La Revolución de Zapatero

“Si fueren destruidos los fundamentos, ¿qué ha de hacer el justo?” (Salmo 11:3)

Cielos y tierra son testigos. El 30 de junio de 2005, al aprobar el Congreso de Diputados la ley que permite el matrimonio homosexual, el Presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, se destapó diciendo que, con esta medida, España será más “decente”. No hubo derecho a réplica.

La aprobación del matrimonio homosexual era cosa anunciada desde hacía meses. Lo que no era previsible son las formas como ésta se hizo.

Para alguien que fue adolescente en la década de los 80 en el “cinturón rojo” de Barcelona, sorprende, en principio, que un líder de la izquierda invoque en modo alguno la noción de “decencia”. En efecto, “decencia”, “indecente”, “moralidad” eran algunas de las palabras que en aquel tiempo nos producían una reacción más aguda, física incluso, desde la risa hasta el repelús. Éramos jóvenes izquierdistas. Han pasado unos veinte años ya, y algunos de los que malgastamos miserablemente la juventud intentando emular al “Che” y a los “hippies” de Berkley, y que gracias a Dios lo podemos contar todavía, nos hemos tenido que arrepentir de todo corazón de todas nuestras locuras de aquellos años, inducidas en no poca medida por la ideología izquierdista en la que fuimos adoctrinados, desde la televisión hasta la escuela.  Sorprende, pues, ver a Zapatero, político de izquierdas, enarbolando ahora la decencia. Algo verdaderamente extraño.

¿Pero qué le ha pasado a Zapatero para que utilice la palabra decencia, en particular? ¿Está verdaderamente preocupado nuestro presidente en ella? Es difícil creerlo. Dicho de otro modo, la decencia de Zapatero no tiene credibilidad alguna, no al menos según lo que siempre se ha entendido como decencia. Zapatero es el jefe de un gobierno que niega, en sus declaraciones, la objeción de conciencia a los funcionarios municipales, amenazándolos para que celebren, aun en contra de su conciencia, los matrimonios homosexuales. A eso se llama imponer la razón de Estado. ¡Ni el mismo Franco lo haría mejor! Eso sí, hablando de objeción de conciencia, Zapatero mismo se “escaqueó” del servicio militar prolongando infinitamente la prórroga por estudios, cuando estos habían acabado a sus veinticuatro años. Sólo tuvo que utilizar en provecho propio su vinculación con la Universidad. Con un discreto currículum académico, el desde los diecinueve años secretario general de las juventudes socialistas de León, Zapatero para más señas, accedió a la docencia en la Universidad eludiendo los trámites habituales en concurso público y con evaluación académica, en lo que ha sido calificado como un claro caso de “enchufismo” político. Por lo visto, más que la decencia, al Zapatero de los años 80 le interesaba la docencia. Pero, en serio, ¿le puede interesar la decencia a alguien que en un mitin en Mahón dijo que hay que acabar de una vez con la moralidad?

A la luz de estos pormenores de su vida y obra, la invocación de la decencia por Zapatero se puede entender, porque de hecho lo es, como una provocación dirigida a los que califican la homosexualidad, y el matrimonio entre homosexuales, de indecencia. No sólo eso: se trata, además, de un intento de humillación a los mismos. Y si sólo fuera esto, podríamos asistir al espectáculo de Zapatero en el Congreso con una profunda pena, y callarnos, diciéndonos que ya vendrán tiempos mejores, que no hay mal que cien años dure, y cosas por el estilo. Pero lo peor es que las palabras de Zapatero van más allá. Por un lado, se trata ésta de una subversión absoluta de valores. La misma subversión que ha hecho de la palabra “complicidad” una palabra simpática, o que ha convertido a las brujas en la mascota, o más bien fetiche, que llena los libros de texto de nuestros hijos desde su más tierna infancia. Pero, por otro lado, lo que Zapatero hace, en el fondo, es acusar a la moralidad tradicional de “indecencia”, con lo que tacha al mismo tiempo a la ley natural, en la que ésta se basaba, de “indecente”, y en última instancia, acusar también a la Ley de Dios. En efecto, implícita pero claramente, las palabras de Zapatero constituyen todo un insulto a Dios, quien repetidamente califica a la homosexualidad en Su Palabra como pecado (por centrarnos sólo en el Nuevo Testamento, Romanos 1:26-27; 1 Corintios 6:9). ¿Nos hemos de callar ante ello?

Decencia y nuevo orden moral

Bien. Las obras de las tinieblas son las obras de las tinieblas, y los hijos de la luz no han participar (es decir, tener comunión) con las obras de las tinieblas, sino más bien reprenderlas (Efesios 5:11). Reprenderlas, sobre todo si se quiere hacer de manera efectiva, es un trabajo nada agradable, porque para darle respuesta, se tienen que conocer. Pero hay que hacerlo.

La idea clave del discurso de Zapatero en el Congreso de Diputados es, sin duda, su nueva definición de decencia. Estas son sus palabras: Estamos construyendo un país más decente, porque una sociedad decente es aquella que no humilla a sus miembros… Hoy la sociedad española da una respuesta a un grupo de personas que durante años han sido humilladas, cuyos derechos han sido ignorados, cuya dignidad ha sido ofendida, su identidad negada y su libertad reprimida. Hoy la sociedad española les devuelve el respeto que merecen, reconoce sus derechos, restaura su dignidad, afirma su identidad y restituye su libertad.”

La decencia, en su sentido tradicional, se comprendía como el respeto a las normas y valores asentados en una sociedad, sobretodo, pero no exclusivamente, en materia sexual. En una sociedad marcada por los valores cristianos, la decencia era sinónimo de nociones como pudor, honestidad, recato, compostura, y la homosexualidad era percibida entonces como una trasgresión de todos estos valores. No tiene mucho sentido, pues, que los que niegan que la sexualidad conlleve moralidad, o dicho de otro modo, que los que postulan la a-moralidad (a distinguir de la in-moralidad) de todo acto sexual, y por eso precisamente aprueban la homosexualidad, hablen ahora de decencia. A no ser que lo hagan para transformar hábilmente la noción misma de decencia. Y es lo que hacen. El aspecto moral de la decencia, en sus manos, deja de referirse a actos sexuales concretos, ya no los juzga moralmente; ahora la moralidad, lo decente, es no juzgar, o discriminar, a nadie en función de sus actos sexuales.

Zapatero es, como hemos dicho en otras ocasiones, alguien que se expresa de manera calculada. Es, en términos generales, un buen comunicador. No tan bueno como Felipe González, ni siquiera como Rajoy. Pero hay un terreno en el que se muestra extremadamente capaz, insuperable incluso: al expresarse de manera críptica, subliminal. De esta manera, Zapatero liga la noción de decencia o indecencia al concepto de “humillación” y a la “dignidad ofendida” de los homosexuales. ¿Por qué traer a cuento ahora la noción de “humillación”? ¿No será acaso porque en España la humillación era, y hasta cierto punto sigue siendo, un tema muy serio? ¿Hay un tema que toque a lo más profundo del alma hispana, como el de recuperar el honor perdido? ¿De qué habla una obra tan antigua como El Cantar de Mío Cid, sino de esto mismo? ¿Nuestra historia como nación no viene marcada por este tema, desde los inicios de la Reconquista, la invasión de Napoleón, o la pérdida de Cuba? ¿Es Zapatero ajeno a todo esto? ¿Por qué entonces hablar de ofensas a la dignidad, sino es para dar el único argumento por el que el conjunto de la ciudadanía española va a aceptar algo tan sumamente extraño, para nuestra historia y cultura, como un matrimonio entre homosexuales? ¿Y no es eso (hablar de humillación, etc.) proclamar una ley erigiendo alrededor de ella un tabú infranqueable? Porque ¿qué pasa con el que, a pesar de todo, sigue considerando el matrimonio homosexual como algo contrario a la naturaleza humana y a las leyes de Dios? Simplemente, si lo piensa, se lo tiene que callar, y si lo dice, se expondrá a las consecuencias: ofende a la dignidad de las personas, el mayor crimen en España.

La ley que aprueba el matrimonio homosexual no es, gracias al discurso de Zapatero, una medida meramente positiva, y por tanto revocable según las circunstancias, sino que está revestida de una moralidad. Zapatero, por tanto, ha proclamado un nuevo orden moral. Él y su gobierno son los libertadores de una clase que, en el pasado, fue oprimida bajo pretextos morales. En principio, no se proclama todas estas cosas pensando en su revocabilidad. De esta manera, la nueva ley se convierte, si no oficialmente sí en la práctica, en una ley fundamental del régimen, en lo que a legitimidad se refiere. Los homosexuales fueron, según este discurso, oprimidos por el régimen legal por el cual Zapatero ha llegado a ser un presidente legítimo. Por lo tanto, hemos entrado en un nuevo régimen, en continuidad pero también en ruptura con el anterior. Puede decirse que hemos entrado, de hecho, en una nueva “transición”, aunque no se sabe hacia dónde. Sólo se sabe que algo esencialmente nuevo ha sido introducido en nuestro ordenamiento jurídico. Por lo que quien se exprese en contra del matrimonio homosexual, se expresa, por tanto, en contra del régimen, y un régimen puede aceptar toda pluralidad en su seno, excepto aquel que cuestiona o invalida sus mismos principios fundamentales. Zapatero no estaba obligado a poner las cosas en este terreno, pero lo ha hecho.

Nos equivocamos si pensamos que esta ley será revocada por el partido que ahora está en la oposición, cuando éste llegue al poder. Lo cierto es que no lo hará. El gobierno socialista ha hecho un gran favor al Partido Popular, al quitarle la desagradable tarea de legislar sobre este asunto. Porque hay amplios sectores dentro del Partido Popular favorables, en todo punto, a la medida del gobierno Zapatero. Son los sectores más liberales, más “centristas”, los que más votos proporcionan al partido, por ejemplo, los dirigentes populares en la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre o Alberto Ruiz Gallardón, quienes se han manifestado públicamente apoyando implícitamente las medidas del gobierno socialista. Desengañémonos: no hay vuelta atrás. Estamos en una nueva realidad.

Revolución Sexual

Es importante, por lo tanto, conocer acerca de cómo esta nueva realidad se ha generado. No soluciona ya nada, pero nos puede ayudar a situar el momento en el que nos encontramos y adónde nos dirigimos. En particular, ¿de dónde viene este consenso de ideas que comparten gran parte de las elites políticas, u oligarquías, que nos gobiernan? En una palabra, se trata de la llamada Revolución Sexual, que el mundo occidental ha conocido sobretodo desde la II Guerra Mundial.

La Revolución Sexual es el gigantesco cambio en costumbres y valores que las sociedades occidentales (en su inmensa mayoría, recordemos, nominalmente cristiana) han conocido en cuanto al sexo. Las nuevas condiciones sociales originadas por el mundo salido de las dos guerras mundiales (entre otros, el ingreso masivo de la mujer en el mundo laboral, la mayor movilidad social, el retraso progresivo de la edad de matrimonio, o la aparición y uso masivo de la píldora anticonceptiva) han ciertamente contribuido a la eclosión de esta revolución en la moral y costumbres, pero por sí solas no crean un nuevo discurso que las justifican.

En realidad, la Revolución Sexual no es más que la implantación en las elites culturales y luego al conjunto de la población, de un discurso nuevo acerca del hombre y de la sexualidad humana, discurso expresado por último por la clase política en forma de leyes. El discurso no es nuevo, y seguramente sea tan viejo como el hombre. Sin embargo, recibió un impulso definitivo con las teorías de Sigmeund Freud (1856-1939). La idea básica de esta filosofía es que la sexualidad forma parte inherente del ser humano desde la más temprana niñez, siendo reprimida por la familia y las convenciones sociales, lo cual produce en el individuo toda suerte de trastornos mentales. Hay que tener en cuenta que las influencias de la nueva visión del hombre ofrecida por Freud no se limitan exclusivamente al terreno del tratamiento de trastornos de la persona. Bien al contrario, ella ha tenido una influencia determinante en todas las áreas de las llamadas Ciencias Sociales, desde la educación a la jurisprudencia, pasando, sobretodo, por las ciencias de la comunicación.

En efecto, las teorías freudianas han estado en el origen de la etapa formativa de los estudios de comunicación de masas, el primer tercio del siglo XX. Con su visión materialista radical del individuo (y por extensión, de las sociedades) como meros animales sin conciencia, que responden de manera determinada según sean los estímulos externos, el freudianismo ha marcado determinantemente el desarrollo de la propaganda hasta la II Guerra Mundial. Y no sólo la del nacional-socialismo, puesto que la propaganda de los países llamados democráticos, como se vio sobretodo en la I Guerra Mundial, no tuvieron nada que envidar a los más puros métodos goebbelianos. Bien es cierto que, a partir de los años 50, la sociología americana ha intentado ofrecer una imagen más equilibrada y menos descarnada de los individuos y sociedades, señalando algo tan aparentemente obvio como que el individuo no es un elemento atomizado en el seno de una masa social impersonal, sino que forma parte de todo un engranaje de relaciones interpersonales; este “descubrimiento” es lo que ha marcado la publicidad tal y como hoy la conocemos. Sin embargo, ésta no es más que una ligera corrección dentro de una línea del mismo consenso básico, materialista radical, freudiano.

La coronación del freudianismo en Occidente, por tanto, fue el caldo de cultivo espiritual en el que se desarrollaría la Revolución Sexual. En su génesis y desarrollo, reencontramos el mismo “movimiento migratorio” que conocieron las ideas liberales, en el terreno filosófico y teológico: primero, orígenes en la elite intelectual de Europa; segundo, adopción en los Estados Unidos; finalmente, de ahí, eclosión mundial. No se puede entender el mundo moderno, sin entender la importancia de este movimiento migratorio.

Las ideas freudianas acerca de la sexualidad fueron las que propiciaron la fundación del primer Instituto de Sexología en Berlín, en 1919, o la celebración, en 1929, en la misma ciudad, de una conferencia del movimiento global de sexología. La orientación fundamental de ambos no era sino la de “liberar” al sexo, a toda práctica sexual, de los condicionamientos y limitaciones impuestas por la familia y la sociedad. Llama también la atención que fuera precisamente Berlín la pionera en los “estudios” de lo que hoy pedantemente se llama sexología. En efecto, la ciudad que otrora fuera el refugio de los hugonotes, los reformados franceses, se convirtió, con el devenir del tiempo y el concurso inestimable de las ideas liberales, en el asilo de toda licencia en materia sexual, bien escenificada, por ejemplo, en la célebre película Cabaret.

Todo esto no quedaría sin su correspondiente adaptación en América. En concreto, fue la Universidad de Indiana, quien en 1938 encomendó al zoólogo Alfred C. Kinsey (1894-1956) unos cursos sobre sexualidad humana. En principio, los cursos eran exclusivamente para estudiantes casados o comprometidos, pero tras el primer año, esta púdica restricción fue levantada. Al finalizar el primer curso, Kinsey comenzó a realizar una pormenorizada encuesta sobre la vida sexual de sus estudiantes. La iniciativa fue bien recibida y en adelante conseguiría una sustanciosa financiación del Gobierno Federal y de la Fundación Rockefeller, para llevar adelante y extender las encuestas más allá del ámbito académico, con la pretensión de convertirse en una encuesta a escala nacional. Tras diez años de encuestas, Kinsey publicaría los resultados en forma de libro, Sexual Behavior in the Human Male (1948), seguido cinco años después por Sexual Behavior in the Human Female (1953).

Para empezar, ya sorprende que fuera un zoólogo el encargado de un estudio sobre sexualidad humana. Esto ya indica, de entrada, la orientación fundamental del estudio, que se percibe además en los títulos de los libros: la sexualidad humana no es sino una función del animal humano, por lo que, consiguientemente, considerarla en función de criterios morales está fuera de lugar. El estudio tendía a demostrarlo, y de hecho, sus conclusiones eran que no existe tal cosa como una sexualidad humana normal, y que, sobretodo, ésta no puede ser identificada con la vida matrimonial, ligada a la procreación. Prácticamente toda la población americana, según el estudio, había practicado algún tipo de los considerados delitos o perversiones sexuales. Según las mismas conclusiones, los niños, aun en las fases más tempranas de su desarrollo, eran también “sexuales”. Las aplicaciones del estudio aparecen del todo claras: si no hay una sexualidad normal, tampoco hay una moralidad ligada a ella, y toda restricción social y legal de la misma no es más que una impostura. La sociedad, por tanto, tenía que empezar a aceptar todo tipo de comportamiento sexual, no sólo el fuera o antes del matrimonio, o no sólo la homosexualidad, sino también la sexualidad de, o con, los niños, o incluso con animales.

Huelga decir que los libros de Kinsey, convenientemente distribuidos y publicitados por los medios de comunicación controlados por los Rockefeller, produjo un auténtico terremoto en las conciencias americanas. El “estudio Kinsey” se convirtió en la autoridad incuestionable en la América entre los años 50 y 70. Tanto fue así que ha sido sólo muy recientemente cuando este estudio ha comenzado a ser cuestionado seriamente en los Estados Unidos. Se ha señalado la escasa fiabilidad del muestreo, cuando no está claro ni siquiera el número real de encuestados; que los encuestados no fueran precisamente representantes de la familia convencional; que los criterios para calificar una mujer casada, por ejemplo, fueran tan amplios como para incluir en ellos hasta a las prostitutas; que Kinsey y sus colaboradores llevaron a cabo muchas de sus encuestas entre población reclusa por pederastia y otros delitos sexuales… Pero lo que es más aterrador, es comprobar como en el estudio figuran fríamente datos que revelan la “sexualidad” de niños de corta edad, ¡de hasta bebés de 4 meses! Dicho de otra manera, los colaboradores de Kinsey, pagados por el gobierno americano, cuando la juventud americana moría en los campos de batalla en América y el Pacífico, ¡abusaron sexualmente de niños indefensos, y publicaron los resultados, describiendo con todo detalle la experimentación, sin ninguna vergüenza! Y la sociedad americana lo leyó todo, considerándolo normal, ¡sin darse cuenta, hasta hace apenas unos años, que lo que allí se describía eran auténticas aberraciones!

Como era de esperar, Hollywood ya ha corrido en socorro del buen nombre del que en realidad es el “padre” de la Revolución Sexual, y hace poco le ha hecho el protagonista, el héroe de una de sus películas, pero el golpe de gracia a Alfred C. Kinsey, aunque ha tardado, ya ha sido dado. “La memoria del justo será bendita; mas el nombre de los impíos se pudrirá” (Proverbios 10:7).

De Stonewall al “Sí, quiero”

En la sociedad americana, y tras ella todas las occidentales, los informes científicos han venido a sustituir a los oráculos de la Biblia como verdad última. Los libros de Kinsey tuvieron unos efectos demoledores en la mentalidad y las costumbres de la cultura de masas americana, desarrollada durante la primera mitad del siglo XX por los medios de comunicación. A las “estrellas” del cine y de la música joven se les atribuía ya directamente sex-appeal, y se convertían así en ídolos sexuales. A finales de los años 50, se consiguieron eliminar las restricciones sobre sexualidad en literatura, y pronto seguirían las del cine. En el mundo universitario, en especial, la Universidad de California, en Berkley, los estudiantes pondrían en práctica la libertad sexual proclamada apenas diez años antes por Kinsey.

El movimiento homosexual ha de situarse evidentemente en toda esta corriente de los años 60. Tuvo un origen más bien tardío, a raíz de unos altercados en 1969 con la policía en un bar frecuentado por homosexuales, en Stonewall (Nueva York). A partir de ahí, el llamado movimiento homosexual copiaría los patrones del movimiento por la igualdad de los derechos civiles de la población negra, presentándose como un movimiento de liberación de una minoría oprimida. En principio, el formar una familia respetable era la última de las preocupaciones de aquellos homosexuales, quienes sólo aspiraban a que la policía les dejara en paz en sus lugares de encuentro. Hay que decir que los primeros, por así decirlo, interpelados por este movimiento fueron los homosexuales mismos, a los cuales se les conminaba a que manifestaran públicamente su condición de homosexual. La sexualidad se convertía así, tal vez por primera vez en la Historia, en una clave de acción política.

Lo cierto es que con el transcurrir del tiempo, el movimiento homosexual ha sufrido un gran cambio, gracias al cual éste se ha podido presentar ante la sociedad e incluso ser escuchado por ella. En particular, hay que señalar el papel que el SIDA ha tenido en esta transformación. En efecto, se puede decir que la epidemia ha transformado radicalmente a este colectivo, pasando éste de la gran promiscuidad de antaño, a la que tradicionalmente era identificada la condición de homosexual, a la formación de parejas homosexuales más o menos estables. De ahí a la reivindicación del matrimonio, sólo había un paso, el cual, efectivamente, ha sido dado. Pero hay que intentar, en la medida de lo posible, no seguir la intoxicación propagandística que se nos viene servida al respecto. No hay que cometer el anacronismo histórico de considerar que los homosexuales han estado toda la vida reivindicando ser considerados como familias, y que la sociedad, cínica y despiadada como es, se lo ha negado durante siglos. Esto es un grave error. La verdad es que el interés homosexual por las parejas estables sólo es algo reciente y, en cierto modo, obligado por las circunstancias y por motivos de conveniencia política. Sí, porque es así como sus organizaciones han conseguido obtener un gran poder real, gracias a las financiaciones con dinero público y al apoyo inestimable de los medios de comunicación (exactamente lo contrario, triste es constatarlo, de lo que la Iglesia evangélica ha conocido en España, por ejemplo). Y de ese gran poder real se deriva también un gran poder de intimidación. En las manifestaciones de homosexuales, a la que acuden ministros del gobierno, no faltan los insultos y amenazas. Si la Iglesia católica romana tiene miedo de hablar en contra de la homosexualidad, las iglesias evangélicas, reconozcámoslo, lo tenemos mucho más; todos sabemos lo que ocurre en San Francisco, o la historia del pastor sueco encarcelado. Ninguno de nosotros está en condiciones de tirar la primera piedra. Pero, por lo demás, se aprecia aquí como una minoría es capaz, gracias al apoyo del poder, de infundir miedo a la gran mayoría de la población. Lo cual es la característica por excelencia de los regímenes totalitarios.

En España, la implantación de la Revolución Sexual y de las ideas favorables a la homosexualidad ha encontrado un terreno extremadamente llano. No ha habido ninguna dificultad, al menos por dos razones principales. En primer lugar, por la función que se le ha dado al sexo en España (bien conocida y aplicada también en otros países, como Alemania tras el nazismo) para superar en las conciencias un régimen político anterior. Algo, por otra parte, nada nuevo en nuestra historia, ya que la prensa internacional de la época señalaba extrañada la ola de licencia y promiscuidad que conoció España durante la II República. Nuestra particular propensión a la sensiblería, en segundo lugar, ha hecho el resto.

El matrimonio homosexual en España, por tanto, se ha implantado con una extraordinaria facilidad. Sólo ha bastado con que, tras la Caída del Muro, lo asumieran los partidos de izquierda como una nueva reorientación del comunismo y socialismo clásicos, caídos en la desorientación y descrétido por el hundimiento de los paraísos socialistas. No ha habido, al respecto de los matrimonios homosexuales, en España la diversidad de opiniones y el debate de otros países, de Francia, por ejemplo, donde el partido socialista no quiso, ni quiere, oír hablar de ellos, por lo que propulsó en su lugar los descafeinados “pactos civiles de solidaridad”. En España, no. Como decía el clásico, España es diferente. Nuestra característica principal, y de la izquierda en particular, es copiar servilmente lo más nuevo y radical que hay en el extranjero, y presentarlo aquí como la verdad absoluta, sin derecho a réplica, por los caciques o barones correspondientes. Es nuestra manera de ser. Así funcionamos, a golpe de silbato. El resto lo hace la sociedad civil, ayudada por los medios de comunicación, para la cual toda medida que propugne la izquierda es absolutamente buena por el mero hecho de provenir de la izquierda, y de estar revestida de lenguaje contra la derecha.

A todo esto, está todavía por hacer una reflexión sobre el papel del conjunto de la Iglesia evangélica en España en relación con un tema de tanta relevancia social como el matrimonio homosexual. ¿Cómo será visto en el futuro que, en las últimas elecciones generales, las instancias oficiales de la “comunidad evangélica” (FEREDE, en concreto) pidiera tácitamente el voto al partido socialista, al recomendar el voto en contra del gobierno de Aznar, aun cuando sabía que el matrimonio homosexual figuraba en el programa electoral socialista? La única respuesta posible es que, puestos en la balanza, nuestros “derechos” priman más para nuestros responsables que las cuestiones éticas fundamentales para una sociedad.  Una vez el partido socialista en el gobierno, y con la ley en proceso de ser aprobada, la “comunidad evangélica” también ha hecho un notable ejercicio de malabarismo dialéctico, queriendo dar al mismo tiempo todos los mensajes posibles desde todos los puntos de vista, lo cual rara vez en la Historia se ha conseguido de manera creíble. Por ejemplo, se repetía los argumentos más suaves de la Iglesia católica, pero distanciándose al mismo tiempo de ella; o se llenaba las declaraciones en contra del matrimonio homosexual de todo tipo de matices, a favor incluso de la reivindicación por los homosexuales de sus “derechos”. Eso sí, lo que ha sido constante es la no mención de la palabra pecado, o cualquier otra cosa que indisponga con el gobierno, al cual se le exhortaba a que legisle en pro de la “igualdad” entre los españoles.

Reconozcámoslo, hemos sido muy políticos, muy latinos, y muy poco protestantes, es decir, bíblicos, sin importarnos las consecuencias. Nuestra credibilidad no está muy en alto, y no hablemos de nuestra autoridad moral. Nos hemos creído que, como protestantes, tenemos esa autoridad moral por encima de la Iglesia católica romana, simplemente por el hecho de ser protestantes en España, independientemente de que defendamos o no la verdad bíblica. Y la verdad es que, como Iglesia, no tenemos otra autoridad que no sea la de la Palabra. Tras nuestra errática actuación en un tema de tanta trascendencia para una sociedad como el matrimonio homosexual, no estamos en condiciones de llamar a nadie a la reforma bíblica, ni a la Iglesia católica romana, ni mucho menos a los políticos o a la sociedad. Como mucho, aspiramos a recibir algún beneficio del actual status quo. Nuestro tradicional maniqueísmo político nos impide ir más allá.

Pero ¿realmente hay para tanto?

Acabemos como hemos comenzado, hablando de Zapatero. En su discurso sin derecho a réplica en el Parlamento, Zapatero declaraba que se trata de una modificación “muy pequeña” en el texto de la ley, pero que acarrea unos cambios inmensos para la vida de miles de “nuestros compatriotas” (interesante utilización, una vez más, de una palabra, tradicionalmente proscrita entre izquierdistas). Por una vez estamos de acuerdo con nuestro presidente. Los cambios no pueden ser mayores, y tanto es así que no se limitan sólo a la vida de los homosexuales. Afectan a la vida de todos nosotros. Son verdaderamente transcendentales.

Porque, ¿cuál es la relevancia de esta nueva ley que aprueba los matrimonios homosexuales? En opinión del gobierno, de sus jueces, de sus medios de comunicación, el cambio legal no entraña inconstitucionalidad alguna, aunque el Artículo 32 de la Constitución expresamente lo limita al hombre y la mujer. Es, pues, según todos ellos, un simple añadido, una coletilla, una adecuación a los tiempos. Tampoco hay que exagerar.

Pero ellos mismos saben que no es así. Todos nosotros habremos oído alguna vez eso de que “la familia es la base de la sociedad”. Y cuando hablamos de familia, hablamos de hombre, mujer y sus hijos. Así la sociedad se reproduce, de generación en generación. Los homosexuales, incluso si se casan y adoptan, siempre necesitarán que un hombre o una mujer tengan hijos. Cuando se dice, pues, que “la familia es la base de la sociedad” normalmente comprendemos que se está hablando de una manera figurada de la importancia de la institución. Pero no. Literalmente, es la base de la sociedad. Se podría decir incluso que, al ser la base de la sociedad, lo es también del gobierno de la sociedad. Por lo tanto, la familia es también la base del Estado.

En el Antiguo Régimen, desde la Edad Media hasta la Revolución Francesa, esto era así, literalmente. El feudalismo puede ser percibido como la organización social por la cual se establecen vínculos familiares entre distintos grupos que, en realidad, no son familia. Fundamentalmente, ello se hacía por medio de la noción de la alianza (foedus en latín, de donde proviene feudal y feudalismo) por la que el mundo del Antiguo Régimen estaba ligado entre sí. El rey era el “padre” de la nación, del pueblo. No estamos haciendo apología del Antiguo Régimen. Para la Reforma, para los reformados, el Antiguo Régimen tampoco representa el ideal bíblico. Simplemente, las cosas como son, o como eran.

En el Antiguo Régimen, por tanto, la familia era, realmente, la base del Estado. Las cosas variaron con el advenimiento de los regímenes liberales, en el siglo XIX, en cuanto a la estructura del Estado se refiere. No obstante, el nuevo régimen dejaba estar a la familia como institución en la que no entraba y cuya soberanía no cuestionaba, aunque progresivamente le haya ido limando competencias (educación, sostén de ancianos, etc.). Los regímenes liberales, como nuestra constitución actual, reconoce el matrimonio y la familia, pero no la establece. Lo cual significa que la familia no existe gracias al Estado. La familia, como se dice a veces, es un hecho pre-político. Es como la soberanía de un país. No es cedida graciosamente por ningún otro país: se tiene, plena y no por grados o parcelas, o no se tiene. Y a partir de ahí, un régimen legisla. La soberanía, como la familia, es pre-política.

Ahora, el gobierno español ha proclamado el derecho de los homosexuales a casarse y formar una familia. El lenguaje de Zapatero, una vez más, hábilmente, expresa claramente que se les reconoce este derecho, no que lo otorga o concede. De esta manera, el matrimonio homosexual está considerado como un hecho tan natural, tan pre-político, por tanto, como la familia compuesta por hombre, mujer y sus hijos. Pero, retóricas aparte, la verdad es que no es así. Porque el matrimonio homosexual no es una realidad de la naturaleza humana, y por lo tanto no es un ámbito de soberanía irreductible ante el Estado. Siempre ha habido prácticas homosexuales, cierto, pero nunca matrimonio homosexual, o familia homosexual. Por la simple razón de que esta práctica sexual no conlleva procreación, y por lo tanto, no genera familia. La homosexualidad, en esencia, es la negación de la familia. Por lo tanto, si ahora los homosexuales forman familia, ello sólo es debido a la legislación del Estado. Es, pues, una concesión graciosa del Estado, lo cual, en última instancia, significa que el Estado tiene soberanía sobre ella.

Pero no sólo eso. Al considerar al matrimonio homosexual al mismo nivel que el matrimonio y la familia tradicional, de hecho está negando a la familia tradicional como expresión de la naturaleza humana. No hay entonces ninguna ley natural ligada a la familia. El mismo concepto de ley natural desaparece. Por lo tanto, el Estado está sobre todo y todos. Concede a algunos el derecho a casarse, luego, también puede negárselo a otros. ¿Por qué no negar, pues, el matrimonio a determinadas personas, a los aquejados de algunas enfermedades genéticas, por ejemplo? ¿O permitirles el matrimonio, pero impedirles la reproducción? ¿O permitir a todos casarse, pero dictar el número de hijos obligatorio por familia, como ocurre actualmente en China? ¿O dejar que tengan hijos, para considerar que estos hijos pertenecen, son, del Estado, y los padres naturales lo único que tienen que hacer es educarlos como al Estado le dé la gana, para quitarles la custodia cuando el Estado lo crea conveniente? ¡Ah, la familia, la patria potestad, qué antiguallas más molestas para el estatismo ilustrado! ¿Por qué no retirar, entonces, a las familias el derecho a tener hijos, para que la reproducción sea competencia exclusiva del Estado, como Aldous Huxley anticipara en su libro Un Mundo Feliz? ¿El Estado ha destinado tanto dinero, en las últimas décadas, en la reproducción asistida tan sólo para procurar la felicidad de unas relativamente pocas familias? ¿Son las “hermanitas de la caridad”, movidas por motivos exclusivamente filantrópicos, por su buen corazón? En principio, el Estado no da un duro de balde, y recibiéndolo, nos ponemos bajo su control directo. Y en cuanto a su filantropía, hace tiempo que los Estados modernos han dejado de considerarse ligados por motivos morales, sean estos del tipo que sean. ¿No son, como se repite desde el siglo XIX, realidades meramente empíricas, positivas, objetivas?

Concluyendo

Cabe, por tanto, decir que, con su ley sobre el matrimonio homosexual, Zapatero ha cometido un grave atentado contra el orden natural, creado por Dios. Es una trasgresión sin precedentes en la historia de nuestro país, que, sin ninguna duda, no quedará sin gravísimas consecuencias, también para la historia de nuestro país. Pero hay que decirlo una vez más, por si no estaba claro: lo que Zapatero está haciendo, al atacar frontalmente a la familia tradicional, es la implantación progresiva de un régimen totalitario. El fin último, compartido por tantos de nuestros políticos, sean del signo que sean, es alcanzar una sociedad “libre” en materia sexual, es decir, llena de esclavos en todos los demás aspectos, como Alexis de Tocqueville, en su libro La Democracia en América, observó acerca la vida de los esclavos negros: “El Negro no tiene familia: la mujer es simplemente la compañera temporal de sus placeres, y sus hijos están en una igualdad con él desde el momento de su nacimiento. ¡Qué cerca estamos hoy de estas palabras!

Al paso dado, seguirán sin duda otros. El siguiente, los niños. Alberto Ruiz Gallardón, a la sazón, el alcalde popular de Madrid, está señalado la pista con su repugnante iluminación navideña de las calles de la capital en la que se lee “Estupro” o su distribución de píldora abortiva, sin el consentimiento de los padres, ¡a niñas de 10 años! ¿No es esto promocionar la sexualidad de, o más bien con, los niños? En este sentido, la atención creciente de los medios de comunicación a la pedofilia no augura nada bueno. En apariencia, no hay ningún mal, porque la atención es meramente informativa, y el consenso social rechaza tal práctica como delito. Pero cuanto más se hable de un delito o perversión, menos deja de ser percibido como tabú y, como se ha visto con la información sobre la violencia a las mujeres, más común se hace. Esto es algo que en estudios de comunicación se sabe bien. ¿Adónde quieren llegar nuestras “elites”, adoctrinadas en el freudianismo y fervientes partidarios de la Revolución Sexual? ¿Nos lo podrían decir abiertamente, para que dejemos de votarles de una vez por todas?

En cuanto al matrimonio homosexual, ahí va a quedar, ligado a perpetuidad al nombre de Zapatero. Incluso podría ser que, en un futuro lejano, esta medida pudiera ser revocada. Pero sus efectos, para el país, no lo serán. El rey Manasés también se arrepintió, e incluso reformó religiosamente el país (2 Crónicas 33:12-16), pero ello no evitó el juicio de Dios (2 Reyes 24:3). ¿Hemos llegado a la situación advertida en Jeremías 2:22: “Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor”?

Jorge Ruiz Ortiz. Artículo publicado en “Nueva Reforma”, nº 91, oct.-dic. 2005, pp. 6-13.

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