, acerca de esto, en el vs. 11 nos encontramos con esta tremenda afirmación: “Dios está airado con el impío todos los días”.

El pecado de los hombres no deja indiferente a Dios. Dios lo rechaza, y este rechazo es lo que la Biblia llama “ira de Dios”. Él lo rechaza con todo su ser, por lo tanto, esta ira es infinita. Por eso, se nos dice, “Dios está airado contra el impío todos los días”.

Esto no está en contra de que Dios muestre sus bienes a los hombres que no le conocen. A unos le da una muy buena salud; a otros una muy larga vida; a otros, riquezas y fama; a otros una gran familia; a otros cumplírseles todos sus deseos; a algunos les da una gran inteligencia, u otras cosas buenas con las que benefician a otra gente. Todas estas cosas son muestras de su gracia, de su gracia común; por tanto, también son muestras de su amor, pero en un sentido general, el amor que Dios siente por los hombres por el hecho de que sean criaturas a su imagen y por el hecho de que Dios es amor.

Pero esto no quita que Dios esté airado contra el impío todos los días. Es decir, que rechace con todo su ser sus obras de maldad. ¿Por qué? Porque Dios es justo y su justicia es infinita. Y porque su justicia es infinita, no puede dejar el pecado sin más, sin castigo.

David nos dice esto a continuación. ¡Y vemos de qué manera! Nos presenta a Dios como un guerrero, un guerrero divino. “Si no se arrepiente, él afilará su espada; Armado tiene ya su arco, y lo ha preparado: Asimismo ha preparado armas de muerte, Y ha labrado saetas ardientes” (12-13). Estas son imágenes habituales en la Biblia, sobretodo en el Antiguo Testamento, para hablarnos de Dios, de su poder omnipotente. A Él no le falta el poder para castigar a los rebeldes por sus pecados, para hacerlos caer en un instante, para retirarles todos los dones y gracias que anteriormente les había dado y para enseñorearse sobre ellos en alto. Nabucodonosor estaba engreído pensando que era el rey del universo, y en un instante el Señor envió un ángel que dictó su sentencia e hizo que perdiera la razón. Herodes se exaltó con la adulación del pueblo que le aclamaba como a un dios, y al instante fue herido y expiró comido de gusanos.

Con todo, podemos decir que la manera principal cómo Dios suele castigar los pecados es a través de las consecuencias de los mismos. Esto es lo que David expresa al decir: “Pozo ha cavado, y lo ha ahondado; Y en el hoyo que hizo caerá. Su iniquidad volverá sobre su cabeza, Y su agravio caerá sobre su propia coronilla” (vv. 15-16).

La Biblia nos enseña que, muchas veces, el mayor castigo para los pecadores es dejarlos a la consecuencia de sus propios pecados. Ellos crean al monstruo, y al final el monstruo cobra vida los devora. El rico defrauda y se enriquece, para que al final todo el mundo se quiera beneficiar de su fortuna y se arruine. El borracho al final muere de una cirrosis. Los padres que permiten todo tipo de pecados de sus hijos, al final son maltratados por ellos. El que abandona a su familia, al final nadie quiere estar con él y acaba sólo y abandonado, comiendo de la basura. El asesino huye a mediodía, sin que nadie lo persiga, porque los remordimientos no le dejan vivir en paz.

Ciertamente, es algo terrible el ser dejado bajo el poder de sus propios pecados, por lo que tenemos que orar continuamente que el Señor nos libre de nuestros propios pecados. Por ello, tenemos que prestar atención a estas palabras: “Si no se arrepiente…” (vs. 12). El arrepentimiento es la única solución a los pecados. La justicia infinita no puede dejar el pecado sin castigo. Es por ello que nuestro Señor Jesucristo se hizo hombre, para morir por los hombres en castigo por los pecados. Es por ello por lo que murió, y no por otra cosa: porque la justicia infinita de Dios no puede pasar por alto el castigo. No puede perdonar sin castigar, y ello en una víctima inocente que reciba el castigo en lugar de los pecadores. Sin derramamiento de sangre no hay remisión.

Puesto que la justicia infinita de Dios, por así decirlo, le costó la vida a Jesucristo, ¡cuánto más le costará al impío si no se arrepiente! Vemos la necesidad absoluta de la conversión a Dios. No puede haber salvación sin conversión, porque la justicia infinita de Dios no puede dejar sin castigo a los pecados. Puesto que esto es así, no podemos pensar en que Dios nos sea favorable, por lo bien que nos va en la vida, o por lo que sea, si es que no nos hemos arrepentido para darle gloria. Estos bienes desaparecerán en un instante y sólo quedará de ellos el dolor por haberlos perdido. Hemos de arrepentirnos de nuestros pecados. Hemos de orar por ello, de pedir a Dios como en Jeremías 31:8, “Conviérteme y seré convertido”.No hemos de dejar de hacerlo, hasta que tengamos la completa convicción de que hemos sido convertidos por el Señor y que nos hemos arrepentido como debemos de todos nuestros pecados.

En relación con el creyente

La justicia de Dios, pues, gobierna todos los asuntos de los hombres. Hemos visto que tiene que ver tanto con las naciones, como con los hombres en un sentido general (los impíos). Pero también tiene que ver con los creyentes. David era creyente, él había conocido la gracia y la misericordia de Dios. Había podido decir, como en el Salmo “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad” (Sal. 32:1-2). Y todo esto es por gracia, y si por gracia, como dice Rom. 11:6, ya no es por obras.

Sin embargo, David también hace estas tremendas declaraciones del vs. 8 (“Júzgame, oh Jehová, conforme a mi justicia, Y conforme a mi integridad”). Y aquí no está hablando de la justicia de Cristo, que le había sido imputada, sino de sus propias obras como creyente. Él tenía la convicción de que estaba sufriendo una persecución injusta, pues no había hecho ningún pecado en particular para merecerla.

En el vs. 10 y 11 tenemos otra gran declaración acerca de su justicia: “Mi escudo está en Dios, Que salva a los rectos de corazón”.Él, por tanto, tenía esta convicción: la de ser “recto” en su propio corazón. Y a continuación añade “Dios es juez justo”.Esta es una traducción correcta, pero el texto también puede ser traducido como estaba en la versión antigua de 1909: “Dios es el que juzga a los justos”, y en mi opinión, por razones que no se pueden ahora explicar, esta es una mejor traducción del texto hebreo.

Dios juzga a los justos. Dios entra a considerar sus acciones, sus actos. El apóstol Pablo no dice otra cosa cuando en Romanos 2: 6 declara “Dios pagará a cada uno conforme a sus obras”. Tanto a los que hacen el bien, como a los que hacen el mal. Los creyentes en Cristo son aquellos que hacen estas buenas obras, los que “perseveran en bien hacer, y buscan gloria, honra e inmortalidad” (vs. 7). Y en otro pasaje, en 2 Cor. 5:10, el apóstol Pablo sigue diciendo esta gran verdad de que Dios es el que juzga al justo: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo”.

Alguien podría temer que esto contradice la doctrina bíblica y de la Reforma de la justificación por la sola fe. Pero esto no tiene nada que ver con esta doctrina, no la está contradiciendo en absoluto. Porque la Biblia nos enseña por medio de estos pasajes y muchos otros que las obras son necesarias para la salvación, sí, pero no para ser justificados por las obras, ni que ellas sean méritos que nos ayuden para ser justificados. No, las obras no son ningún mérito, porque Dios no justifica mirando a estos supuestos méritos nuestros, porque nuestras buenas obras siempre son imperfectas, y la justicia infinita de Dios no las puede considerar como suficientes para justificarnos. Por esto, somos justificados por los méritos perfectos de Jesucristo. Dios no nos declara justos porque lo seamos por nuestras obras, sino que nos declara justos porque creemos en Jesucristo y entonces Él nos imputa su justicia perfecta.

Ahora bien, las obras son necesarias para salvación en el sentido de que son los frutos y los resultados de una verdadera fe en Jesucristo. Si nuestra fe en Jesucristo no se traduce en obras, nos dice la Palabra del Señor en Santiago, nuestra fe está muerta. No tiene vida. Porque la fe viva, la fe que salva, es una fe que actúa por el amor (Gal. 5:6).

Así que la fe y el amor, y por tanto, la fe y la obediencia, siempre van de la mano, como hermanos pequeños que se quieren y que nunca se apartan el uno del otro. La fe y el amor por Dios son dos afectos que están juntos en el creyente y que no se pueden dividir. Y los dos se ayudan mutuamente. Es como en el matrimonio: cuanto más confía el marido en la fidelidad de su mujer y en su buen comportamiento, tanto más la ama; y cuanto más la ama, más hace lo que a ella le agrada, y la sirve, para que ella esté más contenta. Así también la mujer con el marido, los hijos con los padres. La confianza y el amor van juntos y se ayudan mutuamente. Así también es con el Señor.

Por lo tanto, las obras que hacemos los creyentes son necesarias en la salvación y también entran en consideración ante los ojos de Dios, aunque no como méritos.

En definitiva, en las palabras de este Salmo, en la experiencia de David y de su persecución injusta, en su declaración de inocencia, tenemos también el anuncio profético, el tipo de Cristo, en quien se cumplieron de manera perfecta. Él tenía inocencia y justicia perfectas ante Dios. “Él nunca hizo maldad, y no hubo nunca engaño en su boca” (Is. 53:9), y sin embargo fue sujetado a padecimiento, la gente lo persiguió sin razón, lo rechazaron y al final lo mataron. En esto se cumplía el propósito de Dios para nuestra salvación, pero fue la maldad y rebelión de los hombres para con Dios lo que lo llevó a ser perseguido y al final muerto. Fue la mayor injusticia de la Historia de los hombres.

Y si esto fue con el Maestro, nosotros no podemos esperar otra cosa en el mundo. “Si al padre de familia llamaron Belcebú, cuanto más a los de su casa” (Mat. 10:25). Así que, si estamos ante persecuciones por causa de la justicia, si por causa del nombre de Jesús sufrimos oprobios y se dice toda clase de mal contra nosotros, mintiendo, si nos despojan de nuestros bienes, si nos golpean, si nos encarcelan, o si nos matan, no nos desanimemos, ni nos abatamos, ni estemos deprimidos, ni estemos tentados a abandonarlo todo, sino que demos gloria a Dios, por haber sido tenidos por dignos de sufrir aflicción por causa del reino de Dios y del Señor Jesucristo. “Que ninguno de vosotros padezca como homicida -dice el apóstol Pedro en 1 Pe. 4:15-16– o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello”.

Pero, recordemos que todo esto no excluye que nuestras buenas obras, frutos de nuestra fe en el Señor Jesucristo y expresión de nuestro amor por él, estén también presentes en nuestra vida. Que estemos mirando a nuestra vida para evitar todo aquello que desagrada al Señor y es contrario a sus mandamientos. Que nos esforcemos siempre en tener una conciencia limpia y sin ofensa ante Dios y los hombres. Que nos apliquemos al amor y a las buenas obras con un celo santo por el Señor y su gloria. Que nos hagamos un tesoro de buenas obras en el cielo, allí donde el ladrón no puede llegar, ni nadie con injusticia nos lo arrebatará, ni el diablo podrá impedir su disfrute pleno en la presencia de Dios para toda la eternidad.

Al Dios infinitamente justo, Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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