Cita Diaria con Calvino (142)

“Por el término “juicio” hemos de entender todo género de castigos en general. De este juicio hay que establecer dos especies: a una la llamaremos juicio de venganza; y a la otra, juicio de corrección. Con el juicio de venganza el Señor castiga a sus enemigos de tal manera que muestra su cólera hacia ellos para confundirlos, destruirlos y convertirlos en nada. Hay, pues, propiamente venganza de Dios, cuando el castigo va acompañado de su indignación.

Con el juicio de corrección no castiga hasta llegar a la cólera, ni se venga para confundir o destruir totalmente. Por lo tanto, este juicio propiamente no se debe llamar castigo ni venganza, sino corrección o admonición. El uno es propio de Juez; el otro de Padre. Porque el juez, cuando castiga a un malhechor, castiga la falta misma cometida; en cambio un padre, cuando corrige a su hijo con cierta severidad, no pretende con ello vengarse o castigarlo, sino más bien enseñarle y hacer que en lo porvenir sea más prudente […]

Esta diferencia se pone de relieve a cada paso en la Palabra de Dios. Porque todas las aflicciones que experimentan los impíos en este mundo son como la puerta y entrada al infierno, desde donde pueden contemplar como de lejos su eterna condenación. Y tan lejos están de enmendarse con ello o sacar algún provecho de ello, que más bien esto les sirve a modo de ensayo de aquella horrible pena del infierno que les está preparada y en la que finalmente terminarán.

Por el contrario, el Señor castiga a los suyos, pero no los entrega a la muerte. Por esto al verse afligidos con el azote de Dios reconocen que esto les sirve de grandísimo bien para su mayor provecho (Job 5:17 y ss.; Prov. 3:11-12; Heb. 12:5-11; Sal. 118:18; 119:71). Lo mismo que leemos en las vidas de los santos que siempre han sufrido tales castigos pacientemente y con ánimo sereno, también vemos que han sentido gran horror de las clases de castigos de que hemos hablado, en los que Dios da muestra de su enojo. “Castígame, oh Jehová”, dice Jeremías, “mas con juicio (para enmendarme); no con tu furor, para que no me aniquiles; derrama tu enojo sobre los pueblos que no te conocen y sobre las naciones que no invocan tu nombre” (Jer. 10:24-25). Y David: “Jehová, no me reprendas en tu enojo, ni me castigues con tu ira” (Sal.6: 1) […]

[C]uanto más teme uno al Señor, más le honra y se aplica a servirle, y tanto más costoso se le hace soportar su enojo. Porque aunque los réprobos gimen cuando Dios los castiga, sin embargo, como no consideran la causa, sino que vuelven la espalda a sus pecados y al juicio de Dios, no hacen más que endurecerse; o bien, porque braman y se revuelven, y hasta se amotinan contra su Juez, este desatinado furor los entontece más y los lleva a mayores desatinos. En cambio los fieles, al sentirse amonestados con el castigo de Dios, al momento se ponen a considerar sus pecados, y fuera de si por el temor, humildemente suplican al Señor que se los perdone. Si el Señor no mitigase estos dolores con que las pobres almas son atormentadas, cien veces desmayarían, aun cuando el Señor no diese más que un pequeño signo de su ira”.

Institución de la religión cristiana III.III.31 y 32 (p. 501-504).

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  1. Cristino Enrique Robles Perea

    El castigo de Dios es terapeútico(san Agustín,frecuentemente citado por Calvino a lo largo de toda su obra), para el que le teme y reverencia,a fin de que progrese más y más en todo ello:éste es el mensaje central de la Escritura al respecto.Dejando a un lado el castigo divino infringido al réprobo,aquél que es recibido por hijo,lejos de afligirse ó desconcertarse en la prueba( análoga al castigo),en todo ve la bondad y misericordia de su Padre celestial,que tanto nos amó como para darnos a su Hijo Unigénito para salvación eterna(jn.3,16).Por tanto,para concluir,el castigo no tanto sirve para reconocer el propio pecado y arrepentirse de él(tambien),cuanto para considerar la bondad y grandeza de Aquel que nos llama a su Reino y gloria,a pesar de nuestra indignidad radical, más allá de tal ó cual pecado personal que cometamos(cf.Sal.103,14).

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