Hoy Hace Siete Años…Divorcio Exprés

Exactamente hace siete años, el 29 de junio de 2005, el Congreso español aprobaba una de las dos leyes estelares con las que se presentaba el Gobierno Zapatero a la Historia: la conocida como ley del Divorcio exprés.

Los datos hablan por sí solos. Estos son los divorcios que hubo en España en el periodo 2000-2004 (los datos han sido obtenidos en la página web del Instituto Nacional de Estadística):

Año 2000:    37.743 divorcios

    ”     2001:    39.242        “

    ”     2002:    41.621        “

    ”     2003:    45.448      “

    ”     2004:    50.974      “

     TOTAL :    235.028    “

Bien. Compárese esto con lo sucedido entre el 2005 y el 2010:

 Año 2005:       72.848 divorcios ( la ley entró en vigor en julio)

    ”     2006:    128.952          “

    ”    2007:     125.777          “

    ”    2008:     110.036          “

   ”     2009:       98.359          “

  ”      2010:     102.933         “

        TOTAL:  638.912         “

Por tanto, los divorcios en España, como consecuencia de dicha ley, casi se han multiplicado por tres. En un contexto de euforia económica, completamente artificial e ilusoria, como era la que había en España durante toda la pasada década. el gobierno de turno, el gobierno de Zapatero, con su discurso y con sus leyes, promovió  la ruptura matrimonial: la banalizó y la puso aún más al orden del día. Y las sociedades son tremendamente receptivas al discurso de sus gobernantes.

Ahora estamos en una profundísima crisis económica. Aun sin ella, gracias al euro, los ciudadanos de España nos hemos empobrecido un 20 % en diez años. Se puede sumar a esto, los más de cinco millones de parados, o las casi 60.000 familias que perdieron sus hogares en 2011.  

Entonces, se comprenderá perfectamente los terribles efectos que la maldita ley del divorcio puede tener y tiene en esta situación.

El resultado de todo esto: más desesperación y muerte. La desesperación no sólo está detrás de muchos casos de violencia doméstica. También hay que hablar de los suicidios, normalmente de los hombres. Algo que, normalmente, no saldrá en los diarios.

Esto es lo que ocurre cuando la impiedad reina en un país.

Cita Diaria con Calvino (144)

“De la doctrina de la satisfacción han surgido las indulgencias. Porque proclaman por todas partes, que la facultad que a nosotros nos falta para satisfacer se suple con las indulgencias; y llegan a tal grado de insensatez, que afirman que son una dispensación de los méritos de Cristo y de los mártires; que el Papa otorga en las bulas […]

Sin embargo todo esto, a decir verdad, no es más que una profanación de la sangre de Cristo, una falsedad de Satanás para apartar al pueblo cristiano de la grada de Dios y de la vida que hay en Cristo, y separado del recto camino de la salvación. Porque, ¿qué manera más vil de profanar la sangre de Cristo, que afirmar que no es suficiente para perdonar los pecados, para reconciliar y satisfacer, si no se suple por otra parte lo que a ella le falta? “De éste (Cristo) dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados en su nombre”, dice san Pedro (Hch.10 :43); en cambio, las indulgencias otorgan el perdón de los pecados por san Pedro, por san Pablo y por los mártires. “La sangre de Jesucristo”, dice Juan, “nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7); las indulgencias convierten la sangre de los mártires en purificación de pecados. Cristo, dice san Pablo, “que no conoció pecado, por nosotros fue hecho pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21); las indulgencias ponen la satisfacción de los pecados en la sangre de los mártires. San Pablo clara y terminantemente enseñaba a los corintios que sólo Jesucristo fue crucificado y murió por ellos (1 Cor. 1: 13); las indulgencias afirman que san Pablo y tos demás han muerto por nosotros. Y en otro lugar se dice que Cristo adquirió a la Iglesia con su propia sangre (Hch. 20:28); las indulgencias señalan otro precio para adquirirla, a saber: la sangre de los mártires. “Con una sola ofrenda”, dice el Apóstol, “hizo (Cristo) perfectos para siempre a los santificados” (Heb. 10:14); las indulgencias le contradicen, afirmando que la santificación de Cristo, que por sí sola no bastaría, encuentra su complemento en la sangre de los mártires. San Juan dice que todos los santos “han lavado sus ropas en la sangre del Cordero” (Ap. 7: 14); las indulgencias nos enseñan a lavar las túnicas en la sangre de los mártires […]

¡Cuán perversamente pervierten el texto de san Pablo en que dice que suple en su cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo [Col. 1:24]! Porque él no se refiere al defecto ni al suplemento de la obra de la redención, ni de la satisfacción, ni de la expiación; sino que se refiere a los sufrimientos con los que conviene que los miembros de Cristo, que son todos los fieles, sean ejercitados mientras se encuentran viviendo en la corrupción de la carne. Afirma, pues, el Apóstol, que falta esto a los sufrimientos de Cristo, que habiendo Él una vez padecido en sí mismo, sufre cada día en sus miembros. Porque Cristo tiene a bien hacernos el honor de reputar como suyos nuestros sufrimientos. Y cuando Pablo añade que sufría por la Iglesia, no lo entiende como redención, reconciliación o satisfacción por la Iglesia, sino para su edificación y crecimiento. Como lo dice en otro Jugar: que sufre todo por los elegidos, para que alcancen la salvación que hay en Jesucristo (2 Tim. 2: 10). Y a los corintios Les escribía que sufría todas las tribulaciones que padecía por el consuelo y la salvación de ellos (2 Cor. 1:6). Y a continuación añade que había sido constituido ministro de la Iglesia, no para hacer la redención, sino para predicar el Evangelio, conforme a la dispensación que le había sido encomendada […]

Mas no pensemos que san Pablo se ha imaginado nunca que le ha faltado algo a los sufrimientos de Cristo en cuanto se refiere a perfecta justicia, salvación o vida; o que haya querido añadir algo, él que tan espléndida y admirablemente predica que la abundancia de la gracia de Cristo se ha derramado con tanta liberalidad, que sobrepuja toda la potencia del pecado (Rom. 5: 15). Gracias únicamente a ella, se han salvado todos los santos; no por el mérito de sus vidas ni de su muerte, como claramente lo afirma san Pedro (Hch. 15: 11); de suerte que cualquiera que haga consistir la dignidad de algún santo en algo que no sea la sola misericordia de Dios comete una gravísima afrenta contra Dios y contra Cristo”.   

Institución de la religión cristiana III.V.1-4 (p. 510-514).