Cita Diaria con Calvino (137)

“[E]n la Escritura se nos propone una sola manera de confesión; a saber, que puesto que el Señor es quien perdona los’ pecados, se olvida de ellos, y los borra, se los confesemos a El para alcanzar el perdón de los mismos, Él es el médico; descubrámosle, pues, nuestras enfermedades. Él es el agraviado y el ofendido; a El, por tanto, hemos de pedir misericordia y paz. Él, quien escudriña nuestros corazones y conoce a la perfección todos nuestros pensamientos; apresurémonos, por tanto, a descubrir nuestro corazones en su presencia. Finalmente, Él es el que llama a los pecadores; no demoremos llegarnos a El. “Mi pecado”, dice David, “te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Sal. 32:5). Semejante es la otra confesión de David: “Ten piedad de mí, oh Dios, según tu gran misericordia” (Sal. 51:1). E igual también la de Daniel: “Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas” (Dan. 9:5). Y otras muchas que a cada paso se ofrecen en la Escritura, con las cuales se podría llenar todo un libro. “Si confesamos”, dice san Juan, “nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar” (1 Jn. 1:9). ¿A quién nos confesaremos? Evidentemente a Él; es decir, si con un corazón afligido y humillado nos postrarnos delante de su majestad, y acusándonos y condenándonos, de corazón pedimos ser absueltos por su bondad y misericordia

Cualquiera que de todo corazón hiciere esta confesión delante de Dios, éste tal estará sin duda preparado para confesar cuantas veces sea menester, y anunciar entre los hombres la misericordia de Dios; y no solamente para susurrar al oído de uno solo y por una sola vez el secreto de su corazón; sino para declarar libremente y cuantas veces sea preciso, tic tal manera que todo el mundo lo oiga, su miseria y la magnificiencia de Dios y su gloria.

De esta manera, cuando David fue reprendido por el profeta Natán, estimulado por el aguijón de su conciencia, confiesa su pecado delante de Dios y de los hombres: “Pequé contra Jehová” (2 Sm. 12:13); es decir, ya no me excuso, ni ando con tergiversaciones, para que no me tengan todos por pecador, y que no se manifieste a los hombres lo que quise que permaneciera oculto a Dios.

Así que de esta confesión secreta que se hace a Dios proviene también que el pecador confiese voluntariamente su pecado delante de los hombres; y ello cuantas veces conviene, o para la gloria de Dios, o para humillarnos. Por esta causa el Señor ordenó antiguamente al pueblo de Israel, que todos confesasen públicamente en el templo sus pecados, repitiendo las mismas palabras que el sacerdote recitaba (Lv. 16:21). Porque veía que esto sería una excelente ayuda para que cada uno se sintiese más eficazmente inducido a reconocer verdaderamente sus faltas. Y además es justo que confesando nuestra miseria ensalcemos la bondad y la misericordia de Dios entre nosotros y ante el mundo”. 

Institución de la religión cristiana  III.IV.9 y 10 (p.481-482).

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  1. Ana E Cerón

    Muchas gracias, pertenezco a una pequeña iglesia en Irapuato, Gto. Mexico, me siente plenamente identificada con uds teologicamente hablando y espero en Dios seguir siendo edificada ya que paso tiempo en el facebook. Gracias

  2. Cristino Enrique Robles Perea

    Es evidente que Calvino se está refiriendo a la insistencia por parte de la Iglesia romana de la confesión auricular(secreta).La “Institución de la Religión Cristiana”(1536),escrita noventa y ocho años despues del Concilio de Florencia(1438-1445) el cual estipulaba las tres partes de que constaba el sacramento de la penitencia(contrición-confesión auricular y satisfación por el pecado cometido), se hace eco por su parte del espíritu de la teología romana al respecto de la confesión auricular, en cuanto a que recoge la necesidad del reconocimiento del pecado particular ante los hombres,sólo que no mediante la mediación sacerdotal(exigida por Florencia,por entender que éste era el presidente de la comunidad cristiana a la que el pecador había injustamente ofendido, junto a Dios),sino diréctamente a Dios, el Juez supremo de quién procede el perdón,recomendando la absolución privada(más como declaración del perdón otorgado) ante el pastor de la comunidad,no tanto como ministro de la absolución sacramental,sino como garante de la misericordia divina y consolador del alma atribulada por la culpa del pecado(cf.III,IV,14).Pasamos de una visión judicial del “poder de las llaves” a partir de la cual se emite una sentencia absolutoria de la culpa( consagrada definitivamente en Trento, por la Iglesia romana),a una visión eminentemente pastoral del mismo “poder de las llaves”,otorgado por Cristo a sus apóstoles(Jn20,22-23),mediante la proclamacion del evangelio de la gracia y el perdón al pecador arrepentido, con el único fin de edificar y fortalecer su fé en la misericordia divina por Jesucristo.

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